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La traición de Borges

MARCELO SIMONETTI

224 págs.

ISBN 84-96080-58-7

16,95 €. .

El mundo de Yarek  (00101)

 

1

La información era escueta y ocupaba unas pocas líneas en el apartado de breves internacionales: "Detenido falso Borges chileno", rezaba el titular, y en las líneas que le seguían se detallaba que "un chileno fue detenido frente a la Casa Rosada, en pleno corazón de Buenos Aires, haciéndose pasar por el célebre escritor argentino fallecido hace una semana, Jorge Luis Borges". Antonio Libur tuvo que leer tres veces el párrafo antes de reaccionar. Se despabiló del sol matinal que a mediados de junio es apenas tibio, dejó la banca de cemento en la que estaba sentado y echó a andar con el diario doblado bajo el brazo. Se dio cuenta de que la noticia lo había perturbado porque avanzaba atolondradamente, incapaz de sortear los charcos que había dejado la lluvia del fin de semana. Su mente estaba casi en blanco. Había imágenes que le sobrevenían y no alcanzaban a durar más de un par de segundos en su memoria: Emilia mordiendo una sandía mientras el jugo le bajaba por el cuello; Emilia triste, haciendo bolitas con las migas del pan sobre una mesa de madera; la cama con las sábanas desparramadas, vacía, sin Emilia. No hacía una hora desde que Antonio había salido de la habitación que arrendaba en ese barrio de gatos y tardes calmas. Tuvo el pálpito de que ese día su condición de cesante ilustrado podía sufrir un giro. Quizá con la llegada del telegrama que habría de anunciarle la herencia dejada por una desconocida tía europea. O el llamado telefónico de la editorial Palosanto que le informaría de una reedición de alguno de sus libros. Nunca imaginó que esa mañana la sorpresa vendría en el diario trayendo noticias de un falso Borges. Dorotea, la empleada, se sorprendió al verlo de vuelta tan pronto.
-¿Quiere un café, don Antonio? -le preguntó sin obtener respuesta.
Antonio Libur iba ensimismado, recitando entre dientes una perorata ininteligible. Cruzó el patio de la casa hasta llegar a las dependencias traseras, donde dormía a diario a la espera de mejores tiempos. Había dejado de escribir a falta de ideas y de una historia luminosa. "Se me han acabado las imágenes. No hay situación que venga a mi cabeza y que no haya sido ya escrita de forma magistral", le escribió un día a su amigo Vicente, avecindado en Madrid. La pequeña parcela de fama que alguna vez conquistó con títulos como Rendido igual que un león o Llevas la camisa con sangre ya no daba los mismos frutos. Sobrevivía con los escuálidos ingresos que le ofrecía una columna de crítica literaria en una revista de reportajes, además de los trabajos que le encomendaba un escritor fantasma, quien contrataba sus servicios por una suma discreta. Pero cuando abrió la puerta de su cuarto no era en estas disquisiciones acerca de la fama literaria y sus emolumentos en lo que andaba pensando. Podría decirse que en sus devaneos sólo había espacio para la noticia que acababa de leer en el diario y para los recuerdos de Emilia Forch. Hurgó en los libros que se almacenaban desordenados en una repisa de madera que él mismo construyó siguiendo las instrucciones de un programa de televisión llamado Hágalo usted mismo. Recordaba la fotografía sin mucho esfuerzo. Emilia sonriendo en la playa con el pelo revuelto. El trozo de tela blanca con el que ella se cubría. El detalle de sus redondeces que se vislumbraban apenas del otro lado de la tela. Ahí estaba, en medio de un volumen de la colección La sonrisa vertical. Puso la fotografía en la palma de su mano y la contempló por algunos segundos realizando el ejercicio de siempre. Intentaba oír su voz, sentir el viento, el olor del mar, la suavidad de su piel. La imaginaba encima suyo moviéndose con los ojos cerrados y el gesto desbocado. Trataba de recuperar las palabras que había proferido. Su risa fresca. Casi ingenua. Los suspiros que soltaba de tanto en tanto. Dispuso la fotografía sobre la mesita de noche y, al lado, la página del diario en donde aparecía la nota. Como en un conjuro, Antonio Libur volvió a leer: "Un chileno fue detenido frente a la Casa Rosada, en pleno corazón de Buenos Aires, haciéndose pasar por el célebre escritor argentino fallecido hace una semana, Jorge Luis Borges. El trasandino fue acusado de escándalo en la vía pública ya que pasada la medianoche se instaló en las afueras del palacio presidencial, en donde recitó, de memoria y ayudado por un megáfono, el cuento Tema del traidor y del héroe. El sujeto opuso resistencia a su detención, mientras alegaba su inocencia a los gritos: "Yo soy Borges, el verdadero, el mayor escritor que ha parido la Argentina y el mundo"". Pudo verlo con la mueca agitada. Los ojos grandes y perdidos. Igual que un ciego. No necesitó mayores explicaciones. "Sí, es él", dijo. Sacó una tijera del cajón del velador. Recortó con cuidado la información del diario. Pensó en el azar, que siempre le abría puertas impensadas. Miró nuevamente la fotografía donde aparecía Emilia Forch y la guardó dentro del saco junto al recorte de Borges.


2

Llevaba casi un año sin saber de Emilia. La buscaba en el cuerpo de otras mujeres. En las miradas que a veces hallaba en el tren subterráneo. Bastaba un movimiento mínimo, una mueca invisible a los ojos de los demás. La forma en que alguien contestaba del otro lado de la línea telefónica. La manera de llevarse la taza de café a la boca. O de soltar el humo del cigarro. También valía un bostezo. El acto de rascarse la cabeza. De estornudar. Antonio Libur pensaba que había ocasiones en que cada uno de estos descubrimientos era parte de un homenaje colectivo a la ausencia de Emilia Forch, y él los agradecía con una sonrisa tonta y elusiva. La había esperado muchas veces sentado en el viejo sofá de su habitación. Con la felpa gastada que se hacía sentir en la soledad de sus manos. No tenía más piel que acariciar que la de los posabrazos del sofá, a la espera de que ella regresara. Aguardaba sin perder la esperanza a la vera de un libro. O de una cerveza. Oyendo los discos que antes escucharon juntos. Había ocasiones en que repetía ciertos ritos. Minúsculos actos de los que él había renegado y que ahora cobraban un sentido especial. Cuestiones tan ínfimas como calzarse las pantuflas para ir al baño. Cantar bajo la ducha. Rociar con unas gotas de limón el té que Dorotea le preparaba por las mañanas. Quería creer que aquello no era más que un paréntesis. Días que resultaba necesario gastar a la espera de que la vida, la verdadera vida, volviera a su cauce. Para eso sólo bastaba que ese pequeño ser de cabellos rojos y mirada atrevida se colara por la ventana, como lo hacía cada vez que encontraba la puerta cerrada, se sacara la ropa y lo esperara tirado en la cama, leyendo una de esas novelas de Anaïs Nin o de Henry Miller que tan bien le hacían. Había llegado a la conclusión de que era imposible alcanzar la felicidad en solitario. Que las multitudes no ayudaban mucho. Y que los amigos imaginarios estaban incapacitados para desempeñar ciertos papeles que, a tales efectos, le parecían fundamentales. Deseaba a Emilia Forch por encima de todas las cosas y no quería darse cuenta de que, probablemente, la había perdido. Como si se tratara de un museo, tuvo el cuidado de conservar cada objeto que le había pertenecido. En una especie de altar que él mismo construyó en una esquina de la habitación, compartían espacio un cepillo de dientes azulino que olvidó antes de partir, una lista de compras del supermercado que había apuntado con lápiz grafito, una bufanda que semejaba el pelaje de los perros dálmatas, un par de hojas de liquidámbar que le gustaba coleccionar y el Yo me acuerdo, de Georges Perec, que había completado con las cosas que ella misma recordaba.

Yo me acuerdo del olor de las mandarinas en la cocina de la abuela.
De un mantel a cuadros que llevábamos al parque los días de pic-nic.
Me acuerdo de un señor que se ponía el lápiz detrás de la oreja.
De la forma en que me miraba Arturito Covarrubias cuando yo jugaba al almacén en el patio de la escuela.
De unos niños que se reían de mí.
De mi mamá pintándose la boca con un rouge.
Me acuerdo de la mujer biónica.
De las cejas de Leonidas Brezhnev.
Del papá fumando unos cigarrillos Monza en el balcón del segundo piso.
Del bombardeo de La Moneda.
Yo me acuerdo de la noche en que la mamá me dijo que al día siguiente me iba a llevar a conocer el mar.
De los pantalones patas de elefante que colgaban del tendedero.
Del papá diciéndome que soñara con los angelitos.
Me acuerdo de la carátula de un disco de Tom Jones.
De esa mañana tibia en la que mis papás no despertaron más.
Yo me acuerdo del mar que no alcancé a conocer.
De la infancia que no tuve.
Y del día que sangré por primera vez.

Cuando la soledad arreciaba, él volvía sobre estos rastros de Emilia Forch. Releía el libro de Perec o se enrollaba la bufanda alrededor del cuello o escuchaba por enésima vez I can't wait to get off work, convencido de que allí Emilia sobrevivía de una manera bastante particular. Consideraba que así como un lápiz de cera va dejando de ser lo que es para convertirse en árboles, ríos, nubes, casas garrapateadas sobre un papel, así también los hombres iban quedando esparcidos en los objetos con los que interactuaban más profundamente, la bufanda de Emilia, el libro de Emilia, el cepillo de Emilia. No sabía bien en qué consistía esa supervivencia, en qué palabra de la lista del supermercado descansaba ella con más fuerza, si en "manzanas", en "kilos", en la frase "recuerda que te quiero, imbécil" o en la flor que había dibujado en el extremo inferior. La sabía ahí, y eso tal vez lo alentaba a creer en el regreso. A veces el recuerdo crecía de manera insospechada. Sobre todo cuando la noche le caía encima con el peso más cruel y él intentaba abrazar a esa mujer que era un vacío entre sus brazos. Esa mujer que todavía en el recuerdo tenía formas de niña. La ingenuidad de su boca. La travesura de sus senos. El menudo esqueleto que la sostenía. La levedad de su cuerpo encima del suyo. Las carnes, los huesos, sus pliegues, en un estrépito permanente. Las puntas de cabello rojo que le flanqueaban la mirada. Emilia emergía de la nada y se balanceaba deliciosamente, a horcajadas, sin pudor. Una muchachita quemándose en medio de sus ganas. Antonio, entonces, no tenía más recursos. Se desnudaba, abría el grifo de la ducha y llevando consigo a ese fantasma que amaba las ventanas y el olor de las mandarinas, apelaba al último recurso, bajo el chorro tibio de la ducha, compartiendo con el vapor del agua y los azulejos un orgasmo dulce y urgente.


 

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