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Compañía

CRISTINA CERRADA

160 págs.

ISBN 84-96080-22-6

14,50 €

Compañía (00084)

  

Alienígenas

 

      Está sentado en el mismo sitio, junto al radiador, con las piernas cruzadas igual que ayer, y que antes de ayer. Él dice que no, pero yo sé que es médico.
      Aquí nadie me dice nada. Cada día van a buscarme a esa especie de celda donde estoy encerrado desde que ocurrió aquello, y luego me traen hasta aquí, para que hable con él. No hace falta que me lo digan, es un maldito médico. Se le nota en la cara. Tiene esos ojos pequeños, inmóviles e intrigantes que tienen los médicos. Los conozco bien. Hace dos meses que le estoy contando lo mismo, y él siempre reacciona igual, como si lo oyese por vez primera. Sé que piensa que estoy loco. En su lugar, quizá yo también lo pensase.
      —Ya se lo he dicho, el último día los alienígenas decidieron cortarme los brazos. Yo les dije que no lo hicieran...
      —¿Cómo dice? —me interrumpe el doctor.
      Sé que me ha oído.
      —Cortarme los brazos —repito—. Decidieron cortarme los brazos.
      Llevo dos meses diciendo lo mismo una y otra vez. Pero él no se cansa, piensa que estoy loco. También piensa que he matado a alguien. Dice que a mi familia. Es realmente absurdo. Al principio insistía muchísimo: «Mató a su familia, los mató a los tres». Dios, es realmente absurdo. Yo ya le he dicho más de cien veces que sí, que acabé con ellos, el último día, después de que ellos me cortaran los brazos. Solo que no se trataba de mi familia, ni siquiera de ningún ser humano, sino de alienígenas. Un grupo de tres.
      Me pica la barba. Antes de continuar, la froto contra mi hombro izquierdo, y sigo contándole cómo ocurrió.
      —Yo me puse a gritarles que no lo hiciesen. Les hablaba gritando, ¿sabe?, vocalizando exageradamente, como si no me oyeran. No sé si me oían. «¿Es que se han vuelto locos?», les gritaba. «¡No pueden cortarme los brazos!». Yo no hacía más que moverlos delante de sus narices, ¿sabe? Movía los brazos, y les gritaba.
      Mientras se lo explico por enésima vez, me pongo a mover los brazos delante del doctor. Bueno, los muñones. Muevo los muñones delante del doctor, para que vea cómo lo hice entonces. Él los mira, y no dice nada. Bueno, el doctor insiste en que sí tengo brazos, así que no sé dónde mira.
      —Nunca me ataron —sigo—. Supongo que pensarían que no podría ir muy lejos, estuve dormido casi todo el tiempo. Lo intenté, de todas maneras, el último día. Pero no logré nada. En aquel sitio no había un maldito agujero por donde escapar. De modo que me limité a gritarles, y a ir de un lado para otro moviendo los brazos, hasta que me cansé.
      Me detengo un momento, y miro donde antes estaban mis brazos.
      —¿Por qué sonríe? —pregunta el doctor.
      No estoy sonriendo. Pero no le replico.
      —Recuerdo —le digo— que me hizo gracia lo extraños que me parecieron mis brazos en aquel momento, no sé, igual que si los viese por primera vez.
      Miro al doctor, para ver si me está mirando. Siempre me está mirando.
      —Es curioso —le digo—, pero durante un instante, no más de una milésima de segundo, ¿sabe?, mientras les gritaba a los hombrecillos, yo mismo me pregunté para qué rayos quería los brazos.
      —¿No le gustaban sus brazos? —vuelve a interrumpirme.
      —¡Dios mío! Pues claro que sí.
      Tiene un brillo extraño en los ojos. A saber qué es lo que está pensando.
      —Oiga —le digo—, no tiene ninguna gracia. Claro que quería mis brazos. Lo que quiero decir es que a fuerza de repetirlo, y gritarlo, y de hablar de ellos... Bueno, no sé, me resultaron extraños. De pronto empecé a imaginarme sin brazos, ya sabe, qué haría si no los tuviese. Cómo me sostendría si tropezase, cómo abriría la puerta, cómo retiraría la colcha de la cama antes de irme a dormir. No sé, cómo viviría sin ellos.
      Me revuelvo un poco en la silla. Empieza a picarme el trasero, y lo único que puedo hacer es revolverme en la silla. No puedo rascarme. Está dura como una piedra, no es una silla normal. El doctor no me quita ojo, pero no dice nada. Siempre hace lo mismo. Supongo que espera que siga hablando yo. Nunca he aguantado esos horribles silencios, de manera que pienso algo, y lo digo.
      —Escuche; ya sé que no me cree. Esto es una locura. Quizá en su lugar yo tampoco lo haría...
      —¿Por qué les gritaba? —me interrumpe el doctor.
      Hace preguntas estúpidas. Lleva dos meses haciendo el mismo tipo de preguntas estúpidas.
      —Querían cortarme los brazos —le digo—. ¿Usted no hubiese gritado?
      Procuro no gritar ahora, pero tengo la sensación de que lo estoy haciendo. El doctor me irrita.
      —No quería que me cortasen los brazos, ¿entiende? —intento calmarme—. Así que les gritaba como si estuviesen sordos, pero ellos no reaccionaban. No sabía si estaban sordos, desde luego parecían estarlo. No tenían orejas. Eso sí lo sé. En esas cabezas raras que tenían encima del cuerpo yo no vi nada parecido a una oreja. No es que tuvieran cara de insecto, ni nada por el estilo, pero no tenían orejas. De eso estoy seguro. Pensé que probablemente se comunicaran de alguna forma especial. Qué sé yo, por telepatía, o algún rollo de esos. Lo que está claro es que por más que yo les gritaba que no me tocasen los brazos, ellos ni se movían.
      El doctor ha encendido un cigarro. Es un puro apestoso. Ayer, al empezar la sesión, también encendió uno igual. Le rogué que no fumara, y lo apagó enseguida. Pero hoy lo ha vuelto a hacer. ¿Se le habrá olvidado? Supongo que no. Supongo que lo hace a propósito. Después de todo, el doctor piensa que soy un criminal.
      —¿Es así como le hicieron saber que le iban a cortar los brazos? ¿A través de su mente?
      Eso ya me lo preguntó ayer. Y antes de ayer. Y el día anterior. Así que se lo recuerdo:
      —Oiga, eso ya me lo preguntó ayer.
      —¿Fue así? —insiste.
      —No supe qué iban a hacer conmigo hasta el último día.
      Me recuesto en la silla, y vuelvo a contarle lo mismo que ya le conté ayer, y el día anterior, y el otro, y el otro.
      —No sé cómo llegué hasta allí. Tal como le dije ayer, y el día anterior, y todos los días, la tarde del seis de febrero, al salir del trabajo no regresé a casa. Había quedado en el centro.
      Me doy cuenta de que mientras hablo muevo los muñones como si realmente estuviera moviendo los brazos. Quizás sea normal. He oído decir que la gente a quien le han amputado un miembro sigue sintiendo el dolor. Si me concentro, incluso puedo sentir las manos.
      —No había un alma en la calle —continúo diciendo—. Fui a la parada del 12, y me senté a esperarlo. Pero no llegaba. Estuve esperándolo un montón de tiempo, casi me muero de frío. Hacía muchísimo frío, ¿sabe?, un frío espantoso. Llegué a cabrearme de veras esperando el 12. Pero me dio igual —suspiro, y miro al doctor—. Lo siguiente que recuerdo es una luz roja, y muy intensa. Y mucho calor, ¿sabe?, muchísimo calor. Y después nada. Un sitio muy raro, lleno de lucecitas.
      Me callo un momento, y sigo mirando al doctor. Espero leer algo en su rostro, quizá una respuesta, yo qué sé, cualquier cosa, pero no es así. Sin embargo, sé que no cree una sola palabra de cuanto le digo. Piensa que estoy loco, y no le puedo culpar. Quizá yo también lo pensase.
      —Estaba como drogado —le digo—, no veía muy bien.
      Arrugo los ojos como si no viera.
      —No sé si me habían drogado —continúo—. El caso es que hasta un rato después, no sé cuánto, no pude distinguir nada. Entonces los vi. Eran tres. Llevaban esas túnicas largas, y no se movían. Todo estaba en penumbra, y lleno de lucecitas que brillaban en la oscuridad. Ellos no se movían, solo estaban allí. Sentí pánico, ¿sabe? Hubiera preferido que se moviesen, que dijeran algo. Pero estaban allí, solamente observando.
      —No le gusta que le observen, ¿verdad? —dice de pronto el doctor.
      Lo dice sin ningún matiz. Está empezando a ponerme nervioso. No sé qué quiere decir con ello.
      —No sé qué quiere decir —intento contestarle, yo también, sin ningún matiz—. ¿A usted le gustaría estar siendo observado por tres seres de otro planeta que a lo mejor se lo quieren comer?
      —¿Por qué ha dicho eso? —pregunta, esta vez muy interesado.
      —¿El qué?
      —¿Por qué cree que querían comérselo?
      —No lo sé —le contesto. Y vuelvo a notar de nuevo ese brillo extraño en sus ojos—. A los cinco minutos o así —continúo—, uno de ellos, el mayor a juzgar por su estatura, se adelantó un poco, y me lanzó una especie de rayo que me dejó adormecido. Ya no volví a despertar hasta el último día.
      Sé que va a preguntármelo, de modo que me anticipo, y añado con bastante satisfacción:
      —Cuando desperté me había crecido la barba, ¿sabe? Por eso sé que habían pasado días.
      No parece impresionado.
      Veo que el doctor se revuelve, que cambia de postura, y después se incorpora en su asiento hasta apoyar los codos sobre las rodillas. Luego baja la vista a los baldosines del suelo.
      —¿Ha dicho que el más viejo de todos le lanzó un rayo que le dejó adormecido?
      —Eso es —le digo—. Me dejó KO.
      —¿Por qué cree que era el mayor? ¿No podía ser simplemente el más corpulento, el de más estatura?
      —Pues... Yo qué sé.
      —Pero usted lo ha dicho. Parecía el mayor. ¿Se trataba quizá del padre?
      —No lo sé.
      —¿O de la madre, quizá? ¿Se trataba quizá de una madre con sus dos pequeños?
      Otra vez lo mismo. Ya sé adónde quiere llegar. Esto es una locura.
      —¡Eran tres monstruos! —le grito—. Tres alienígenas. Me cortaron los brazos. ¿Es que no lo ve?
      Le muestro los dos muñones, pero el doctor no me mira. Estoy empezando a sudar.
      —Me cortaron los brazos —estoy gritando—. Tuve que hacerlo, por amor de Dios.
      —Pero ¿por qué? ¿Por qué le cortaron los brazos?
      —No lo sé. Se lo he dicho cien veces. Quizá porque no tenían. Ellos no tenían brazos.
      ¡Dios! Si tuviera manos le retorcería el cuello.
      —Dígame una cosa, si le cortaron los brazos...
      Se detiene un momento, y eleva sus pequeños ojos de los baldosines, hasta clavarlos en mí.
      —Si le cortaron los brazos, ¿cómo pudo después acabar con ellos?
      Qué dice. Dios, qué es lo que está diciendo. No sé de qué me está hablando. Siempre insiste en hacerme esas preguntas estúpidas; va a volverme loco, nunca me deja en paz. Siento que estoy sudando. Tengo que controlarme o acabaré retorciéndole el cuello. No puedo sudar así. Es espantoso. Si tuviera manos juraría que me están sudando.

 

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