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El traductor de Cambridge

FERNANDO BÁEZ

160 págs.

ISBN 84-96080-46-3

14,95 €.

El traductor de Cambridge (00097)

 


Primera parte


La realidad objetiva se ha evaporado
y lo que nosotros observamos no es la naturaleza
en sí sino la naturaleza expuesta
a nuestro método de interrogación.

Werner Heisenberg


1


Tal vez es cierto y todo, cuando ya lo creía olvidado, de pronto cobra una importancia extrema. Me refiero, por supuesto, a que dos niños descubrieron ayer partes del cuerpo de una joven, en el bosque Thetford, en Suffolk, tras meses de búsqueda infructuosa de la policía. Nadie sabía qué decir o cómo explicar esa ortografía invicta de lo inefable, pero la causa se atribuyó a la oscuridad y la neblina feroz que desde las seis de la tarde asolaba el lugar. Entre otras cosas, se halló el arma homicida, un cuchillo de cacería, ensangrentado, con marcas simples, y un video. Las fuentes policiales señalaron que el cadáver de la joven, en avanzado estado de descomposición, presentaba mutilaciones y quemaduras en distintas partes del cuerpo. Además, se detectó que estaba embarazada y que faltaban los órganos genitales, los labios, una mano y piezas dentarias, prueba irrefutable de la feroz golpiza a la que fue sometida antes de ser asesinada. Desde un primer momento, los investigadores asumieron que el asesino debía de ser conocido de la víctima. Y que el móvil del crimen no era el robo. Lo encontrado fue recogido en bolsas, ocho en total, y trasladado, con todo el cuidado posible, al hospital Addenbrooke para un examen forense minucioso.
La prensa no vaciló en destacar en su nota que el nombre y número del pasaporte de la joven estaban quemados, pero se supo su nacionalidad, peruana, y una llamada anónima, extraña en verdad, rápida, indiferente, la identificó como estudiante regular del Departamento de Historia y Filosofía de la Ciencia, en Free School Lane, alumna de Sir John Sutherland. A saber, en su cartera aparecieron unas llaves, un bolígrafo, un ejemplar de un libro de bolsillo, un ejemplar de The Guardian, una agenda, y una caja de fósforos con cocaína. Curiosamente, los teléfonos de la agenda tenían todos los números impares tachados. El detective a cargo, no sin reservas, reconoció que el monedero contenía grandes sumas de dinero, algunos billetes sueltos, euros, dólares y pesos mexicanos. Además de esto, había algunas hojas con notas de un manuscrito cuya portada había sido arrancada. Nada prometedor, el caso parecía bastante complicado e incongruente.
Para mí, sería una suerte que la investigación fuese lo más lenta posible, porque necesito tiempo para poder contar qué sucedió y por qué. Ahora, cuando me he encerrado en la biblioteca de mi casa, en Easton, tenso, a la espera de los agentes, creo justo reconocer que, en efecto, maté a Raquel Muñoz (ese es el nombre eliminado de sus documentos), pero dado que su asesinato fue un acuerdo convenido entre ella y yo, y que todo fue, no un error, sino una experiencia memorable —la usura formal de un malentendido impreciso—, me veo obligado a dejar este breve testimonio, que ignoro si sirva o no como justificación o advertencia. Yo hablo para que su muerte no tenga la última palabra.
Los periódicos y revistas, estoy seguro, me arruinarán, provocarán mi despido de la cátedra en Cambridge, alejarán a mis pocos amigos, pero eso es lo de menos. Una vez que se admite lo irracional en la vida cotidiana, todo adquiere una fuerza insoslayable, y no hay nada que hacer, salvo seguir la senda casual, sesgada, que semejante postura, si se me permite llamarla así, plantea. Por lo pronto quiero contar la verdad. No cualquier verdad. No soy un filósofo, pero debo aclarar que no me refiero aquí a lo verosímil sino a ese asunto de convicción, a esa relación directa, sin trampas, entre lo que se dice y lo que se nos da en el mundo. Pienso que la verdad es sólo una vereda de la razón y lo real es sólo uno de los horizontes que plantea la verdad como ideal de búsqueda. Hay verdad, creo, donde hay sentido. Lo verdadero es el instante, un privilegio que lacera a los rutinarios.
En mi caso, juzgo que todo mi testimonio será una interrogante, porque el crimen siempre es un acto con dos orillas y no hay centro, ni deja de haberlo. El crimen no puede explicarse, sino describirse. El crimen es una verdad sin argumentos. Hoy, justo cuando hablo, siento que no tengo nada claro, y que, sin embargo, he logrado darle coherencia a mi destino cuando soy presa de la mayor confusión. No pretendo nada; basta con este presente que pierdo. Una paradoja que, lo confieso, me fascina.
Baste advertir que, a pesar de todo, no voy a dar mi nombre. Ya no me reconozco, no sé quién soy, y todo lo que sé de mí duele o destruye. Siento que me he hundido en el barro hasta la cabeza y sólo alguno de mis cabellos toca a Dios. Temo que pregono fracasos totales; temo que he descubierto la fuerza de la sombra nativa de la memoria.
Imagino que otros se encargarán de divulgar lo que he sido durante veinte años: un traductor del árabe, nacido en la blanca Argel, que, a su manera, fue una referencia ambigua, venerable, y por qué no confesarlo, incómoda, en la Universidad. Un excéntrico que se atrevió a decir que poesía es todo aquello que no se puede traducir. Acaso se recordará que estudié Filología en Berlín o que hice mi doctorado en España sobre Historia del Islam, donde aprobé con una tesis sobre los movimientos revolucionarios iraníes financiados por Occidente. Se insistirá en mi aspecto común, en mi comportamiento responsable, en la admiración inocua que sintió por mí un pequeño círculo de estudiosos del Islam, que elogiaron el exceso de notas de mis trabajos, mis prólogos ininteligibles, mis bibliografías exhaustivas, que nadie verificó jamás. Se citarán mis reseñas eruditas para atacar otras traducciones en revistas especializadas, la distinción Gordon Duff, que obtuve por un opúsculo minucioso que no viene al caso.
Es cierto que yo organicé el Congreso Internacional de Traductores y llegué, incluso, a compartir una modesta cena con el príncipe. Se comentará mi viaje a Bagdad, con una comisión internacional. No dudo que se descubra que, bajo pseudónimo, me atreví a intentar suerte con un poemario intelectual sobre el tema del fuego, cuya edición, no sé cuán vano sea el comentario, se quemó en el incendio de la librería Praga, la misma que fundó Paul Auchterloine, el exiliado.
Nada singular, como puede verse. Nada.
Pero sobre esto volveré después, creo.

 


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