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Disfraces terribles | ELIA
BARCELÓ | | 448 págs. | |
ISBN 84-96080-33-1 | | 22,90
€. |
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0 Esta noche, en un sueño,
he vuelto al departamento de la Rue de Belleville. Con el corazón saltando
de alegría, ahogándome en mi propia respiración, inspiraciones
rápidas y cortas que incluso en el sueño -y yo sabía que
soñaba- me mareaban, dejando estrías de colores en los objetos sobre
los que se posaban mis ojos, he vuelto a recorrer sus amplias habitaciones, he
vuelto a abrir las puertaventanas para que entrara de nuevo aquella luz que no
he recuperado ya nunca desde que lo abandonamos, aquella luz gloriosa, dorada,
que convertía las estanterías llenas de libros, los papeles regados
por el piso, los vasos y las botellas abandonadas sobre las mesas, en joyas rutilantes,
en una fiesta de colores cálidos, atractivos: los colores de la felicidad.
Todo hablaba de una vida intensa, atrapada en un momento de reposo, pero presente,
palpitante; de una vida llena de largas noches entre amigos, a la luz de las velas;
de vasos de vino tinto compartido en la penumbra fragante de humo de tabaco negro;
de eternas conversaciones literarias; de risas y comentarios malintencionados;
de ojos brillantes y labios húmedos; de seres que gozaban del presente
despreciando el pasado, que sabían que el futuro se extendía frente
a ellos como una autopista junto al mar. ¡Éramos tan jóvenes!
¿Cómo podíamos saber? Pero yo había regresado,
había recuperado mi cuerpo de entonces, mi mente de entonces, mi alegría,
mi seguridad de que la vida era una fiesta que nunca terminaría. "París
era una fiesta". Sí. Una fiesta incesante para los que montábamos
la vida como si la vida fuera un potro bravo que sólo nosotros podríamos
domar. Yo recorría las habitaciones fijándome en minucias, en
pequeños detalles de la vida cotidiana abandonados por los rincones, esperando
a su dueño: un sombrero con flores de tela azul que Marita había
olvidado en primavera y aún seguía junto al piano, sobre el horrendo
busto de Mozart que habíamos comprado un domingo en el mercado de las Pulgas;
una pipa de espuma que algún desconocido de los muchos que aparecían
por nuestra casa se había dejado entre los libros del salón; un
librito de poemas dedicado por el autor, abierto y aplastado en la mesa por el
peso de un cenicero rebosante de colillas sin filtro. El sol de la mañana
atravesaba las botellas vacías creando lagos de sombra verde sobre el parqué,
haciendo bailar las motas de polvo dorado como una lluvia de monedas de oro fino:
nuestra riqueza, la única que teníamos entonces y que nos bastaba
para vivre d'amour et d'air frais. La puerta de nuestro dormitorio estaba
entreabierta; se veía la esquina de la cama revuelta, con la colcha india
cayendo en borbotones, grana, verde y oro, sobre el entarimado del piso, atrapando
una de mis pantuflas turcas, indefensa entre sus suntuosos pliegues. Raúl
estaría aún en la cama, con el brazo cubriéndole los ojos
para protegerlos de la luz. Si abría la puerta -suave, suavemente, para
que su chirrido no lo despertara-, podría verlo de nuevo como era entonces,
un joven dios pagano reflejado en las profundidades del espejo de la chimenea,
dormido como el fauno de Debussy. Mi mano se apoyó en el sillón
de lectura y entonces sentí el roce de la lana contra mi piel, y su perfume.
Raúl se habría desnudado por el camino, como siempre, dejando su
pulóver abandonado en el sillón. Lo recogí como si fuera
un niño dormido y lo acerqué a mi rostro para sentir su suavidad,
su calor, la dulzura del color burdeos -su favorito- y su olor casi olvidado,
el olor inconfundible de Raúl. Sin decidirlo, me rodeé la cara
con la lana tan tibia y la froté contra mi piel, una caricia seca, apenas
unos segundos. Aparté el pulóver sintiéndome estúpida
y feliz, y entonces, al verme en el espejo que colgaba a la izquierda de la puerta
del cuarto, me descubrí ensangrentada, todo el rostro cubierto de pequeñas
heridas que rezumaban una sangre roja como el burdeos. Volví a mirar el
pulóver que aún tenía entre las manos y se había vuelto
marrón, y entre sus pliegues descubrí cientos, miles de cristales
diminutos, como polvo de estrellas, que acababan de lijarme la piel convirtiéndola
en un paisaje masacrado. Supe que había vuelto a soñar lo mismo
que tantas otras veces y me desperté con un grito, húmeda de sudor,
envejecida, sola en este piso que es mi casa desde hace tantos años, aterrorizada
de tener que volver a pasar por tantas cosas que había ido olvidando. Capítulo
1 Eran ya las ocho y diez cuando André se le acercó sorteando
grupos de asistentes a la presentación y le susurró al oído:
"Habría que empezar, Ari". Ari volvió a pasear la
mirada por la sala, más llena de lo que se hubiera atrevido a esperar,
la fijó de nuevo en la puerta de entrada y suspiró. -Estaba
esperando por si venía. No era necesario decir a quién se refería,
André lo sabía perfectamente. -No va a venir, Ari. Vamos a empezar.
-¿Te ha dicho ella que no iba a venir? Me escribió en julio
diciéndome que se iba dos meses a hacer una cura de belleza a una clínica
americana y que no estaría localizable. Desde entonces no ha contestado
a las cartas que empecé a mandarle cuando calculé que habría
vuelto ya, ni siquiera unas líneas cuando le envié el libro terminado;
pero esperaba que viniera a la presentación. André sacudió
la cabeza, impaciente, y miró el reloj de modo demostrativo. En los tres
meses que llevaban sin verse, André había envejecido mucho. Ahora,
por primera vez, se le notaba que tenía más de sesenta años.
-¿Estás seguro de que no viene? -Todo lo seguro que se puede
estar. -Pero ¿qué le he hecho yo ahora, André? Cuando
nos despedimos, estaba claro que era solo por dos meses. ¿Te acuerdas de
que me acompañó al aeropuerto a fines de junio? Todo estaba bien
entonces. Ayer, antes de salir hacia acá, la llamé a casa, pero
daba una señal rara, como si se hubiera cambiado de número. ¿Tú
sabes qué pasa? André volvió a esbozar un gesto de impaciencia.
-Dímelo si lo sabes, maldita sea. No pienso empezar hasta que contestes.
-Está bien. Tú lo has querido -dijo André llevándolo
de un codo hasta la mesa de lectura-. No es el momento más adecuado, pero
si te empeñas... Se sentaron ambos y poco a poco empezó a hacerse
el silencio en la sala mientras la gente se iba acomodando para escuchar la lectura.
-Amelia murió el 22 de agosto. Por eso sé con toda seguridad
que no va a venir -dijo André mirándolo casi fieramente a través
de las gafas sin montura-. Ella no quiso que te lo dijera. Ari tuvo la repentina
sensación de que la sala desaparecía y los asistentes quedaban convertidos
en fantasmas insustanciales. -Luego te daré unos papeles que dejó
para ti. Me pidió que te los entregara después de la presentación
del libro. Ari asintió en silencio, tragando saliva como si necesitara
una ayuda para poder tragar también la noticia que acababa de recibir.
-¿De qué murió? -De leucemia. Cuando tú la
conociste ya estaba enferma. -Nunca me dijo nada. Incongruentemente, André
soltó una breve carcajada. -¿No te diste cuenta de que Amelia
sólo contaba lo que quería contar? Amelia podía ser una esfinge.
Yo la conocí toda una vida y sé que hay cientos de cosas que nunca
llegaré a entender. ¡Y mira que nunca me he privado de preguntar!
-Pero la querías -dijo Ari buscando su mirada. André contestó
sin apartar la vista: -Con toda mi alma. Antes de que Ari pudiera hacer
una pregunta más, André se levantó y comenzó la presentación,
palabras y más palabras que apenas si llegaban al cerebro de Ari, anestesiado
por la noticia: "magna obra de documentación", "más
de cuatro años de trabajo", "hemeroteca", "decenas
de entrevistas con allegados", "construcción de un brillante
mosaico", "el hombre, la obra, la sociedad de su tiempo", "extraordinaria
biografía", "Raúl de la Torre, el prestipalabrador".
Como un autómata, encendió la lamparilla mientras las luces
de la sala se apagaban y, mirando sin ver al público que seguía
sus movimientos, se aclaró la garganta y empezó a leer para ella.
Habían quedado citados para las diez de la mañana, pero a las
diez menos cuarto Ariel Lenormand -alsaciano, cuarenta y dos años, uno
ochenta de altura, setenta y seis kilos de peso, portador de gafas de lectura,
divorciado sin hijos, hispanista, admirador incondicional de la obra de Raúl
de la Torre- estaba ya frente a la puerta del edificio adonde tantas cartas había
enviado durante los últimos meses. La impaciencia no lo dejaba casi
respirar, pero, forzándose a tranquilizarse, se dirigió con lentitud
hacia la esquina de la calle donde creía haber visto una pequeña
tienda de flores. Podía ser un buen detalle aparecer con un ramillete,
y en cualquier caso le ayudaría a hacer tiempo hasta el momento de presentarse
en la guarida del dragón. Las informaciones que había recibido
sobre la viuda de Raúl eran contradictorias, pero todas coincidían
en un punto: Amelia Gayarre era una mujer de armas tomar, y su recalcitrante silencio
frente a todas sus peticiones y sus cartas no hacía más que confirmar
la idea. Si no hubiera sido por la feliz coincidencia de que su editor francés,
André Terrasse, que había sido el primer editor en Francia de la
obra de Raúl, era también íntimo amigo de la viuda, no habría
habido ninguna posibilidad de entrevistarla. Pero André se lo había
explicado con claridad: "Accede a verte una única vez. De esa entrevista
dependerá que quiera seguir contestando a tus preguntas. Tú verás
cómo te las arreglas, Ari. Amelia es una fuerza de la naturaleza y cuando
dice que no es que no y nadie puede hacer nada". Mientras la florista
preparaba el ramillete, Ari miró de reojo su reflejo en el escaparate.
Pantalón vaquero muy nuevo, camisa azul sin corbata, americana oscura,
gabardina, zapatos recién cepillados. No era ninguna estrella de cine,
pero podía pasar. Llevaba todavía la corbata en el bolsillo porque
en el momento de salir de la residencia de estudiantes donde la Universidad lo
había alojado, no había conseguido decidir si ponérsela o
no. Al fin y al cabo, tampoco era una cita amorosa. Él no era más
que un académico que pretendía escribir una biografía de
Raúl de la Torre, y ella era una señora anciana poseedora de mucha
información potencialmente interesante. Se trataba, en la base, de una
cita de negocios, con la salvedad de que él no tenía nada que ofrecer
a cambio, como no fuera ese futuro libro que en su mente estaba ya tan claro y
que escribiría con o sin la colaboración de la viuda. Pero había
tantos puntos oscuros... Nadie sabía mucho de su infancia; apenas había
conseguido reunir información sobre su muerte; ninguno de sus entrevistados
había podido aclararle las razones de su repentina militancia política
y mucho menos de su sorprendente revelación... -Voilà, monsieur!
-la voz de la florista interrumpió sus cavilaciones el tiempo necesario
para permitirle sonreír aprobadoramente, pagar y volver a la calle. No
tenía más que esa entrevista, que ni siquiera sabía cuánto
podía durar, para preguntarle tantas cosas que quería saber. Y muchas
de ellas eran cuestiones delicadas, muy delicadas, que seguramente no querría
revelarle al primer desconocido que llegara a su casa. De alguna manera tenía
que arreglárselas para que le otorgara su confianza, para hacerle ver que
en su caso no se trataba de una curiosidad malsana y escandalosa, sino de un interés
científico, académico, encaminado a arrojar una luz definitiva sobre
la vida y la obra de Raúl de la Torre, uno de los más espléndidos
cuentistas, novelistas y poetas de la segunda mitad del siglo XX. Se anudó
la corbata en el portal, maldiciendo entre dientes por la falta de un espejo en
el que comprobar la corrección del nudo. La garita de la portera estaba
vacía y la escalera -amplia, noble- se perdía en la penumbra de
los pisos superiores, también desierta. Comprobó innecesariamente
el número de puerta en su agenda y subió hasta el tercero, ignorando
el vetusto ascensor. Una vez frente al número siete, se regaló un
minuto para tranquilizar la respiración y permitir que la manecilla de
su reloj ocupara la posición exacta antes de pulsar la campanilla, que
repiqueteó desaforadamente por todo el interior. Esperó cambiando
el peso de un pie a otro, sin decidirse a llamar de nuevo, a pesar de que ya había
pasado más de un minuto, pensando que las personas mayores tardan mucho
más tiempo en reaccionar y que los pisos nobles de París son auténticamente
desmedidos: la señora podía estar en la cocina y necesitar un par
de minutos para recorrer el pasillo. O podía haber cambiado de opinión
y negarse a abrirle. Oyó el taconeo acercándose a él
a través de la puerta cerrada y se encontró de golpe agarrando el
ramo como si fuera una tabla de salvación mientras en su mente aparecían
imágenes y más imágenes de la persona que estaba a punto
de ver por primera vez al natural y no en fotos de treinta años atrás.
La mujer que le abrió la puerta no era en absoluto como se la había
imaginado, aunque en la penumbra del pasillo resultaba difícil verla realmente,
ya que solo distinguía su silueta - menuda, frágil-, junto con la
media melena plateada que caía a ambos lados de su cara como una peluca
de Cleopatra en negativo. -Ariel Lenormand, madame -dijo tendiendo desmañadamente
el ramillete al que, ahora se daba cuenta con espanto, no había liberado
del papel. La mujer no hizo el mínimo gesto para cogerlo. -Vous êtes
bien madame de la Torre, n´est-ce pas? -insistió él, ante
su silencio. -Yo soy Amelia Gayarre, y si usted es la persona que espero,
parto de la base de que hablará usted español. ¿O es uno
de esos académicos que tanto abundan que se atreven a estudiar la literatura
de un país sin ser capaces de pensar en la lengua correspondiente? -Por
supuesto que no, señora, quiero decir que claro que hablo castellano. -Con
acento argentino. -Estuve dos años en Buenos Aires. Para familiarizarme
con la obra de Raúl de la Torre -añadió, sinitiéndose
cada vez más estúpido, plantado delante de la puerta con el ramillete
en la mano envuelto en el papel de seda con el nombre de la floristería.
-Ganas de perder el tiempo. Raúl no vivió en Argentina ni dos
años en toda su vida. Ari se esforzó en producir una sonrisa,
a pesar de que sentía el estómago apretado. -Sí. Ahora
lo sé. La mujer se apartó de la puerta dándole la espalda
y él dio un paso al frente, hacia el vestíbulo. -¿Se
puede saber adónde va? Ari se quedó de piedra, pero no tuvo
que contestar porque ella había cogido una chaqueta y se dirigía
de nuevo hacia la puerta. -No acostumbro a abrirle mi casa a un desconocido.
Hare-mos la entrevista en el café de Guy. -Pero... -se atrevió
él- yo no soy un desconocido. Al menos no del todo. Me manda André.
-André es un alma de cántaro. ¿Entiende la expresión?
Ari asintió con la cabeza, confuso y un poco ofendido: -Verá,
señora, a mí... también me habría gustado ver la casa.
Al menos el salón -terminó casi apocado. -Raúl no vivió
nunca en esta casa. Aquí vivo yo. No hay nada que ver. Como los ojos
se le habían adaptado ya a la penumbra del pasillo, antes de salir Ari
distinguió una foto en la pared que, de repente, le hizo olvidar toda compostura.
-¿Puedo ver esa foto? Por favor... Amelia se hizo a un lado en
silencio mientras Ari se acercaba a estudiarla. Una foto desconocida para él
en la que se veía a Raúl, muy joven, encaramado a una barandilla,
con el Sacre-Coeur al fondo. Como siempre que el fotógrafo lo había
captado sonriendo, su sonrisa parecía iluminar el paisaje a su alrededor.
-Se la hizo al poco de llegar a París. Ahí debía de andar
por los veintiocho o veintinueve años -explicó la mujer. -¡Hay
tan pocas fotos suyas de joven! -Públicas sí, hay pocas. Pero
es que por ese entonces Raúl aún no era conocido. -¿Tiene
usted más? -Claro. -¿Me dejará verlas? -Quizá.
Aún no lo he decidido. ¿Bajamos? Amelia cerró con doble
vuelta, se echó la llave al bolso y empezó a bajar ágilmente
los peldaños de mármol. Al salir del portal, dobló a la derecha
y continuó sin mirar si él la seguía hasta un pequeño
café desde el que se veía el Sena brillando como un tejido de lentejuelas
al sol de la mañana. Un hombre menudo, de mandilón verde, se acercó
sonriendo, preguntó a Ari qué deseaba tomar y se alejó de
nuevo. Un momento más tarde depositaba un café crème y un
té con limón en la mesita. -Usted dirá -dijo Amelia mirándolo
por primera vez a los ojos sin las gafas oscuras que había llevado hasta
ese momento por la calle. Tenía los ojos grises, enormes y con largas pestañas
pintadas. Cuarenta años atrás, esos ojos podrían haber vuelto
loco a cualquier hombre. Ari despegó su mirada de la de ella y empezó
a buscar en su cartera el pequeño dossier que quería mostrarle para
empezar: el currículum vítae de Raúl de la Torre pacientemente
reconstruido con todos los datos que había conseguido encontrar en los
dos años que llevaba de investigación. -Me gustaría que,
para empezar, leyera este resumen (puros datos) y me dijera si hay algún
error de bulto. Amelia sacó del bolso unas gafas de lectura, suspiró,
dio un sorbo a su té y empezó a leer a toda velocidad mientras,
desdeñando los detalles, resumía y murmuraba algunas de las palabras
con las que se iba topando: Nacido el 2 de agosto de 1922 en Buenos Aires,
hijo de Leonardo de la Torre, diplomático, y su esposa Alida Irigoyen,
pianista. Escuelas primaria y media en diferentes países a los que su padre
debió trasladarse por razones profesionales. Estudios de leyes en Londres
que no llegó a terminar. Escuela diplomática en París y estudio
de literatura en la Sorbona. Diversos puestos en países latinoamericanos.
En 1951 traslado a París como secretario de embajada. En 1956 abandona
el servicio diplomático y entra como profesor asociado de literatura hispanoamericana
en la Universidad de La Sorbona. A principios de 1957 publica su primer libro
de poemas Escrito en el agua, que pasa sin pena ni gloria. Al año siguiente
aparece su primer libro de relatos, Sacrificios a un dios desconocido. Su nombre
empieza a sonar entre la comunidad hispana de París. A fines de 1957 conoce
a Amelia Gayarre, con la que contraerá matrimonio el 15 de mayo de 1959.
En 1960 publica su segundo libro de cuentos, Fantasmas del silencio. Entre 1961
y 1963 el matrimonio se traslada a Roma por razones del trabajo de su esposa;
él consigue una excedencia de su plaza universitaria y dedica esos dos
años a traducir literatura francesa al español y a esbozar su primera
novela. De vuelta a París, su regreso coincide con el boom de la novela
latinoamericana y se publica Amor a Roma, que lo hará famoso en sólo
unos meses. Entre 1964 y 1970 publica dos poemarios, La vida que nos mata
y Disfraces terribles, y un tercer volumen de relatos, Los monstruos más
dulces, cuya primera edición se agota en tres semanas. Participa activamente
en los sucesos de mayo del 68. En 1973 aparece su segunda novela, De la torre
al cuadrado, que obtiene un éxito total de público y crítica.
En otoño de 1976 se divorcia de Amelia Gayarre, ante la sorpresa de
todos sus conocidos, y a principios de 1977 se casa con Amanda Simansky, directora
literaria de la colección latinoamericana de Éditions de l'Hiver,
y da comienzo a su actividad política, afiliándose al partido socialista.
Aparece su libro Vivir en cubano, colección de poemas, relatos cortos y
páginas de diario. En 1979 muere su segunda esposa en un accidente de tráfico.
Ya no se volverá a casar. Entre 1979 y 1984 publica dos antologías
de relatos, Mentiras cotidianas y El hombre del traje azul. En 1985 sorprende
al mundo con la confesión de su homosexualidad y su decisión de
vivir junto al hombre amado, Hervé Daladier, que muere de sida en 1989.
Cuerpos presentes, su cuarta colección de poemas, publicada en 1987, se
convierte con gran rapidez en un libro emblemático para la comunidad homosexual.
El 19 de noviembre de 1991 se suicida de un disparo en la cabeza. Está
enterrado en el cementerio del Père-Lachaise. Amelia levantó
los ojos del papel y se quitó las gafas, que quedaron colgando de una cadena
hecha de cuentas de cristal. -¿Y bien? -preguntó-. Eso es más
o menos lo que sale en cualquier enciclopedia de la literatura del siglo XX. -Usted
sabe muy bien que la mayoría de esos datos han sido recogidos con mucha
paciencia de noticias de prensa de las diferentes épocas -sonrió
él. -Para mí no hay nada nuevo. -Es que usted es su viuda.
Amelia, que había alzado la taza, volvió a dejarla caer con
estrépito: -Ni soy su viuda ni lo he sido nunca -dijo con rabia-. Si
se empeña en ponerme un nombre, soy su ex mujer, su primera esposa, pero
nunca su viuda. Cuando murió, Raúl y yo llevábamos quince
años divorciados. Y yo me había vuelto a casar y a divorciar de
nuevo. Yo no soy viuda de nadie -volvió a ponerse las gafas de sol y se
quedó mirando las aguas del Sena. -Perdone -murmuró Ari, temiendo
haber echado por tierra todas sus posibilidades de que quisiera contestarle las
preguntas que llevaba preparadas. Hubo un tenso silencio que a Ari se le hizo
eterno. Ella había vuelto a ponerse las gafas de sol y jugaba con la cucharilla
que no había utilizado. Las flores, aún en su papel de seda, continuaban
sobre la mesa. Por hacer algo, Ari las desenvolvió y se las tendió
tímidamente. -Le había traído esto -dijo en tono conciliador.
-Siempre es mejor que le traigan a una flores en vida; después de muerta
ya no se aprecian igual. Esperando no equivocarse al reconocerlo como chiste,
Ari sonrió. Ella le devolvió la sonrisa mientras se acercaba las
flores a la nariz. -¿Le ha contado alguien que mi ramo de novia estaba
hecho de rosas y fresias, como este? Ari negó con la cabeza: -Las
he elegido porque son las que más me gustan a mí. Por eso. -Hacía
mucho que no olía una fresia. Vamos, pregúnteme algo. A eso hemos
venido. Ari inspiró profundamente, se inclinó hacia ella sobre
la mesa y se lanzó como a una piscina helada: -Hábleme de Raúl.
Dígame cómo era. Ella se echó a reír, suavemente
primero, luego más y más fuerte hasta que una lágrima se
escurrió por debajo de las gafas oscuras. -¡Qué inocencia
la suya, profesor! -dijo, aún ahogándose en su risa y buscando en
el bolso un pañuelo de papel-. "Dígame cómo era".
¿Qué espera que le diga? ¿No ha leído sus libros?
Ahí está casi todo lo que era. La parte que le importa, al menos.
-A mí me importa todo, señora Gayarre. Claro que he leído
todo lo que ha escrito y lo que otros han escrito sobre él y todos los
comentarios que he podido encontrar y todas las respuestas que me han dado las
personas que lo conocieron. Pero no es bastante. Aún no sé cómo
era Raúl. -Eso nunca se llega a saber, señor Lenormand. Ni siquiera
viviendo una vida juntos. Yo puedo contarle cómo lo veía yo, cómo
era conmigo. Tendrá que conformarse con eso. -Por favor. -De acuerdo.
-¿Puedo grabarlo? Amelia dudó un momento y acabó
por asentir. Él sacó una pequeña grabadora, comprobó
su funcionamiento y la dejó junto a ella. -Tiene que darse cuenta de
que las personas cambian con el tiempo, de que el Raúl de quien le voy
a hablar es un Raúl diferente en cada momento de su vida. Y de la mía.
Verá que hay incoherencias, actos faltos de lógica, locuras inexplicables,
pero es que la vida no es una novela donde quedan atados todos los cabos y donde
todo avanza cohesionadamente hacia un final significativo y ya previsto por el
autor. ¿Me sigue? Ari asintió sin hablar. -Usted intentará
-no puede dejar de hacerlo- que la vida de Raúl que aparezca en su libro
sea como una novela. Clara, bien trabada, comprensible. Es natural, tiene que
pensar en sus lectores. Pero debe tener claro que, sin pretenderlo, estará
mintiendo, porque no hay ninguna vida real que sea así. Él trató
de no demostrar su impaciencia; los prolegómenos se le estaban haciendo
demasiado largos, a pesar de que la mujer se expresaba bien y de que lo que decía
tenía sentido. Demasiadas veces desde el comienzo de la investigación
se lo había dicho él a sí mismo; por eso le irritaba que
también ella se lo recordara con esa insistencia magistral. -Raúl
era... -se quitó las gafas y se frotó las sienes, como si quisiera
estimular el recuerdo o precisar la expresión-, lo he pensado muchas veces...,
era... como un fuego de artificio: brillantes explosiones de color seguidas de
momentos de negrura total, que no parecía total porque quedaba la huella
de la luz en la retina. -¿Quiere decir que era ciclotímico?
¿Que tenía depresiones? Ella negó con la cabeza, débilmente:
-No. O no del todo. La mayoría de los artistas son ciclotímicos,
eso sí, pero no me refiero a eso. Raúl vivía su vida con
toda normalidad: preparaba sus clases, corregía ejercicios, tomaba cafés
con unos y con otros, estudiantes, colegas, amigos...; íbamos al cine y
al teatro, invitábamos gente a casa..., nuestra casa estaba siempre llena
de gente, conocidos y desconocidos..., aquello era una feria, pero nos gustaba
así... ¿Qué le decía?... Sí, que todo era normal,
cotidiano..., y de repente le venía una idea, se levantaba, se sentaba
enfrente de su máquina de escribir y durante horas no se oía más
que el golpeteo de las teclas y el rasgueo de la palanca al saltar de línea...,
tac-tac-tac-tac-tac-raaac-tac-tac-tac-tac-raaac. Ari sonrió ante la
imitación de las viejas máquinas mecánicas. -Y antes
o después dejaba de oírse el ruido: había un rato de silencio
mientras releía y luego se presentaba en la cocina o en el baño,
donde estuviera yo, y me tendía diez o doce folios y un lápiz rojo.
Me dejaba sola y se metía en el estudio a fingir que leía un libro
mientras yo devoraba sus páginas. Cuando yo entraba en el estudio, me miraba
fijo, como tratando de leer en mi expresión el efecto conseguido y si mi
opinión era positiva, saltaba sobre mí como un oso, me levantaba
en peso y me arrastraba dando vueltas por el estudio cantando cosas incomprensibles
con ese vozarrón que oían hasta los vecinos de los pisos de abajo.
Después nos íbamos a tomar una copa o a cenar a cualquier sitio
donde se reuniera gente conocida para que yo tuviera ocasión de decirles
que Raúl acababa de escribir otra obra maestra. -¿Le agradaba
el halago, entonces? -¿Y a quién no? Pero sí, a Raúl
le gustaba oír que era un genio. Lo necesitaba inmediatamente después
de terminar. Al día siguiente ya se le había pasado y regresaba
a su rutina cotidiana, hasta que volvía a saltar la chispa. -Eso lo
entiendo con respecto a los relatos, o a los poemas. Pero ¿cómo
hacía con las novelas? ¿Capítulo por capítulo? ¿Escena
por escena? Amelia desvió la vista buscando al camarero y con una seña
pidió otro té. -Con las novelas era diferente. Nunca me las
enseñó, hasta el final. ¿Le gustan a usted las novelas? -Son
lo mejor de su obra -dijo Ari sin dudarlo un segundo-. No me malinterprete: me
gustan sus relatos y sus poemas me parecen magníficos, pero las novelas
son otra cosa. Amelia sonrió: -No se preocupe. Yo también
creo que las novelas son lo mejor de su obra. ¿Cuál de las dos prefiere?
Ari empezaba a sentirse en su elemento: hablar de novelas era su vida. -Amor
a Roma me fascina. De la torre al cuadrado es también una gran obra, más
pensada, más madura, pero la prime-ra es justo eso que decía usted
antes: un fuego de artificio constante, pero sin negruras intermedias. Y su estructura...
-¿Sí? -Amelia se inclinaba hacia él, pendiente de sus
palabras por vez primera. -¿Se ha dado usted cuenta de que su estructura
es también un palíndromo, como su título, que se lee igual
empezando por el principio o por el final? Yo lo descubrí hace poco y escribí
una ponencia para el congreso internacional de Santa Barbara. Fue todo un éxito;
al parecer nadie lo había visto aún -registró su sonrisa
de duende-. Usted sí, ¿verdad? -Antes que Raúl. -Entonces
no fue planeado. -Supongo que en un nivel inconsciente sí, pero fui
yo quien se empeñó en que cambiara unos cuantos detalles de la segunda
parte para enfatizar el palíndromo. -¿Colaboraba usted con él?
-Era su correctora. Su conciencia, decía él. -Claro, usted
también escribe. Amelia hizo un gesto con la mano, como para quitarle
importancia a su actividad: -Poca cosa. Libros infantiles y manuales de cocina.
Supongo que le habrá contado André. Ari asintió. André
no sólo le había hablado de ello, sino que le había mostrado
los treinta y dos volúmenes que habían producido Amelia y él
en colaboración. Eran historias de brujas malvadas, terriblemente simpáticas
y a las que casi todo les salía mal. Estaban llenos de rimas, conjuros
con juegos de palabras, palíndromos y anagramas. Ella escribía los
textos y él los ilustraba. Estaban traducidos a diecisiete idiomas. Dos
años atrás habían recibido el Premio Nacional de Literatura
Infantil. Ella los firmaba con un pseudónimo curioso: Malie-Malou, la belle
sorcière. -¿Cómo se conocieron? -preguntó Ari,
deseando llevar de nuevo la conversación al tema que le interesaba. -¿André
y yo? -Raúl y usted. Ella torció el gesto, como si no le
gustara recordar aquellos días. -En una cave de Saint-Germain, de las
que estaban de moda en los años cincuenta. La época existencialista,
ya sabe, todos vestidos de negro poniendo cara de náusea vital y fumando
como locos mientras hablábamos de literatura y de filosofía sintiéndonos
profundos e insondables como pozos sin caldero -poco a poco empezaba a perder
el gesto agrio y Ari decidió limitarse a contestar con miradas y movimientos
de cabeza para no interrumpir los recuerdos-. Me lo presentó André.
-André dice que usted se lo presentó a él en la primavera
del 57 -la contradijo antes de darse cuenta de que había decidido callar.
-André tiene una memoria como un escurreverduras: sólo conserva
los trozos más grandes. No. Me lo presentó él, pero es posible
que estuviera borracho. En aquella época todos bebíamos mucho. Se
habían conocido en una reunión universitaria. André trabajaba
en la facultad de arquitectura; era arquitecto antes de dedicarse a editar libros.
-¿Y fue amor a primera vista? Ella echó la cabeza atrás,
como si fuera a soltar la carcajada, pero no produjo ningún sonido. -Nos
caímos fatal. Los dos estábamos convencidos de ser algo muy especial
y por tanto los dos necesitábamos admiración y público. Por
eso los dos éramos amigos de André, porque es muy buen público.
-Una pregunta, antes de que se me olvide. En los Diarios de trabajo que acaban
de aparecer en España, cuando Raúl habla de usted en los primeros
tiempos de su matrimonio la llama Hauteclaire. ¿Se refiere a algo en concreto
o es sólo un nombre inventado, uno de esos nombres entre enamorados? Amelia
pasó el dedo por el borde de la taza, como si buscara en sus recuerdos,
o más bien, pensó Ari, como si hubiera encontrado el recuerdo y
estuviera tratando de decidir si quería hablar de ello. -Era un nombre
entre enamorados -dijo tras casi un minuto de silencio-, pero se refería
a una historia que nos gustaba a los dos y también a mi realidad de entonces.
¿Ha leído usted un relato de Barbey d'Aurevilly, creo que de los
Cuentos crueles o de Las diabólicas, no recuerdo bien, que se llama
Le bonheur dans le crime? Él negó con la cabeza. -La
protagonista se llama Hauteclaire. Es hija de un maestro de esgrima viudo que
la educa como a un hombre y le enseña lo único que sabe: a manejar
el florete. Yo era muy buena esgrimista; pertenecí a la selección
nacional de esgrima. Él me llamaba Hauteclaire porque, como se dice en
el relato, es "nombre de espada". A mí me gustaba que me llamara
así. Luego, con los años, se fue perdiendo. -Sí, en el
segundo Diario ya no aparece. -En el segundo Diario ya no aparezco yo. Las
dos veces que dice "mi mujer" se refiere a Amanda. -¿Cómo
era Amanda? -preguntó Ari, agradecido por poder investigar en una dirección
que se le hubiera antojado demasiado delicada como para plantearla en la primera
entrevista. Ella hizo un gesto de desagrado que cubrió enseguida mordiendo
la rodaja de limón que flotaba en su segunda taza de té. -Agresiva,
exótica, intensamente femenina, si sabe a qué me refiero. Toda curvas,
ojos rasgados, pómulos altos y risa estridente. Detestable. Han pasado
casi treinta años y aún no entiendo qué pudo llevar a Raúl
a casarse con ella. Y no hablo por celos. Pregúntele a André. Pregunte
a quien quiera. Amanda era un bicho peligroso, una arpía de armas tomar.
Cuando consiguió quedarse a Raúl, se dedicó a exhibirlo como
si se hubiera comprado una pantera, y luego lo obligó a hacer números
de circo, a pasar por el aro de la izquierda ilustrada. A Raúl, que no
había leído un periódico en su vida y que no distinguía
la izquierda de la derecha ni en los zapatos. -¿Ha dicho "cuando
consiguió quedarse a Raúl"? -Hablaba en términos
editoriales. Hasta ese momento, Raúl había publicado toda su obra
con André. Los dos primeros libritos con el padre de André, antes
de que él heredara la editorial y dejara la arquitectura. A partir de Amanda,
se convirtió en uno de los caballos de su cuadra; uno de los mejores, por
cierto. -Y fue ella la que lo, digamos, "inició" en el pensamiento
político. -Raúl carecía de pensamiento político,
antes y después de Amanda, a pesar de la escuela diplomática y el
par de años que trabajó en embajadas. Todas las tonterías
que dijo en público y sus visitas publicitarias a Cuba y Nicaragua y demás
fueron idea de ella, para exhibirlo como intelectual comprometido, que es lo que
se llevaba entonces. Y si no me cree, observe sus publicaciones. Después
de la muerte de Amanda, volvió a su estilo de siempre, a sus poemas, a
sus relatos. -Y no volvió a escribir novela. -No -los labios de
Amelia se tensaron, como si acabara de ponerle un candado a su boca. -André
me comentó en una ocasión que Raúl estaba escribiendo otra
novela en sus últimos años. ¿Sabe si habría en alguna
parte un manuscrito, aunque fuera incompleto? -No lo sé, pero no lo
creo. -¿Por qué no lo cree? Si me permite la pregunta... Amelia
perdió la vista en la lejanía, en las aguas tersas del río,
de donde había huido ya el centelleo. -Yo creo que su situación
vital había dejado de ser propicia para escribir novelas. -¿Porque
había perdido a "su conciencia", a usted? -insinuó Ari
con suavidad. -Entre otras cosas. Estuvo a punto de preguntar "¿Qué
otras cosas?", pero comprendió de repente que Amelia Gayarre se refería
a que, en aquella época de su vida, Raúl acababa de declarar abiertamente
su homosexualidad y su amor por un hombre con el que se había ido a vivir.
Decidió dejar el tema para una entrevista posterior, si la había.
-Me gustaría visitar la casa en la que vivió -Amelia levantó
la vista, aparentemente agradecida por el cambio de tema-. ¿Le parece posible?
-En uno de sus relatos sería posible. Llegaría uno al número
57 de la rue de Belleville y el departamento seguiría allí, viviendo
su vida de fines de los cincuenta, con su radio, su piano y sus discos de vinilo.
-¿Y ahora no? -Derribaron el edificio para construir. El barrio
no ha cambiado mucho, pero la casa desapareció para siempre. -¿Y
sus otras casas? Amelia se encogió de hombros: -Pregúntele
a André. Yo nunca quise saber. No era asunto mío después
del divorcio. -¿No lo visitó usted nunca? Ella negó
con la cabeza, mirándolo fijamente. -¿Ni él a usted?
-Mucho después. Después de mi divorcio. Seguimos siendo amigos,
incluso viéndonos con frecuencia, siempre en casas de conocidos, en cafés...,
pero la intimidad se perdió, la complicidad, el juego... Todo eso se perdió.
-Y sin embargo es usted la depositaria de su herencia. Usted tiene ahora todos
los derechos de su obra. -¿Quién los iba a tener? Soy la única
superviviente. -Está André. -Raúl nunca se fió
de los editores, ni siquiera de André. Salvo el interludio con Amanda.
Sabía que conmigo su obra estaba en buenas manos. -¿Queda algo
por publicar? ¿Papeles sueltos? ¿Algún cuento que no le diera
tiempo a recoger en las antologías? -preguntó Ari, tratando de no
sonar tan hambriento como se sentía. Encontrar un texto inédito
de Raúl de la Torre era su sueño: abrir alguna carpeta olvidada
y polvorienta y descubrir un relato desconocido del maestro. Leerlo, disfrutarlo
a solas primero, editarlo después, darlo a conocer a la comunidad de amantes
de Raúl con sus propias notas a pie de página. -Es usted otro
buitre. Un carroñero como todos los estudiosos de la literatura -dijo ella
con naturalidad, sin ningún tipo de rencor perceptible-. ¿Cree de
verdad que si existiera se lo dejaría publicar? -Pero tal vez leerlo
-se le había quedado la boca seca y tuvo que hacer un esfuerzo para completar
la frase-, con mi promesa de no decírselo a nadie. -Lo que está
publicado es lo que quiso publicar en vida. Estaba a punto de firmar el contrato
para los Diarios de trabajo cuando murió; por eso, después de mucho
pensarlo, decidí permitir su publicación. Pero nada más.
-Entonces, ¿hay algo más? -Relatos incompletos que no se
molestó en terminar porque no llevaban a ninguna parte; alguna cosa de
su juventud, muy mala, créame, le decepcionaría..., notas para poemas...,
nada que valga la pena. Y haga el favor de cerrar la boca: se le acaba de poner
cara de hambre y no le sienta nada bien. -Perdone. ¿Le apetece otro
té? Amelia miró su reloj, se quitó las gafas que colgaban
de la cadena y las metió en el bolso. -No, gracias, tengo que irme
ya. -¿Tan pronto? Ella sonrió como halagada, una sonrisa
que Ari no supo interpretar. -Yo también tengo mis obligaciones, señor
Lenormand. Se puso en pie y Ari la imitó, sin saber cómo retenerla.
-¿Puedo llamarla otro día? ¿Mañana? ¿Pasado?
-Deme su tarjeta. Lo pensaré. Si me decido, lo llamaré yo, descuide.
Ari metió la mano en el bolsillo interior de la americana. Estaba vacío.
Se había olvidado de las malditas tarjetas. Empezó a buscar frenéticamente
por la cartera sin ningún éxito mientras la mujer esperaba con una
sonrisa entre divertida y cruel. -Tendrían que estar aquí. Un
momento, por favor, sólo un momento... Al final, acabó por arrancar
una hoja del bloc de notas y garrapateó su dirección y su teléfono
sintiéndose estúpido, inadecuado, como un adolescente que trata
de pasar por adulto. Ella cogió el papelito, lo miró por encima
y lo guardó en el bolsillo de la chaqueta. -¿Sabe que tiene
una letra muy parecida a la de Raúl? Sin gafas no leo bien, pero veo el
dibujo. ¡Buenos días, profesor! Ya había llegado a la
puerta de cristales cuando Ari consiguió salir de su estupor: -¡Las
flores, señora, se deja las flores! -Quédeselas. Le perfumarán
el cuarto. Un instante después, Amelia Gayarre había desaparecido
y él se había quedado solo en el café con cientos de preguntas
no formuladas.
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