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Guapa de cara
| | RAFEL REIG | |
224 págs. | | ISBN 84-96080-27-7
| | 17.00 € | |
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TODO ACABÓ UN jueves por la mañana,
el 18 de noviembre de 1999, sin que terminara el siglo y cinco días antes
de mi cumpleaños. Habría cumplido treinta y siete. Eran casi
las doce y había quedado a las doce en punto en recoger a mi madre para
acompañarla al médico. Llevaba equis horas intentando salir de casa.
En el último momento siempre me acordaba de algo: las llaves, la cartera,
la luz del baño encendida. Daba lo mismo, lo sabía: cuando estuviera
en el ascensor, en el momento equis más uno, me daría cuenta de
que había olvidado lo más importante. O lo que hubiera olvidado
se convertiría en lo más importante. Así era mi vida.
En esas estaba, con el abrigo puesto, la puerta abierta y volviendo a entrar a
por la chequera, cuando oí ruido de pasos. Eran dos hombres, uno con
vaqueros y anorak, y otro con un traje gris de raya diplomática, pero sin
corbata, cinturón ni cordones en los zapatos, como los presidiarios.
Estaban entrando en la casa. Mi casa, me refiero. El del anorak llevaba
una pistola en la mano. -Los papeles -reclamó el del traje. ¿Que
qué hice? Pues qué iba a hacer, se los entregué en el acto,
faltaría más. Que conste, no pensaba tanto en salvar mi vida (total,
esta vida), como en mi madre, la pobre mujer, pinzada en sus vértebras
lumbares y esperándome en el recibidor, sentada con el bolso sobre las
rodillas y el abrigo puesto desde las nueve de la mañana. Tras examinar
la carpeta, el del traje concluyó. -Misión cumplida. -¿Qué
hacemos con esta? -preguntó el del anorak. El otro sacó un teléfono
móvil del bolsillo, marcó un número y pidió instrucciones.
-Misión cumplida, pero hay un problema: el pájaro ya le había
entregado los papeles a otra persona -dijo. Sentí una curiosidad más
intensa por saber quién estaría al otro lado del teléfono
que por conocer su respuesta. El del traje escuchó con atención
y luego dijo: -Afirmativo. Colgó y se dirigió al del anorak:
-Sabe demasiado, hay que eliminarla. -Vale, Boss. Así que el otro
debía de ser un esbirro, el que se ocupaba de los trabajos sucios.
Apoyó el cañón de la automática contra mi sien y apretó
el gatillo. No oí la detonación. Sentí frío, como
si un hilo de escarcha me atravesara la frente para enhebrarse en mi corazón.
-Andando, Pescas -ordenó el jefe. Mi primer pensamiento fue: ¡ahora
sí que te la has cargado! Pregunta: ¿acaso era culpa mía
ser la víctima inocente de un cobarde asesinato? Respuesta: negativo.
Entonces, ¿por qué no podía evitar echarme la culpa?
-¡Te la has cargado! ¡Esta vez sí que te la has cargado! -seguía
repitiendo mi psique acusica. -¡Atiza! -chilló una voz de pito
que reconocí en el acto, a pesar de no haberla oído jamás
fuera de mi cabeza. Era el niño cíclope, con su ojo vago tapado
con un parche y esparadrapo, las uñas mordidas hasta hacerse sangre y el
bolsillo derecho del pantalón descosido. Miraba mi cadáver tendido
en el suelo. Un pecho me asomaba por el escote de la blusa. El abominable escolar,
a través del agujero del bolsillo, se la estaba tocando, mientras miraba
con un solo ojo mi cuerpo sin vida y se mordía los labios. -¡A
ver las manos, cochino! -le grité. Benito Viruta, quién si no,
la criatura de mi imaginación, el protagonista de mis libros, esos que
tanto entusiasmo despiertan en "los pequeños lectores más exigentes".
-No estaba haciendo nada, se lo juro, Seño. -Tú te callas. Y
pon las manos donde yo pueda verlas. -Sí, señorita. Cerré
los ojos, resoplé y me miré, derribada en el descansillo, con el
bolso en bandolera, un pecho al aire y el abrigo desabotonado. Así
estaba, con mi psique acusica y lepidóptera revoloteando enfurruñada,
Benito Viruta hurgándose con disimulo la nariz y mi cuerpo inmóvil
adquiriendo rigidez y perdiendo temperatura. Pasó un buen rato hasta
que me encontró María Eugenia Pestana, la del segundo izquierda,
alias la Pesti. Con dos dedos, me tomó el pulso en el cuello. Pesti
había visto demasiadas películas. Luego me acercó a la
boca un espejo que sacó del bolso. No debí de empañarlo a
su satisfacción, porque se puso a dar voces: -¡Nooooo! ¡Que
no! ¡Que no quiero verla! ¡No me digáis que la vea! ¡¡Yo
no quiero verla!! Mi sangre sobre la moqueta gris, debía de referirse.
Pesti había leído demasiado a Lorca en el BUP. Salió
barritando escaleras abajo. Vino Nicolás, el portero, con una linterna,
llave inglesa y una gamuza (no sé todavía por qué consideró
indispensable semejante equipo de rescate), y se quedó a mi lado hasta
que llegaron las autoridades, un juez y dos policías. Tomaron fotografías
y precintaron mi vivienda, pero me decepcionó que no dibujaran con tiza
la silueta de mi cuerpo en el suelo, como sucede en las películas y como
hicieron cuando murió Carlos Viloria. Por fin aparecieron dos empleados
con traje oscuro, que me trasladaron al paquebote de los Servicios Funerarios.
Cerré los ojos y conté hasta veinte, como en el patio del colegio,
pero con el efecto contrario. Cuando volví a abrirlos me convencí.
Estaba muerta. The End, pensé. La banda sonora fue subiendo de volumen
mientras aparecían los títulos de crédito y el "han
intervenido, por orden de aparición": mamá, su ginecólogo,
papá, el tío Franky..., y así hasta los asesinos a sueldo,
la Pesti, los policías y el Empleado Funeraria 1.º y Empleado Funeraria
2.º. Recorrí la cubierta. Debía de ser invisible, porque
no me hacían ni el más mínimo caso. Le toqué un
hombro al timonel. Nada. Le di un puñetazo en el oído con todas
mis fuerzas. Inútil. Le metí un dedo en el ojo. Negativo. Le pellizque
una tetilla. Cero. Invisible y, además, ¡intangible! Descendimos
por Génova hasta el transbordador de bicicletas y pusimos proa al norte.
A lo lejos divisé los faros vigías de los embarcaderos deportivos
de los Recintos; Aravaca, Pozuelo, la Florida: los parapetos de los poderosos.
Hacia el sur, más allá de Puerto Atocha, tras la alambrada del primer
Precinto, vi el humo negro y la reverberación de las llamas. Los adictos
fugitivos quemaban neumáticos para entrar en calor mientras esperaban el
final. Navegábamos por el Canal Castellana hacia los Ríos Rosas.
Dejamos a popa el puente de Eduardo Dato y la sombra triangular de la pirámide
de Chopeitia Genomics. Bajo el agua negra aún debían de estar
las ramas de los árboles y aquellas aceras por las que paseaba de joven,
antes de que se acabara el petróleo y anegaran Madrid para facilitar las
comunicaciones. Desde entonces el Canal Castellana dividía en dos la ciudad
como esa decisión que parte una vida por la mitad; en una orilla, la ignorancia;
en la otra, el arrepentimiento. Al llegar a la desembocadura de los Ríos
Rosas viramos a babor y pusimos proa hacia la Universitaria. Contemplé
mis restos mortales sobre la camilla, en el pañol de popa. Era la primera
vez que me veía desde fuera y me produjo una sensación semejante
a la de oír tu propia voz grabada: nunca te reconoces. Hay que tener
en cuenta que estaba desfigurada por el disparo a cañón tocante,
más las circunstancias muy poco favorecedoras que conlleva el fallecimiento
en sí, tales como pérdida involuntaria de humores corporales, relajación
de esfínteres, rigidez, la ropa descolocada, etc. Aun así, tuve
que admitirlo: era una gorda. Gorda, sí. Me costaba decirlo por primera
vez sin diminutivos. Había sido toda mi vida la clásica gordita
simpática. Gordita no, ya iba siendo hora de reconocerlo: gorda. Stop.
Gorda. Punto redondo. Siempre me habían llamado guapa de cara.
-La niña es muy guapa de cara -así desde pequeña, una verdadera
mortificación, un suplicio, una tortura como las que dibujábamos
en el cole en hojas de recambio. Ahora tenía en la cabeza un agujero
del tamaño de un puño, por el que se veía masa encefálica,
esponjosa y amoratada, aún palpitante, como los atardeceres que les cojo
a Machado y Cía. Los utilizo para cerrar capítulos y provocar
esas reflexiones de hoja de calendario que tanto impresionan a esos pequeños
lectores desprevenidos y más exigentes. La contemplación de
mi cerebro me dio dentera, como el corcho blanco de los embalajes o el relleno
de las almohadas. En el Instituto Anatómico Forense una mujer con trenzas
vació mi bolso sobre la mesa. Los kleenex, un cuaderno, bolígrafos,
las gafas de leer, la agenda... Faltaba la chequera, cómo no, que tenía
la culpa de la puerta abierta, de mi retraso y, por tanto, del cobarde asesinato
del que acababa de ser víctima inocente. En la radio sonaba una versión
en inglés de Sobre un vidrio mojado, la vieja canción de Los Secretos. Los
cuadros no tienen colores, las rosas no parecen flores, no hay pájaros
en la mañana, nada es igual, nada es igual, nada es igual, nada... Pensé
en mi ropa interior. Llevaba unas bragas desteñidas y con la goma dada
de sí. Mi madre se había pasado media vida advirtiéndome
que llevara siempre ropa interior en perfecto estado de revista, porque nunca
se sabía. -¿Y si te llevan de urgencias a un hospital? -me decía-.
Menuda vergüenza cuando se descubra que llevas las bragas sucias, hija mía.
Nunca se sabe, María Dolores, nunca se sabe. Cuando era muy joven,
en el cuarto de baño, me entregaba a ensoñaciones necrológicas,
con los pantalones por los tobillos y las bragas enrolladas en el vaquero. Imaginarme
muerta era la única forma de conseguir verme desde el exterior, como si
se tratara de otra, una tercera persona, alguien que no fuera parte interesada.
Yo acababa de sufrir una muerte repentina, aunque indolora, por favor. A la luz
forense del fluorescente, inspeccionaba el contenido de mis bolsillos, miraba
mis carnets, el calendario, un número de teléfono apuntado en un
recibo del cajero automático, y pensaba en mí misma como si fuera
una desconocida la que acababa de fallecer, una mujer de la que solo sabía
lo que estaba a la vista, por fuera. Eso era lo que quedaba de mí.
Imaginaba las reacciones de mis seres queridos, lo que dirían, cuánto
llorarían, cómo aprenderían a valorarme. Mi entierro se convertía
en un acontecimiento, la noticia salía en todos los periódicos,
venían hasta mis mejores amigas del colegio, Marisol Mateos, Fátima
Fernández y Maite Munárriz. Luego me daba cuenta de que yo no
podría verlo y, en ese caso, no merecía la pena. Me resucitaba,
me limpiaba con papel de váter, tiraba de la cadena, me subía las
bragas y los pantalones y volvía a mi habitación a leer. Todos
los libros que leía trataban de mí, yo era siempre la única
protagonista, lo mismo de Sinuhé, el egipcio que de Así habló
Zaratustra. Una y otra vez me sorprendía la coincidencia de que tanto
Mika Waltari como Friedrich Wilhelm Nietzsche escribieran lo mismo que yo ya había
pensado antes por mi cuenta. Luego he comprendido que sucede siempre: solo
somos capaces de reconocer en los demás las ideas que ya se nos habían
ocurrido a nosotros. -María Dolores Eguíbar Madrazo -silabeó
la de las trenzas leyendo mi carnet de identidad. No tardó en descubrir
mi estado civil (casada) y mi dirección (Castelló 13). Iba a
advertirle que hacía cinco años que me había separado de
Fernando y que ya no vivía en esa casa, pero no me salía la voz.
Invisible, intangible y, además, inaudible. Estar interfecta comenzaba
a desplegar múltiples inconvenientes o un lado negativo. Cuando abrió
la agenda me sentí tonta de remate y sin remedio. Soy esa clase de ser
humano que siempre obedece sin tener por qué. Basta con decir que relleno
las páginas de "datos personales" de las agendas, como una idiota.
Un año más había dudado, pero al final había vuelto
a poner que, en caso de accidente, avisaran a Fernando Eguilaz, el que ya no era
mi marido. Fernando, el famoso científico, candidato al premio Nobel,
estaba en casa y, contra todo pronóstico, cogió el teléfono,
en lugar de dejar que sonara el contestador. Sentí ganas de fumar,
pero no pude coger un paquete de Lucky que había sobre la mesa. Mis dedos
lo atravesaban. Había que fastidiarse con la intangibilidad. ¿Podría
comer y beber? ¿Podría pasar las páginas de los periódicos
o abrir una puerta? ¿Atravesaría las paredes? ¿Necesitaría
dormir? ¿Tendría que ir al baño? ¿Me reflejaría
en los espejos? ¿Menstruaría? Interrumpí esta plataforma
giratoria de interrogaciones para detenerme a contemplar mi estado. En fin, amigas,
¿a qué mayor mal pudiera haber venido? Por suerte era invisible
para los demás, ya que estaba desnuda. Lo más llamativo era que
me encontraba delgada. No me parecía a aquel cadáver en decúbito
supino, sino que había conseguido ser por fin tal y como me veía
por dentro de mi cabeza. Estaba estupenda, en definitiva, con casi diez kilos
de menos. Este es uno de los aspectos más reconfortantes o lado positivo
de la defunción. Además, sin gafas, veía perfectamente.
Aunque, por otra parte, siendo invisible, intangible, inaudible y tal, pues, chica,
tú me dirás, da como un poco lo mismo estar delgada que gorda, guapa
de cara o fea como un pecado mortal. Distinguidos doctores forenses, musculosos
auxiliares, sonrientes ordenanzas, hombres con batas blancas o uniformes con galones
pasaban a mi lado sin volver la cabeza. Bajé a la entrada a esperar
la aparición, sin duda espectacular, de Fernando. Hacia Moncloa se
amontonaban nubes de color ceniza. Había, como dejados caer sin orden ni
concierto, cipreses, encinas, un roquedal, dos o tres cerros y varios terraplenes
por los que echar a rodar neumáticos. A mi espalda, Benito Viruta fingía
taparse el ojo bueno, me miraba jadeante, como con la cara pegada al cristal,
y murmuraba: -¡Macho, macho, la Seño está en bolas totales!
Solo me faltaba eso, la compañía póstuma de la criatura de
mi imaginación, ese chaval sucio y malvado, siempre más salido que
una cornisa y sin otra ocupación que darle a la manivela a través
del agujero del bolsillo. -¡Quítate la gafas ahora mismo! -le
ordené. -¡Jolines, Seño! -protestó el crío.
Vi a mi psique mariposa batir las alas y ganar altura. Salió por la ventana
y desapareció entre aquellas nubes grises y destartaladas. Sentí
que se desataba en mi interior el nudo de un hilo de sangre. -¡Mi Dasein!
-exclamé, como si se me hubiera caído al suelo un vaso de Duralex,
esos que siempre estallan como si fuera una bomba. -¿Qué es
eso, Seño? -¿El Dasein? El ser-en-sí o el ser-en-mí,
algo así, Benito, pero déjalo, tú no vas a entenderlo: la
verdad de mí misma. -¿La mariposa? No se preocupe, tiene que
volver, solo hay que esperar. -Te he dicho que te quites las gafas. Venga,
andando. Obedeció. Sin los cristales, lo único que iba a
ver eran sombras movedizas y bultos fugitivos, como manchas de humedad en la pared
o peces bajo el agua, borroso cardumen en movimiento.
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