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Memorias del Hombre Buitre

LUIS RODRÍGUEZ RIVERA

224 págs.

ISBN 84-96080-47-1

16,95€.

Memorias del Hombre Buitre (00098)

 

 



¿Que le explique lo de mi catarro?
Lo de mi catarro tiene historia:
resulta que un comandante alemán de la legión Cóndor
y un teniente italiano tuerto montaron un sanatorio
en un viejo edificio al lado de la catedral de León...

Mi abuelo al médico de urgencias

 

 

Primera parte


En aquellos primeros días de mayo
sintió que la voz se le quedaba sin palabras
y que el tiempo regresaba a Dios
sin apenas haberlo usado.

 

I


La noche que mataron al pintor, Martín Gracia se la pasó adorando al niño Jesús. Esta sería una coartada increíble si Martín hubiese sido sospechoso en vez de forense, pero era literal. Sentado en su viejo sillón giratorio, con la espalda perversamente torcida, estuvo sumergido en aquella reproducción de Leonardo hasta bien avanzada la madrugada. Hacía tiempo que había llegado a la conclusión de que aquel cuadro le gustaba tanto porque Da Vinci lo dejó inacabado, era una obra maestra en potencia, pero al quedar inconcluso fue a parar a una especie de limbo de la belleza. Martín Gracia veía muchas similitudes entre aquel cuadro y su vida. Él sabía que en potencia era un buen poeta, un buen científico, o un buen padre de familia. Sabía que en un tiempo, no demasiado lejano, había reunido las cualidades para ser cualquiera de esas cosas o todas a la vez, pero en su lugar se convirtió en un anacoreta cultivado, en un forense triste y en un poeta dominguero que las pocas veces que escribía lo hacía utilizando la pólvora mojada de los recuerdos.
Aquella madrugada del mes de mayo, el teléfono lo sorprendió en mitad de sus ejercicios de respiración. Martín padecía insomnio desde la época en que preparaba su tesis doctoral, cuando una fatal mezcla de café y anfetaminas hizo que su sueño se exiliase en algún remoto y soleado lugar del subconsciente. El último remedio que estaba ensayando para repatriarlo consistía en unos ejercicios aeróbicos cuyo objetivo era dominar la respiración hasta volverla tan superficial como un vicio menor. El método todavía estaba sin perfeccionar, y Martín pasaba de la vigilia más absoluta a la inconsciencia de los preahogados.
—Voy para allá. Por favor, no toquéis nada.
Martín Gracia cruzó la ciudad sin demasiada prisa. La velocidad lo incomodaba, esa era una de las razones por las que había escogido trabajar con hechos consumados, definitivamente inmóviles. Además, si sufría el número adecuado de semáforos en rojo, podría escuchar completo el pasaje de La Traviata que tan buen efecto causaba en su terca memoria. Aquella vieja versión del Addio, del passato, interpretada por Renata Tebaldi, lo devolvía a las vacaciones de un verano del final de su adolescencia. Siempre que sonaba el Addio... Martín se asomaba a la ventana sonora que la Tebaldi le abría y se veía con veinte años menos, al volante de un destartalado R5 que serpenteaba por las escuálidas carreteras de la sierra de los Ancares, con Verdi espantando a las vacas que se cruzaban en su camino y una hermosa y mareada mujer a su lado. La misma mujer que años después había desaparecido en un torbellino glacial de sueños quebrados. La misma mujer que reinaba despótica en sus primeros febriles poemas. La misma mujer que Renata Tebaldi siempre le hacía doler con un dolor sin estrenar.
No le gustaba admitirlo, pero Martín Gracia se sabía dañado por la nostalgia. Él creía que la vida le había llevado la contraria en todo aquello que consideraba importante. Martín Gracia era, en definitiva, un ser contrariado. En noches como aquella utilizaba La Traviata para avivar su morriña y consolarse contemplando lo que una vez tuvo. Lo hacía sin pudor, sin orgullo, con el mismo conformismo doliente con el que, todavía hoy, contemplaba los pocos objetos que Carla Giraud había olvidado en su apresurada fuga. Martín Gracia sabía, incluso antes de comenzar a ejercer su profesión, que la belleza era efímera.
Los semáforos se aliaron contra su melancolía y, uno a uno, reverdecieron a su paso. La Tebaldi, los Siete Obispos, Carla Giraud y su contrariada memoria deberían esperar al viaje de vuelta.
Las luces del coche patrulla rebotaban en las torres acristaladas convirtiendo la calle en una gigantesca y silenciosa discoteca. El edificio, uno de los más lujosos de la ciudad, poseía, además de todos los adelantos electrónicos, un portero de carne y hueso marcialmente uniformado; pero, a esa hora y en aquellas circunstancias, el hombre que le abría la puerta a Martín Gracia era un señor en pijama con una bonita gorra de general.
—Es en el quince derecha —le dijo llevándose la mano a la gorra.
Era uno de los primeros en llegar y eso le agradaba. Con suerte, tendría unos cinco o diez minutos para examinar el cadáver sin que nadie le entorpeciera con premuras, preguntas ignorantes y las típicas bromas de rematado mal gusto sobre el difunto.
Martín Gracia estaba en absoluto desacuerdo con la circular que el gabinete psicológico del ministerio había redactado y en la que, entre otras lindezas, se recomendaba utilizar el humor como una especie de chaleco antibalas del subconsciente. Temiendo que la continua exposición a crímenes y desgracias afectara a la salud mental de los agentes, los encargados de velar por su psique los instaban a la risa interior. La base psicológica que utilizaban estaba emparentada con la que a fin de perder el miedo a hablar en público recomienda visualizarlo en ropa interior. Por supuesto, en las últimas líneas de la circular se les suplicaba a los agentes que interiorizasen al máximo la risa; hasta los psicólogos del departamento eran conscientes de que los ciudadanos más susceptibles se podrían ofender al ver a dos señores de uniforme lagrimeando por la risa contenida en las desgraciadas circunstancias en las que se suelen requerir sus servicios.
—Este ya es un país de humoristas, como para que aún los anden animando —había dicho Martín tras leer la circular.
Estos comentarios, la naturaleza de su trabajo y sus raras aficiones, le habían hecho acreedor del mote de Martín des-Gracia.
—Ahí lo tiene usted —dijo el mayor de los dos únicos policías presentes.
—¿Quién lo encontró?
—Alguien llamó a la funeraria diciendo que vinieran a recoger un cadáver. Ya ve usted, como si fuera un mueble viejo.
El policía más joven, quien no había dejado de curiosear desde su llegada, reconoció al muerto cuando vio, sobre el mueble del salón, una fotografía en la que aparecía recibiendo un premio de manos del ministro de cultura.
—Es Fermín del Ferro, el pintor —gritó entusiasmado, a punto de pedirle un autógrafo póstumo.
—No hemos tocado nada —dijo el policía veterano intentado tapar la poco profesional excitación de su imberbe compañero.
Al famoso pintor Fermín del Ferro lo habían amordazado, atado a una silla con cinta de embalaje y separado los párpados valiéndose de sendas tiras de esparadrapo. A su espalda, un reproductor de diapositivas proyectaba sobre la pared que tenía enfrente una exquisita selección de los grandes pintores de todos los tiempos. El Bosco, Tiziano, Tintoretto, El Greco... se sucedían sobre la violada retina del pintor muerto siguiendo un estricto orden cronológico. Aparte de los ojos forzadamente abiertos, su cuerpo no presentaba signos de violencia; no tenía la ropa arrugada y su estrecha frente todavía estaba coronada por un cursi peinado de bohemio venido a más. La expresión de su rostro quedaba lejos del dolor, ni tan siquiera reflejaba una excesiva angustia, a Martín Gracia le pareció que la mueca mortuoria del pintor era de fastidio. Semejaba que la obligada visión de toda aquella belleza le había hecho tomar conciencia, justo antes de morir, de lo mediocre de su obra.
Para Martín Gracia, Del Ferro, además de un pintor mediocre, era un oportunista. Poseedor de una técnica deplorable, se justificaba atribuyéndose una «espontaneidad creadora divina». Autodefinía su estilo como una mezcla de arte abstracto y pintura experimental. Sus cuadros podían consistir en bolsas de basura agujereadas, teñidas de rojo y pegadas sobre el lienzo indefenso, o en un puñado de moscas ensartadas en clavos oxidados. Su mayor virtud había sido la de rodearse de gente pudiente. Para ser más exactos, Fermín del Ferro había sabido rodearse de las esposas de la gente pudiente. Bien parecido y dotado de una lengua tipo enredadera que trepaba por la razón de su interlocutor hasta asfixiarla, Del Ferro conseguía casi siempre lo que se proponía. Sus principios habían sido arduos y arrastrados, y la primorosa lengua del pintor tuvo que trabajar más de lo médicamente recomendable (la mayor parte de las veces sin decir una sola palabra) para humedecer y ablandar las duras carteras de sus clientas. Fermín del Ferro accedió al país de las maravillas por la puerta de servicio, pero una vez dentro todo le resultó fácil. Llegó un momento en el que aquel que quisiera ser alguien en el país de Nunca Jamás debía tener colgadas en sus paredes unas cuantas bolsas de basura pintarrajeadas con su firma en una esquina. Su nombre se convirtió en una industria: manteles, platos, camisetas y hasta una exclusiva marca de papel higiénico llevaban sus aberraciones impresas. Luego vinieron los reconocimientos, el Premio a los Nuevos Valores, el Nacional de pintura, las exposiciones permanentes, las itinerantes y hasta una invisible (la única admirable, en opinión de Martín). De aquellos ásperos, arrastrados y salivares comienzos, conservaba Fermín del Ferro un equívoco tic. Cuando algo le ponía nervioso, dejaba asomar la pálida punta de su lengua por entre la comisura de los labios. En el atlético extremo de su apéndice bucal, Fermín del Ferro parecía tener una especie de sensor que medía y resolvía a un tiempo los problemas que le acechaban. Ni tan siquiera ese conocido tic alteró su semblante la noche en que se enfrentó al mayor e irresoluble problema al que se puede enfrentar un hombre.
Sobre la mesita del salón había un par de copas y una botella de whisky. Martín Gracia tuvo la certeza de que en aquellas copas, sobre las que el agente cachorro arrojaba torpemente su aliento, los de la policía científica sólo encontrarían impresas las huellas del pintor.
Sin duda, la de Fermín del Ferro era una de las muertes más hermosas a las que había asistido. El reproductor continuaba con su magistral lección de pintura; Gauguin, Van Gogh, Picasso, Dalí... se sucedían en una cascada bellísima; incluso para los poco eruditos policías, que no podían despegar demasiado tiempo los ojos de la hipnótica pared. Martín Gracia observó que la máquina estaba programada para detenerse cinco segundos en cada cuadro. Esos cinco segundos eran suficientes para hacer saltar los resortes de la admiración, y los justos para que la sensibilidad del amante de la buena pintura no se saturara. Antes de que el cuadro despertara un mínimo sentido crítico o una leve comparación peyorativa, la máquina proyectaba otra obra maestra que repetía el perverso efecto.
Martín Gracia conocía los cauces de la belleza desde los tiempos en los que preparaba su doctorado. Él sabía, como pocos, el nombre y las intimidades de los mensajeros que trasladan, con diligente avidez unos, con cansina y rutinaria tristeza otros, las emociones a nuestro cerebro. Su tesis doctoral pretendía analizar científicamente «las reacciones fisiológicas ante estímulos no cuantificables de forma objetiva». El trabajo, que en muchas páginas rayaba en lo filosófico y en otras tonteaba descaradamente con la religión, había entusiasmado a su director, el profesor Justo Martínez Castro, pero había dejado exhaustos a los miembros del tribunal encargado de aprobarla. Estos, acostumbrados a caminar por los cómodos senderos de las razones empíricas, acabaron al borde del infarto intelectual al intentar seguir al doctorando en su endiablada exposición. En mitad de la defensa de su tesis, Martín Gracia, convertido en una especie de mago de bata blanca, y con el fin de demostrar una discutidísima estructura neurológica común a humanos y animales, sacó un conejo de su maletín. Después de conectarle unos electrodos, hizo sonar el acelerado corazón del animal a través de los altavoces de la sala. Acto seguido, ante la creciente expectación del sesudo público, le colocó unos auriculares adaptados al tamaño de sus orejas. Entonces, igual que lo haría un mago antes de hacer desaparecer a su bella ayudante, Martín Gracia levantó la mano izquierda, señaló a Dios con el índice y dijo:
—Johann Sebastian Bach. Concierto de Brandemburgo número 3.
Tras los primeros compases, el acelerado corazón del animal comenzó a amainarse; en mitad del concierto se hizo casi inaudible y, al final, el conejo dormía un sueño tan profundo y plácido que apenas un adagio le separaba de un coma feliz. Martín Gracia, bajo la cerrada ovación de una parte del público asistente, dio por concluida su exposición con una frase que el futuro habría de cargar de razón:
—Lo más devastador para un científico es siempre aquello que no es susceptible de ser medido.


El forense tomó algunas notas en su cuaderno al tiempo que aventuraba la causa de la muerte de Del Ferro. «Alguna droga o un delicado veneno», resumió mentalmente. El quién y el porqué le interesaban todavía menos que las mediocres pinturas del difunto.
El refinado entorno en el que se había desarrollado aquel suceso, unido a la repulsión que le producían la obra y la figura de Del Ferro, hacían que Martín Gracia experimentara una inconfesable admiración por el autor de aquella muerte. Acostumbrado a las carnes cubiertas de hematomas, a los pálidos esqueletos de las prostitutas, a los cuerpos picados por la fiebre del caballo, a los rosarios de sangre de las niñas violadas y a las grotescas erecciones de los suicidas, Martín Gracia detuvo un instante en el paladar el regusto agridulce del hermoso crimen del pintor, y trató de olvidar la primera vez que había visto un muerto.
Se llamaba Romualdo Gonzálvez Pérez, o por lo menos ese era el nombre que con doradas letras góticas aparecía escrito, junto a unos infantiles dibujos de merluzas y cangrejos, en los portones de su furgoneta azul. Era vendedor ambulante de pescado cuando Martín era todavía tan niño que su madre, para que el hombre del saco no se lo llevara, tenía que acompañarlo a la parada del autobús del colegio. Todas las mañanas, a las 8.57 en punto, Romualdo hacía sonar el claxon de su furgoneta unos metros antes de la marquesina donde Martín y su madre esperaban el bus escolar. En el barrio del niño Martín Gracia, los vecinos sabían que faltaban tres minutos para las 9.00 cuando escuchaban el desafinado claxon de Romualdo Gonzálvez. Y si por un casual, al consultar su reloj, este no marcaba las 8.57, lo golpeaban con la yema de los dedos y aprovechaban para ponerlo en hora. «A este reloj le falla la pila», se decían, sabedores de la infalibilidad del horario de Romualdo Gonzálvez. Nunca llegaba antes ni después. Aquella era su primera parada tras cargar en la lonja, y su precisión suiza era motivo de apuestas y teorías sobre la relatividad del tiempo y el eterno retorno.
Su madre sólo compraba pescado los martes y los jueves, pero Martín acudía todos los días al reclamo de la furgoneta. Con los ojos abiertos como platos, veía el trasiego de los pescados, tocaba con la punta de los dedos los relucientes lomos de las sardinas, peinaba los pelillos de los púrpuras caparazones de los centollos, y frotaba el ojo dilatado de algún besugo como si se tratara de una lámpara maravillosa de la que fuera a salir un genio disfrazado de pirata. Más de una vez había estado a punto de perder el autobús, enmarañado en la tela de araña de faldas que se arremolinaban en torno al pescantino. Camino del colegio, Martín se llevaba los dedos a la boca, y sentía el rumor del fondo marino latirle en las tripas. Le encantaba el olor de la furgoneta del portugués; su peste marina hacía que su imaginación, recién levantada, produjera islas lejanas, galeones hundidos, intrépidos pescadores de tesoros y pulpos gigantes como los de la novela que su padre le leía por las noches.
Romualdo Gonzálvez era chato, poseía un moreno oxidado, y se dejaba un bigotito marxista (me refiero al Marx genial, a Groucho Marx) que tenía la costumbre de subrayar continuamente con el índice. Al final del día, el bigote de Romualdo acababa cubierto de escamas, reluciendo como la cola de un cometa que anunciara un mal presagio. Su cerrado acento portugués contribuía a que fermentase en el ingenio de Martín la sensación de que las puertas de aquella furgoneta eran la frontera de un país remoto.
—Xa chegou o meu peixiño —le decía Romualdo, a las 8.57 en punto, al niño Martín Gracia que se apresuraba a sacarse las legañas para no perder detalle de las maravillas marinas.
La mañana en que Martín Gracia vio su primer muerto, el bueno de Romualdo Gonzálvez se retrasó por primera vez en su vida. Este retraso fue motivo de muchas apuestas perdidas y de que alguien dijera en el bar de enfrente que el tiempo, además de ser relativo, era una mierda. Nadie supo nunca el motivo de aquel fatal retraso. Se habló de un pinchazo, de una demora en la lonja debida al temporal, de una confabulación de semáforos, de una venganza marina, y los más fantasiosos culparon directamente a la mala suerte. Aquella mañana Romualdo Gonzálvez hizo sonar su desafinado claxon a las 9.05, bajó de la furgoneta sin mirar, como si fueran las 8.57, y el autobús escolar lo arroyó dejando huérfanos a un millar de peces de ojos espantados. El niño Martín alcanzó a ver, entre el tumulto de mujeres que se formó sobre el pescantino, cómo su bigotito luminoso se apagaba bajo un hilo de sangre que manaba sin ganas de su nariz. Después de que lo apartaran de la visión de su primer muerto, Martín abrió el portón de la furgoneta del difunto Romualdo Gonzálvez, y como un polizonte cruzó furtivamente el umbral de su reino marino. Nada más entrar sintió el frío de las montañas de sal y un olor a mar antiguo que provenía del tronco de madera donde el pescantino portugués destripaba el pescado. En su infantil abordaje, Martín encontró un diminuto baúl de pálidas monedas que no le interesó, una botella de vino que él ya sabía que todos los piratas llevaban junto al timón, y un crucifijo de conchas (fallido ahuyentador de la mala suerte) que todavía penduleaba colgado del retrovisor. Pegados en el salpicadero vio dos objetos que habría de recordar toda su vida: un burlón reloj de manecillas naranjas que marcaba las 9.15 y la foto de una niña de su misma edad.
Martín miró por última vez los ojos extraviados de los peces, y escuchó un millar de grititos de desamparo. Mientras todos velaban el cadáver del pescantino, sin que nadie lo viera, el niño Martín Gracia llenó sus bolsillos de género marino y dejó, con gran tristeza, el país de Romualdo Gonzálvez. A media mañana, un olor insoportable a mar invadió la clase de primero de Educación General Básica del colegio Hermanos Quirós. La profesora, alarmada por la estampida de gaviotas hambrientas que se golpeaban contra las ventanas, interrogó al dueño del olor.
—Son los pescaditos de Romualdo Gonzálvez. Se los estoy cuidando —dijo, entre pucheros, el niño Martín.


El forense Martín Gracia pensó que la muerte, además de ser el acto más solitario del hombre, es una mierda.
—Estoy en el coche con madame Tebaldi, cuando llegue el juez me avisáis —dijo a los policías que miraban boquiabiertos la ilustrada pared del difunto Fermín del Ferro.

 


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