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Casi inocentes | PEDRO
UGARTE | | 224 págs. | |
ISBN 84-96080-32-3 | | 17.00
€. |
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HAY UNA SOLA cosa memorable en mi vida: haber tenido un hijo.
Todo lo demás carece de importancia ante semejante cataclismo. Sé
que muchas personas conocen la envergadura de ese acontecimiento, pero sé
también que su apariencia de hecho habitual lo convierte casi en una
anécdota, en un cortinaje costumbrista que adorna, con parecidos pliegues,
la biografía de muchos seres ordinarios e inconstantes. Millones de
personas han redimido toda una vida de afanes malogrados gracias a ese hecho
singular, a esa misteriosa transmisión de la conciencia que la carne
perpetra sobre sí misma, tercamente, generación tras generación,
extendiendo a lo largo de la historia linajes anónimos, secretos, cuya
única finalidad es prolongarse, añadir otro eslabón a
la cadena, una cadena desprovista de nombre cierto, que no guarda memoria de
sí misma, pero que se perpetúa con increíble obstinación.
Tener un hijo es un milagro, aunque esa condición venga oscurecida por
la frecuencia, por la mera estadística que lo transforma en un hecho
casual y numeroso. Tener un hijo es un milagro desdibujado por la burocracia de
las anotaciones registrales, y el costumbrismo de bautizos y cumpleaños,
y la aburrida letanía de parques públicos, columpios y colegios.
No deja de ser un milagro, de todos modos, y no deja de ser al mismo tiempo
la comisión de un delito turbador, porque sabes que tu vida es un tránsito
penoso, efímero y posiblemente inútil, pero aun así, por
circunstancias nunca aclaradas, decides delegar su ejercicio, y la repetición
de tus meros problemas, a individuos que morirán en un futuro muy lejano y
de los que nunca llegarás a saber nada, del mismo modo que tú
no sabes nada de aquel hombre medieval o aquella mujer de la prehistoria a
los que rigurosamente debes el mecánico parpadeo que ejecutas, la cadencia
de tus pulmones, la posibilidad de pensar ahora mismo en esto que estás
pensando. Un hijo, por otra parte, es un acto de fe; y si uno concibe la vida
como el trato involuntario y prolongado con toda clase de sufrimientos, un
hijo es también un disparate. No puedo sostenerla con completa convicción,
pero todavía guardo la débil esperanza de que mi hijo alcance
a conocer alguna versión de felicidad que, por circunstancias azarosas
o por mi propia culpa, a mí se me ha negado. Desde aquel día
en que contemplé, aturdido, casi incrédulo, cómo el pequeño
cuerpo de León, aquella sustancia desesperada y sanguinolenta, emergía
de las entrañas de Regina (al principio dificultosamente, ayudado por
el médico, pero luego con esa vertiginosa facilidad con que resbala
entre las manos un pez escurridizo), comprendí que algo excesivamente
grande recaía sobre mí. Ante esa responsabilidad cualquier otra
se convirtió de pronto en una insignificancia, casi en una distracción.
Esta nueva responsabilidad era enorme y era exacta; y adquiría el peso
de todo el universo, un universo que a partir de entonces me vería obligado
a sostener sobre los hombros, con la sola ayuda de mis fuerzas, para que no
dañara a aquella frágil criatura. Cuando vi por primera vez a
León sentí ganas de llorar, y luego me inundó esa perplejidad
de los hombres que se sorprenden a sí mismos sollozando, y se avergüenzan,
y no se explican qué es lo que está pasando, y paladean, incrédulos,
una lágrima salobre que por fin se filtra entre sus labios. He olvidado
la composición precisa de la escena, el aspecto del quirófano,
el color de las paredes o la voz, quizás tierna, quizás autoritaria,
de comadronas y enfermeras. Pero el recuerdo de un vuelco en el corazón,
de una impetuosa sacudida, regresa sin esfuerzo cada vez que pienso en aquel momento,
y me acuerdo de cómo depositaron el cuerpo de León, sucio, tembloroso,
envuelto en líquidos orgánicos, sobre una toalla seguramente
demasiado áspera para su piel, virgen aún de roces y de heridas.
Él entonces apoyó los brazos, y fingió o intentó levantarse,
y sintió por primera vez el peso de su cuerpo, la consistencia de su
propia identidad, una percepción abrumado- ra que debió de confundirle,
que arrastra desde entonces como una pesada cadena y que seguirá arrastrando
hasta el mismo momento de su muerte. Sin embargo, León nació
dos veces. Y yo sólo soy responsable del primero de esos nacimientos.
Esta declaración parece complicada, pero nos ha marcado a tres personas, a
las tres personas que durante un tiempo compusimos la ficción de una
familia: a León, a Regina y a mí. Mi nombre es Alberto Durrio.
Mi apellido es el de un escultor cuyas huellas aún pueden rastrearse
por distintos rincones de esta ciudad. Durrio es la corruptela local, perpetrada
acaso hace siglos, de un apellido francés. Alguien vino a vivir entre
nosotros cuando aún la formalidad de los registros no había expropiado
a los seres humanos la volatilidad de los nombres, la posibilidad de que
nuevos hábitos e idiomas modificaran su modo de decir. Sin embargo,
y a pesar de esas melancólicas estatuas, erigidas por Durrio, que salpican
la ciudad, nunca hubo en mi familia hasta donde se recuerda artistas de renombre.
Mi padre trabajó toda su vida como empleado en un banco y sus hábitos
eran los de un castizo botarate acostumbrado a beber vino en cuadrilla, acudir
al fútbol los domingos y guardar con su esposa una relación de
civilizada cortesía, desapego y prolongados periodos de abstinencia.
Mi padre aún vive, pero ya no es capaz de reproducir ninguno de esos
hábitos, ni siquiera aquellos otros, tan elementales, que sustentan
la identidad de las personas. Descansa en una cama de hospital, sometido por
los cuidadores que le atienden a una embrutecedora disciplina de limpiezas
orgánicas y rutinarias atenciones (porque también la limpieza,
el orden sanitario, pueden llegar a ser actos de brutalidad). Hace muchos meses
que no acierta a reconocerme. Sus dos hijos, Arturo y yo, nos turnamos en las
visitas, unas visitas que realizamos de forma puntual y confiada, con resignación,
con docilidad filial, sin esperanza, sin ningún efecto práctico,
llevados por la demanda moral de no abandonar a nuestro padre, de seguir presentes en
su vida o en lo que aún queda de ella. Y vuelve entonces la percepción
del milagro que significa la vida de León: mi padre está ahí,
postrado en su lecho terminal, convertido en una materia inerte e inexpresiva.
Pero a esa materia ahora profundamente inútil le debo todo lo que soy:
el gesto de mis labios, el movimiento tenue de una ceja, la elección
del nombre con el que todos me llaman o la oportunidad de que mi hijo también
haya nacido. Comprendo que es esa deuda enorme la que nos ata a nuestros padres,
y que el amor resulta la única respuesta permitida frente a los que
nos dieron algo que no puede pagarse de ninguna otra manera. Pero ese amor
que les debemos se transforma en una carga porque se trata de una deuda imposible
de saldar, porque no habrá el tiempo necesario para hacerlo, porque
ningún precio imaginable llegaría a ser el suficiente.
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