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No hay salida al mar | | MONTSERRAT
FERNÁNDEZ | | 192 págs. | |
ISBN 84-96080-38-2 | | 16,00
€. |
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Lucas 15 de octubre
de 2000
«De noche, los animales rugen y yo invento
sus vidas, como invento las vidas de mi amante». Definitivamente,
las memorias del viejo empezarán así. No estoy dispuesto a seguir
discutiendo con él por cuestiones de estilo. He metido la frase en
el ordenador y allí quedará. Pero me parece un comienzo nauseabundo,
ya se lo he dicho. De acuerdo, algunas noches los animales rugen. Ayer me
despertó el aullido del lobo marino. Sonaba entre la lluvia y el viento,
impaciente, feroz. Bajé a la galería y encontré a Kalinka,
con una pañoleta sobre el camisón y la melena rubia brillando
en la oscuridad. Apoyaba la frente en los cristales empañados, como
si esperase a alguien o intentara ver el mar entre la cortina de lluvia.
¿Lo oyes? ¿Crees que la loba le dejará acercarse esta
vez? le pregunté. No quiere montarla. Está cansado
de vivir. El viejo nos ha contado que el primer lobo marino pasó mucho
tiempo solo en el zoo. Por fin le trajeron una hembra de Groenlandia, y se
organizó una fiesta para celebrar el encuentro. A la gente le excita
que los animales salvajes se apareen ante su vista, que engendren crías
en cautividad. Deberían hacérselo unos a otros, si es que no
lo hacen ya. Supongo que esperaban un poco de sexo para animar el aperitivo.
Se aburren mucho aquí, incluso en verano; la vida provinciana es tan
miserable como mi padre decía. Cuando sacaron a la loba marina de la
jaula, le abrió la garganta al macho de un zarpazo. La garganta o el
pecho, el viejo no estaba allí para comprobarlo, pero estoy seguro
de que disfrutó con el asunto, por distintas razones que los invitados
al espectáculo. Le parece odioso que hayan comprado una nueva pareja
de lobos marinos, sólo le consuela que el macho no muestre ningún
interés por la hembra hasta el momento. «¿Qué queda
de todo lo que fuimos al final de la vida? ¿A quiénes amamos
realmente, por quiénes nos hicimos amar?», ha escrito en su cuaderno
rojo, con esa caligrafía picuda y anticuada que voy acostumbrándome
a descifrar. Así no vamos a acabar nunca. Te morirás mucho
antes. Alza las cejas y sigue escribiendo. Pero creo que no le importa
que le hable así, como si viviésemos juntos desde hace muchos
años. No seas impertinente, Manuel dice al cabo de un rato.
Y deja de mirar encima de mi hombro cuando trabajo, me fastidia. Llama trabajo
a sus memorias. Con razón. Debe de ser un buen quebradero de cabeza
recordar ochenta y cinco años. A mí me llama a veces Manuel,
no porque me confunda con mi padre sino porque se le cruzan los nombres. A
su amante, sin embargo, siempre la llama Constanza. Apenas menciona a la abuela
Elsa. En realidad, tendríamos que darnos prisa. La casa está
en venta, y, de vez en cuando, alguien viene a verla. La enseñamos
Kalinka o yo, al volver de clase. El viejo suele salir o encerrarse en su
despacho, pero a veces nos sigue, escondido detrás de las puertas y
mascullando: «Estúpidos». No somos nosotros los estúpidos,
sino los visitantes, que empiezan alabando el jardín y las vistas,
y acaban midiendo las habitaciones con grandes zancadas, decidiendo qué
tabiques tirar, quejándose de las cañerías y de la falta
de armarios empotrados. Es curioso, incluso los que dicen que es la mejor
casa de la ciudad quieren cambiarlo todo de sitio, poner el dormitorio principal
en el gabinete, el despacho en el comedor, mármol donde hay baldosa
y baldosa donde hay tarima. Este bargueño quedaría
soberbio en el estudio, Jorge. ¿Crees que está a la venta también?
«Estúpidos», repite el viejo, que hasta ahora no ha querido
hablar con ninguno. Los envía a su abogado para que les dé calabazas,
después de preguntarnos a Kalinka y a mí qué nos han
parecido. Siempre le decimos que nos parecen mal, porque es lo que quiere
oír y porque la gente con dinero para comprarse una casa como esta
suele tener poca gracia. Las tías se impacientan e insisten en que
la venta se haga a través de un agente inmobiliario, pero él
no quiere oír hablar del asunto: «Los buitres no se llevarán
ni una peseta de mi patrimonio». Nunca venderá la casa
por tus tías me dijo Kalinka mientras pintábamos el tablón
que ahora cuelga en la verja. «Se vende. Directamente, sin intermediarios».
Fui yo quien eligió las letras rojas sobre un fondo negro, como en
las banderas revolucionarias. Han pasado dos meses desde entonces, la lluvia
ha deslucido los colores y nuestra bandera revolucionaria se ha convertido
en un anuncio triste. La venderá cuando acabe las malditas memorias.
No es eso. Creo que Kalinka se equivoca esta vez, aunque casi siempre
tenga razón. Sabe muchas cosas, algunas tan extrañas como leer
mapas antiguos, hacer pan, la historia de los vientos y los ríos, apaciguar
animales asustados, cuándo llegará un dolor y cuándo
se irá. Es tan bonita que corta la respiración. A veces,
yo también estoy cansado de vivir le dije anoche. Volvió
la cara hacia mí, en la penumbra de la galería. Los animales
seguían rugiendo y ella sonreía. Pero ahora no, ¿verdad?
Me cogió la mano izquierda y se la apoyó en el pecho. Ojalá
no sea una mano desmemoriada. Me gustaría que guardara su forma redonda,
su peso, el olor de la tela ligera del camisón, que no es el mismo
olor a manzanas maduras que tienen mi ropa y las toallas. Todo en esta casa,
menos Kalinka, huele a suavizante de manzanas y a la cera roja con que combate
la carcoma. A la mayoría de los que vienen les recuerda el olor de
su infancia, aunque son dos productos «radicalmente nuevos», como
explican los envases, y casi todos los visitantes tienen bastantes años.
Algunos todavía recuerdan a mi bisabuela, que sigue presidiendo el
salón convertida en piedra. «¡La Gata Blanca!», dicen
con reverencia. «Una cabeza soberbia. Podría echar a hablar en
cualquier momento». He pasado tanto tiempo frente al busto de mármol,
soportando comentarios idiotas, que me sé de memoria el cuello largo
de la bisabuela, su barbilla orgullosa, la boca que no quiere sonreír,
los ojos fríos bajo las cejas rectas. Lleva el pelo recogido en un
moño complicado, que debió de dar mucho trabajo al escultor.
Cuentan que estuvo a punto de volverse loco por ella, pero se consoló
con las coristas de París y llegó a ser el célebre Pablo
González que aquí no se les cae de la boca. Que yo sepa, hay
una plaza Pablo González, un colegio, una tienda de vídeo, un
multicine, una galería de arte, un bar de copas, una papelería
y unos bizcochos borrachos que no parecen bautizados con mala intención.
También hay un museo Pablo González en la Alameda, debería
ir a verlo. La bisabuela tenía dieciocho años cuando posó
para él, pero sólo los rizos que se le escapan en la nuca hacen
pensar en una chica de esa edad. Kalinka piensa que hay algo malvado en el
busto. No le gusta limpiarlo y deja que el polvo se acumule entre los labios
y las ondas del pelo. Dice que deberíamos sacarlo al jardín,
para que se enfrente a los elementos. Aquí nos quita el aire.
Es una pena tener que llegar a viejo para contar tus memorias o inventarlas,
porque ya da igual hacer trampas. Nunca podré contar que anoche Kalinka
me llevó por fin a su habitación, me hizo sentarme en la cama
y me desabrochó muy despacio, besándome cada trozo de carne
que liberaban los botones. Nadie me creería, y si me creyeran no podrían
imaginar la piel de Kalinka ni su olor a tormenta en el mar. Yo mismo casi
no puedo creerlo, aunque lo haya soñado desde que la vi por primera
vez, la noche en que llegué. ¿Recordaría esa noche dentro
de medio siglo? ¿Qué tipo de cosas son las que uno recuerda
después de tanto tiempo? Bueno, no pienso estar aquí para comprobarlo.
Pero me parece imposible olvidar que empezaba el verano y yo acababa de cumplir
dieciocho años y era uno de los tíos más desgraciados
del mundo, si no el que más. O que estaba cansado y casi tan asustado
como ayer, en la cama de Kalinka. Después de tres noches sin dormir
y ocho horas de viaje, no entendía qué hacía en esa ciudad
donde nada ni nadie me esperaba, y menos que nadie, el viejo. Me habría
gustado tirarme al mar o quedarme petrificado en un banco de la estación.
He oído hablar de gente así, que llegó a un aeropuerto y
se pasó el resto de la vida allí, esperando un avión
o un tren que nunca acababa de ser el suyo. Yo arranqué al fin,
y después de preguntar a dos o tres personas, dejé atrás
el puerto y conseguí orientarme bordeando el mar por el paseo de los
tamarindos. Enfrente terminaban los últimos bloques de la ciudad; en
la colina empezaban a aparecer grandes vallas, entre las que se filtraban
las luces de los chalés. Sabía que un poco más adelante,
en lo alto, casi escondida entre un seto de cipreses, estaba la casa donde
había nacido mi padre. Y conforme me acercaba, se me encogió
el estómago porque me di cuenta de que habría sido un alivio
encontrarle allí, aunque no hubiera ninguna posibilidad. Sí,
aún me acuerdo perfectamente, cuatro meses después. En la
colonia había algunos hoteles nuevos, con banderolas en la entrada
y jardines iluminados de los que escapaban voces, risas y música. También
había muchas casas recientes, grandes y pretenciosas, intercaladas
en las calles desiertas con las viejas casas de mis antiguos veranos. Nunca
se me había ocurrido echarlos de menos, formaban parte de un tiempo
estancado y lleno de borrascas; pero mientras trataba de leer el nombre de
las calles a la luz mortecina de las farolas, me parecieron un buen tiempo
en un buen lugar. Debí de pasar un par de veces frente a la casa antes
de reconocerla. Mis pasos me llevaron allí una y otra vez, hasta que
recordé las moreras y la yedra que cubría la fachada, y las
pequeñas ventanas de las mansardas bajo el techo, donde yo solía
dormir. Desde mi habitación, que debía de ser un viejo trastero
reformado, se veía el mar rodeando la península, y las luces
de los barcos que pasaban la noche frente a la bahía porque no tenían
dinero para amarrar en el puerto. No sé por qué recuerdo tan
bien las noches de tormenta, las olas rugiendo contra las rocas como ahora
rugen los animales del zoo, que entonces no existía. Había
un interfono nuevo junto a la puerta de hierro. La empujé antes de
llamar y cedió con un chirrido. La casa estaba a oscuras y parecía
deshabitada, a no ser por el farol amarillo de la entrada. Estuve un buen
rato plantado allí, sin saber qué hacer. La mochila se me clavaba
en la espalda y estaba agota- do y triste, con esa tristeza que te paraliza
y no te deja pensar. Estaba hambriento, también. Cuando me acostumbré
a la oscuridad, descubrí un resplandor débil en la parte de
atrás y decidí echar un vistazo.Venía de la cocina, que
tenía las ventanas abiertas de par en par y dejaba salir un olor a
masa recién cocida que tumbaba de espaldas. Olía como esas tahonas
que uno encuentra de madrugada al volver a casa después de una noche
de marcha. Y la verdad, pensé que estaba borracho cuando descubrí
a Kalinka sentada frente a una mesa de mármol, leyendo un libro y retorciéndose
un mechón de pelo rubísimo que le caía por la mejilla. Era
la cosa más preciosa que yo había visto en mi vida. No sé
cuánto tiempo me quedé mirándola, escondido detrás
de un peral. De vez en cuando, apuntaba algo en un cuaderno. Tardé
en notar que escribía con la mano izquierda. Me emocionó que
fuese zurda, como me habría emocionado que estuviera acatarrada. Llevaba
en la muñeca una de esas pulseritas chinas de piedras que ahora se
venden en todas partes. Se supone que traen suerte para distintos asuntos,
según el color. Hasta mi madre lleva una malva que va bien para el
trabajo o los amigos, me lo ha dicho cien veces pero nunca lo recuerdo. La
de Kalinka era rosa, y me pregunté para qué serviría
y quién se la habría regalado. Esas pulseras sólo tienen
efecto si te las regalan, y hay que llevarlas siempre, incluso en la ducha.
Pensé, sin poderlo evitar, que debía de ser una cosa grande
ver a Kalinka en la ducha con su pulserita rosa. Alzó la cabeza
un par de veces, miró hacia el jardín y me pareció que
movía los labios como si hablara sola. Al cabo de un rato se levantó,
cruzó la cocina, abrió la puerta del horno y la volvió
a cerrar antes de retomar su libro. Iba descalza y llevaba un delantal anudado
a los vaqueros. Andaba como los gatos o las bailarinas. Me olvidé
del cansancio, del hambre, del miedo. Creo que habría podido mirarla
toda la noche; pero unos dedos se me clavaron en el hombro, al tiempo que
un susurro feroz me atronaba el oído: No sé qué
ideas le están pasando por la cabeza, muchacho, pero es mejor que las
olvide y salga inmediatamente de aquí. Soy viejo, tengo poca paciencia
y casi nada que perder. Me llevé un susto de muerte. Debió de
pasar una eternidad hasta que me atreví a girar la cabeza muy despacio
y me encontré frente a sus ojos, que parecían muy fieros bajo
las cejas grises y enmarañadas. Me sorprendió descubrir que
ya teníamos la misma estatura. Siempre le había considerado
un viejo altísimo. Soy Lucas dije sintiéndome muy
ridículo. Y nos quedamos los dos mirándonos fijamente, hasta
que aflojó la mano que me clavaba en el hombro. Vaya, Lucas.
Espero que no te hayas escapado de casa, como tu padre. Kalinka se acercó
a la ventana. Buenas noches, Kalinka. Mi nieto acaba de llegar. Hágame
el favor de prepararle la habitación del reloj. Y seguramente le gustará
comer eso que está preparando. Huele bien, ¿qué es? Tiropita
contestó ella mirándome con curiosidad. Empanada
de queso me aclaró el viejo. Puede hacer empanadas de cualquier
cosa, parece ser el plato nacional.Vamos, Lucas, ya te habrás olvidado
de todo esto. «Durante mucho tiempo he conseguido mantener a Constanza
en la puerta de aquel hotel, clavándome sobre la espalda una mirada
llena de lágrimas. ¿Por qué se rebela ahora su imagen?
¿Por qué han dejado de llorar esos ojos, si siempre han estado
allí, esperando que me volviese a buscarlos? Todas las certezas se
desvanecen con esas lágrimas que ya no sabré si existieron porque
hace casi treinta años no tuve la gallardía de volverme a comprobarlo».
Mi profesora de Lengua tendría mucho que decir sobre el estilo del
viejo. Es una buena profesora, para ser de provincias. Corrige los comentarios
de texto con bolígrafo rojo y los devuelve llenos de interrogaciones,
anotaciones y subrayados. «Si no sabes qué decir, no digas nada
escribió en el primero que le entregué. La retórica
y los adjetivos no ocultarán tu ignorancia». Me cabreé mucho,
pero he llegado a reconocer que tenía razón. Ahora somos casi
amigos, y algunas veces encuentro en el margen del ejercicio un «bien»
muy pequeño, con minúsculas, como si le hubiese costado escribirlo.
De todas formas, creo que no habría tenido ningún problema para
aprobar el verano pasado, incluso con toda la retórica y los adjetivos
del mundo. Mi madre aún se culpa de haberme hecho perder el curso.
Me gustaría convencerla de que no me importa repetir aquí, estoy
cómodo en la academia y no sé si me va a gustar la universidad.
Empiezo a comprender al viejo cuando dice que las cosas que uno espera durante
mucho tiempo son las que te pueden destrozar. Kalinka, por ejemplo, que antes
o después me destrozará. ¿O no? Tengo que decirte
algo. Cállate. Eres muy guapo callado. A los extranjeros
siempre les pasa lo mismo. Pueden hablar un español perfecto, como
Kalinka, pero se hacen un lío con el ser y el estar.Tengo que comentarlo
con mi profesora de Lengua. Sólo me he acostado con una chica,
dos veces. Está bien. Yo me he acostado con muchos hombres. Demasiados.
No me quedó más remedio que dejarla hacer. Creo que si llegase
a viejo no me sentiría muy orgulloso al recordarlo. Pero como fue ayer,
como me voy a morir antes de los treinta años, sigo dando tumbos por
la casa y por la ciudad, con la sensación de que me ha alcanzado un
rayo. Yo no sabía que follar podía ser así, pero estoy
seguro de que no lo olvidaré nunca, aunque ya no me atreva a mirar
a Kalinka. Al final, es decir, al amanecer, cuando los animales habían
dejado de rugir, y el mar, el viento y hasta la carcoma se habían
callado, y en todo el mundo sólo parecía sonar mi corazón,
la respiración ligera y cansada de Kalinka y el pequeño chasquido
de su cigarrillo al consumirse, me preguntó: ¿Cómo
se llamaba esa chica? ¿Quién? La de las dos
veces. Laura. Apagó el cigarrillo y me acarició con
pereza, a punto de dormirse. Es un nombre de árbol, ¿no?
Y de chica guapa. Tiene suerte. Se dio la vuelta y me volvió la espalda.
Alguien debe de enseñarnos algunas cosas importantes antes de nacer,
porque no tardé ni diez segundos en pegarme a su cuerpo, ajustándo-
me a cada una de sus curvas como si siempre hubiese dormido así. Ya
entraba luz por la ventana y las palomas empezaban a zurear cuando Kalinka
me dijo: Tienes que encontrar a tu padre y traerlo aquí. El viejo
no podrá morirse hasta que vuelva.
Kalinka 1
de abril de 1999 Estoy cansada de todo esto, Sasha,
no puedo más. ¿Te acuerdas de Krassi, el del liceo? Era un chico
grande y dulce, un poco triste, como nos gustaban entonces. Nos volvíamos
a mirarle cuando lo encontrábamos en el parque o en la calle Vitosha.
Siempre iba solo, con las manos en los bolsillos, mirando al suelo. Tú
te reías y decías: «Un pedazo de tío, ¡qué
desperdicio!». ¿Cómo puedes haberte olvidado, Sasha? Ayer
le vi en el Sheraton, muy bien acompañado. Ella llevaba un visón
blanco de caerte de espaldas, parecía rusa, no hay quien pueda con
esas zorras. Krassi se acercó a mi mesa. Ha perdido pelo, ha engordado,
pero tú sabes que no hago muchos ascos a estas alturas. Me saludó
sin quitarse las gafas oscuras, con una sonrisita, ya entiendes, esa sonrisa
de mierda que usan para ponerte en tu sitio. Le conté tres anillos,
quizá fueran cuatro. Grandes, de oro. El del índice era un sello
con un águila grabada en jaspe. Me fijé cuando me encendió
el cigarrillo. ¿Te imaginas a Krassi quitándome el mechero para
ofrecerme fuego con esa manaza llena de anillos? Ya en el liceo tenía
unas manos enormes, de las que te calientan sólo con mirarlas. Ahora
te acuerdas, claro. Pero ¿de qué te ríes? Yo no le veo
la gracia por ninguna parte. ¿Te creerás que Krassi acababa
de pasar por la manicura y olía a colonia cara? Vestía un traje
de cachemir, seguro, con el cachemir no hay equivocación posible, y
una camisa de seda gris. La corbata era italiana, vi una igual en el aeropuerto
de Zúrich cuando acompañé al de la Audiencia. Me quedé
con el estampado de pájaros tropicales, lo tenían en pañuelo
también. No te compras esa corbata por menos de quinientos marcos.
Pero lo que me jodió fue el tono con que me dijo: «Cuánto
bueno por aquí, Kalinka. He oído hablar mucho de ti. Pensaba
hacerte una visita cualquier día de estos. ¿Sigues viviendo
en Patriarca Eftimí?». Entonces fue cuando traté de encender
el cigarrillo y él me cogió el mechero. ¿Quién
les habrá enseñado a hacer esas cosas, si por caro que sea el
traje nunca consigue disimularles la pistola? ¿Quieres tomar algo
más? No lo soporto, Sasha, tengo que salir de aquí. Estoy harta
de abrir las piernas para los Krassis de este país. ¡Dos rakías
más, Anna! Sí, mi padre y mi tía siguen bien. Saluda
a tu madre de mi parte, dile que el sábado pasaré a recoger
el vestido. La madre de Anna es una artista. Lo mismo te fusila un Versace
que un Chanel. Ahí tienes a alguien que se lo ha sabido montar. Trabajaba
para muchas firmas, a cuatro perras la pieza. Ahora le llevas un Vogue y en
media hora te saca el patrón. Se está forrando. No, barata no
es, pero tampoco ese despropósito de los mil marcos la faldita de mierda,
cuando lo veo me entran ganas de apedrear la tienda. El otro día pasé
por la que acaban de abrir junto al Gran Hotel Bulgaria, ¿has ido
ya? Sí, tienen preciosidades, pero a mí estas cosas empiezan a
darme mucho por culo. Había una mujer pegada al escaparate, una pobrecita
con las botas cubiertas de barro y el abrigo despeluchado. «Perdona,
hija, pero sin las gafas no veo bien los precios me dijo. A ver
si tú me los puedes leer. Esa chaqueta de espiguilla no puede costar
doscientos cincuenta marcos, ¿verdad?». Costaba dos mil quinientos,
Sasha, y la mujer empezó a reírse como no debía de haberse
reído en mucho tiempo. Había que verla llorando de risa, se
le corrió el rímel y le dejó la cara embadurnada de lagrimones
negros. Se marchó apretándose la tripa con las manos para no
mearse allí mismo, que es lo que tendríamos que haber hecho
las dos, mearnos frente a la puerta de Stefani, bajo esa marquesina tan elegante,
se creerán que están en París o en Nueva York. Por supuesto,
no han conseguido que les arreglen los socavones ni les limpien la calle,
hasta ahí no llega la mano larga de Jaroslav. Sí, todo el mundo
sabe que es suya, la ha puesto a nombre de su amante para cubrir- se las
espaldas. Parece que va a presentarse a las municipales... ¿Ralitza?
Ralitza tendrá la boquita cerrada, naturalmente. Las mujeres de los
mafiosos no se mezclan en estas cosas. Pero, si es una chica lista, sabrá
sacarle partido a la situación. Y Ralitza era un fenómeno, te
lo aseguro, nunca he conocido a una chica como ella. Algo le tiene que quedar.
No, yo tampoco la he tratado mucho, hace siglos que no la veo. Pero recuerdo
como si fuera ayer el día en que nos castigaron por el examen de latín.
Eso es, alguien había conseguido las preguntas y las vendía
por una leva. Pero, cielo, cómo iba a ser Krassi, con lo tímido
y triste que era en aquellos tiempos. No lo sé, da igual quién
fuera, el caso es que estábamos todos pringados y nadie le delató.
Nos pusieron un castigo terrible, acuérdate. Era el último día
de clase y en vez de dejarnos salir a las doce de la mañana, don Antonio
nos hizo quedarnos hasta que tradujésemos las diez primeras páginas
de La guerra de las Galias. Sí, tienes razón, sonó a
cadena perpetua. ¡Qué despacio pasaba el tiempo entonces! Diez
páginas de traducción parecían toda una vida. Recuerdo
que yo cumplía diecisiete años al día siguiente y que
mi tía me había dejado organizar una fiesta por todo lo alto,
con todos los amigos que quisiera, como nunca se había hecho en nuestra
casa. Pero cuando abrí el libro y leí «Gallia divisa est...»,
pensé: «Nunca acabaré. Me pasaré aquí todo el
verano, peleando con los ablativos absolutos. Me pudriré en esta clase
llena de desconchones que huele a ratón muerto. Los árboles
se volverán amarillos y yo habré perdido este verano que es
el único que me interesa vivir, y lo habré perdido para siempre».
No nos dejaron salir a comer. Estábamos tan desesperados que ni siquiera
hicimos el esfuerzo de sacar los diccionarios. Mirábamos por las ventanas
como los corderos deben de mirar los pastos desde el matadero. Nos mirábamos
unos a otros, consternados. Sólo la cabeza de Ralitza estaba inclinada
sobre el pupitre. Aquel curso tenía el pelo muy corto y una nuca muy
bonita, con un hoyuelo profundo cubierto de pelusa rubia, daban ganas de tocarlo.
A las dos horas, Sasha, a las dos horas de reloj, ya había acabado
la traducción, sin apenas mirar el diccionario. ¿No te acordabas
de eso? Pues nos salvó la vida. Supongo que yo lo recuerdo tan bien
por lo del cumpleaños y porque estaba sentada detrás de ella,
pensando que tenía los hombros demasiado huesudos para darse tantos
aires, que me importaban una mierda los helvecios y los aquitanos, que ojalá
los feroces guerreros del otro lado del Rin hubieran matado a César
antes de que escribiera una línea, y que mi tía estaría
empezando a ponerse nerviosa y a preguntarse por qué no llegaba yo
para ayudar con las empanadas, las bebidas, los regalos y los demás
preparativos de la fiesta. Entonces Ralitza se volvió, me tendió
su cuaderno y me dijo: «Cópiala y pásala. Está
bien». La última rakía, ¿de acuerdo? A ver si consigues
que te mire una camarera, llevan horas cotorreando en la barra. Sí,
cielo, esa era Ralitza. Hombros huesudos, buenas tetas y la mejor cabeza
del liceo. Ella sabrá qué se hace con Jaroslav, pero es imposible
que esa cabeza haya dejado de funcionar. Entregamos la traducción las
primeras y salimos juntas, antes que nadie. Hacía un día precioso,
no sé por qué ya no hay días tan dulces, con esa luz.
Ralitza me contó que daba clases extra de griego y de latín
con una amiga de su madre, que quería conseguir una beca para estudiar
Filología en Berlín. La invité a mi cumpleaños
pero no recuerdo si llegó a venir. Recuerdo que vino Boyan. Alguien
lo trajo, así fue como lo conocí. No, no quiero brindar, Sasha,
no estoy de humor. ¿Qué ha pasado con nosotras, unas chicas
tan monas y tan listas? ¿Te he contado que Boyan me llamó al
fin? El abogado debió de decirle que era mejor arreglar las cosas con
buenos modos, que no le convenía un escándalo con su posición.
Me ofreció cincuenta mil marcos por mi parte del piso, el hijo de la
gran puta. Dije que sí. ¡Sí, ya sé que me está
robando, qué más da! Eso es lo que él querría,
que perdiera los nervios y le suplicara y le llorase. Me citó en el
bar del Círculo de Empresarios para firmar el contrato. Supongo que
eso también fue idea del abogado, Boyan es muy astuto pero no hila
tan fino. ¿Que no lo entiendes? Para mí está claro como
el agua del Rila, si no puedes tapar la mierda, airéala para que se
seque cuanto antes y deje de apestar. Lo encontré en la barra, pontificando
con sus nuevos amigos. Ahora se mezclan todos, los tigres y los chacales,
las gallinas, las ratas y las hienas. Se empeñó en que leyera
los pape- les, pero firmé sin mirarlos con la pluma que me regaló
la señora Vassilis cuando acabé el liceo, todavía la
conservo. Es una pluma antigua, de laca roja; cerca de la mezquita aún
vive un artesano que las arregla. El muy miserable de Boyan estaba conciliador.
«¿Qué te has hecho en el pelo? me dijo. Te
queda bien». Le habría matado, te lo juro. Habría podido
sacarle los ojos y tirarlos al suelo como si fueran canicas. Pero me las arreglé
para sonreírle muy dulcemente, con esa cara de imbécil que le
volvía loco. Cuanta más cara de imbécil se te pone, mejor
te va con él. «Me han contado que se rumorea tu nombre para el
gobierno», dije. Se infló como un pavo. La sonrisa le llegaba a
las orejas. «¿Y qué vais a hacer?», le pregunté
como si me fuera la vida en ello. Él ya estaba de pie, pero se
volvió a sentar. Hizo un gesto a sus amigos de la barra para que no
le esperasen. Disfrutaba. Nada le gusta más que pavonearse y demostrar
su importancia. Pero yo continué, en el mismo tono de chica tonta que
espera una lección. «¿Vais a seguir vendiendo el país
a precio de saldo? ¿Vais a regalárselo a los americanos para
que bombardeen cómodamente a nuestros vecinos? ¿Vais a ahorrar
mucho más en vendas y en medicinas, a ver si algún siglo de
estos se caen las puertas de la Unión Europea?». Me salió
del tirón, Sasha, habrías estado orgullosa de mí. Sin
levantar la voz ni perder la cara de imbécil. Tendrías que haber
visto la suya. Pues claro que sacó el aguijón, pero mereció
la pena, te lo juro. «¿Desde cuándo las putas entienden de
política?». Se levantó descompuesto, puedes creerme, ojalá
le haya perforado la úlcera. Pero aún me dio tiempo a decirle:
«Algunas putas nos casamos con políticos y aprendemos».
No te rías así, Sasha, todo el mundo nos está mirando. Ya
sabía que lo encontrarías divertido, a mí también
me lo parecía. Pero ahora que te lo cuento, maldita la gracia que le
veo. Deja la botella, Anna, no seas rácana. Pero si no queda más
que un culito. Dile al encargado que no ponga esa cara de perro, que pensamos
pagar. No, no le pasa nada a mi amiga. Está feliz porque llega la primavera.
A mí, sin embargo, me gustaría que cayera una buena nevada.
Me gustan mucho las nevadas de abril. |