 |
 |
|
Amor entre hielo y fuego
| | DIEGO MORÓN | |
224 págs. | | ISBN 84-96080-24-2
| | 16,00 € | |
 |
|
|  |
 |
 |
 |
|  |
Me
podía poner en el pellejo de todas esas personas fácilmente. En
el fondo yo era como ellos. Había un vínculo entre nosotros que
algunos llamaban origen social y que implicaba una cantidad casi infinita de rasgos.
La suerte me había puesto un peldaño por encima de ellos en cuanto
a dinero y reconocimiento, pero esperaban de la vida algo muy parecido a lo que
yo esperaba; les gustaban las mismas cosas que a mí, soñábamos
con la misma casa, nuestras vacaciones ideales también eran iguales (cualquier
lugar en el que se pudieran practicar al mismo tiempo la pesca, la caza y la bebida
nocturna de cerveza), y también nos estresaba lo mismo. Todos deseábamos
una vida convencional, que nuestros hijos no nos odiaran ni se burlaran de nosotros,
y tener acceso a un buen montón de canales de televisión. Estábamos
en la misma carrera, yo por delante de ellos, pero en la misma carrera. No era
como ocurre con un montón de gente a la que te encuentras cuando vas al
supermercado a deshoras, tan extraños, colgados y diferentes de ti que
te preguntas si pertenecerán a la misma especie que tú, si han sido
paridos por madre o los habrán puesto sobre la tierra juntando miembros
sueltos en una cadena de ensamblaje. Hay gente que cree que por ser famoso estás
hecho de otra pasta, y que de esa misma pasta son todos los famosos, de modo que
un actor y un asesino famosos tienen más en común que un actor famoso
y otro desconocido; que si te encuentras con otro famoso, aunque se dedique a
lo contrario de lo tuyo, sientes una corriente de hermandad al estrechar su mano.
No funciona así. Las cosas no nos iban exactamente igual pero estábamos
en el mismo tinglado. Nuestros sistemas límbicos encontraban su equilibrio
de una manera muy parecida. Todos nosotros podíamos cumplir nuestros sueños,
estábamos educados en la humildad y habíamos tenido en nuestros
padres el ejemplo tranquilo que te hace disfrutar en tu vida de adulto de una
visión clara y definida de los conceptos éxito y fracaso, de la
diferencia que hay entre ellos, y de cómo saber si estás en uno
u otro lado. Habían pasado un día
horroroso después de una racha del mismo tipo. Iban al pabellón
por las noches, nos veían jugar duro y buscar más goles cada vez
que hacíamos uno en vez de replegarnos hasta colgarnos todos de la portería
para aguantar el resultado. Cuando compraban una entrada, formalizaban un compromiso
que iba mucho más allá de pagar dieciséis con veinte a cambio
de tres periodos de veinte minutos, era como si firmasen un contrato personal
con la parte viril de cada uno de nosotros. Debía de resultarles muy relajante
vernos allí, deslizándonos sobre el hielo como seres espirituales,
y al mismo tiempo repartiendo sopapos como animales traumatizados amparados por
el reglamento. Eso es lo que un trabajador manual espera de sus horas de descanso.
Nadie les podía pedir que iniciaran un viaje introspectivo y que descubrieran
los porqués de sus miedos, sus angustias y sus fobias. Yo tuve que hacer
eso, por un tiempo me tocó entregarme a Skinner para saber por qué
tenía miedo de hacerles daño a mis hijos. Me tuve que retirar de
la circulación y ponerme a pensar toda mi vida como si pudiese ser modificada.
No creo que fuera una pérdida de tiempo. Aunque es cierto que solo se arregló
cuando me operaron del cerebro, no tengo la sensación de haber perdido
el tiempo. He aprendido a no ver cada episodio de mi vida como algo humillante,
un caballo de Troya para mi felicidad o una crónica de guerra contada por
los perdedores, sino como algo a lo que mirar con ironía y de lo que pensar
en términos de aprendizaje; de esta manera no hay fracasos ni pérdidas
de tiempo, solo lecciones. Perder el tiempo tiene la forma de quedarte despierto
en la cama o de ver programa promocionales sobre artículos que ya has comprado,
eso sí que es perder el tiempo. Analizar
la propia vida se parece más a una inversión mediocre, a poner un
dinero y que te lo devuelvan sin intereses, hubiese podido ser mejor, pero también
lo podrías haber perdido. Muchos de los que van a la cancha tal vez hayan
oído hablar de esos centros con minutas millonarias y un ambiente paradisíaco
en los que la gente se encierra y se dedica a encontrarse a sí mismos o
algo parecido, como desintoxicarse de la morfina o reconducir su vida desde una
destructiva adicción al sexo. En eso sí que soy diferente: aunque
deseemos las mismas cosas, ellos no accederán nunca a algunas porque tendrían
que endeudarse demasiado y poner en peligro el futuro universitario de sus hijos,
o porque el banco ni siquiera les da crédito para comprarse un televisor
de treinta pulgadas. La superficie era
tan blanca que cuando alguien rayaba el suelo con el filo del patín todos
lo veían. Podían casi palpar la textura del hielo después
de cada periodo, cuando la superficie estaba ya rajada, salpicada de virutas de
hielo que no se deshacían nunca. Parecía un campo de batalla en
miniatura, y tenían que pasar esa máquina humeante que llaman la
zamboni y que deja de nuevo sobre el suelo del pabellón una capa suave
y rapidísima de hielo. Los niños
también se lo pasaban en grande. Supongo que nos confundían con
algún grupo circense por las protecciones, los colores fuertes de las camisetas
y los gestos que hacíamos cada vez que anotábamos un gol. Muchas
veces he tenido dudas sobre si los niños sabrán que los golpes,
mamporros, cargas legales y brusquedades que sufrimos e inflingimos son sinceras
o si pensarán que actuamos, como los tipos del circuito de lucha libre.
En todo caso, los chicos del departamento de marketing de la liga llevaban tiempo
haciendo un buen trabajo en cuanto a elegir los colores y las mascotas, poniendo
señuelos para que los niños se quedaran enganchados; porque cada
vez había más niños en las gradas, todos nos dábamos
cuenta de eso, hablábamos del asunto con los rivales antes de los partidos,
y los mocosos parecían encajar bien toda esa historia de las peleas y los
choques sin que nadie se lo explicara sobre la cancha. Yo
los veía, me quedaba mirándolo porque me recordaban a mis hijos
poniendo cara de asombro durante el primer periodo, comiendo en el segundo, durmiendo
en el tercero, y llorando y pidiendo irse a casa si había prórroga.
Era una extraña facilidad que yo tenía, poder prestar atención
a lo que pasaba en las gradas sin perder un átomo de concentración
en la tarea que me traía entre manos. A otros chicos les distraía
enormemente el que pasase una mujer guapa por detrás de ellos cuando estaban
en el banquillo. Parecía que tuvieran radares en la nuca y que se les disparasen
las alarmas y les hicieran girar el cuello como movidos por un sistema de poleas.
Cuando le tocaba a su línea saltar al hielo, esos chavales solían
salir distraídos, y para cuando se enteraban de dónde estaban, el
resto andaban ya agotados, y, si es que no se había encajado un gol, se
procedía a un nuevo cambio de línea. Había
mucha más gente destacable en los campos de América. En Washington
un tipo se sentaba en primera fila, detrás del banquillo del equipo contrario,
preferiblemente detrás del mejor jugador, (en nuestro caso la cosa estaba
entre Larsson y yo), y se ponía a leer el Antiguo Testamento para crear
confusión. Normalmente la gente rara que se cruza por el hockey se acaba
aburriendo si la ignoras y te dejan en paz. Esto pasa con los que van a la pista
a insultarte o a decirte que se han tirado a tu esposa, pero aquel tipo era imperturbable.
Se sentaba en la grada y se ponía a leer el Antiguo Testamento incansablemente
hasta que conseguía rebasar tu límite y te hacía sentir mal.
Uno acababa envidiando la tenacidad de aquel tipo y no podía dejar de pensar
que un jugador con ese convencimiento, amor al club y odio al enemigo podría
juntar mucho dinero en este deporte y varios títulos aunque no fuera especialmente
talentoso. Era como si tuviera las joyas de la corona de las cualidades humanas.
Cuando saltabas al hielo después de escuchar a aquel tipo vacío
y cabezota te sentías débil, acomodado como si tu pasión
por el juego llevara años cayendo cuesta abajo. Un
día en que estaba sentado en el banquillo con Duque, el ala derecha de
mi línea, el tipo se colocó detrás de nosotros y empezó
con su historia, que si judíos aquí y niños muertos allá
y todo lo de siempre. Yo pretendí no hacerle caso, me parecía que
era la única manera que había de tratar a ese tipo de gente, le
ignoraba, pero Duque se empezó a reír. El tipo no se inmutó,
su tono de voz seguía siendo exactamente el mismo y continuó leyendo
las mismas historias. Cuando el partido acabó me dirigí a él.
¿Qué tal, amigo? ¿No
tiene algo productivo que hacer? ¿Qué
quiere decir? ¿Le parece que esto que hago no es productivo? Pues
no mucho. Leería la Biblia
de todas maneras, soy cristiano y me gusta la lectura. La Biblia ilustra y nos
enseña la verdad. Si no estuviera aquí estaría en mi casa
leyéndola. Cada uno se consuela
como puede. Tanta pechera y tan
pocas pelotas... El tipo me dijo esto
llevándose la mano a sus genitales. Yo ya estaba furioso, notaba que se
me debía de ver en la cara, seguro que tenía dibujadas en la cara
todas las venas al doble de su grosor normal. Un chico había venido desde
las filas de atrás para que le firmase un autógrafo o quizás
solo para verme de cerca, para ver al gran Bart Smith de cerca, y por su mirada
supe que estaba notando cómo enfurecía por momentos. Intenté
rehacerme e irme, pero no estaba acostumbrado a dejar que los fans de los equipos
contrarios dijesen la última palabra. Si
quieres te puedo buscar trabajo en el equipo, mamón. Te pagaremos diez
dólares por mamada. Entonces el
tipo me tiró la Biblia a la cabeza y yo le dejé el cráneo
como un sonajero de un golpe con el stick. Cuando
llegamos a Nueva York la prensa estaba esperándome en el aeropuerto. No
hablé, simplemente crucé la terminal con la mejor de mis caras hasta
la parada de taxis. No tenía que hacer esfuerzos para mostrarme relajado,
en realidad me sentía como un niño recién nacido. Romperle
la cara a ese idiota me había ayudado a liberar adrenalina, a aligerar
tensiones, a calmar las cosas y equilibrar mi karma. Ir por ahí machacando
cráneos es algo que está mal pero relaja muchísimo, por eso
es tan difícil erradicar la violencia del deporte; por muchas multas que
pongan o incentivos a favor del juego limpio, mientras dar hostias relaje tanto
a gente que vive instalada en un exigirse continuamente, se seguirán repartiendo.
Entre mis compañeros de equipo, entre los periodistas, con Duque mirándome
como se mira a un niño que ha hecho una travesura adorable pero reprimible,
me sentía fuerte, nadie perdía nada porque ese idiota tuviera una
cara nueva, y, si tenía un seguro médico que cubriera operaciones
de estética, entonces hasta le habría hecho un gran favor. Tal vez
incluso le cambiara la personalidad a mejor y su mujer se excitara más
fácilmente al tener la sensación de estar acostándose con
otro hombre. Pero cuando llegué
a casa las cosas cambiaron. Los niños estaban dormidos, Vicky no había
visto el partido, pensaba que el hockey le había quitado muchas cosas,
que nuestra vida familiar sería mejor y más cariñosa si yo
no tuviera que andar buscando la motivación para jugar contra defensas
rusos por dos que podían parar un tren con la dentadura. Cuando
llegaba a casa tenía que reconocer que las cosas no iban bien del todo,
allí estaban mi esposa y mis hijos, y aunque me diera igual ser un buen
marido, yo quería ser un buen padre sobre todas las cosas, lo que sea que
ser un buen padre quiera decir. Y no es que partirle la cara a un imbécil
fuese algo que yo considerara como intrínsico de un mal padre, por lo menos
así pensaba entonces, pero me sentía avergonzado por la furia con
que lo hice. Recuerdo haberle dicho al
doctor Skinner: Lo que más
me avergonzaba de aquello no era tanto el haberle machacado la cabeza, sino que
hasta un par de segundos antes de tirarle el stick no tenía intención
de hacerlo. Un buen profesional nunca debe perder los nervios. Un buen profesional
puede usar la violencia, pero siempre midiendo lo que se consigue en términos
de cambiar el rendimiento del adversario, sea por daño físico o
por intimidación, o de mediatizar a los árbitros. Quiero decir,
el partido estaba acabado, habíamos ganado, Washington tiene una de las
medias de abonados más bajas de toda la liga, y además son malos
con avaricia, nunca nos vamos a jugar nada importante contra ellos. Era
cierto, había siempre muy poca gente en la pista de Washington. El doctor
Skinner había vivido en Washington y pensaba que aquello se debía
a los hábitos de transporte que tenían los habitantes de la capital.
La gente allí se sube a coches de extraños porque el uso de los
vehículos está regulado para los que lleven menos de cuatro ocupantes.
Como bien le decía al doctor, el secreto
de un profesional es estar muy tranquilo mientras pones nervioso al rival y le
haces pensar que también tú estás nervioso. Si te vas a enemistar
con el público porque piensas que tu equipo no está enchufado en
el partido o porque quieres condicionar la actitud de los árbitros, entonces
está bien, todo depende de los contratos por publicidad que tengas, que
en el hockey suelen ser pocos y ligeros, pero darle con el stick a un tipo porque
te saca de tus casillas, eso es un insulto a los que te enseñaron este
deporte. Además, usar el stick
para eso me parecía zafio, demostraba que te sentías poco unido
a tu herramienta de trabajo. Era una actitud más propia de ese tipo de
jugador que firma un contrato largo que le hace sentir un esclavo y que está
como loco por que su equipo no se clasifique para los play-offs y poder irse de
vacaciones, que de un líder. No
sabría decirlo con palabras, pero era eso, había algo que me hacía
sentir mal, algo que se me hace difícil explicar con palabras. Todo lo
que se armó después se habría podido evitar si entonces me
hubiera ido directamente a ver al doctor Skinner, pero era un ignorante y estaba
demasiado preocupado en mantener al grupo unido. No quería ser uno de esos
deportistas pusilánimes demasiado conscientes de sí mismos como
Bernhard Langer o Jim Courier, que se cogen una por problemas psicológicos.
Esa noche a mi esposa solo le dije que habíamos
ganado, que no despertara a los niños y que viniera a la cama lo antes
posible porque me estaba poniendo algo tenso. El
comité de disciplina me sancionó con diez partidos, y mis abogados
llegaron a un acuerdo con los del idiota para que me retirara las causas penal
y civil a cambio de veintitrés días de mi sueldo. Durante
los días que siguieron al incidente casi no puse los canales deportivos
en la televisión, me pasaba el día viendo un canal de juicios, uno
de dibujos animados cuando estaba con los niños, y el Playboy con Vicky.
Le comentaba qué mujeres eran las que más me gustaban para que tomara
nota e intentara parecerse a ellas. Lo
que más disfrutaba de la televisión era ver los dibujos animados
con mis tres hijos. En ese momento J. R. tenía seis años, Bob cinco
y Winston cuatro. A J. R. le gustaban los juegos de palabras y los equívocos.
Cuando se reía levantaba la barbilla y le enseñaba la garganta al
monitor como un perrito a su amo en señal de sumisión. Bob era más
enérgico, le encantaban las historias con buenos y malos. Cuando veía
dibujos animados de acción, con malos que no solo quieren ridiculizar al
bueno sino destruir la ciudad de Tokio, entonces se quedaba con la boca entreabierta
y si le mandabas que hiciera algo no protestaba como cuando estaba viendo un corte
humorístico, sino que se marchaba corriendo a hacer lo que se le había
mandado y lo acababa lo más deprisa que podía para retomar la serie.
Winston, por su parte, sentía pasión por los personajes de colores,
esponjosos, con voz de deficientes mentales y miradas confiadas. Algo como el
gallo Silvestre. Cuando los veía reírse pensaba si podría
alguien amar más a sus pequeños de lo que yo lo hacía. Era
una pregunta mucho menos retórica de lo que pueda parecer. Me lo preguntaba
de verdad. Cuando veía a Vicky, los sacrificios que ella estaba dispuesta
a hacer por los niños, y cuando veía a mis compañeros de
equipo con sus hijos, su manera torpe de tratarlos y que no dejaba de ser mi misma
manera... Creo que hay mucho de teatro en cómo nos empeñamos en
querer a nuestros hijos. Me pregunto si los tipos pusilánimes y los afeminados
querrán a los niños de otra forma, si esa forma suya será
más intensa o simplemente más tonta como siempre he sospechado.
Eran chicos muy diferentes a mí, muy
sensibles, educados, y yo diría que algo afeminados. Se notaba en su educación
la mano de su madre por todos los lados, y a mí me gustaba que eso fuera
así. Cuando pensaba en mi padre y en mí, y en lo que nos diferenciábamos,
intuía que la historia estaba haciendo que los hombres fueran cada vez
más finos y en cierta manera también más femeninos. Mucha
gente que me conoce puede pensar que soy una especie de supermacho; muchos de
mis fans lo son por eso. Tengo una mandíbula fuerte, no rehuyo el choque
con nadie y aparezco en las canchas más hostiles en los momentos más
tensos. Pero si esa gente hubiese conocido a mi padre, entonces me tomarían
por una aspirante a Miss América. Si mi padre se le hubiera cruzado en
el camino un tipo irritante como ese que leía la Biblia detrás del
banquill, lo habría matado. Sobre el hielo los únicos jugadores
que me pueden inspirar algo de respeto son los que me recuerdan a mi padre. A
todos los demás los mantengo a raya, los conozco, sé que puedo proteger
el puck contra todos ellos, los gano en corpulencia, y a los pocos que no gano
los supero en inteligencia y en conocimiento del juego. Pero cuando me cruzo con
un tipo de nariz grande como la de mi padre entonces me dan ganas de esconderme.
Los miro, me cruzo con ellos, me doy cuenta de que ellos me respetan, algunos
hasta me idolatran, pero no pierdo la sensación de que son enviados de
mi padre que me recuerdan: «Chico, aprovéchate de estos que te dejan
porque cuando llegué el día del juicio él te va a enseñar
lo que es un tipo duro». Supongo
que así me verán mis hijos en un futuro. Seguro que ellos serán
los más duros de su generación, que sus iguales los verán
como seres genuinos. Pero cuando piensen en mí, se seguirán sintiendo
solo un peldaño por encima de los mariquitas, solo uno. Eso es el progreso.
En una cuña que anunciaba un reportaje
del canal de juicios, vi mi camiseta de los Islanders pegándole un soberbio
golpe de stick al memo que leía la Biblia detrás del banquillo.
Estaban anunciando un reportaje sobre juicios contra estrellas del deporte por
agresiones a fans. Por allí asomó la nariz también Dennis
Rodman, pegándole una patada desde el suelo a un cámara negro de
televisión, y varias imágenes de campos ingleses de fútbol
en las que los jugadores se liaban a puñetazos como si estuvieran celebrando
el día sin ley. Vi mi imagen, solo
se me veía de espaldas, la camiseta azul de los Islanders con un gran 33
en letras cuadradas con las esquinas ligeramente redondeadas. Y también
vi la cara de aquel tipo. Tenía pinta de ser un hombre mal hormonado, un
tipo religioso a la fuerza, pequeño y mal peinado, de los que aprenden
a hacer todo a destiempo y siempre en solitario, poco preocupado por su imagen.
Tenía aspecto de ser realmente una
persona religiosa. Seguro que no leía las Escrituras solo en la cancha
y que votaría a favor de elaborar un nuevo código penal que no contradijera
la Biblia. Intenté pensar de qué
otra manera podía haber actuado. Me habían metido diez partidos
de sanción. En mi época de jugador de ligas menores, en la Ontario
Hockey League, tuve un entrenador que se llamaba Mike Barry que me solía
pedir que repensara las cosas dándoles otra solución. En aquellos
tiempos yo estaba saliendo con su hija; en aquellos tiempos, además la
mayoría de los espectadores que iban a la pista eran ojeadores de la NHL.
Esos ojeadores venidos de los dos países, el entrenador Barry, su hija
y yo mismo sabíamos que llegaría a ser una estrella, que había
roto para bien y nadie me podía ya parar, que yo tenía el talento
y la confianza en mí mismo para llegar a despuntar en el hockey, mantenerme
entre profesionales y ganar dinero a mansalva. En
los últimos meses en su equipo, el entrenador Barry me trataba con mucha
melancolía. Por un lado veía en mí una apuesta segura, gente
como yo era la que hacía crecer el interés por las ligas menores
y por las personas que trabajaban en ellas. Por otro lado yo olía a dinero
por los cuatro costados, él lo notaba y pensaba que su hija estaba cargando
con Bart el tonto para que cualquier otra se quedara conmigo cuando empezase a
ganar dinero. Ahora le entiendo. Para
un hombre de hockey tener hijas es lo peor que puede haber. Te pasas todo el día
rodeado de hombres que se sienten realmente orgullosos de serlo, que se preguntan
qué sería de sus vidas si no hubiesen sido jugadores de hockey y
responden que jugadores de béisbol o de fútbol, y que cuando se
preguntan qué serían si no hubiesen sido hombres, las más
de las veces se imaginan como bailarinas de strip-tease o fregonas. No es que
este sea un mundo machista, aquí no se discrimina a las mujeres porque
no las hay, pero para cualquier jugador de hockey una mujer no pasa de ser una
criatura objeto de una maldición a la que resulta fácil amar por
toda la ternura que despierta su debilidad. Por
otro lado, la hija de Mike Barry era una chica ideal, guapa, comprensiva y con
un trasero redondo y abultado. Cumplí
con los diez partidos de sanción y después volví al trabajo.
Estaba siendo un buen año. Los chicos parecían relajados, se divertían
jugando sin abandonar el compromiso de tramitar con solvencia su tarea en la pista.
Mi cuñado me preguntó si se podía apostar por nosotros. Le
gustaba cómo estábamos trabajando y quería apostar. Había
encontrado una web de apuestas en la que le ofrecían un 3/1, aquello sonaba
bien, parecía un sitio legal, ofrecían un número de teléfono
y una dirección en las Bermudas. Pensó que al ver las cosas desde
dentro yo me podría imaginar mucho mejor cuál era el límite
del equipo. Le recomendé que siguiera adelante con la apuesta. Los chicos
se estaban olvidando de todo, jamás habíamos tenido menos problemas
desde que yo llegué a la franquicia. Todos remábamos en la misma
dirección. Un periodista me preguntó
si aquel era el mejor momento de mi carrera deportiva. Es maravilloso cuando te
preguntan cosas así. Jugamos un
partido en Anaheim. Quedaban un par de semanas para que empezasen los play-offs,
y en esas fechas siempre nos toca alguna gira por las canchas de California. En
el mes de abril empieza a hacer demasiado calor por el oeste, así que a
la gente de Los Ángeles, Dallas, Anaheim o San José, les apetece
ir a las canchas a ver a un montón de tíos dándose golpes
mientras mantienen el equilibrio. Es algo normal, yo me siento solidario de todos
ellos. Hay tanta gente que usa la violencia para conseguir sus objetivos, las
mafias organizadas, las bandas juveniles, la policía, el departamento de
Estado..., que ir a un sitio en el que se produzcan justificadas y las agresiones
estén de acuerdo con un reglamento, con un código de caballeros,
es algo relajante. Debe de ser parecido
a lo que siente mi mujer cuando ve una película que la hace llorar. Cualquiera
pensaría que demasiadas razones existen para llorar como para buscarse
otras nuevas, pero ella dice que se siente bien cuando llora por una película.
Yo lo respeto. De la misma forma, me pongo
en el pellejo de todos esos tipos que han estado pringando en un ambiente de trabajo
odioso, que tienen una esposa con la que comparten pocas cosas y unos hijos cuya
muerte no les supondría el gran trastorno que cuando eran más jóvenes
imaginaban que sería. Vuelves del trabajo, enciendes la televisión,
y te encuentras con que hay un montón de gente que gana más que
tú haciendo un trabajo del que salen menos desgastados. Entonces vas a
la cancha de hockey y un montón de tipos se deslizan haciendo resbalar
una pastillita que apenas si se ve y a la que los cámaras de televisión
pierden la pista con frecuencia. Eso es relajante, restituye la idea de justicia
y aumenta la confianza en el sistema. Más todavía si has comprado
entradas para sentarte en primera fila y escuchas en vivo los chillidos y las
respiraciones de los jugadores sustituidos. Yo
iba en el autobús que nos llevaba del hotel a la cancha hablando con Duque.
Antes de los partidos Duque pronosticaba el resultado. Acertaba no más
de una de cada diez veces, pero a él le parecía suficiente para
seguir haciendo pronósticos. En
aquella ocasión dijo que el partido iba a acabar cinco a dos a nuestro
favor. Cuando él daba un resultado a nuestro favor yo me sentía
algo más optimista porque sabía de dónde sacaba el material
para sus conjeturas. Sus pronósticos eran simplemente el resultado de lo
que flotaba en el ambiente. Salían del relax que Duque palpase entre los
muchachos, de cuánto el entrenador tuviera las cosas bajo control , de
los últimos resultados, de lo que dijera la prensa de nosotros (al menos
los que sabían)... Duque tenía mucha intuición y si veía
que las cosas no iban bien del todo nos lo hacía saber de alguna manera.
Los hispanos son muy intuitivos, por eso no se llevan mal con nadie. Era un tipo
diplomático, bien adaptado, que sabía dar una respuesta dirigida
a cada persona. Trataba a las personas de manera diferente según cómo
fuesen. Tipos así se ven pocos por la fauna del hockey. Tal vez por esa
manera suya de ser se llevaba bien con todo el mundo, pero también por
eso nadie terminaba de considerarlo se amigo. ¿Te
crees capaz de adivinar quién va a hacer los goles? Tú
vas a tener tu momento de gloria. Lo noto. Hoy vas a ser el protagonista del partido.
El pabellón estaba fuera del núcleo
urbano. Era un pabellón bajo, de gradas muy tendidas y con mucho sitio
para aparcar. Todo el equipo venía en un par de autobuses que se pararon
cerca de la entrada de jugadores. Prácticamente no había nadie;
de hecho, yo diría que no había nadie que estuviese allí
para recibirnos, todos estaban trabajando. Me
vestí al lado de Duque. Él siempre se ponía por debajo de
las protecciones una camiseta con las caricaturas de un grupo de adolescentes
que resultaban ser el equipo del instituto Lincoln de Fort Lauderdale, en el estado
de Florida. Había ganado una copa con sus amigos del instituto y desde
entonces guardaba esa camiseta; jugaba todos los partidos llevándola debajo
de las hombreras. Duque, ¿sigues
viéndote con alguno de esos muchachos? No,
cada uno ha hecho su vida en lo suyo. Es normal. Al principio llevaba esta camiseta
por amor a mis compañeros, después por superstición, más
adelante por costumbre, y ahoraya ni se sabe. Es
una rutina o algo parecido. No he
encontrado la ocasión de cambiarla, pero algún día...
Duque parecía querer decirme que algún día iba a trasformar
el mundo, pero no, simplemente se refería a que cualquier día se
cambiaría de camiseta. Quién sabe las catástrofes que le
seguirían. Pareces muy serio
hoy, Duque. No, debe ser de que
me he puesto del revés el protector bucal. Duque parecía muy
serio. Hizo sus ritos de antes de los partidos, dar su pronóstico, hacer
alguna que otra broma, ponerse su camiseta de la suerte, etcétera, pero
en su tono de voz y en los comentarios que hacía había una gravedad
que yo no le había visto nunca. No
me digas que te asustan esos imbéciles de los Ducks. No,
no es eso, en realidad no es nada. Saldremos al hielo y nos los comeremos, sin
piedad, y mañana nadie hablará de eso en los periódicos porque
a todo el mundo le parecerá normal, no les sorprenderá que los Islanders
hayan venido hasta Anaheim para poner las redes del revés en las porterías
de esos mamones. Eso es lo que yo
llamo estar preocupado. Dime, ¿tienes alguna deuda pendiente con algún
jugador de este equipo? Eso se soluciona rápido, dime quién es y
antes de que pasen cinco minutos le tendrás raspando el hielo con los dientes.
Duque era la clase de tipo que se puede considerar
afortunado, había ganado el título como profesional una vez, hacía
ya dos temporadas, cuando ganamos a los Detroit Redwings por cuatro a dos en la
final, firmó su contrato cuando el mercado estaba al alza, en un momento
en el que el equipo no conocía aún sus verdaderos límites,
y tenía una esposa a la que le faltaba fuerza y egocentrismo para poner
su matrimonio en crisis. Estaba muy cerca de tener la vida que cualquier profesional
podía desear. Una vida ordenada de puertas adentro, un buen sueldo por
encima de las condiciones de mercado y un equipo que le había hecho campeón
y que le prometía más emociones fuertes. Si había alguien
con derecho a conservar todas sus supersticiones y rutinas sin traicionar una
sola, ese era él. |