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Mañana será otro día

PEDRO UGARTE

136 págs.

ISBN 84-96080-54-4

14,25 €.

El mundo de Yarek  (00101)

 

 

 


La amenaza


Cuando el profesor Zubiri apareció por primera vez en el departamento acompañado de un escolta todos comprendieron que la suerte estaba echada y que nada sería igual a partir de aquel momento. Era cierto que sólo el nombre de Zubiri había aparecido mencionado en la última lista de objetivos de ETA (y eso a pesar de que eran muchos los profesores del departamento de historia contemporánea que escribían artículos en prensa), pero todos asumieron que, al final, el hecho les comprometía íntimamente. En el País Vasco, cada vez que la policía, en un registro, en una detención, encontraba una de aquellas listas, la experiencia dictaba una sentencia inapelable: los sujetos que en ella aparecían, ya fueran periodistas, universitarios, empresarios, políticos o jueces, estaban siendo seguidos por la organización terrorista y ello implicaba la necesidad inmediata de adscribirles un guardaespaldas. Y se trataba de una sentencia porque de aquel modo quizás salvaban la vida, pero perdían para siempre la libertad.
En el departamento, la noticia de que Zubiri contaba ahora con protección se aceptó animosamente, aunque una inquietud no revelada comenzó a removerse en el interior de las conciencias. Eran muchos (demasiados) los profesores que escribían en la prensa, y más de uno envidió a partir de entonces la sosegada vida de tantos departamentos universitarios (lenguas clásicas, filosofía de la ciencia, pediatría) donde la docencia era un refugio anónimo y secreto, y no una oportunidad para comparecer ante los medios de comunicación, opinando de esto y de lo otro, en un país donde opinar se había vuelto tan comprometido. Durante años, escribir en los periódicos fue un lustroso adorno curricular para los miembros del departamento de historia, pero a partir de aquel momento en que Zubiri comenzó a ir escoltado muchos profesores repasaron el contenido de sus artículos (en especial de los más antiguos, de aquellos que escribieron con mayor inconsciencia y desparpajo) buscando algún motivo por el que los terroristas hubieran retenido su nombre para trasladarlo después a una libreta.
La nueva situación de Zubiri despertó al principio ostentosos gestos de solidaridad y de compañerismo. Sólo Larrea, un joven recién llegado, se atrevió a imaginar cambios menos previsibles. Zubiri había dirigido la tesis doctoral de Larrea, y este conocía a su maestro y conocía también los más secretos recodos de su alma. Zubiri, recordó Larrea, había criticado lúcidamente a ETA, tanto en aguerridos artículos como en no menos aguerridos ensayos, recurriendo a esa herramienta discursiva que se hace especialmente odiosa a los fanáticos: el sarcasmo. Larrea, que también se había manifestado reiteradamente en contra de la violencia, utilizaba sin embargo argumentos éticos, morales. Sus artículos, siempre ponderados, siempre demasiado enjundiosos, resultaban poco divertidos, aunque él mismo se justificaba diciendo que aquella atmósfera irrespirable (el acoso, la amenaza, el asesinato) no dejaba espacio para la diversión. El resultado de aquellas diferencias estilísticas también tuvo su reflejo en la consideración que ambos ostentaban dentro del departamento de historia: Zubiri pasaba por ser un individuo brillante, de dialéctica endiablada y eficaz, un tipo con el que nadie dejaría a solas a su novia; Larrea era en cambio débil, insignificante; un buen muchacho, en suma, con todo lo malo que suelen tener los buenos muchachos. Quizás también colaboraba en aquella opinión general su aspecto: Zubiri era alto, fuerte, mantenía una estampa atlética, pero al mismo tiempo teñida de una lustrosa y atractiva madurez (unas sienes plateadas, una frente vagamente despejada), mientras que Larrea, a pesar de ser mucho más joven, era escuálido, con una hechura aniñada, y sus ojos de animal nocturno se perdían al otro lado de unas gruesas gafas de miope.
La aparición de Zubiri en las listas de ETA conmovió a toda la universidad, y en sus paseos por el campus, siempre acompañado de un tipo circunspecto, de gesto estricto, que indudablemente portaba una pistola, se reveló como la exacta encarnación de la gallardía, el coraje y la independencia intelectual. La amenaza no era excepcional en el país, pero el país se había convertido en excepcional precisamente por aquel estado de cosas. En la universidad empezó a hacerse habitual la presencia de equipos de televisión, fotógrafos y periodistas llegados del último rincón del mundo, que habían concertado alguna cita con Zubiri. Maraña, el director del departamento, o a veces el propio Larrea, recibían a los periodistas, les ofrecían café e informaban del momento en que Zubiri acabaría su última clase y volvería al despacho. Era entonces cuando el intelectual amenazado concedía sus largas entrevistas, en las que glosaba la problemática política y social del País Vasco, articulaba su crítica a la violencia o describía, con todo lujo de detalles, los innumerables contratiempos que coartan la existencia de un sencillo profesor universitario amenazado por un grupo terrorista.
Zubiri multiplicó a partir de entonces sus artículos en prensa, sus apariciones públicas, sus asistencias a jornadas, congresos y platós televisivos. Añadió a sesudas publicaciones académicas nuevos ensayos y libelos, ahora de corte más liviano, que se saldaban con gran éxito de crítica y de público. Zubiri acudía a Madrid en numerosas ocasiones, con el objeto de recibir distintos premios que concedían (o fundaban para él) ayuntamientos, asociaciones cívicas o reales academias. Hubo un tiempo en que su nombre sonó como próximo ministro de educación o de cultura (los rumores en el departamento no concretaban ese extremo), pero el nombramiento nunca se produjo. A partir de la frustración de esa expectativa, la virulencia de los artículos de Zubiri se hizo aún más intensa.
La vida tutelada de Zubiri, los innumerables condicionantes que le imponía la amenaza sobre su vida, obligaron a que el departamento de historia contemporánea adoptara algunas medidas extraordinarias. Zubiri, por ejemplo, dejó de impartir clases y, salvo Maraña, en su condición de director de departamento, los profesores dejaron de verle y frecuentarle. Sabían de él sobre todo por la televisión, cuando Zubiri aparecía en algún debate, o cuando la prensa daba cuenta del último premio que había recibido. Amenazado por una organización terrorista, su caso conmovía las fibras más hondas del país, de modo que eran ya incontables los galardones que había recibido, galardones que siempre tenían algún nombre ampuloso: Premio a las Libertades, Premio a la Lucha Democrática, Premio a la Tolerancia.
En aquellas apariciones públicas, Zubiri se despachaba a fondo (contra los terroristas, contra los encubridores, contra los cómplices, contra los cómplices por omisión, contra los cobardes, contra los neutrales, incluso contra sus enemigos personales, sobre los que no le resultaba difícil deslizar alguna sombra de sospecha), y todos aceptaban que, ciertamente, tenía derecho a tan indiscriminadas invectivas, siempre justificadas por el ánimo, decían, de agitar las conciencias. Quizás su modo de describir la tragedia colectiva que vivía el pueblo vasco era también el más eficaz: contar un caso concreto, aludir a su propia biografía, relatar las notorias dificultades con que ahora se desarrollaba su vida e ilustrarlo siempre con anécdotas, con la descripción de todos esos contratiempos que imponía a sus costumbres (no, ya no había costumbres) la condición de amenazado.
Larrea seguía con interés las declaraciones de Zubiri, y le molestaba íntimamente la voz tronante, el gesto satisfecho, la ineludible necesidad de traer a colación la condición de amenazado para fortalecer sus argumentos y acallar, de paso, la más leve objeción a su discurso. Larrea había escrito mucho sobre terrorismo, pero era cierto que su esfuerzo por condenarlo con razones más complejas le obligaba a análisis profundos, a argumentaciones sólidas, a la concatenación de circunstancias sociales, políticas e históricas que, en general, no generaban entusiasmo fuera de un reducido espectro de profesores e iniciados. Su esfuerzo de análisis implicaba desentrañar causas profundas, y hablar sobre las causas suponía explicar la realidad. Explicar la violencia, en cambio, no formaba parte del discurso políticamente correcto: sólo entre personas sensatas resultaba visible la evidencia de que explicar no suponía justificar. Zubiri, por el contrario, había abandonado en sus reflexiones toda suerte de ambición intelectual. Escribía con ira, y no dudaba en bajar a la arena política para dictaminar, desde la altura moral de su condición de amenazado, qué cargo público, qué partido, qué organización o sindicato marcaba la buena senda y qué otros se comportaban como auténticos mentecatos (era una de sus palabras favoritas), como tontos útiles o como siniestros inductores del asesinato político.
Durante los meses siguientes continuó el goteo de asesinatos, amenazas y extorsiones, y Zubiri, que ya no daba clases ni publicaba otra cosa que no fuera virulenta literatura de combate, seguía omnipresente, dando voz, decía, a los que corrían el riesgo de verse silenciados para siempre. En sus comparecencias eludía cualquier reflexión mínimamente compleja, pero había que reconocer, pensaba Larrea, que con el paso del tiempo la pluma y el verbo de su maestro se habían afinado. Zubiri era taxativo, irónico y mordaz. Adjetivaba de modo admirable y se mostraba implacable y cruel con aquellos adversarios a los que se proponía ridiculizar. Su rostro había desarrollado una sonrisa sardónica, que buscaba al principio la complicidad de políticos, tertulianos o periodistas, pero que se transformaba en el gesto adusto de un profeta si alguno de ellos se atrevía a interponer alguna leve objeción no ya a los principios democráticos, sino a su particular modo de interpretarlos.
En realidad, pensaba Larrea, Zubiri llevaba tiempo sin aceptar argumentos. Simplemente reclamaba adhesiones; no toleraba los contrastes, los puntos de vista laterales, las reflexiones que no concluyeran en una militancia estrictamente partidista. Pero la perpetuación del terror, con su hilera insoportable de atentados, coacciones y asesinatos, le investía de la suficiente autoridad como para que, tarde o temprano, cualquier adversario dialéctico enrojeciera de vergüenza y se sometiera a sus impetuosas correcciones.
Larrea también se sentía avergonzado. Desde que Zubiri contaba con escolta, muchos profesores habían dejado de escribir en los periódicos o comenzaron a abordar en sus colaboraciones temas sociales, temas cuidadosamente al margen de los avatares políticos del momento y de la intolerable persistencia de la violencia terrorista. Larrea decidió no rectificar: continuó escribiendo sobre política, pero comprendía que su interés en explicarlo todo, su pasión por las causas, por los significados, su esfuerzo por interpretar el edificio simbólico que sostenía la locura de las armas resultaban completamente inútiles para lo que de verdad importaba: movilizar a las masas, conmover a las gentes, despertarlas, enardecerlas. Esa era la labor que quedaba destinada para Zubiri, y esa era la que Larrea jamás llegaría a ejercer.
Larrea acabó sintiendo envidia de Zubiri, o quizás una puntillosa antipatía personal. Se decía a sí mismo que ahora despreciaba a su antiguo maestro por la renuncia de este a armar un verdadero discurso intelectual, por su obstinación en repetir lugares comunes, en utilizar la descalificación sumaria ante cualquier bienintencionado que se atreviera a matizar sus opiniones. Ahora Zubiri hablaba de militancias más que de análisis, estudios o reflexiones, y eso le parecía a Larrea una claudicación intelectual. Cuando Zubiri y otros dos profesores se presentaron a concurso para una cátedra convocada en el departamento, Larrea no tardó un momento en prever el desenlace: la cátedra la obtendría Zubiri porque ningún miembro del tribunal, ningún decano, ningún cargo universitario, tendría el coraje de hacer valer los valores objetivos de otro candidato. Zubiri, en efecto, obtuvo la cátedra, en medio del silencio acobardado de los miembros de un tribunal a los que él oscurecía con su desorbitada popularidad y en medio del rencor secreto de unos contrincantes incapaces de oponerse a aquel escenario inevitable, como si el derecho de que se apropiaba Zubiri a recibir cierta justicia metafísica y abstracta anegara cualquier otra forma de justicia.
Pero la consagración de Zubiri alcanzó un inesperado refrendo poco tiempo después de conseguir la cátedra. Una mañana, el servicio de seguridad que tutelaba permanentemente sus movimientos descubrió en los bajos de su coche una bomba lapa, un mecanismo que de no haber sido detectado a tiempo habría explotado al accionar la llave de contacto. La noticia llegó al mismo tiempo a manos de la policía y de la prensa. Las escenas de estupor, al principio, dieron paso a un vigoroso movimiento de solidaridad. Se publicaron manifiestos de intelectuales en apoyo de Zubiri, se organizaron concentraciones de protesta. Zubiri recibió en persona las muestras de ánimo de políticos, representantes sindicales y dirigentes de movimientos ciudadanos, aunque su privilegiada posición (sí, Larrea se atrevía, en su fuero interno, a manejar el adjetivo privilegiado) le permitía seguir mostrándose furibundo, doctrinario, absolutamente insobornable. Zubiri no dudaba en tachar de cobardes o de ineptos a los políticos que creía oportuno, y estos jamás tenían el coraje de replicarle en público.
Pero el insulto que Zubiri comenzó a reservar para sus enemigos resultaba aún más terrible y eficaz. No se trataba ya de llamarles cobardes, pusilánimes o confusos: les denominaba cómplices, cómplices de la violencia. El paisaje político era lo suficientemente fragmentario y variopinto como para utilizar aquella arma terrible de forma indiscriminada y mantener, fuera del País Vasco, cierta apariencia de verosimilitud. Zubiri se convirtió en el azuzador de medrosos, neutrales, moderados, de cualquier opinador cuyos argumentos no coincidieran con los suyos. Zubiri estaba físicamente amenazado, pero aquel fue el mejor modo, pensaba Larrea, de proporcionar a sus ideas la condición de invulnerables.
Larrea siguió con atención aquel proceso, pero lo peor de todo es que lo había comprendido. La bomba en los bajos del coche de Zubiri había sido un hecho terrible, pero al mismo tiempo una patente de corso. Le parecía que el uso que la víctima hacía de aquel hecho desgraciado era insoportablemente ventajista. No obstante, Larrea tenía un buen ramillete de razones para no airear jamás aquella turbia sospecha: se había consolidado la costumbre de no contradecir las ideas de Zubiri (por atrabiliarias que estas fueran) y lo contrario se vería como una mezquindad personal o como una implícita connivencia con los terroristas. Pero en el caso de Larrea había algo peor: era académico, pertenecía al mismo departamento que Zubiri. Inevitablemente, cualquier discrepancia con él también podría verse como la consecuencia de algo mucho más primario: la mera envidia.
Cuando Zubiri comenzó a extender la idea de que en el País Vasco los amenazados como él eran los únicos que se declaraban en contra de la violencia, el argumento a contrario sugería la inacabable cobardía de todos los demás. Larrea se sintió personalmente agraviado por aquella presunción. En el arrebato de una noche de insomnio, cuando las ganas de decirlo todo se revolvían en su cabeza, encendió el ordenador y comenzó a escribir un largo artículo. Se creía asistido por la convicción de que la razón le permitiría mostrar una incondicional solidaridad con los amenazados, pero también la disconformidad con muchas de las opiniones de Zubiri. Al mismo tiempo, se creía asistido por una convicción igual de firme pero mucho más ingenua: la de que el público, en general, sería también capaz de comprenderlo.
El artículo fue publicado simultáneamente en dos o tres periódicos. Se trataba de uno de esos artículos característicos de su estilo: llenos de honradas intenciones, apuntaladas con argumentos sólidos, pero que como pieza periodística adolecía de monotonía, oscuridad y reiteración. Larrea hablaba en él de la condición de ciertos amenazados, cuya situación personal resultaba inaceptable, pero a los que criticaba en algunas de sus conductas y en muchas de sus opiniones. Lo hizo con respeto y con una asombrosa confianza en que el sentido común le protegía. No olvidó multiplicar sus críticas al terrorismo, al que imputaba la responsabilidad de todos los conflictos, incluso de aquel ambiente contaminado que corrompía las relaciones y facilitaba ascensos perversos, agravios profesionales y silencios imposibles. Larrea terminaba subrayando su fe en la democracia, en la libertad y en los derechos humanos, y lo hacía con la misma vehemencia con que lo había hecho en todos sus escritos desde hacía muchos años.
Inevitablemente, la crítica a ciertos amenazados fue tomada en los círculos universitarios como una directa alusión a Zubiri. Muchos académicos disfrutaron en secreto ante el inminente inicio de una reyerta profesoral, un espectáculo cuya ferocidad jamás podrán imaginar los que nunca lo han visto de cerca.
Pero la experiencia con los medios que Zubiri había adquirido le proporcionó mejores estrategias. Descartó debatir con Larrea en público. Sabía que utilizar su nombre sería popularizarlo, concederle auténtica importancia, y Zubiri había llegado ya a ese punto en que siempre meditaba antes de mencionar públicamente algunos nombres. Zubiri se limitó a escribir varios artículos en clave, llenos de crípticas referencias que servían para denigrar a Larrea, aunque sólo fueran comprensibles para el aludido y para quienes le conocían, entre otros, los numerosos profesores del departamento de historia. Por último, resolvió acercarse a la universidad y sostener una conversación con Maraña.
Maraña, el director, era un pacífico profesor cuyo universo se reducía a los estrechos pasillos del departamento de historia contemporánea (y a los estrechos pasillos de departamentos parecidos en otras universidades), hasta el punto de que su filosofía vital se reducía a satisfacer dos objetivos: mantenerse a flote en la universidad, en virtud de un complejo sistema de pactos, intereses y contrapesos, e ignorar cualquier otra ambición o pendencia que aconteciera en el resto del universo.
Frente a la luminosa estela de Zubiri, frente a su condición de catedrático, frente a su notoriedad, extendida dentro y fuera del mundo universitario, Maraña no se sintió con fuerzas para ejercer ninguna autoridad. Zubiri le exigió directamente toda clase de represalias en contra de Larrea y arrancó del director el compromiso de que la carrera académica de este se vería salpicada de dilaciones y contratiempos. Culminar esa labor no sería difícil: bastaba con prestar atención a cada nuevo paso que Larrea se propusiera; recomponer, mediatizar o condicionar los diferentes tribunales, comisiones evaluadoras o consejos académicos ante los que Larrea tuviera que probar sus méritos en los próximos años. Convencido de que la petición sería incontestable, Zubiri también se aseguró una nueva exención docente de dos años, haciendo valer, de nuevo, su condición de amenazado y la memoria de aquella bomba que se había descubierto un día en los bajos del coche y que tan fácilmente, recordó una vez más, pudo acabar con su vida.
Al fin solo, Maraña no decidió otra cosa que llamar a Larrea a su despacho. Repitió las diatribas de Zubiri, sin mencionarle en ningún momento, como si fueran de su propia cosecha; amenazó al joven profesor con retardar su carrera académica; le exigió que no volviera a levantar la voz en contra de compañeros cabales, que llevaban muchos años de lucha democrática, compañeros a los que cuestionar era una ignominia. De forma velada, Maraña dio a entender que el reconocimiento de un sexenio investigador, que Larrea había solicitado recientemente, le iba a ser denegado.
Larrea salió del despacho de Maraña confuso y aturdido. Sabía que no era un héroe y lo sabía porque empezó a considerar muy seriamente cuál debía ser su actitud en el futuro: si seguir haciendo declaraciones públicas según su libre criterio o limitarse a un segundo plano de anodino docente, ajeno a la opinión pública, y asegurarse de ese modo una digna carrera profesoral.
Pensando en estas cosas recogió algunos exámenes en su despacho y decidió volver a casa para corregirlos en soledad. Se sentía apesadumbrado, pero por una razón que Maraña jamás habría imaginado: ahora Larrea tenía miedo a callar definitivamente, miedo ante el precio que tendría que pagar para asegurarse un futuro en el departamento de historia contemporánea. Debía reflexionar sobre aquello, debía llegar a alguna conclusión, incluso descubrir interiormente la medida de su coraje o la desoladora ausencia de él. Quizás era cierto, reflexionó, que Zubiri resultaba moralmente superior. Al fin y al cabo, Zubiri siempre hablaba con completa libertad, y era Larrea el que ahora se encontraba ante la disyuntiva de ser consecuente con sus ideas o convertirse en una rata de biblioteca, atenta a su diminuta promoción profesional, una acobardada rata que seguiría, desde lejos y en silencio, la vertiginosa carrera ascendente de Zubiri.
Enredado en estos pensamientos, Larrea abrió la puerta de su coche, se sentó al volante y, sin notar apenas una imprevista resistencia al movimiento, accionó resueltamente la llave de contacto.

 

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