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El mundo de Yarek | | ELIA
BARCELÓ | | 128 págs. |
| ISBN 84-96080-55-2 |
| 13,50 €. | |  |
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La tierra
era árida, como una antigua manta de campaña arrugada y raída.
Un paisaje de lomas sin fin que el plastividrio del móvil de aterrizaje
fingía de un violeta sucio y que de hecho sería un pardo amarronado
cuando se encontrara en la superficie. Habían dejado atrás altas
cordilleras cubiertas de nieve, riscos pelados de roca calcárea, profundas
barrancas sin rastro de vida; habían sobrevolado incluso un desierto de
arena infinita, pura y muerta. Estaban descendiendo. Hacia la nada. Hacia su
exilio. -Ya puede ir eligiendo el lugar de aterrizaje, Yarek. -La voz del piloto
era impersonal, distante, como si ya lo hubiera abandonado en ese mundo solitario. Yarek
se pasó la mano por la frente intentando conjurar un dolor de cabeza que
era ya casi parte de sí mismo y se forzó a mirar con más
intensidad. ¿Qué más daba? ¿Qué más
daba ya todo? Al norte la tundra invernal, al sur los desiertos. Había
estudiado los mapas y, aunque deficientes, no dejaban lugar a dudas: la única
franja medio habitable del planeta era esta. Intentó interpretar el paisaje
buscando una torrentera que recogiera las aguas de deshielo. -Ahí mismo.
En esa pequeña explanada, junto al río seco. El piloto empezó
a girar, descendiendo hacia el punto indicado. Un suelo pedregoso, agostado,
sin rastros de vegetación. Por encima un cielo despiadado, limpio de nubes,
de un azul clarísimo, donde una mínima luna mostraba su creciente
al borde de una loma en el horizonte lejano. La maniobra fue suave. Los patines
tomaron tierra y el piloto procedió a abrir el compartimiento de carga,
sin apagar el motor. Yarek permaneció sentado, inmóvil, mirándose
las manos. -La temperatura exterior es de menos treinta grados Celsius, sin
viento. En cuanto monte el refugio y empiece a funcionar la calefacción
se sentirá como en casa. Notó cómo se le torcían
los labios en una sonrisa amarga y no contestó. "Como en casa...".
La ironía era deliberadamente cruel. El piloto había bajado del
aparato y se afanaba en la parte posterior descargando el equipo de supervivencia
con una prisa insultante. -Abajo, Yarek. Tengo que irme. No servía
de nada retrasar el momento de salir al exterior. Era cuestión de minutos
el tener que enfrentarse con la realidad de aquel mundo que iba a ser el suyo. -¡Yarek!
-Esta vez la voz del piloto sonó como un ladrido. Su nombre, ese nombre
que había sido pronunciado a lo largo de su vida con ternura, con respeto,
con admiración, con devoción incluso, se había convertido
en un epíteto de desprecio, en un insulto incluso a sus propios oídos.
Se levantó y empezó a ajustarse la mochila con toda la rapidez que
le permitían sus músculos agarrotados por el miedo para no tener
que volver a oír su nombre pronunciado en ese tono. Nunca había
creído que en el momento definitivo llegaría a sentir miedo. Había
supuesto que la desesperación y la pena rabiosa que lo habían consumido
durante los últimos meses bastarían para borrar el terror a la soledad.
Pero no era cierto. La pena y la desesperación habían perdido importancia.
Sólo quedaba el miedo, un miedo inhumano, bestial, paralizante. Dio
la vuelta al móvil con un esfuerzo titánico y se encontró
con que el piloto ocupaba de nuevo su puesto ante los controles. -Acuérdese
de mantener en marcha el localizador, Yarek. Dentro de veinte años, si
sigue con vida, podrá enviar la señal. Alguien vendrá a recogerle.
Si no se recibe esa señal, asumiremos que ha muerto. ¿Todo claro? Asintió
con la cabeza, incapaz de pronunciar palabra. El desprecio en los ojos azules
del piloto era un puñal de hielo. La puerta del móvil se cerró
con un chasquido sordo, como la tapa de un ataúd. -Por favor... -se
oyó murmurar-. Por favor... El piloto no podía oírlo.
Daba igual. La situación no habría cambiado de todos modos. Sólo
su humillación se hubiera hecho más profunda. El ruido del motor
acelerando le rasgó el estómago como un cuchillo de sierra. -¡No
me dejes aquí! -gritó sin proponérselo-. ¡No me dejeeees! El
móvil se alzó del suelo elegantemente, con suavidad ingrávida. -¡Por
favor...! ¡Por favoooor! Al alzarse sobre las lomas, su pulida superficie
reflejó por un instante la luz del sol que aún no había remontado
el horizonte y, durante unos segundos, Yarek tuvo la impresión de que era
una estrella la que lo había abandonado en aquel mundo sin nombre. Luego
dejó de verlo y sus ojos se posaron en sus propias manos enguantadas tendidas
hacia el cielo en un atávico gesto de súplica, una petición
de ayuda que nunca sería atendida. Se dejó caer sobre el suelo
pedregoso y polvoriento y se echó a llorar. Un viento repentino le heló
las lágrimas sobre la cara y le hizo buscar con los ojos la loma por la
que el sol estaba a punto de salir. Unos quince minutos más, calculó,
y su propio cálculo le sonó ridículo, pueril. ¿Qué
importancia tenían quince minutos en veinte años? Aunque no serían
veinte años. No pensaba vivir tanto tiempo. Había venido con el
propósito de acabar con su vida en cuanto completara su proceso de catarsis.
Tenía que comprender, aceptar, perdonarse si podía. Luego habría
tiempo para morir. Tenía mucho tiempo. Era lo único que tenía
en abundancia. Empezó a desempaquetar sus pertenencias, un procedimiento
tan mecánico, tantas veces repetido, que sus manos trabajaban con independencia
de su cerebro. ¿Cuántas veces habría montado un refugio?
Cientos, probablemente. En la oscuridad, a la luz del día, con frío,
con calor, en selvas tropicales, en desiertos de hielo, en ciénagas, en
playas infinitas de espumas azules, solo, en compañía. En compañía.
Rechinó los dientes. Eso era algo que nunca volvería a tener. Nunca
más una mano amiga, una pelea, una discusión, un chiste. Nunca más
un cuerpo cálido a su lado, una sonrisa, un insulto. Nunca más. Empezó
a montar la instalación eléctrica, los paneles solares, el calentador
de agua. ¡Cuántas comodidades para un exiliado, para un futuro cadáver!
O quizá no tan futuro. "Soy un ex vivo -pensó, y la construcción
lingüística le arrancó una sonrisa-. Un ex xenólogo,
ex director de investigaciones, ex miembro de la Academia Interplanetaria de Estudios
Ahumanos, ex especialista en vida alienígena, ex ciudadano de la Confederación
de Mundos Habitados, ex esposo de Nora Freeman, de Tilda Maier y de Nakembe Dubois.
¿Ex humano, quizá? Reducido a una supervivencia animal en un mundo
desierto. ¿Hasta qué punto puede eso borrar la humanidad de un ser?". Trató
de bloquear la dirección de su pensamiento. Vida animal. Vida inteligente.
¿Con qué criterios? ¿Con qué derecho podía
decidirse? Se había dado cuenta demasiado tarde. Demasiado tarde para salvarse
a sí mismo. Demasiado tarde para salvar a los buitres, a aquel puñado
de seres desaparecidos para siempre que la Comisión Investigadora se empeñaba
en llamar aarea porque un cerebro de oro se había inventado el nombre.
Ellos nunca se habían llamado nada a sí mismos. O quizá sí,
pero no habían querido, podido, sabido comunicarlo a los humanos que los
destruyeron. "Que los destruimos", se corrigió. Tal vez él
hubiera tenido razón después de todo. Tal vez no eran más
que animales. Animales extintos, ahora. Cerró la puerta aislante y se
puso a trabajar en la calefacción. Era un buen refugio. El mejor modelo,
el más moderno. Construido sobre raíles circulares para que pudiera
orientarse hacia el sol, diseñado para aprovechar el viento y cualquier
otra fuerza de la naturaleza que existiera en su entorno: mareas, corrientes de
agua, movimientos sísmicos... Veinte metros cuadrados: instalación
higiénica, cocina, cama, una mesa, dos sillas. Dos. Una roja y una azul.
Para mejorar el ánimo de su ocupante. La mesa era verde claro, como siempre.
Las paredes amarillo pastel. Un ambiente de kindergarten para un genocida convicto. Empezó
a destapar cajas: medicinas, grabaciones, un pequeño ordenador de última
generación, alimentos comprimidos para más de cincuenta años,
un equipo de fabricación de agua, un equipo de reciclaje de prendas de
vestir. Casi doscientos kilos de mundo civilizado a su disposición en medio
de un erial entre los sistemas poblados. Llevaba horas trabajando. Se había
propuesto hacerlo todo con lentitud extrema para tener algo en qué ocuparse
el mayor tiempo posible y, sin embargo, ya casi había terminado. La rutina
se había encargado de ello. Normalmente no había tiempo que perder,
había que darse prisa en la instalación para salir a explorar, recoger
datos, procesarlos, reunirse a contrastar opiniones, redactar un informe, decidir,
clasificar para el archivo central, desmontar, olvidarse, cambiar de mundo, volver
a montar. Ahora no. Ahora ya nunca. Las lágrimas volvieron a asomar
sin previo aviso y tuvo que cerrar los ojos con todas sus fuerzas para cortarles
el camino. Dio un tirón al anillo de oro con el que se había
atravesado el lóbulo de una oreja, saboreando el dulce dolor del tejido
de cicatrización al ser desplazado de su lugar. Era importante recordar
que debía trabajar en sus heridas, las otras, las de dentro. No podía
dejar que todo cicatrizara antes de haber sido limpiado. Para eso servía
el aro de oro. Para recordarle lo que tenía que hacer. Llevó
la mesa junto a una de sus dos ventanas, la que ahora estaba orientada al oeste,
y puso el ordenador sobre la superficie verdosa. Acercó la silla azul y
acarició suavemente la tapa del aparato buscando, como siempre, un nombre
para él. -Buitre -susurró, y en su mente surgió una marea
de imágenes que le devolvieron al planeta TX2 I-Radon, posteriormente conocido
como Viento. Recordó la tensión de inminencia que les hizo sentir
la atmósfera de Viento; algo que despertaba en ellos recuerdos olvidados
de su infancia y primera adolescencia. La sensación de que todo es posible,
de que uno va a ser eterno en un mundo que inaugura una primavera perpetua, de
que faltan días para que la naturaleza eclosione y surjan hojas, flores,
aguas y pájaros por todas partes, de que uno puede volar persiguiendo su
sombra, o su sonrisa. Nunca se habían sentido así: tan vivos,
tan fuertes, tan mágicos. Un mundo que era un milagro de rocas blancas,
inmensas praderas de hierba ondulante y grandes ríos perezosos y azules.
Un mundo que estaba pidiendo a voces ser colonizado por humanos felices deseosos
de fundar familias numerosas para que los niños corrieran libremente por
sus mares de hierba infinita y volaran cometas al viento del atardecer. "¿Cómo
pude equivocarme? -pensó por millonésima vez-. ¿Cómo
pudimos equivocarnos todos, equivocarnos tanto?". "Porque queríamos
creer que estaba deshabitado. Porque no deseábamos compartir aquello con
nadie. Ni siquiera con un puñado de buitres carroñeros que nos contemplaban
impasibles desde sus altas torres de roca con esos ojos como cuentas de cristal".
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