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El factor Rh

CARLOS EUGENIO LÓPEZ

192 págs.

ISBN 84-96080-18-8

15.00 €

El factor Rh (00082)


 

   

 

    —Es profesional —le previno Carmona, al ver que se fijaba en ella.
    —¿Y tú cómo lo sabes? —replicó Montoro, un poco molesto consigo mismo por haber delatado su interés en la rubia.
    —A nuestra edad, cuando una tía así nos mira sin cara de asco, es que es profesional.
    Montoro hizo memoria. Algo podía haber de eso.
    —Claro que si no te importa gastarte trescientos mogollos...
    —¿Tú crees que tantos?
    —Como mínimo. Si por el gin tonic nos han clavado quince, una hembra como esa no te la llevas a la cama por menos de trescientos. Te lo digo yo.
    Era mucho dinero, pero acababa de cobrar las primas por la campaña de promoción y, entre el vino de la cena, los chupitos y el gin tonic, Montoro atravesaba ese estado de euforia que precede a casi todos los desastres.
    —Tú fíjate y aprende —le instó retador a su compañero, y se fue con paso firme a la mesa de la rubia. Había sido proclamado el mejor agente comercial de Jamonera Pacenses SL por tercer mes consecutivo y se sentía más seguro que nunca de sus dotes de seducción.
    —¿Esperas a alguien? —le entró por derecho a la rubia.
    —Ya no —contestó ella con una sonrisa que sacó a Montoro de las pocas dudas que aún le quedaban.
    «Profesional, seguro», concluyó despidiéndose para sus adentros de los cincuenta papeles. Pero había que ver las cosas con objetividad. ¿Es que acaso regalaba él los jamones? A ochenta centímetros de distancia, era aún más evidente que la chica valía los diez mil duros.
    —Me llamo Rodrigo —dijo, arrepintiéndose de inmediato de haber dado su nombre verdadero, y rectificando sobre la marcha—, Rodrigo Carmona.
    —¿Y vienes mucho por aquí?
    —No soy de Madrid.
    —Mejor.
    —¿Mejor? ¿Por qué?
    —Siempre es más difícil que te pille la mujer.
    «Profesional», se repitió Montoro y, sin más paripé, empezó a desnudarla con la mirada.
    —Es todo de verdad —le confirmó la rubia.
    —Se nota. ¿Te invito a algo?
    —Otra margarita.
    «Trescientos quince», calculó de modo instintivo Montoro, esclavo del hábito de sacar comisiones mentalmente y dando por hecho que Carmona había tasado en su justo precio a la chica. La broma le iba a salir cara. Pero la verdad era que trescientos quince euros le empezaban a parecer ya poco por meterse en la cama con semejante par de tetas. «Follar, se puede follar de dos maneras: por dinero y por amor —le había explicado una vez un charcutero portugués—; la diferencia está en que por dinero sale siempre mucho más barato».
    —¿En qué piensas? —le sacó de su meditación la rubia.
    —Imagínate.
    —Es que yo tengo una imaginación muy especial.
Por todo comentario, Montoro no acertó más que a dar un largo sorbo al gin tonic.
    —De verdad —remachó la rubia.
    —También se te nota —intentó él seguir el juego lo mejor que pudo.
    —Qué observador. ¿Y qué más me notas?
    —Ya te lo he dicho: que es todo de verdad.
    —¿Sólo eso?
    Se le notaba también que tenía la boca hecha con molde para comer carne en barra, pero, aun tratándose de una profesional, le pareció un poco grosero ser tan directo. Si se presentaba la oportunidad, ya se lo comentaría más tarde. «Piano, piano, se va lontano», le había dicho una vez un intermediario turinés que, al final, desapareció con sesenta jabugos y sin dejar dirección.
    —De momento —tradujo a su manera la idea para la rubia.
    —Pues vete pensándolo. A todo el mundo se nos notan muchas cosas.
    —¿Ah, sí? ¿Y a mí qué se me nota?
    —¿A ti...? Déjame que piense... A ti... Por ejemplo, que eres extremeño.
    «¡Y a ti la mala leche que te dio tu madre!», se revolvió Montoro mordiéndose la lengua. No es que le jodiese ser extremeño. ¿Por qué le iba a joder serlo? Si no hubiera sido por los extremeños, no se hablaría el español más que en Cuba. Pero no le gustaba que se le notase, y menos en una discoteca en la que el gin tonic costaba quince euros.
    —¿Y en qué se me nota, si puede saberse? —interrogó más que medio mosca.
    —Sobre todo en el acento.
    —¿Te disgusta?
    —Al contrario.
    —Ya.
    —De veras.
    —¿Una perversión?
    —No te haces ni idea hasta qué punto.
    Montoro le dio otro largo sorbo al gin tonic. Ya no estaba tan seguro de que gastarse cincuenta y pico mil pesetas en la rubia fuese tan buen negocio. Lo último que le apetecía era meterse entre dos sábanas con una rara, por muy bien puestas que tuviera las tetas.
    —Pues te advierto que a mí las complicaciones...
    —Hombre, eso también se puede arreglar.
    —¿A gusto del consumidor?
    —A gusto de los dos. No hay que ser egoísta. Todo es cuestión de negociar. ¿A ti te gusta negociar?
    —Te diré; soy corredor de jamones.
    Ahora fue la rubia quien se llevó el vaso a los labios, mientras sopesaba a Montoro de arriba abajo con un interés que logró desasosegarlo.
    —Si es que no te molesta, vamos —añadió irónico.
    —¿Por qué me iba a molestar?
    —Vete a saber. Una vez me tiró un vodka a la cara una camarera.
    —¿Por ser corredor de jamones o por otra cosa?
    —Era de la sociedad protectora de animales.
    —Para tu tranquilidad, yo no soy de la sociedad protectora de nada.
    —Como me has mirado así...
    —¡Qué susceptible!
    —Pensé que pasaba algo con ser corredor de jamones.
    —Pasa que me parece muy interesante. Viajarás mucho.
    —Por España, un montón; pero al extranjero apenas salgo.
    La rubia le echó ahora una mirada decididamente golosa.
    —Vaya con Rodrigo, corredor de jamones. Acábate el vaso. Ahora te invito yo.
    Montoro creyó oír mal:
    —¿Perdona?
    —Que ahora me toca invitar a mí, ¿no?
    Montoro metió instintivamente barriga. «¡La hostia, la hostia, la hostia!». ¿Y si después de todo la tía no era profesional, opinase Carmona lo que quisiese?
    —A no ser, claro, que prefieras que nos la tomemos en un sitio más íntimo. A mí, la verdad, esta música tan fuerte...
    Buscó a Carmona con la mirada. Se había ido. Cuando se lo contase al día siguiente no se lo iba a creer. ¡Irse a la cama con semejante par de tetas por el morro!
    —Eso..., como a ti te parezca —acertó apenas a balbucir a modo de respuesta.
    Si en aquel momento, alguien le hubiera recordado el chiste del charcutero portugués, lo habría mandado directamente a tomar por el culo.


    Las ikastolas iban a acabar haciendo imposible la formación de comandos fuera de Euskadi. A Josu Iturmendia Garaicoetxea, alias Koko, le dolía reconocerlo, pero no le quedaba otro remedio. Frente a sí tenía el informe del comité de Bayona sobre los cinco candidatos seleccionados para reconstruir el comando itinerante. No podía ser más deprimente. Ninguno era capaz de ligar más de dos frases en castellano sin cometer un error. Una pena, porque, salvo por eso, los cinco chicos tenían cualidades.
    Ordenó los expedientes, abiertos y esparcidos por toda la mesa, y se frotó los ojos con rabia. Llevaba cuatro horas bajo la luz del flexo y, con la alergia, no paraba de lagrimear. La primavera de París estaba siendo inmisericorde con él este año. Como siguiese así, iba a tener que volver al Benadril, por más que Beltso insistiera en que eso era meterse veneno en el cuerpo. A la infusión de hierbas chinas que le había recetado el herbolario de la rue des Canettes no le veía futuro. Aparte de no valer para nada, olía a rayos. Y lo último que él quería era llamar la atención de los vecinos apestando el descansillo.
    Parpadeó tres o cuatro veces para aclarar la vista y se concentró de nuevo en las carpetas que tenía delante de sí, dispuesto a concluir el trabajo y meterse en la cama cuanto antes.
    Tomó el primer expediente. Aizeti Iturralde Zabala, natural de Hernani, hijo de Patxi de Lizartza, muerto en un tiroteo con la Guardia Civil en 1986, diecinueve años... Lo tenía todo, pero no se le podía mandar más abajo del Ebro. No había forma humana de hacerle comprender las diferencias entre el potencial y el subjuntivo.
    Pasó a la segunda carpeta. Edurne Salaberría Iturbe. Veintidós años, hija de Bizente Salaberria, condenado a doscientos treinta años de reclusión por el atentado contra la guardería infantil de Monzón. Una rubia preciosa, que colaboraba ya con el comando Rentería y, además, le recordaba muchísimo a La Schiffer, su pareja durante tres años en el comando Andalucía, los tres años a la vez más tristes y más dichosos de su vida. Pero había sido incapaz de leer sin trabarse el comienzo del Quijote, además de pensar que «adarga» era un taco.
    Para qué seguir. Poco más o menos sucedía con el tercero, el cuarto y el quinto expediente (Karmelo Uribe Aguinaga, veinte años, hijo de Joseba Uribe y Amaia Aguinaga, muertos al explotarles el coche bomba que estaban aparcando a la salida del Estadio Benito Villamarín). Había examinado los expedientes en detalle. Su opinión estaba formada: los chicos eran sin duda unos chavales magníficos, pero no valían más que para apedrear escaparates en la kale borroka. En cuanto abriesen la boca para pedir un vino en Ciudad Real, la cagaban.
    Cogió el primer expediente, lo colocó sobre el cubo de aluminio que, al lado de la mesa, hacía las veces de papelera y le prendió fuego hasta dejarlo reducido a cenizas. Lo mismo hizo luego con el tercero, el cuarto y el quinto expediente. El que contenía los datos de Edurne lo dejó para el final y, antes de prenderle también fuego, retiró la fotografía de la chica y se la guardó en el bolsillo de la camisa, justo encima del corazón.
    Estaba solo en el cuarto. Beltso no tenía previsto su regreso de Bretaña hasta la mañana siguiente y Gorka hacía un buen rato que se había ido a dormir a la habitación de al lado. Pero, aun así, sintió una mirada de reprobación en la nuca. Llegado el caso, su sentimentalidad podía comprometerle tanto a él como a la chica.
    Apagó el flexo, esperó unos instantes a que sus ojos se acostumbrasen a la oscuridad, se descalzó para no hacer ruido y emprendió el camino hacia su habitación, procurando no despertar a Gorka. Una vez dentro, echó el cerrojo, comprobó que la pistola estaba en el cajón de la mesilla y se tumbó en la cama sin desvestirse. A lo lejos, escuchó por unos instantes la sirena de una ambulancia. Luego se hizo de nuevo un silencio absoluto y Koko recompuso entre las sombras la monumental figura de La Schiffer.
    Rubia, de ojos verdes, cercana al uno ochenta, cuando se la presentaron torció el gesto: llamaba la atención. Trabajar con una chica así podía llegar a constituir un riesgo.
    —Para que luego digas por ahí que te trato mal —bromeó Gengis.
    Optó por no seguir la broma.
    —Chico, qué serio —rompió el hielo La Schiffer.
    —Cuando se trata del trabajo...
    —Me tranquilizas. ¿Y en otros casos?
    —Lo que pase en otros casos no importa mucho ahora.
    La Schiffer le sostuvo la mirada:
    —¿Tan seguro estás?
    Terció Gengis:
    —Te advierto que le llaman Koko por algo.
    —¿Por lo ogro o por lo listo?
    —Una combinación —aclaró Gengis.
    La Schiffer sonrió:
    —Pues a mí lo que más me gusta es precisamente combinar.
    Koko empezó a sentirse inseguro. No era hombre de gracias de bar de copas. Había matado a sangre fría a cuatro personas y nunca había dejado de comer por ello con buen apetito al día siguiente, pero todo ese aplomo lo perdía ante un escote y un juego de palabras. La presencia de Gengis acentuaba además su natural timidez. Sabía que lo estaba examinando. Temía incluso que le había elegido a la chica como pareja con la única intención de ridiculizarlo. Hasta de comprometerlo. De obligarle a dar un paso en falso.
    Nunca se había fiado de Gengis. Bajo su aspecto de simple de caserío, había sospechado siempre que se emboscaba un rencoroso retorcimiento. Todos y cada uno de los encuentros personales que había tenido con él, habían estado llenos de reticencias y dobles sentidos. Probablemente lo consideraba tan sólo un pijo de Donosti metido en la lucha armada por entretenerse.
    Sin embargo, no se decidía a acabar de una vez con la presentación. A cada instante que pasaba, tenía menos dudas de que la chica estaba jugando con él, pero no descartaba que pudiera acabar llegando a gustarle. Y hasta que pudiera acabar llegando a gustarle precisamente por eso.
    Encendió la lamparita de la mesilla de noche, sacó del bolsillo la foto y se quedó mirándola hasta que una niebla salada le distorsionó la imagen que tenía ante sus ojos.
    «¡Puta alergia!», se mintió.
    Pero él sabía mejor que nadie que de esas lágrimas no era en absoluto responsable la alergia.

 

 

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