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Pintxos. Nuevos cuentos vascos

VV AA

224 págs.

ISBN 84-96080-56-0

16,95 €.

Pintxos (00103)

 

Bibliografía
Traducción del autor

Iban Zaldua
(San Sebastián, 1966)

El presunto terrorista detenido antes de ayer está en medio de la habitación, sentado en una silla incómoda, atado de pies y manos. Empapado en sudor frío. Alza la vista y se atreve a mirar hacia donde está el policía que lo ha torturado apenas hace una hora. El policía lleva la cara cubierta con un pasamontañas, y está leyendo un libro. No parece haberse dado cuenta de que el preso se ha despertado, y ni siquiera se ha movido. El presunto terrorista se ha quedado helado al reconocer el libro que el policía tiene entre sus manos: la misma cubierta color gris perla, la misma ilustración, el mismo título, el mismo autor. El presunto terrorista también ha leído esa novela no hace mucho. No entiende cómo puede estar en manos de su torturador. Recuerda que la leyó con la misma pasión que cree percibir en el policía. Que casi no hizo caso a lo que ocurría a su alrededor. Que no quería que el libro se acabara.
Al policía 76635-Q le dejó la novela su novio, hace una semana. No tiene mucho tiempo para leerla, pero le está gustando mucho. Decidió dejarla en el trabajo, para poder leer unas páginas en momentos de descanso como este. Sus compañeros se ríen de él cuando ven que saca el libro del cajón de la mesa, pues no le conocían tal afición. A 76635-Q le da lo mismo. Esta novela es especial. No tiene ganas de que acabe. Es la primera vez que le sucede algo así.
A. J. C., el novio del policía, lee bastante más que 76635-Q. Tiene un trabajo más tranquilo (es funcionario de prisiones), y hay muchas horas en las que apenas tiene nada que hacer. Le gustaría que la afición prendiera en 76635-Q, porque le encanta hablar de libros (y también de películas), pero hasta ahora no ha tenido mucha suerte. De hecho, no sabía si iba a acertar o no con el libro, y todavía no lo sabe, ya que desde que se lo pasó no han estado juntos. Se pondrá muy contento cuando se encuentre con el policía, mañana o pasado, porque lo primero que escuchará de sus labios será lo mucho que le está gustando la novela. La consiguió en un registro que hicieron en el Cuarto Módulo, en una de las celdas que dejaron patas arriba. A. J. C. no se acuerda del nombre ni de la cara del preso que estaba en aquella celda, ni de si le encontraron algo o no. Sólo que vio aquella novela en el estante y que, como conocía al autor, decidió llevársela. No se arrepiente: es, sin duda, la mejor obra de ese autor.
El preso de aquella celda, Pedro, se acuerda muy bien, sin embargo, de aquel registro, y también de otros muchos que ha sufrido anteriormente. Lo cierto es que lo del libro no le importó tanto, ya que nunca logró terminarlo, pero entre sus páginas guardaba unas fotos de su novia, y le da rabia haberlas perdido; eran unas fotos muy bonitas, de ellos dos en Benidorm y en Alicante, y del mar. Además, en aquel registro le destrozaron su televisor portátil.
Aquella novia que aparecía sonriente en las fotografías de Pedro no aceptaría ahora dicho título: como mucho, admitiría ser la ex novia de Pedro. Sara Fuentes odia aquellos meses en los que compartió piso con Pedro; también odia a Pedro, o lo odiaba, ya no está segura: ha pasado mucho tiempo. Ahora vive, de nuevo, en casa de sus padres, y trabaja en una floristería, a media jornada. Ya no se inyecta heroína y ha dejado de cometer pequeños robos para procurársela. Sara ha olvidado por completo aquel libro que se dejó cuando huyó de Pedro, lo mismo que otras muchas cosas que abandonó en aquella casa. Lo había robado en la Biblioteca Municipal y de eso precisamente acaba de darse cuenta el policía 76635-Q al ver el sello de la biblioteca en la esquina inferior derecha de la página 111 (luego comprobará que el mismo sello vuelve a aparecer en las páginas 211 y 311). Sara intentó vender el libro durante un par de domingos en el mercadillo de la plaza nueva, pero no tuvo suerte. Le quitaron de las manos, sin embargo, los de Michael Crichton y Vázquez Figueroa que había robado en El Corte Inglés.
Cuando el libro llegó a la biblioteca, Alicia Fernández de Larrea lo fichó y le estampó el sello en las páginas 111, 211 y 311; también en la primera, pero Sara la arrancó antes de llevarlo a vender. Al fichar el libro, Alicia decidió que lo leería, porque había podido hojear el comienzo, y le había gustado. Pero no tuvo tiempo de llevar a término aquella decisión. Una tarde en que volvía en coche a su casa, hicieron explotar una bomba contra un Patrol de la Guardia Civil que venía detrás de ella. Los guardias civiles salieron bien parados de aquella, pero Alicia quedó gravemente herida y murió en el hospital cinco horas más tarde.
La participación en aquel atentado es uno de los delitos que quieren hacer confesar al presunto terrorista que, sentado en una silla incómoda, atado de pies y manos, está empapado en un sudor frío. El presunto terrorista, sin embargo, ha olvidado todas las preguntas que le hacen sin cesar, y sólo se acuerda del libro que lee el policía. Aquella novela que tanto le gustó. Esbozando algo semejante a una sonrisa, recuerda que decidió comprarla porque el apellido del autor y el suyo eran el mismo. Y porque iba a tener que pasar una mañana entera junto al escaparate de aquella cafetería. Un remedio contra el aburrimiento.
Está pensando en estas cosas cuando el policía 76635-Q cierra el libro y, desganado, hace el gesto de levantarse.

 

Lectura del diario de Dalí

Bernardo Atxaga
(Asteasu, 1951)

La historia que voy a contar comenzó el día que entré en una biblioteca pública y encontré en ella un ejemplar del libro de Salvador Dalí Diario de un genio. El bibliotecario, que, por decirlo así, es un verdadero delincuente, bajó la voz y me dijo: "Si se lo quiere llevar, es suyo. Me conformo con la mitad de lo que le costaría en una librería". Aquello era irregular, y tuve miedo de que alguien nos estuviera escuchando. "No se preocupe -sonrió él-. Estamos los dos solos. Ya no hay afición a la lectura. Podría vender todos los volúmenes de la biblioteca sin que nadie los echara en falta".
Soy una persona dubitativa. No supe qué contestar. "Ya se habrá dado cuenta de que ese libro tiene las huellas del anterior lector. Está lleno de subrayados y de notas escritas a mano -insistió el bibliotecario-. Eso le añade atractivo, a mi parecer". Abrí el libro, y me encontré con la transcripción de la carta que Salvador Dalí escribió a Josep Pla el 13 de julio de 1952. Desentendiéndose del asunto del mensaje, relativo al átomo daliniano -el único que en la comarca del Ampurdán se encuentra en periodo de incubación-, el lector había subrayado con trazo grueso las palabras de cortesía que precedían a la firma: Venga a comer. Se le preparará lo que más le agrade o aquello que convenga a su régimen. Me pareció una marca pintoresca.
Seguí mirando el libro en busca de algo más enjundioso, y encontré enseguida, entre las páginas 42 y 43, el recorte de una revista. Se trataba de una receta: Ragout de carne con vino tinto. En la lista de ingredientes, donde decía 1 kg de carne de vaca en trozos cuadrados, el lector había subrayado con doble raya la parte final de la frase: en trozos cuadrados. Miré al bibliotecario: ¿quién había sido el lector? ¿El cocinero de un restaurante? ¿Se acordaba de él? El bibliotecario asintió sin perder su sonrisita: "Me acuerdo bien. Está en la cárcel". "¿En la cárcel? ¿Lo dice en serio?", exclamé. Él reparó en mi sorpresa, y su tono y su sonrisa se volvieron burlones: "Claro que se lo digo en serio. Está en la cárcel -dijo. Luego susurró-: En la galería de los especiales".
Es tan grande la monotonía de la vida cotidiana que cualquier suceso que nos permita alejarnos de ella resulta grato: cuando niños, basta con un poco de nieve; cuando adolescentes, con un beso furtivo o una carta inesperadamente amorosa; después, cuando entramos en la edad discreta y la nieve no nos importa y los besos o las cartas escasean o desaparecen, quedamos a merced de algún accidente, de un encantamiento que brille de pronto en medio de las horas y los minutos grises y nos deslumbre. "¿Cuánto le debo?", pregunté. Pagué el precio, y me marché con mi ejemplar del Diario de un genio escondido bajo la camisa.
Volví a abrirlo nada más llegar a mi habitación. En la página 168, en la anotación correspondiente al día 4 de septiembre de 1956, el lector había aislado con una raya el último párrafo, que decía: "Mientras me encuentro de rodillas veo por la ventana el bote amarillo de Gala que llega al muelle. Salgo y corro al encuentro de mi tesoro para abrazarlo. Ella se parece más que nunca al león de la Metro Goldwyn Mayer. Nunca tuve tantas ganas de comérmela como ahora. Le ruego a Gala que me escupa en la frente, lo que ella hace sin hacerse rogar". Había en el párrafo una raya más. El lector había subrayado la penúltima frase: Nunca tuve tantas ganas de comérmela como ahora.
Aquel párrafo me excitó, y preferí, para que la cosa no fuera a mayores, dejar el libro y bajar a la sala para ver la película que daban en la televisión. Era bastante buena, pero no me quedé hasta el final, porque los vecinos -con los que, por decirlo así, comparto el aparato- no hacían sino fumar y dar voces. Antes de una hora estaba de nuevo en la cama, leyendo.
Sentía dos deseos distintos. Quería, por una parte, leer el diario en orden cronológico; pero, por otra, las huellas del lector que pasaba sus días y sus noches en la galería de "los especiales" me robaban la atención. Aprovechaba cualquier interrupción para traicionar el texto impreso y leer lo de aquel "otro". Un poco antes de quedarme dormido, el libro se me cayó de las manos dejando a la vista la punta de un papelito. Lo saqué con cuidado y lo leí. Era la receta para preparar un rollo de carne picada para 60 personas. Después de la lista de los ingredientes y las instrucciones para mezclar la carne con el ajo y el perejil, venían dos subrayados: Mójese las manos y fórmese un rollo con la carne como si fuese un asado, señalaba el primero. Y el segundo: Con un cuchillo se hace una raya poco profunda a lo largo del rollo.
Me entró una duda: era raro aquello de "un rollo de carne picada para 60". Habitualmente, las recetas hablan de 4 o 6 personas, no de 60. "A no ser que se tenga que preparar comida para los presos de la galería", se me ocurrió. La precisión de mi cálculo me desconcertó. Es verdad que en la galería de los presos "especiales" suele haber 60 presos. No sé de dónde he podido sacar ese dato.
Traicioné definitivamente a Salvador Dalí y llevé mis ojos por donde el lector había dejado sus huellas. Uno de los pasajes que había elegido era interesante. Decía Dalí -y subrayaba el lector-: Como ya he descrito en mis profundos estudios sobre el canibalismo, la necesidad de engullir corresponde mejor a un deseo impulsivo de orden afectivo y moral que a una necesidad de nutrición. Se traga para identificarse totalmente y de la manera más absoluta con el ser amado. La palabra canibalismo tenía dos rayas debajo. Sentí entonces lo que el abogado de una película famosa llamaba "un impulso irrefrenable", y añadí una tercera raya con mi propio lápiz. La palabra "caníbal" siempre me ha gustado. Nada más pronunciarla me veo lejos, en una selva, con amigos que ríen y con mujeres desnudas que nos ofrecen sus tetas. No es nada malo pensar así. Son sólo fantasías.
Cuando más enfrascado estaba en la lectura sonó el horrible ruido que acostumbra a hacer con su barra de hierro el vigilante que cuida el edificio, un sujeto que debe de pesar unos 160 kilos, lo suficiente como para proveer de proteínas a 60 galerías de 60 presos cada una. Como cada cual tiene sus gustos, unos vecinos le llaman "el pacón", y otros "la pacona". Pues llegó este sujeto acompañado de un vigilante nuevo, que yo nunca había visto, y dijo, señalándome con la barra de hierro: "Con este, mucho cuidado. Si te descuidas, te hace picadillo y te come". Sus palabras me parecieron ofensivas. Yo no me como a nadie. Reconozco que la fantasía que más me gusta es la de ser caníbal, porque, como he confesado muchas veces, me veo a mí mismo en la selva, al aire libre, con amigos y con mujeres de tetas colgantes; pero, por decirlo así, del dicho al hecho va un trecho.
Pero para ese pacón o pacona no hay distancias, no hay trecho que valga. No contento con mentar el picadillo, acercó su sucia boca al oído del vigilante nuevo y le dijo no sé qué cosas. Para impresionarle, supongo. Luego me quitó de la mano el diario de Dalí: "Mira este libro. Por decirlo así, es su Biblia". Subrayó lo de "por decirlo así", en plan de burla, para recordarme que utilizo esa muletilla en exceso. "¡No es mi Biblia! -grité-. ¡Era la Biblia del otro! ¡Yo lo acabo de sacar de la biblioteca!". "¡Mira cómo lo tiene! -siguió él, sin hacerme caso-. ¡Más estudiado que si tuviera que examinarse!".
Tiró el libro al suelo, y las recetas que había dentro se desparramaron por el suelo. Una de ellas fue a parar a los pies del vigilante nuevo. "¡Carne asada con salsa de hígado, huevo duro y azafrán!", leyó con espanto. Me asusté, porque veía que la situación se complicaba. Sé muy bien a qué sabe la barra de hierro, no quiero volver a probarla.
Afortunadamente, tenían algo de prisa, y los dos salieron fuera. "Durante mucho tiempo estuvo de pinche en la cocina -informó el pacón o pacona antes de cerrar la puerta con llave. Tenía ganas de remachar el clavo-. Que te explique un día lo que hizo allí". Miré al vigilante nuevo e intenté tranquilizarle. Mi mirada decía: "No hagas caso de los bulos. Y, sobre todo, no temas. Aunque fueran verdad, se refieren a cosas ya muy viejas. Agua pasada no mueve molino". Se marcharon, por fin, y me quedé a oscuras. Pensé que, después de un día tan duro, no me iba a reprimir. Cerré los ojos y allí estaba yo, en la selva, con amigos alegres, con mujeres de tetas colgantes. En el fuego del poblado se asaba el muslo de un enemigo. Me sentí feliz, como siempre que me dejo llevar por esta clase de fantasías.


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