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Hazañas del capitán Carpeto

RAFAEL REIG

192 págs.

ISBN 84-96080-53-6

15,95€.

Hazañas del capitán Carpeto (00099)

 

 


Capítulo 1
Meridiano Cero

Los Monegros, mediodía; el sol cae a plomo sobre el desierto. La chica avanza de puntillas, como una bailarina, hacia la raya temblorosa del horizonte. Sobre el meridiano de Greenwich hay un hombre tendido. Lleva antifaz, leotardos rojos y un orinal amarillo en la cabeza.
—¡Carambolas! ¡AAUUUCHH! ¿Cuántos años habré hibernado? ¿Dónde estoy? ¿Hoy es miércoles? ¿Qué lugar es este? ¿Habrá empezado ya la Liga? ¿Me encuentro aún sobre el planeta Tierra?
—Me temo que sí, aunque en Aragón —le informa Catalina—. Hoy es martes. Y la Liga lleva una jornada, me parece.
—¿Aragón? ¡GLUPS! ¡Qué territorio tan árido! ¿Está habitado? ¿Hay numerosos indicios de vida inteligente en Aragón? ¿La atmósfera contiene suficiente oxígeno? ¿Existe alguna ominosa amenaza de radiaciones letales?...
—Para el carro, tío... Tú ¿quién eres? ¿Por qué hablas así, poniendo palabras en negrita?
—Capitán Carpeto a su servicio. Carpeto B. Tonic.
—Aquí Catalina Colomer, soy internauta y enfermera en paro. Y tú ¿qué haces?
—¿Mi misión? ¡Salvar a la Hispanidad! ¿Mi enemigo? ¡El supermalhechor Tito Bustillo! ¿Mi fuerza? ¡Los protones líquidos! ¡EXCÉLSIOR!
Al mencionar los protones, señaló la cantimplora que llevaba colgada del cinturón.
¡Un chiflado que se creía superhéroe, como Batman o el capitán América! Catalina se encogió de hombros: siempre le tocaban a ella los tipos con más averías en la cabeza. Igual que Aquiles, su novio, al que había tenido que dejar en la tienda de campaña, dormido como un tronco, con una nota de despedida enganchada a la cremallera del saco de dormir. Se habían conocido por Internet, en un chat, como Selene22 y Satan666, habían mantenido interminables conversaciones en el Messenger y por SMS, se habían enviado uno al otro fotos en archivos JPEG y, cuando ya habían alcanzado una intimidad digital exhaustiva, decidieron encontrarse de forma analógica en una acampada a los Monegros.
No había funcionado porque Aquiles era el reverso de Satan666: nada digital, por completo dactilar, no hacía más que meterle mano. Catalina intentó que alinearan sus karmas y, en lugar de poner la mente en blanco, Aquiles iba y le miraba las piernas.
—¿Se encuentra usted en peligro inminente, señorita?
—Que yo sepa, no... —Catalina miró a ambos lados.
—Lo digo porque observo que va sin ropa —señaló Carpeto, sonrojándose—. Bueno, casi: le han dejado unos harapos. Palabra de superhéroe que no he mirado nada. ¡Cúbrase con mi capa, córcholis!
Catalina llevaba una camiseta de tirantes, sin sujetador, vaqueros cortados a ras de ingle, sandalias de cuero, mochila de lo mismo y una pulsera de plata en el tobillo derecho.
—Mira quién habla —murmuró—. Con un orinal en la cabeza, una pistola de plástico, los leotardos y esa capa roja.
—¿Qué orinal? Esto es un casco interceptor de radiaciones, por si no lo sabía. Y esto, una pistola desintegradora —informó Carpeto—. Necesito trasladarme a la megalópolis más próxima para contactar con mi secretario Fermín Finn. Si ha empezado la Liga, se acerca el día, Der Tag. Los durmientes estarán a punto de despertar.
—No sé qué decirte, Carpeto. Quizá Huesca o Lérida, pero ¿es que no te vale Zaragoza en plan megalópolis? Yo voy a Zaragoza, tengo una gente allí.
—¿Un agente secreto? ¿Al servicio del bien o del mal, es decir: de SHIELD o de Bustillo?
—Es una cyber-amiga, Sandra_les, trabaja de camarera en El Tubo.
—¡Zaragoza! ¡La Pilarica! ¡El padre Ebro! ¡La Academia Militar! ¡Mi querida España! ¡Esta España mía! ¡Esta España nuestra! —bajo el antifaz, los ojos del capitán se encharcaron de lágrimas—. La Hispanidad está en peligro, Miss Colomer.
—Anda, vamos a la nacional, haremos dedo —propuso Catalina.
Se alejaron hacia la carretera. En la arena del desierto, las huellas de las sandalias de Catalina formaban una línea recta. Las pisadas del capitán Carpeto dejaban en la tierra color ceniza una marca misteriosa, en forma de pezuña de animal o como la pintura rupestre de un corazón.


Capítulo 2
La aventura de los molinos

En esto, descubrieron treinta o cuarenta aerogeneradores que en una altiplanicie había.
—¡Hemos tenido más suerte de la que pensaba! Aquellos son bombarderos nucleares del supermalhechor Tito Bustillo.
—¿Qué bombarderos?
—Aquellos que allí ve usted, con sus palas propulsoras, que tendrán veinte metros cada una por lo menos.
—Mira, Carpeto —le respondió Catalina—. Tú ¿de qué te pones? ¿Inhalas pegamento Imedio o algo así? Eso no son bombarderos, es un parque eólico. Son molinos de viento, producen energía. Por aquí hay muchos, será por el cierzo.
—¡Cómo se nota que no sabe usted una palabra de hazañas de superhéroes, señorita! Con esos bombarderos atómicos, el malvado Bustillo se propone obtener el control total del planeta! ¡¡Es el peligro más grande al que nos hemos enfrentado jamás!! Estas ominosas armas darán sin duda apoyo artillero a los durmientes cuando llegue Der Tag, el día fatídico. Intentaré desmaterializar su núcleo, póngase usted a salvo y rece lo que sepa y tenga por costumbre.
Y diciendo esto, echó a correr hacia la torreta más cercana, que sería de más de quince metros de altura, y se lanzó a escalarla, sin atender a las voces que daba Catalina, advirtiéndole que eran aerogeneradores y no bombarderos nucleares. Cuando llegó arriba, Carpeto disparó un chorro de agua con su pistola de plástico. Entonces se levantó un poco de viento, y las aspas comenzaron a moverse: ¡THOOM! ¡THOOM! ¡THOOM!... Hasta que de pronto: ¡CRASHHH! Una de ellas dio con Carpeto maltrecho en el suelo: ¡CLONK!
—Me he caído —observó el capitán con aplomo—. Creo que conseguí neutralizarlos, pero sólo temporalmente. Necesito más protones líquidos.
—Menuda leche te has dado, Carpeto, mírate. ¿Te duele?
—¿Dolor? Bien se ve que usted no entiende ni jota de superaventuras. No estamos autorizados a sentir dolor. El dolor se mastica por dentro, Miss Catalina,
—Pues el hematoma te está saliendo por fuera, tío.
—¡Maldición! ¡Por las ventosas de Spiderman! Debo impedir que despierten los seis durmientes de Tito Bustillo. Tengo que trasladarme a Zaragoza, la cosmópolis.
—No te tortures, Carpeto, ¿quiénes son esos dormidos? ¿Y qué pasa si se despiertan?
El capitán le refirió los ominosos hechos acaecidos hacía ya tantos años: su último encuentro con el malvado Bustillo, en su búnker secreto del Guadarrama. Aunque entonces Carpeto había conseguido derrotarle, Bustillo profirió una última y fatídica amenaza: «Cuando llegue Der Tag mis seis durmientes me harán ganar la Liga, eso de entrada, y luego se apoderarán del planeta y esclavizarán a la raza humana». Tras varios lustros en animación suspendida, el capitán Carpeto había despertado justo a tiempo para salvar una vez más a la Hispanidad.
—Ya veo, ya —dijo Catalina, que estaba decidida a seguirle la corriente en su chifladura.
Y, ayudándole a levantarse, volvieron a poner rumbo a la carretera.
En el silencio del desierto aragonés, se oyó de pronto el estribillo del Ave María de Bisbal. Carpeto desenfundó la pistola.
—Tranqui, capitán, que es mi móvil.
—Ahí pone «SATAN» —se alarmó Carpeto.
—Sí: es Aquiles. Pues no pienso cogerlo.
Sin que nadie se lo hubiera pedido, el capitán se arrodilló, besó una de las sandalias de Catalina y, con la vista clavada en la pulsera de su tobillo, pronunció con voz solemne:
—Por mi honor de superhéroe, ante esta noble tierra mañica, juro que he de amparar a Miss Catalina con toda la fuerza de mi brazo y con todos mis superpoderes. Nada tema, pues, de esa fuerza satánica o conspiración diabólica que veo que la acecha, señorita Catalina. ¡Capitán Carpeto al rescate! ¡Excélsior!
—Vale, tronco, pero ponte de pie, que me entra la risa floja. Venga, apóyate en mi hombro. A ver si llegamos de una vez a la carretera.
¿Conseguirán nuestros amigos alcanzar la N-II? Ítem más: ¿algún conductor se atreverá a llevarlos? Otrosí: ¿lograrán llegar a Zaragoza, la cosmópolis?...


Capítulo 3
El transportista vizcaíno

El conductor del camión cisterna, Alberto Azpeitia, cuando se paraba a pensarlo, se daba cuenta de que nunca sabía lo que transportaba y por eso le entraba la «angustia ontológica», como él la denominaba. Para tranquilizarse, tenía que hacer alto de inmediato en algún club de carretera de esos con neones llamativos, un rollo de papel de váter en cada mesa y las persianas echadas día y noche. En origen, a él le decían siempre que era butano, pero... ¿y si fuera nitrato amónico? ¿Ácido cianhídrico? ¿Gas sarín? Hay gases que, al contacto con el aire, explotan. Otros se incendian por las buenas, a iniciativa propia. Un mal pensamiento basta para que estallen algunos y no faltan los que desprenden emanaciones letales de forma espontánea. Quizá Alberto transportaba a sus espaldas su propia destrucción y la pérdida de múltiples vidas inocentes, incluidos niños de corta edad. ¿No era acaso como para sentir cierta angustia ontológica?
Aunque tenía prohibido subir autoestopistas, por motivos de seguridad, en cuanto vio la camiseta de Catalina, pisó el freno sin pensárselo dos veces.
Entonces se fijó en el payaso que la acompañaba. El tío iba disfrazado de hombre-bala o algo así, parecía sacado de un tebeo. Con semejantes muslos, ella debía de ser por lo menos trapecista o funámbula. El vizcaíno se imaginó que irían al circo Price, en Zaragoza.
Subieron a la cabina. Alberto Azpeitia dividía por cuatro su atención: entre la carretera (un divisor), el orinal que llevaba el hombre-bala en la cabeza (dos) y el bamboleo de los pechos de Catalina bajo la camiseta (tres y cuatro).
—Angustia ontológica siento: si pararíamos aquí, pues —anunció Azpeitia con la voz ronca y su particular sintaxis.
Aparcó el camión en el punto más apartado de un área de descanso vacía.
—Hombre-bala, tú te irías a dar largo paseo. La señorita conmigo hablaríamos cosas, pues, agur, ¿estamos?
Cata apretó con la mano el brazo del capitán. Era tan guapa que parecía mentira. No llevaba maquillaje y costaba creer sus ojos azulados y sus hombros desnudos, sus pechos engañosos y hasta esa manera tan ficticia que tenía de moverse, con las huellas de sus pies trazando una línea recta.
—Nos bajamos los dos, muchas gracias —anunció Catalina con un hilo de voz.
Alberto Azpeitia se agachó para alcanzar el martillo que llevaba siempre bajo la alfombrilla.
—No deprisa tanto —advirtió a la pareja.
Carpeto empuñó su pistola de plástico.
—Le aviso que le desintegro, tengo poderes para eso y para más. ¡Por las alas de Batman, no me toque los protones!
—Mira, payaso, de carlinga baja, pues, si no tú querrías que te partiría el alma yo.
—Cuento hasta tres antes de desmaterializarle, amigo mío. ¡Uno!
—¿Dónde sacaste mamarracho, pues, muñeca?
—¡Dos! —el Vengador Enmascarado apuntó al corazón del camionero.
—Dile al hombre-bala que ahuecaría o le descalabraría a martillazos.
—¡Dos y medio!
—No nos pongamos nerviosos —intercedió Catalina.
—¡Tres menos cuarto!
Azpeitia levantó el martillo hasta tocar la capota del camión, cogiendo impulso para descargar el golpe sobre el cráneo del capitán y abrirle por medio. Carpeto amartilló la pistola desintegradora.
Y en este punto, armas en ristre, los dos con un brazo alzado y Catalina Colomer boquiabierta, patidifusa y temblorosa, deja el autor esta batalla, disculpándose que no halló más escrito de esta hazaña. Aquí termina el correspondiente episodio de Tebeos Maravilla, la réplica patriótica de Marvel Comics, y en el siguiente ya está nuestro héroe en plena Zaragoza, la cosmópolis, sin que el autor, Frank Stiff (el alias de Francisco Laverón, represaliado republicano), nos explique el paréntesis. El segundo autor de esta verdadera historia no quiso creer que tan curiosa aventura hubiese sido entregada al olvido y no desesperó hasta encontrar la verídica narración del duelo mortal, como en el capítulo siguiente verá quien siga leyendo.

 


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