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Lo que callan los niños sabios

VITAL CITORES

160 págs.

ISBN 84-96080-51-X

15,20 €.

Lo que callan los niños sabios  (00100)

 

 

 


Primera parte

 

Puedo empezar mi historia de muchas maneras. Puedo empezar diciendo que mi casa tiene dos dormitorios, un estudio, un salón, un comedor con chimenea y una habitación de color verde que conservo intacta, a modo de museo, en la que vivió un asesino. Puedo empezar diciendo que soy el único hombre que miró a los ojos a Simens y sigue con vida.
Como soy guionista de cine busco una imagen que me atraiga. Escojo una escena que ocurrió hace veinte años; yo tenía trece.


Estoy en la iglesia con una vela que acabo de comprar, a los pies del Cristo con cabellera natural. Su cabeza parece más ladeada que la última vez que lo vi. Dice la leyenda que cuando su mejilla derecha empiece a rozarle el hombro, será el fin del mundo. Si es así, no falta mucho. Admito que poner velas es una superstición, pero no puedo evitar hacerlo; estoy asustado por lo de mi madre. Junto al Cristo hay una mesa escalonada de mármol negro con ochenta agujeros para colocar velas; todos están ocupados, lo cual me sorprende, porque la iglesia está vacía. Acabo de salir del colegio, así que deben de ser las siete de la tarde. Sujeto mi vela con la mano izquierda y la inclino sobre una de las llamas para encender la mecha. Oigo que alguien carraspea detrás de mí, pero no giro la cabeza. Apago la vela más consumida y la tiro dentro de un contenedor de madera. En el agujero que ha quedado vacío coloco la mía. Siento la necesidad de marcharme, no me gusta que nadie me observe mientras realizo exhibiciones de fe, o como quiera llamarse. Ocurre entonces que la vela, mi vela, se apaga. Lo interpreto como un mal presagio; es quizás mi madre la que se apaga inevitablemente. Vuelvo a coger la vela, vuelvo a inclinarla sobre una de las llamas, la enciendo y la coloco de nuevo en el agujero. Miro al Cristo. Adopto por unos segundos una auténtica expresión de humildad, o de miedo. Le suplico que por favor no vuelva a apagar la vela, al menos hasta que me haya ido de la iglesia. Oigo la voz del hombre que está detrás de mí: Que se cumpla tu deseo, dice, y no sé si es por esa frase, que me suena a amenaza, o es porque justo después la vela vuelve a apagarse, pero el caso es que yo pienso que es él, que sin duda quien está detrás de mí es el hombre de la habitación verde, y es curioso porque en vez de salir corriendo, o de girarme para verle la cara, lo que hago es encender la mecha de nuevo. Entiendo que el hecho de que la vela se haya apagado dos veces tiene que ver con la presencia de ese hombre, casi me tienta enfrentarme a él, pero espero unos segundos hasta que la llama coge fuerza y giro la cabeza. No hay nadie.
Que se cumpla mi deseo, ha dicho. Mi deseo, además de que mi madre se recupere, es salir corriendo de esa iglesia. Pienso: Puede estar esperándome fuera. Pasan unos segundos. Pienso: Aquí estoy seguro, ni siquiera él sería capaz de hacerme daño en un lugar sagrado. Pienso: Él es capaz de todo.
Salgo de la iglesia. Al final de la calle, un hombre con abrigo marrón dobla la esquina.


Ese día habría querido hablar con mi padre al llegar a casa. Habría querido decirle que a la salida del colegio vi la silueta de un hombre con abrigo marrón junto al escaparate de la pastelería. En realidad, habría tenido que decirle que a la salida del colegio dos chicos de un curso superior al mío habían vuelto a meterse conmigo. Esa vez no llegaron a zarandearme. Se limitaron a tirarme los libros al suelo y a corear con rabia la maldita palabra: Superdotado. Fue precisamente antes de agacharme para recoger los libros, mientras me quedé mirando cómo se alejaban esos dos imbéciles, cuando lo vi. Me fijé en él porque al principio supuse que esperaba a alguno de mis compañeros. Estaba de pie junto al escaparate de una pastelería que había al otro lado de la calle y daba la sensación de que me miraba a distancia, por lo menos durante unos segundos, era un detalle sin importancia en el que no habría reparado si no fuera por las precauciones que a todos nos exigían en el colegio o en nuestras familias, un detalle que olvidé y me vino a la cabeza más tarde, cuando creí ver la misma silueta a la salida de la iglesia.
No le comenté nada de esto a mi padre. Te he dicho mil veces que vuelvas a casa sin entretenerte, me habría dicho. Eso por no mencionar su típico discurso acerca de que le molestaba que la gente se dejara llevar por supersticiones tan medievales como la de poner velas al Cristo. Por eso preferí no dar explicaciones, porque mi padre estaba deprimido y no quería disgustarle. Pero habría querido hablarle, y empecé a hacerlo, de hecho. Mentí para llamar su atención; le dije que yo era el único de mis compañeros que al salir de las clases volvía a casa solo, que los demás iban en grupo para evitar problemas. Ni siquiera me escuchó. Mi padre miraba por la ventana. ¿Ha comido bien mamá?, pregunté. No mucho, respondió, y siguió mirando por la ventana. Dejé los libros en mi cuarto y entré en el dormitorio de mi madre. Estaba recostada en la cama, leyendo una revista. Le di un beso, supongo. Después, como todos los días, mi madre me preguntaría qué tal me había ido en el colegio, y yo le diría que bien. Todo iba bien.


He dicho ya que mi casa tiene dos dormitorios, un estudio, un salón, un comedor con chimenea y una habitación verde en la que vivió un asesino. Esta habitación iba a ser la de mi futuro hermano, o eso es lo que pretendía mi padre cuando compró el piso. Yo tenía cinco años por entonces, y finalmente seguí siendo hijo único. Mis padres intentaron aumentar la familia, por lo visto, pero no hubo suerte. La otra versión es que mis padres decidieron que con un hijo ya era suficiente.


Mi madre era actriz. Había trabajado en el teatro desde muy joven. Antes de que yo naciera llegó a participar en tres películas: Descubiertos, El tacto de la carne tibia y Calor. En El tacto recibió críticas excelentes.
No se puede decir que yo le diera mucha suerte en el trabajo. Hasta que cumplí cuatro años no volvió a conseguir un papel secundario en una película.


Mi padre trabajaba en el departamento técnico de una empresa de telefonía pública. Diseñaba cajetines de devolución. El cajetín de un teléfono público es el receptáculo donde metes los dedos y a veces recuperas las monedas que no han llegado a gastarse en la llamada. Era un hombre de una constancia admirable. Nada podía impedir que dedicara un mínimo de cuatro horas diarias a la escritura. Tres meses antes de nacer yo, publicaba su primera novela: Cara de avispa.


Nuestro piso estaba en el 136 de la calle Conde Aranda. El primero derecha. Sé que a mis padres les gustó desde el primer momento, a pesar de la historia truculenta que llevaba asociada. O precisamente por ella. Es un piso grande, céntrico, con mucha luz, pero conozco a mi padre. Lo que más le gustó a él fue la historia que contó el vendedor de la agencia inmobiliaria.
Y la historia, que ya habían explicado los periódicos meses antes, se resume diciendo que en el número 136 de la calle Conde Aranda, en el segundo izquierda, se encontraron muertas cinco personas que por entonces componían la totalidad de los habitantes del edificio: un matrimonio formado por Cecilia Nogueras y Mircea Mangas, de setenta y cuatro y setenta años, inquilinos del primero izquierda, Endora Mesa, viuda de cincuenta y nueve años, inquilina del segundo derecha, Ovidia Berrade, de ochenta años, y Martín Legua, de setenta y ocho, casados e inquilinos del tercero izquierda. Los cinco fueron encontrados, digo, en el segundo izquierda, colgando cada uno de la lámpara de una habitación. Todos usaron el mismo tipo de cuerda y el mismo nudo corredizo. Nudo de pata de mono. Nada parecía hacer sospechar que no se tratara de un múltiple suicidio. Ninguna señal de violencia en las habitaciones o en los cuerpos de las víctimas. El problema es que tampoco había nada que hiciera sospechar que una cualquiera de esas personas —mucho menos las cinco— quisiera suicidarse.
El vendedor de la agencia explicó a mis padres que el piso que les enseñaba, el primero derecha, era propiedad del matrimonio del primero izquierda, los ya mencionados Cecilia y Mircea. Los hijos de los dueños, según el vendedor, afirmaron a la policía que desde hacía más de dos años sus padres tenían alquilado el primero derecha a un señor que ellos —los padres— definieron en una ocasión como encantador. Los hijos, sin embargo, no lo habían visto nunca, ni sabían su nombre, ni habían encontrado ningún documento que demostrara su existencia. El buzón correspondiente no tenía tarjeta.
Todas las habitaciones del primero derecha estaban vacías, excepto una de color verde con una mesa de roble, dos sillas a juego y una pared cubierta en su totalidad por libros. Libros limpios, sin rastro de polvo, colocados en una librería hecha con siete robustas tablas de pino barnizado de color oscuro. Si me puedo quedar con los libros compro el piso, dijo mi padre. Lo habría comprado de todos modos, de eso no hay duda. El vendedor contestó que tenía que consultarlo con los dueños, y los dueños aceptaron con una condición: dijeron a mi padre que no tocara los libros, al menos de momento. La policía había estado buscando pruebas que condujeran a saber quién era el inquilino del primero derecha cuando ocurrieron las muertes. No encontraron nada. Ni siquiera una huella dactilar, lo cual era extraño. Sospechoso.


Me consta que alguna vez mi padre, bromeando, comentó que compró el piso como inversión. Esperaba que se revalorizara el precio a medida que el asesino fuera matando a más gente. Por entonces, tras la compra del piso, la teoría de que un supuesto inquilino del primero derecha hubiera tenido que ver con el suicidio masivo que acabó con todos los habitantes del edificio era inconsistente. Ya digo que yo, que tenía cinco años cuando nos trasladamos a vivir allí, no recuerdo ningún comentario con respecto a la habitación verde, ni recuerdo tampoco haber vivido el momento en el que tres años después mis padres se enteraron de una noticia parecida. Ocurrió en pleno casco viejo de la ciudad, en la calle Bogiero, a menos de cinco minutos de nuestra casa.
Parece ser que en un edificio pequeño de dos plantas se encontraron ahorcados dos matrimonios de jubilados. Una persona en cada habitación del primer piso, colgando de la lámpara, con el mismo tipo de nudo corredizo. Pata de mono. Mis padres, igual que la policía, debieron de pensar que no existía ninguna conexión clara entre lo ocurrido en esa casa y en la nuestra. Esta vez no hubo ninguna pista por la que se dedujera que en el edificio vivía otra persona. Tanto un caso como otro resultaban absurdos. Era como si un grupo de jubilados recibieran por correspondencia clases de nudos marineros acompañados de folletos de invitación al suicidio. Pero repito: yo, con los ocho años que debía de tener por entonces, seguía siendo demasiado niño para enterarme de esas cosas, por muy superdotado que fuera.


No es fácil aceptar que quizá seas un genio. Un buen día —tendré unos diez años— escucho una conversación entre mi padre y un conocido que dice que la semana que viene, el 29 de agosto, cumplirá cuarenta y tres años, y yo, casi sin darme cuenta, me digo que ese individuo ha vivido 15.699 días, 376.776 horas, 1.356.393.600 segundos, y mi madre me pregunta qué estoy diciendo, y yo se lo digo, pero mi madre dice que eso es imposible, que deje de tomarle el pelo, y yo no entiendo a qué se refiere, al fin y al cabo sólo hay que tener en la cabeza las tablas de años bisiestos para averiguar el número de días. Después basta con multiplicar por 24 para saber las horas, por 60 para saber los minutos, y otra vez por 60 para los segundos.


Tendría también diez años, casi once, cuando oí decir a mi padre: No lo cogerán nunca. Recuerdo muy pocas conversaciones de la época, pero ésa se me quedó grabada, es lógico si tenemos en cuenta el mundo posterior que se me abrió tras el comentario. Mi padre se lo decía a mi madre. Estaban sentados junto a la mesita redonda del balcón, leyendo el periódico. Creían que yo no podía oírles, pero se equivocaban. Me levanté del sofá y salí al balcón. ¿A quién no van a coger nunca? A nadie, dijo mi madre. No lo pregunté por segunda vez porque estaba dispuesto a averiguarlo yo solo. Había observado que mis padres leían una página en la que aparecía un señor calvo con corbata. Antes de acostarme cogí el periódico y lo llevé a mi habitación. El señor calvo resultó ser, según el titular, alguien que se había ahogado en una riada. Más abajo vi una noticia pequeña, sin fotografía. Seguía sin saberse el paradero del joven de trece años que había desaparecido una semana antes, la misma noche en que su madre se encontró ahorcada en el dormitorio. Era el tercer caso similar en los últimos quince meses. Los anteriores habían empezado con un joven desaparecido o secuestrado en plena noche. En esos dos primeros casos se encontraron los cadáveres pocos días después en descampados de las afueras. Ningún suicidio, ningún familiar ahorcado. Pero en este tercer caso, como ya he dicho, aparecía la madre del chico colgando de la lámpara con un nudo de pata de mono alrededor del cuello. El padre había fallecido muchos años antes. No fue muy complicado relacionar los tres secuestros de jóvenes con los suicidios que ocurrieron hacía tiempo en mi calle y en la calle Bogiero. Muertes nocturnas sin justificación aparente. Nudos de pata de mono.
No sé hasta qué punto asimilé los datos que estaba leyendo en el periódico. Tenía diez años, y aunque desde los tres leía compulsivamente todo tipo de libros, no creo que antes hubiera oído hablar de noticias reales sobre crímenes o secuestros. Sí entendí que había jóvenes que desaparecían de sus casas y eran encontrados muertos días después.
Esa noche me desperté gritando. Soñaba, mezclando las noticias del periódico, que un hombre calvo con bigote me perseguía. Mi madre acudió al escuchar mis gritos. Tranquilo, me dijo, no pasa nada. Yo volví a preguntar: ¿A quién no van a coger nunca? A nadie, dijo. Duerme, y mañana te lo cuento.


Al día siguiente, sábado, mi madre tuvo una charla conmigo: Papá y yo creemos que en este piso vivía un hombre malo, dijo. Me explicó que fue justo antes de que llegáramos nosotros, que el hombre se marchó y nadie supo quién era. Mi madre no dio muchos detalles. Habló de que murieron todos los habitantes de la casa menos él, suponiendo que realmente siguiera viviendo en nuestro piso en ese momento. Lo contaba como si fuera uno de esos cuentos de terror que tanto me gustaban.


Decían mis padres que a los cuatro años yo leía los cuentos de Edgar Allan Poe. No sé hasta qué punto exageran, pero recuerdo lo que sentí el primer día que en el colegio una profesora puso las vocales en la pizarra y comprobé que apenas ninguno de mis compañeros las conocían: una especie de vergüenza mezclada con complejo de culpa. Y aburrimiento. Un aburrimiento infinito. La sensación de que en ese colegio iban a hacerme perder el tiempo durante años.

 

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