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La amistad desnuda

CARLO FRABETTI

128 págs.

ISBN 84-96080-30-7

13,50 €.

La amistad desnuda (00088)

 

El odio de Dios

ME HABÍA ACOSTADO temprano, tras una jornada de trabajo agotadora y poco fructífera, y me había quedado profundamente dormido.
Me desperté sobresaltado, con una vaga sensación de angustia, y tardé unos segundos en darme cuenta de que, por una vez, la angustia venía de fuera: lo que me había despertado era un largo gemido procedente del otro lado de la pared.
Agucé el oído, con esa mezcla de alarma y expectación morbosa que a menudo nos produce el dolor ajeno. Otro gemido, seguido de una frase terrible:
-Ojalá no te hubiera conocido.
Con una extraña receptividad inducida por el sopor, pensé, o más bien sentí, que era la frase más dura que se podía decir a alguien. Cuando una frase sigue siendo terrible tras convertirse en tópica, es porque su dureza intrínseca le permite resistir el desgaste de un uso continuo.
Pegué el oído a la pared, pues mi vecino hablaba con voz átona y no muy alta.
-Ojalá me hubiera muerto antes de conocerte, o antes de descubrir que...
No pude oír lo que seguía, lo cual me produjo una intensa frustración, totalmente desproporcionada. Con movimientos nerviosos y atropellados, saqué el estetoscopio del cajón de la mesilla de noche, me lo puse y lo apliqué contra la pared.
El discurso de mi vecino me resultó a la vez fascinante y aterrador. Era, en gran medida, un discurso convencional, y se parecía bastante a un típico lamento de amante traicionado; pero había pequeños detalles, matices casi imperceptibles y difíciles de precisar, que lo convertían en algo sobrecogedor.
Lo más inquietante del discurso era, probablemente, su tono aséptico y casi declamatorio, que sin embargo no lograba enmascarar la enorme tensión subyacente: en cierto modo, parecía como si mi vecino estuviera leyendo una ponencia en un congreso sobre la traición. La impecable precisión del parlamento potenciaba su aspecto académico; pero había a la vez una total naturalidad en el manejo de aquel lenguaje elaborado y retórico, lo que, por alguna razón, me resultaba sumamente perturbador.
La ausencia casi absoluta de referencias concretas era otro de los aspectos inquietantes del discurso; describía con toda minuciosidad un caso flagrante e irreparable de deslealtad sin dar prácticamente ningún dato preciso. Mi vecino había sido traicionado de la forma más brutal y despiadada, eso estaba claro, y aquella traición amorosa había destrozado su vida (si lo que decía era cierto); pero sus palabras no permitían colegir la naturaleza exacta de los hechos.
El silencio total de la interlocutora, aunque no podía considerarse una característica intrínseca del discurso (¿o sí?), contribuía no poco a volverlo inquietante. Se trataba de una mujer: las frases que permitían deducirlo eran escasas pero inequívocas. De vez en cuando mi vecino remataba un período con una pregunta y hacía una pausa antes de proseguir, como esperando una respuesta o una aclaración. Pero las preguntas podían considerarse retóricas, y las pausas
subsiguientes también, por lo que el silencio de la mujer se teñía de la misma ambigüedad que el alegato de su víctima-acusador.
De pronto sentí la necesidad imperiosa de ver la cara de ella. La de mi vecino, aunque ni siquiera sabía su nombre, podía visualizarla, pues me lo había cruzado unas cuantas veces; y, además, tenía su voz y sus palabras. Pero aquella mujer de presencia tan poderosa como para convocar la más terrible tempestad del alma, y a la vez tan inasequible a cualquiera de mis
sentidos o de mis recuerdos, tan carente para mí de toda representación verosímil, me perturbaba hasta un extremo insoportable.
El balcón de mi vecino solo estaba separado del mío por un tabique de unos dos metros de altura, que salté sin dificultad. La puerta acristalada estaba cerrada, pero no había cortinas ni visillos, por lo que pude ver el interior con toda claridad.
La habitación parecía el estudio de un escritor o un profesor, y daba la impresión de pertenecer a alguien que había sido pulcro y ordenado hasta hacía pocos días. Estanterías hasta el techo atestadas de libros y carpetas, un gran escritorio con una lámpara de brazo articulado, un par de archivadores y varias sillas constituían todo el mobiliario. La impresión de desorden reciente la daban varios montones de libros y papeles dejados de cualquier manera sobre las sillas y en el
suelo, así como unas cuantas prendas de vestir tiradas descuidadamente aquí y allá.
Mi vecino estaba sentado ante el escritorio, con unas hojas de papel en las manos. Estaba leyendo en voz alta, y no había nadie más en la habitación.
Amparado por la oscuridad, asistí inmóvil al final de la lectura, con el estetoscopio pegado al cristal para no perderme ni una sola inflexión de voz.
De pronto, soltó las hojas y dijo:
-No puedo más. No puedo más. No puedo más...
Lo repitió seis o siete veces, como una letanía, con una voz átona y mecánica que me resultó más aterradora que cualquier alarido. Luego se levantó y vino hacia el balcón.
Rápidamente me encaramé al tabique de separación. Habría tenido tiempo de saltar al otro lado mientras él abría la puerta y salía, pero por algún motivo me quedé allí arriba, con una pierna a cada lado y una acuciante sensación de peligro.
Mi vecino salió al balcón con la mirada perdida. De forma mecánica, como rutinaria, apoyó las manos en la barandilla y alzó la pierna derecha con la inequívoca intención de pasar al otro lado.
Al parecer, inconscientemente, yo había previsto algo así. Por eso tenía los músculos en tensión y pude saltar sobre él antes de que él pudiera saltar al vacío. Rodamos por el suelo en silencio.
-No pensaba tirarme, doctor; solo iba... Solo era un gesto simbólico -dijo con voz desfallecida pero cortés.
-No soy doctor -farfullé-, soy su vecino. Estaba tomando el fresco, le he visto pasar la pierna sobre la barandilla y... No me gusta meterme en los asuntos de los demás, pero... Ha sido un acto instintivo.
-Es comprensible. Yo habría hecho lo mismo. Lamento haberle asustado. Pero, dígame, ¿cómo es que lleva un estetoscopio, si no es usted doctor?
El hecho de llevar un estetoscopio colgado del cuello sin ser médico era más fácil de justificar que lo de subirse al tabique a tomar el fresco; pero, por alguna razón, respondí:
-Estaba escuchándole a través de la pared. Con el estetoscopio se oye mucho mejor.
-¿Lo ha oído todo?
-A partir de "ojalá no te hubiera conocido", casi todo.
-¿Y qué opina?
-Me ha impresionado mucho su... lectura. ¿Es la base de un cuento o algo así?
-Algo así. Es la base de mi vida.
No era una conversación fácil de seguir, así que me quedé callado. Mi vecino me miró fijamente, sin disimular en absoluto que me estaba observando, o más bien estudiando, aunque sin recelo ni insolencia.
-¿No quiere pasar un momento? -me invitó.
Entré en silencio y me senté frente a él, al otro lado del escritorio, en una silla que desocupó dejando en el suelo lo que había sobre ella.
-Disculpe el desorden. He perdido la batalla contra el caos y su avanzadilla empieza a adueñarse de la acrópolis -dijo señalando su cabeza.
Era un hombre de unos cuarenta años, alto, delgado y muy bello. A la luz de la lámpara se le veía terriblemente cansado, y sus facciones hermosas y delicadas parecían estar librando una lucha sin cuartel contra la más violenta crispación.
Como si leyera mis pensamientos, dijo de pronto:
-Sí, estoy luchando contra el demonio. O contra Dios. Que es una forma de decir que no he tenido más remedio que refugiarme en la soberbia última. Hibris. Solo puedo concebir lo que me ha sucedido como la manifestación desnuda del odio de Dios: es la única representación operativa que puedo darle a un golpe así. Y esta representación terrible, anonadante, me
brinda, de forma paradójica, una vía de salvación, la única posible: la asunción del reto supremo, de la afrenta suprema, que al causar un estrago proporcional a su divina magnitud me permite sentirme divino en mi dolor y en mi capacidad de soportarlo. Y, sobre todo, en mi capacidad de no sucumbir al odio, a mi propio odio. Puedo decirle a Dios: "He sentido todo el peso de tu cólera ciega, y sin embargo no descargo la mía sobre ti ni sobre tu instrumento, luego soy mejor que tú". Triste consuelo, desde luego, pero que me permite esperar con dignidad el inminente final.
-Lo de Dios ¿es una metáfora o...?
-Empecé considerándolo una metáfora, sí. O una metonimia, si se prefiere. Pero he llegado a pensar que podría ser algo más. No descarto la idea de un Dios creado por el hombre, una especie de Dios-gestalt que crece con la humanidad. De momento es un ser obtuso y despiadado, como el soñador de Shakespeare o ciertas deidades lovecraftianas. Pero las pocas
veces que somos capaces de afrontar con serenidad su furia y su odio ciegos, lo obligamos a crecer, a perfeccionarse.
-¿Lo lleva esa teoría a creer en algún tipo de trascendencia personal?
-Digamos que me deja cierto margen de duda. Muy estrecho, pero suficiente para conjurar el terror al aniquilamiento. En cualquier caso, no estaba hablando de eso. No estaba hablando del miedo a la muerte, sino del miedo a la vida.
-No quisiera parecer curioso -dije, consciente de que el estetoscopio que aún colgaba de mi cuello le quitaba todo sentido a la frase-, pero...
-Pero lo es -añadió él, sin brusquedad ni recriminación, casi con dulzura-. Y hace bien. La curiosidad es lo que nos salva, lo que da algún aliciente a la vida cuando todo lo demás falla. Y esa curiosidad, que siempre es lícita, no puede serlo más en este caso concreto, puesto que mi desgracia es la suya.
-No lo entiendo muy bien, pero de alguna manera es así -tuve que admitir-. Una de las cosas que más me ha impresionado de su discurso, aunque solo ahora me doy clara cuenta de ello, ha sido su extraña familiaridad. Es como si yo mismo hubiera podido escribir algo muy parecido, usando incluso frases similares.
-¿Ha sido traicionado alguna vez? -me preguntó mirándome fijamente.
-No en el terreno amoroso (entre otras cosas, porque para que haya traición tiene que haber un pacto previo, y yo no creo en los pactos amorosos, ni tácitos ni explícitos). Pero una vez le dejé mi libro más preciado a una vieja amiga y se quedó con él; y también se quedó con todo el dinero que le presté.
-Si esa es la peor traición de la que ha sido objeto, yo diría que es un hombre afortunado.
-El libro que le dejé a mi amiga era un manuscrito. Me robó el título, la idea central y un par de personajes. Y el dinero que le presté era todo lo que tenía ahorrado, y lo necesitaba para vivir... De todos modos, no lo consideré ninguna tragedia. Incluso pensé que no era un precio muy alto por librarme de una mala amiga. Pero puede que, en el fondo, me perturbara más de lo
que quiero admitir... Puede que ese incidente sea la razón de que su discurso me haya afectado tanto...
-El monstruo de la traición está en todas partes, y sus innumerables brazos acaban alcanzándonos a todos de una forma u otra. Todos vivimos en los meandros de sus tentáculos, medio cómplices, medio víctimas. Pero cuando el monstruo aprieta... No hay nada peor que la traición. Dante lo sabía bien, aunque trivializó la cuestión convirtiendo al traidor mismo en el
malo por excelencia, en el ministro del diablo...
-¿Quiere decir que, incluso al margen de cualquier consideración moral, la traición es lo peor de todo?
-Precisamente al margen de la moral es donde reside el supremo horror de la traición.
-Me temo que no le sigo. Yo diría que, si prescindimos de valoraciones morales, hay cosas mucho más terribles que la traición.
-¿Como la muerte de un ser querido?
-Me ha leído el pensamiento. Estaba pensando precisamente en eso.
-No le he leído el pensamiento. He leído su diario.
-¿Ah, sí? ¿Y podría decirme en qué circunstancias?
-Un día le oí gritar y, tras llamar infructuosamente a la puerta de su casa, salté el tabique que separa nuestros balcones y me lo encontré tirado en el suelo, en aparente estado de embriaguez. Le ayudé a tumbarse en la cama, ¿no lo recuerda?
-Sí, lo recuerdo vagamente. Fue hace un par de semanas... Pero pensé que había sido una alucinación, o un sueño.
-No iba desencaminado: era yo. Decidí quedarme un rato, por si se ponía peor. Vi un cuaderno abierto sobre la mesilla de noche y leí unas páginas. Pensé que tal vez acabara de escribir algo que pudiera orientarme sobre lo que había que hacer...
-¿Algo así como el testamento de un suicida?
-Sí, algo así. Tenía usted un aspecto realmente
terrible.
-Fue muy amable por su parte... Pero, volviendo a nuestro tema, ¿no cree que la muerte de un ser querido puede ser mucho peor que la mayor de las traiciones?
-Depende de lo que entendamos por "peor". Desde luego, la muerte de un ser querido puede ser más dolorosa que cualquier traición. Pero no te cuestiona. Puede destrozarte, pero no te niega. Por otra parte, es algo con lo que inevitablemente se cuenta. Aunque intentemos
olvidarnos de ella, y casi siempre lo consigamos, sabemos perfectamente que la muerte está ahí, siempre al acecho. Pero la traición de alguien en quien confiabas plenamente te vuelve irreal, te fantasmiza. Si estás seguro de algo y ese algo resulta ser falso, quiere decir que tu seguridad no tiene ningún valor. No es solo que el otro no merezca tu confianza: no puedes confiar en ti mismo, en tu propio criterio, en tu propia noción de realidad, y eso es lo más terrible, lo más
disolutorio. No tienes base que te sustente, pues tu más íntima e inamovible sensación de seguridad es un espejismo.
-Cualquier sensación de seguridad absoluta es, en última instancia, un espejismo.
-Sí, por supuesto. Pero la relativización de la confianza tampoco puede ser absoluta, si me permite el juego de palabras. Hay cosas que, de hecho, manejamos como certezas, simplemente para poder seguir viviendo, para mantenernos a flote. Uno puede plantearse, como ejercicio filosófico o mero juego especulativo, la posibilidad de que su propia madre lo venda por un
abrigo de visón; pero en la práctica excluye tal posibilidad... Y sin embargo hay madres que venden a sus hijos.
-Sí, pero supongo que a esas se las ve venir. No deben de ser la clase de madre en la que uno confía ciegamente.
-Casi siempre es así, por supuesto; de lo contrario, nuestra civilización, por no decir nuestra especie misma, se habría hundido hace tiempo.
-Y cuando no es así, yo diría que hay que achacarlo a un error de apreciación. Una persona realmente digna de confianza, por definición, no puede traicionar.
-A eso voy precisamente. Por eso la decepción es disolutoria: porque pone en evidencia un error básico. Si uno se equivoca al depositar en alguien su confianza plena, ese error nuclear invalida todo su aparato de ideas y creencias, o cuando menos lo desestructura. Se produce una reacción en cadena que tiñe de irrealidad todo lo que constituye el mundo de uno, hasta que esa
irrealidad describe un círculo completo, revierte en uno mismo y lo convierte en un fantasma. Por eso me volatilizaré en cualquier momento.
Lo dijo con tal convicción que casi esperé verlo disolverse en el aire.
-Si me lo permite -dije tras una larga pausa-, voy a contarle una historia que no viene en mi diario, porque nunca he sido capaz de escribirla.
-Será un placer escucharle.
-Cuando tenía cuatro años empecé a tener fantasías diurnas recurrentes, como casi todos los niños. Su protagonista femenina era la típica princesa de larga cabellera rubia de los cuentos de hadas, y, naturalmente, yo era su paladín y la salvaba de los mayores peligros gracias a mis poderes sobrehumanos. En mis ensoñaciones no veía con claridad su rostro, pero sí sus ojos: su mirada inteligente, dulce y un poco triste me acompañaba en todo momento, era como una lamparilla que siempre brillaba en mi interior... Seguí teniendo esos sueños diurnos recurrentes, con ligeras variaciones, hasta la adolescencia, y ni siquiera mis primeros y titubeantes escarceos amorosos acabaron con ellos... Y a los veinticuatro años la conocí. Ella tenía veinte, y era idéntica a la mujer de mis sueños, es decir, tenía los mismos ojos... Al verla por primera
vez me sobresalté de tal manera que ella lo notó ("Diste un salto hacia atrás, como los personajes de los tebeos", me diría tiempo después)... Para ahorrar detalles que no vienen al caso, le diré simplemente que puse en ella todo mi afecto y toda mi confianza, ese afecto
incondicional y esa confianza absoluta de la que hablaba usted en su discurso solitario... Durante un año fui feliz, si la palabra tiene algún sentido. De modo que cuando un día me dijo, sin preámbulo alguno, que el sexo le era indiferente, que aunque no le resultaba desagradable
hacer el amor, tampoco lo deseaba, me pilló totalmente por sorpresa (solo puedo decir en mi descargo que mi experiencia sexual era prácticamente nula). Las implicaciones de aquella frase dicha como al acaso, sin sombra de agresividad ni de reproche, casi con dulzura, me dejaron helado.Tan helado que no pude volver a hacer el amor con ella... No volvimos a hacer el amor,
pero, aunque no vivíamos juntos, seguimos unidos por un afecto incondicional y por una amplia gama de intereses y actividades comunes. Durante varios años yo no tuve ninguna otra relación sexual (es decir, no tuve ninguna en absoluto), y creo que ella tampoco. En un
momento dado, ella empezó a tener relaciones con mujeres, y yo también. No hablábamos de ello, aunque era evidente... Hasta que un día, seis años después de la interrupción de nuestras breves e inexpertas relaciones sexuales, dejé embarazada a una amiga común y se lo conté (solo habría podido ocultárselo mediante mentiras explícitas, y en nuestra relación no cabía la
mentira). Entonces enloqueció. Literalmente. Empezó a hablar con el fantasma de una suicida que había vivido y muerto en su casa, y un día estuvo a punto de matarme. Me rompió una botella en la cabeza y luego, blandiendo la botella rota como un puñal, intentó cortarme el cuello. Nos pusimos a correr alrededor de una mesa, como los niños cuando juegan a perseguirse. Yo estaba medio atontado por el golpe en la cabeza y tropezaba continuamente, pero ella estaba fuera de sí y no coordinaba bien los movimientos, por lo que no logró
alcanzarme. En un momento dado, ciega de frustración y de rabia, recogió del suelo unos trozos de cristal de la botella rota, se los metió en la boca y empezó a mascarlos.
Me quedé callado. Era la primera vez que se lo contaba a alguien con detalle. Probablemente era la primera vez que me lo contaba a mí mismo con detalle.
-¿Y usted qué hizo?
-Salté sobre ella por encima de la mesa y le di un golpe en la nuca para evitar que tragara. Tras dejarla semiinconsciente, le fui sacando, uno a uno, los trozos de cristal de la boca... Han pasado muchos años. Y aún no me he volatilizado.
-¿Está seguro?



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