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La edad de las bacterias | |
MANUEL GARCÍA RUBIO | | 256
págs. | | ISBN 84-96080-40-4
| | 18,50 €. |
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1 No hay
más que dos salidas: creer para vivir, ignorar para sobrevivir. Queda
una tercera: la de quienes, por amor a la vida y a sus juegos, ni creen ni
ignoran. Pero esa es una puerta que conduce hacia el desengaño. Yo
aprendí la lección demasiado tarde. Ahora vago en la indiferencia,
trabajo y escribo para combatir el aburrimiento y algunas veces me emborracho,
aunque no lo hago ni por vicio ni por dependencia, sino por piedad. Me
llamo Ricardo Escalante Escalante. Soy el responsable de la muerte de la única
mujer a la que amé de verdad, es decir, con pasión y esperanza.
Todavía hoy, su recuerdo me hiere como un topo que, anidado en mis
entrañas, se alimentara de ellas sin descanso. Siento sus uñas
clavadas en las paredes del estómago, escucho cómo me horada
por dentro, sufro su rutina menor pero perseverante, calculadora y morbosa
hasta el extremo de no dejarme morir. Mi destino estuvo ligado a una familia
aristócrata y adinerada en la que me colé de rondón en
circunstancias extravagantes. Mi padre había sido mayoral y montero
de don Francisco Sánchez de Montemayor, barón de la Casa de
Montemayor, en sus campos de Toledo. Durante la guerra civil permaneció
fiel a su amo. Se afilió a la Falange de Primo de Rivera, creo que
por su indicación. Oí decir a mis espaldas que se comportó
con sus cuadrillas con rigor excesivo. Mantuvo la disciplina, lo defendieron
otros. Cuando yo tenía cinco años, su cuerpo apareció
en el fondo de un pozo. Nadie quiso investigar lo sucedido. Luego, mi madre
entró en el servicio del palacio de Montemayor, en Madrid. Era una
mujer muy hermosa, fuerte y de carácter. Llegó a ser ama de
llaves y la preferida del barón. A mí me protegieron sin escatimar
recursos, como si fuera uno más de los hijos de aquella vasta estirpe.
A cambio, correspondí con brillantez y docilidad, incluso cuando
aquel protectorado empezó a abrumarme con exigencias rituales que jamás
comprendí. Me sentía un deudor eterno. Así pues, viví
hasta bien entrada la adolescencia como interno de colegios selectos, entre
curas que me recordaban constantemente lo inmerecido de mi fortuna y la carga
de respeto hacia el barón con la que habría de pechar hasta
el fin de mis días. Fue un tiempo, ajeno al amor familiar, del que
tan sólo conservo tres recuerdos importantes. Los tres están
ligados a una de las criadas del barón, de nombre Enriqueta, con la
que, sin embargo, no tuve más que un trato liviano y efímero.
En el primero de ellos la veo llorar sin contención, de una forma que
quizá resultó imprudente. ¿Qué le pasa a
Enriqueta? supongo que pregunté. Nada, hijo, que su marido
no fue bueno y ahora van a castigarlo como es debido, sólo eso.
La mujer tuvo que dejar el palacio. Ese día me regaló el reloj
de su esposo, un viejo Zenit en cuya esfera constaba la inscripción
«Vulnerant omnes, ultima necat», que se había detenido a
las 9.27 de un día incierto y que no había vuelto a funcionar. Es
mi segundo recuerdo de niñez. El tercero se grabó en mi memoria
unos pocos años después: hallándome escondido en la cocina,
oí que a Enriqueta se le habían enfermado gravemente dos de
sus hijos, y que uno de ellos se murió en sus brazos pidiendo un mendrugo
de pan. Concluí la licenciatura de Derecho con un expediente extraordinario.
Digamos que di la vuelta a mi suerte. Tal vez por eso, durante buena parte
de mi juventud tuve por seguro que mi vida acabaría siendo el resultado
de un proceso deliberado, cabal y libre. De hecho, se me había advertido
de que el camino estaría lleno de opciones, algunas tan tentadoras
como erróneas. Empero, yo confiaba en mis fuerzas y estaba en el convencimiento
de que habría de recorrer el territorio más acertado sin falsos
atajos ni desconciertos. La mirada retrospectiva sería orgullo de mi
vejez y ejemplo para los de mi clase. Con ella o desde ella confirmaría
que había podido trazar una senda fértil, hermosa y, sobre todo,
digna. Ahora sé que esa senda no existe y que de mí no quedará
sino una narración blanda, escurridiza e indefensa. Mi biografía
será pura y vana historia, una simple sucesión de anécdotas
en boca de otros.A estos efectos, por lo tanto, nunca fui dueño de
la facultad de elegir. Como le ocurre a casi todo el mundo, sin duda. Engañé
y fui engañado y, en ejercicio de mi supuesta voluntad, no hice otra
cosa que dejarme llevar por un juego de apariencias y de sombras que no descubrí
sino muy tarde, cuando el arrepentimiento se me había hecho tan irremediable
como inútil. De joven me preparé para la carrera diplomática,
pero lo hice por simple mimetismo: me sentía obligado a seguir los
pasos de mi protector y, con ellos, los de su hijo mayor, de nombre Francisco
como era menester; nada más. Paco, a quien yo llamaba Big Brother por
un prurito infantil de displicencia, llegó a labrarse una rutilante
carrera, no sólo por sus méritos personales era inteligente,
trabajador y ambicioso, sino por los apoyos que consiguió después
de su ingreso en el Opus Dei. En cambio yo, soñador e introspectivo,
más dado a las bibliotecas que a los ágapes y los saraos, vivía
ajeno a los lances de la vida social y política, que no me correspondían.
Cualquiera que fuera la causa, más tarde decidí anteponer a
los consejos de mi mentor objetivos, disciplina, éxito la paz
de la lectura sin programa, panorámica, caótica, disoluta, mucho
más sugerente que el derecho internacional y las intrigas palaciegas
porque hablaba de mí, de mi parte más neblinosa. A ella dedicaba
casi todo el tiempo. Podía permitírmelo, por supuesto. Leía
con devoción, tomaba apuntes, de cuando en cuando daba con un hallazgo
precioso que luego engarzaba en otros. Así, a escondidas de los demás,
de manera vergonzante o, quizás, heroica, iba montando con mimo de
orfebre el andamiaje de mi personalidad. Pronto se me reveló el testimonio
de ciertas fuerzas telúricas, ancestrales, atávicas, que guiaban
muchos de mis actos y me convertían en un pálido reflejo de
lo que había creído ser. Escribía. Releía lo escrito.
Iluminaba rincones inesperados de la realidad. Alguna vez presentí
que mis esperanzas formaban parte de un sueño piadoso, cuando no de
una patraña opaca y vil. Sin embargo yo, que no estaba educado para
escuchar en mi interior, deseché aquel murmullo impertinente y terminé
por entregarme al ruido y a las prisas de los demás. Mi primer
descubrimiento de interés aconteció al comprender que la historia
que conocemos había sido escrita por gente que sabía escribir.
Parecerá una boutade, pero, dicho de esa forma, se adelantan sospechas
que espeluznan; la más terrible, la de que quizá sólo
conozcamos de nuestro pasado la versión que de él han dado los
poderosos, los clérigos, los letrados. Poco importó siempre
la voluntad de los pastores, había advertido Yeats. A nuestra inteligencia
permanecerían ocultos, por tanto, aspectos de nuestra naturaleza que
resultarían peligrosos para los administradores de la verdad, para
quienes arrojan sobre el mundo el velo de sus palabras y luego juegan con
ellas a su antojo, haciendo que el nombre de las cosas sustituya a las cosas
mismas, que ocupe su lugar. Los magos de todas las culturas acaparan para
sí jergas extrañas: los pácritos hablaban en sánscrito,
los helenos en hebreo, los romanos en griego, los sacerdotes cristianos en
latín. Hoy, los medios de comunicación crean la noticia en vez
de comunicarla. A la postre, nuestras vidas penden de reinos a los que jamás
accederemos: hasta no hacía mucho, el del mana, el del tingalo, el
del más allá; recientemente, lo que nos cuentan algunas grandes
agencias informativas y cadenas de televisión. Y aquí, abajo,
estamos nosotros, los individuos como yo, como casi todos, sometidos a la
tiranía de lo incierto, incapaces de evaluar nuestras posibilidades
de realización en medio de tanto bosque de embustes. Una de esas
trampas dice que el gobierno de la sociedad es tan complicado que debe dejarse
en manos de los expertos. Para los demás quedaría el precioso
jardín de la individualidad, un espacio pequeño pero coqueto,
acotado por el destino, en el que cada cual plantaría su flores preferidas,
atento sólo al cielo, en cuya providencia habría que confiar.
Un cuento muy bonito, regado con trucos de prestidigitador y con amenazas
de brujo.
2 Mi historia
podría comenzar el jueves 12 de junio de 1980, en Madrid. Yo era funcionario
del ministerio de Asuntos Exteriores. Ocupaba un puesto de cierta importancia
en el escalafón, aunque oscuro en su proyección de futuro. Lo
había conseguido gracias a Paco, quien por entonces trabajaba en La
Moncloa bajo las órdenes directas del presidente del Gobierno. A veces
elaboraba los discursos del ministro, una labor agradecida por cuanto este
no solía modificar un ápice mis borradores. Hasta tal punto ello
es cierto que me he quedado con la sensación de haber sido yo quien,
por aquellos días, marcó la política exterior de nuestro
país, dicho quede sin el menor asomo de petulancia. Sin embargo, de
ordinario mi tarea era monótona y, creo, inane: recibía los
informes de las distintas embajadas, los organizaba por zonas geográficas,
los analizaba con un enfoque regional más amplio que aquel al que debían
limitarse nuestros diplomáticos, y luego los reelaboraba en un extracto
de no más de dos folios para su remisión al secretario general.
Me consta que casi nunca los leía. Yo, sin embargo, no renuncié
a realizar el trabajo como mejor sabía, aportando información
de mi cosecha y haciendo análisis con un rigor del que solían
carecer los responsables de nuestras legaciones, a menudo entretenidos en
chismes y anécdotas sin utilidad práctica alguna. Lo hacía,
además, con valentía irreverente, a veces contradiciendo las
conclusiones de algún embajador e, incluso, dejando en evidencia su
desconocimiento del país del que se suponía el mejor informado,
o su dejadez, como cuando enmendé la plana al de Brasil, empeñado
en llamar Arrecife a la capital de Pernambuco. No me importaban las consecuencias
de mi osadía, pues ya por entonces buscaba el abismo con la misma irreflexiva
bravura con la que el miura acomete el capote, y eso me daba fuerzas para
defender lo único que restaba de mi patrimonio personal: una cierta
obsesión aristocrática por la precisión de los conceptos,
que provenía de mi falsa alcurnia. Pese a que recién había
cumplido cuarenta años, una edad magnífica, según se
dice, para apuntalar conquistas y preparar el salto hacia otras más
ambiciosas, yo ya había dado mis días por caducos. No esperaba
nada nuevo ni bueno: no pretendía cambiar de destino, no deseaba mejor
sueldo, me importaba un rábano mi futuro profesional y repelía
la vida familiar y las amistades íntimas. Sólo quería
realizar mi trabajo con corrección, en forma y en plazo, tomarme un
vermú en Oliver, en la Plaza Mayor, y retirarme en cuanto me fuera
posible a mi casa, en la calle Huertas, donde dedicaba las tardes a leer a
discreción, acompañado de una botella de ginebra y varias de
tónica. De vez en cuando liaba un cigarrillo de marihuana, de la que
me proveía una de las muchachas del servicio del palacio de Montemayor,
con la que me unía un deseo mutuo al que también dábamos
cuerda. Por todo acontecimiento social, compartía algunos de los almuerzos
o de las cenas del barón y, en ocasiones extraordinarias, de la familia
Montemayor en pleno. Durante aquellas comidas sólo se hablaba de lo
que a ellos preocupaba: la bolsa, los rumores de golpe de Estado, la decoración
de las respectivas viviendas, los planes para las vacaciones veraniegas, la
amenaza socialista y la boda próxima de algún vástago
nobiliario, en una caprichosa mezcolanza de ecos y de puntos de vista que
sólo se interrumpía cuando el patriarca tomaba la palabra.
Aquella mañana habría podido ser una más en mi rutina de
funcionario bien remunerado. Soy incapaz de recordar lo que había estado
haciendo hasta que recibí su llamada. Con toda seguridad, leí
la prensa del día acompañado de un café negro con gotas
de coñac. Luego abriría la correspondencia, cortaría las
notas del teletipo y ordenaría a mi secretaria que distribuyera las
copias pertinentes por los despachos del departamento. Nada perentorio, lo
que quizá me permitió consultar algún libro de his- toria
contemporánea antes de ponerme a escribir un informe redundante sobre
la situación de sabe Dios qué país, que por esos días
tendría entretenidos a los medios de comunicación. Sí me
acuerdo, en cambio, del tono de voz con el que la telefonista me comunicó
que tenía a la espera a una mujer. Edurne Ormaechea, dijo. Pedí
que me repitiera el nombre. Y, cuando lo hizo, creí que estaba burlándose
de mí, que por alguna extraña casualidad la de la centralita
se había hecho con mi secreto más celosamente guardado y ahora
se regodeaba en el descubrimiento, mofándose de la ilusoria pretensión
de llevármelo a la tumba. Me sobrepuse a la sorpresa y acepté
la comunicación. Entonces escuché su voz, aquel melodioso timbre
austral con el que, tiempo atrás, me prendara tan pronto como salió
de su boca. Aun así, consideré improbable que Edurne estuviera
hablándome. La había dado por muerta cuando siete años
antes, en Montevideo, desapareció a la francesa, dejándome tan
sólo una melindrosa nota de adiós. Fue uno de los días
más dolorosos de mi existencia: de su marcha me había quedado
la imagen de su miedo y de su desamparo, un resentimiento brutal contra el
género humano y la firme resolución de matarla si volvía
a presentarse ante mí. Hablamos unos pocos minutos. Edurne se encontraba
en Madrid. Había venido para verme, dijo, y no quiso adelantarme más.
Me citó a las dos en punto en la cafetería del Palace. Rechacé
la propuesta no más que por demostrarle que mi orgullo seguía
intacto. Le ofrecí un encuentro en el ministerio. Ahora fue ella quien
respondió que no. Al fin, quedamos emplazados en el Oliver. Me había
hecho reo de las costumbres, le aclaré, y no estaba dispuesto a alterarlas,
ni siquiera aquella, tan insignificante, de mi vermú en la Plaza Mayor,
después del mediodía. Sé que no la desconcerté.
Edurne Ormaechea me conocía perfectamente y sabía que la espera
se me haría insufrible, como así fue. Para entretenerla me encerré
con llave en mi despacho, me preparé un gin-tonic y me senté
en el sofá de orejas, ante el ventanal, desde el que divisaba el trajín
de la plaza de Santa Cruz. Antes di orden a la secretaria de que no se me
molestara bajo ningún pretexto, ya declararan los chinos la tercera
guerra mundial. A los pocos minutos me sorprendí llorando de rabia,
tal vez de asco, sin duda de amor. No recuerdo haber hecho otra cosa.
Cuando faltaban quince minutos para la cita, me incorporé, arreglé
el traje, me sequé las lágrimas; luego fui al servicio y me lavé
la cara hasta cerciorarme de que en mi rostro no había quedado el menor
asomo de desconsuelo. En el Oliver ocupé mi mesa de siempre, al fondo
del establecimiento, parcialmente oculta por una columna de hierro, de pátina
marrón como todas las otras. Anselmo, el camarero, ya tenía dispuesto
para mí un vaso de agua, tres pastelillos de hojaldre y una servilleta,
y aguardaba mi llegada para preparar sin demora mi Martini rojo con gotas
de ginebra y dos piedras de hielo. Nos saludamos cortésmente, sin pronunciar
más palabras que las imprescindibles para formalizar el rito del encuentro.
Anselmo debió de advertir en mí cierta indisposición,
pues, con el vermú, se atrevió a preguntarme si quería
que encendiera el ventilador que pendía sobre mi cabeza, algo inusual
en el hábito de la casa. Le respondí que por el momento no lo
hiciera, que sólo debería estar atento a la entrada de una mujer
que, acaso, se interesaría por mí. Edurne no tardó en
llegar, siguiendo los pasos del camarero. Sentí un profundo vahído
cuando sus ojos de color esmeralda se posaron en mí. Me sonrió.
Estaba más hermosa que nunca, bendecida por siete años de madurez
que habían transformado a la joven de facciones perfectas que yo recordaba
en una hembra de belleza arrebatadora, hecha de su misma carne y, sobre todo,
del insoportable misterio de su ausencia. Vestía un traje chaqueta
de lino, de color azul marino, con camisa blanca de seda abierta en un breve
escote, y llevaba el pelo rubio muy corto. De su cuello colgaba su eterno
crucifijo de oro y marfil, tan grande y ostentoso que me asaltó con
sus viejas dudas. Veo que sigues adorando al Dios verdadero le
espeté cuando aún se hallaba de pie, acaso esperando a que la
recibiera en mis brazos. Supongo que en estos años habrás
ganado cientos de almas para el cielo. Abrazaba contra el pecho un pequeño
bolso de cuero. Se mostraba tensa. Dios no tiene nada que ver con
lo que nos pasó. Dejalo tranquilo. Resoplé. Luego me levanté,
le di un solo beso en la mejilla, a la manera uruguaya, y la invité
a sentarse. Lo hice con ensayada frialdad, igual que la arremetí con
una amplia batería de lugares comunes sobre los avatares del viaje
y la arbitrariedad del tiempo atmosférico. Por cierto, ¿qué
fue de Héctor, tu chico para todo? Creo que Edurne esperaba esa pregunta,
pero no el tono con el que la había formulado. Murió
dijo secamente. Un accidente. Bueno, ya te contaré. La
noticia me incomodó. Edurne aprovechó para tomar el mando de
la situación. Era lo habitual en ella. Me explicó que conocía
los pasos que yo había dado desde nuestra accidentada despedida: mi
cese en la embajada española en Montevideo, mi reclusión en un
pequeño sanatorio psiquiátrico, incluso mi intento de suicidio.
Me pidió perdón, aunque no se sentía responsable de lo
ocurrido. No me parece que tu marido opine lo mismo. Sé
que me resultará muy difícil conseguir que me creas, Ricardo,
pero por eso estoy aquí, porque necesito intentarlo. Eran tantos los
hechos con los que pude haberla dejado en evidencia que me conformé
con esbozar una mueca. Luego busqué sus ojos, convencido de que sería
incapaz de mantenerme el desafío. Lo hizo, no obstante, con una fortaleza
inconmensurable, que me transportó a los días felices del Plata,
cuando pensaba que aquella fascinante mujer había decidido regalarse
a mí. Ahora, la añoranza de tal certeza hizo de su rostro un
sarcasmo insufrible. Estuve a punto de abofetearla, pero no me atreví.
En cambio, en mis párpados embalsaron sendas lágrimas. Ricardo
vino a rescatarme, una vez más, son tantas las explicaciones
que te debo, y tan complicadas, que no quiero dártelas sino cuando
tenga la seguridad de que podrás escucharme con calma, de principio
a fin. Sacó una tarjeta de su bolso y me la entregó. Siguió
hablando. En ese hotel he reservado una habitación para mañana.
Ahí te lo contaré todo. Luego te pediré que vengas conmigo
a Costa Rica. En San José tengo casa, una buena posición y bastantes
amigos. Podrás trabajar en la universidad, si te place. Fue lo que
siempre deseaste, ¿no? Edurne me proponía la realización
de un sueño: salvar mi alma, que ya había dado por perdida,
y hacerlo junto a ella, junto a la mujer que me la había robado. Sin
embargo, en aquel recodo de mi vida me hallaba tan empozado en el resentimiento
que no me tomé sus palabras sino como el libreto de una ópera
bufa. Por lo que cuentas, no te ha ido mal en tu carrera de intrigante.
Edurne, impertérrita, llamó al camarero y pidió dos vermús.
Anselmo se inclinó ceremoniosamente, preso sin duda del mismo hechizo
que me había dejado inhábil para la réplica. Sé
que no puedo arreglar las cosas entre vos y yo en media hora respondió.
Por eso, sólo te pido que me des un margen de confianza. No te imaginás
el dolor que me produce tu fingimiento. Edurne sabía como nadie convertir
los propios errores en argumentos a su favor, pero yo ya estaba sobre aviso.
¿Fingimiento? O sea, piensas que no tengo derecho a mostrarme
indignado. Me llevas y me traes como a un pelele, me hablas de Dios y del
diablo fui alzando la voz, me juras amor eterno, cinco minutos
después descubro que me engañas con un pelagatos, desapareces
sin dejar rastro, los demás nos quedamos con ganas de acuchillarnos
entre nosotros y todo lo que yo había conseguido hasta entonces se
me va por las cañerías.Y ahora, de pronto, casi dos lustros
más tarde, te presentas sin avisar, te tomas un vermú tan ricamente
y, encima, el hipócrita soy yo. Acabé dando una palmada contra
la mesa de mármol. Anselmo se violentó. Edurne, en cambio, no
pudo evitar una sonrisa. Dicho así, tenés razón.
Y, sin embargo, yo también estoy en lo cierto. Fingís, Ricardo,
pero lo hacés muy mal. Seguís enamorado de mí, igual
que yo lo estoy de vos. No hubo un solo día, en estos últimos
años, que no me arrepentiese de lo que hice, que no deseara que las
cosas hubieran sido de otra forma. Pero, ya ves, solamente ahora estoy a punto
de conseguirlo. La observé largo rato en silencio, ajeno a sus palabras,
embobado por su belleza, subyugado por la dulzura de su voz, maniatado
por el recuerdo de los tiempos felices, cuando bastaba que Edurne me prometiera
una caricia para convertir la espera en un ensueño blindado contra
cualquier contratiempo. Conozco la historia intenté sobreponerme,
tengo la impresión de haberla leído en alguna parte. Déjà
vu. Ahora me dirás que me necesitas y que todo volverá a ser
como antes, etcétera, etcétera. Lo que no alcanzo a entender
es por qué recurres a mí en estos momentos, cuando ya te daba
por muerta. ¿Qué puedo darte que no tengas? Parece que económicamente
te va bien. Encima, estás más hermosa que nunca... Y eres libre,
supongo. Tardabas en preguntármelo, gallego permaneció
inmune a mi sorna. No, claro que no hay ningún hombre. Si te
quedara alguna duda, Carlos murió hace un par de años, según
me contaron. Un cáncer de próstata. ¡Vaya reguero
de cadáveres que vas dejando detrás de ti! Edurne hizo un mohín
de desagrado, pero continuó: Ahora soy viuda y tengo casi todo
lo que siempre quise. Además aprendí a renunciar a lo que ya
no está en mi mano, de modo que me encuentro bien, razonablemente bien,
serena. No voy a pedirte nada que no quieras darme. Sólo vine a Madrid
para cerrar un asunto. ¿Cerrar un asunto? ¿Qué
asunto es ese? ¡Ah, qué más da, un asunto, el único
de mi pasado que aún queda abierto! Luego seré realmente libre,
que es lo que parece que te preocupa. Entonces reconstruiré mi vida
con vos, si querés. Pero no te reprocharé nada si me rechazas.
Antes te prefiero lejos que desconfiado. Me escondí tras el último
sorbo de mi segundo vermú. Llamé a Anselmo y pedí una
nueva ronda. Inopinadamente, empecé a sentirme ingrávido, príncipe
del reino de las cosas sin importancia. Me vi con fuerzas para espetarle:
Te pones muy misteriosa. Desde luego, ¡qué grandioso suena
eso: «El único asunto de mi pasado que aún queda abierto»!
¿Recordás nuestro último encuentro en Montevideo?
No sé si la intención con la que me lanzó la pregunta fue
esa, pero la recibí como un mazazo. ¿Es posible que
no sepas lo que supuso para mí esa cita? elevé la voz,
casi hasta el grito. ¡Sí, son menudencias, pero algo me
suena de aquella noche! Nunca olvidaré lo que dijiste mientras
hacíamos el amor, que no te importaban nada los líos en los
que estuviera metida. Luego te vestiste y te fuiste mientras yo dormía.
No volviste jamás. Sólo me dejaste una notita en el bolsillo
de la chaqueta, cursi hasta el cabreo. Y al día siguiente me entero
de que tu marido no era el único al que le adornabas la frente.
Antes te pusiste como un energúmeno. Me acusaste de acostarme
con vos para sonsacarte. Me levantaste la mano. Me desmoroné. Imaginá:
yo había ido a refugiarme de mi esposo, que quería matarme,
y me encuentro con que el hombre al que amaba de verdad insinúa que
estaba cometiendo con él el más odioso de los delitos. ¿Qué
querías que hiciera? El comentario me sorprendió. No recordaba
nada de esa posible acusación, que, de ser cierta, tal vez habría
justificado la huida de Edurne. Permanecí mudo largo rato, irritado
conmigo mismo. Reconozco que había perdido memoria, pero la posibilidad
de olvidar un hecho tan determinante en mi vida me produjo rabia antes que
perplejidad. Supuse que Edurne, una vez más, estaba jugando conmigo.
Dejé que continuara hablando. No puedo decirte cómo salió
en la conversación lo de la Operación Gamulán dijo,
pero con toda seguridad fue incidental. Yo, al menos, no le di ninguna importancia.
Vos, en cambio, te sentiste agredido. Por un instante sentí miedo.
Me pareció que algo se movía bajo mis pies. A mi favor tenía
la certeza de haber practicado la norma según la cual jamás
hablaría del contenido de mi trabajo con nadie, ni siquiera con mi
amada, acaso mucho menos con ella. Eso me daba cierta confianza. Sin embargo,
también era consciente de que, la noche aciaga que rememorábamos,
yo me hallaba conmocionado, incapaz de entender lo que estaba ocurriéndome.
Unas cuantas horas antes había bebido en demasía, discutí
violentamente con Julita, mi esposa, quise pegarme un tiro y acabé
tomando tranquilizantes y somníferos. Tal vez ante Edurne, en aquellos
instantes, hubiera abandonado mis propósitos y hábitos, indiferente
a lo que habría podido pasarme después, despreocupado de la
tierra quemada que quedara a mi paso. Además, aquella operación
de la que hablaba Edurne carecía de relevancia; ni siquiera había
existido más que en la imaginación de un funcionario borrachín
de la embajada de Estados Unidos en Montevideo. No parecía imposible,
pues, que, ofuscado, yo hubiera hablado más de la cuenta. En todo
caso, ante ese dilema aposté por la coherencia de mis actos y envidé:
¿La Operación Gamulán? Jamás hablé contigo
sobre ese asunto. Edurne no se inmutó: Sí, así
es. Permaneciste callado. Fui yo quien habló de ello y vos te volviste
loco. Ni siquiera creo que haya salido a relucir el nombre de esa
operación mentí para sondear su sinceridad. Del
nombre me enteré mucho más tarde. Apareció en el libro
de un periodista americano, en Costa Rica. No puedo creerte. Ahora
es vox pópuli por allá. Operación Gamulán... aquí
frunció la frente como para expresar que estaba hurgando en el saco
de su memoria. Falta una palabra, el nombre de un color. Operación
Gamulán... Rojo me anticipé; entonces, Edurne dio
un respingo y esa agitación me hizo comprender que había cometido
un error irreparable. Operación Gamulán Rojo, así
es afirmó con notoria satisfacción. Rojo repetí
mecánicamente, como para conjurar mis dudas. Edurne debió de
descubrir el dilema en el que me encontraba. Intentó desvanecerlo y,
para eso, regresó al recuerdo del amor que nos profesamos, tierno,
cómplice, desmedido. Al cabo de unos pocos minutos, mis recelos se
habían disipado por completo, barridos por la añoranza de sus
besos. Ahora lo recordaba: me habían enloquecido y, desde entonces,
ocupaban la totalidad de mis pensamientos y deseos más profundos. Mi
existencia, después de Edurne, no había sido sino una vaga sucesión
de episodios vacíos entreteniendo el cuerpo de otro hombre que no era
yo. Cuando lo supe, de pronto lúcido hasta la clarividencia, sentí
una congoja asfixiante. Al recuperar el resuello, le pedí que no me
dejara solo, que me acompañara a mi casa para recoger algunas pertenencias.
Luego nos instalaríamos en su hotel y no saldríamos del dormitorio
hasta tomar el avión que nos llevara a San José. Igual que ocurrió
en Montevideo aquella noche horrible de junio del 73, me asaltó una
premonición. Tenía miedo: me abrasaba la certeza de que no volvería
a verla si abandonaba sin mí aquella mesa. Edurne sonrió de
nuevo; luego se levantó, se me acercó y depositó en mis
labios un beso dulce y largo. Al separarse, se encontró con una lágrima
en mi mejilla. La secó con su mano, acarició mi mentón.
Dijo: Mañana nos veremos. Te deseo con toda mi alma. Chau.
Luego giró sobre sí misma para emprender el camino de salida.
Chau repetí con un hilo de voz, confuso. Permanecí
en mi silla, contemplándola embobado y con resignación hasta
que abandonó el local. Luego, reinstalado en la ordinariez de la vida,
me asaltaron un millón de dudas. No, no volvería a verla; había
estado charlando con un espejismo, me dije. Me puse a tabletear sobre la mesa
con los dedos, sin duda por espantar aquel pensamiento maldito. Abrumado al
fin por un sentimiento súbito de soledad, tuve la necesidad imperiosa
de consultar mi reloj. Marcaba las 9.27. No me extrañó.
Era como casi siempre.
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