 |
 |
|
La bola de cristal | | CARLO
FRABETTI | | 152 págs. |
| ISBN 84-96080-59-5 | |
15,20 €. | |  |
|
|  |
 |
 |
 |
|  |
La
bola de cristal Dolo era extraordinariamente bella, inteligente
e imaginativa, y cuando estaba de buen humor podía ser encantadora. Creo
que me habría enamorado de ella si no hubiera sido tan lánguida
como bella y tan ambiciosa como inteligente (dieciocho años de convivencia
con mi padre me habían vuelto alérgico a la ambición y, por
razones que no tengo del todo claras, la languidez siempre ha sido para mí
un poderoso anafrodisíaco). Dolo era una mujer-cereza: blanda por fuera
y dura de corazón, y a mí me gustaban las avellanas: sólidas
y con el corazón tierno (como Irenea, como Marinella, como Petra, de las
que hablaré más adelante). Dolo poseía, además,
un singular talento literario. En los primeros tiempos de nuestra amistad, durante
un par de meses trabajó furiosamente en un proyecto de novela autobiográfica,
y llegó a escribir más de cien páginas. Yo fui leyendo semana
tras semana lo que ella iba escribiendo, y pensé, y así se lo dije,
que tenía entre manos el embrión de una gran novela. Nuestra común
amiga Rosa Chacel, de acerado sentido crítico y poco proclive a los elogios,
estuvo de acuerdo conmigo; recuerdo el día en que, tras leer un primer
capítulo apresuradamente pasado a limpio, le dio un beso a Dolo y le dijo
con orgullo casi materno: "Serás famosa". (¿Por qué
"Serás famosa" y no "Serás una escritora importante"
o "Vas a escribir una gran novela"? Porque Rosa, y más en la
intimidad, solía llamar a las cosas por su nombre. Y lo que buscan la inmensa
mayoría de los escritores es la fama, aunque casi nunca lo reconozcan,
ni siquiera ante sí mismos. Entre los muy grandes, solo Chateaubriand admitió
abiertamente que escribía para alcanzar la fama, y que buscaba la fama
para conseguir amor). Pero la novela de Dolo era muy ambiciosa (en el buen
sentido de la palabra) y ella era aún más ambiciosa (en el mal sentido
de la palabra). Se desesperaba porque no obtenía resultados inmediatos.
No sirvió de nada que tanto Rosa como yo le repitiéramos una y otra
vez que había escrito un excelente borrador, pero que una novela de tanta
envergadura exigía mucho trabajo. Dolo quería que aquel borrador,
por arte de magia, se convirtiera de la noche a la mañana en el libro que
la haría rica y famosa. Cuando le dije, citando a Franklin, que el genio
se compone de una parte de inspiración y nueve de transpiración,
replicó con fastidio que lo de transpirar era cosa de albañiles
(yo debería haber contrarreplicado que, efectivamente, un escritor tiene
que ser a la vez el arquitecto y el albañil de sus obras, pero en aquel
momento no se me ocurrió). Dolo nunca terminó el libro. Un libro
que tenía al alcance de la mano y que (sigo pensándolo un cuarto
de siglo después) podría haber sido una de las grandes novelas de
su generación. Creo que aprendí mucho de aquella experiencia
vicaria. Asistir tan de cerca al proceso me permitió hacerlo casi mío,
percibirlo en toda su complejidad. Yo no era tan ambicioso ni tan impaciente como
Dolo, pero sí perezoso y disperso. Y el fracaso de mi amiga me hizo comprender
definitivamente que sin el trabajo más exigente y perseverante, sin una
especial capacidad de sacrificio y aun de sufrimiento, no se puede convertir una
idea interesante en un buen libro. Y luego comprendí, también con
la ayuda de Dolo, que esos mismos requisitos son necesarios para convertir una
relación interesante en una buena amistad. A principios
de los ochenta, Dolo me dijo que Televisión Española le había
encargado un programa infantil y me pidió que lo hiciéramos juntos.
Le propuse hacer algo humorístico y desmitificador a partir de los cuentos
maravillosos tradicionales, y ella comentó que lo de los cuentos estaba
muy bien, pero que había que dejarse de bosques y castillos. "Tenemos
que hacer algo urbano, moderno", me dijo. Pensé que un buen punto
de encuentro entre lo maravilloso tradicional y lo urbano era el inagotable tema
de la casa encantada, y como a la sazón yo estaba trabajando sobre la autorreferencia,
se me ocurrió que la idea madre del programa podía ser el supuesto
de que la propia sede de TVE (a la que solíamos referirnos como "la
casa", "esta santa casa", "esta casa de putas", etcétera)
fuera una casa encantada, secretamente habitada por unos duendes traviesos. En
aquella época aún no se habían informatizado los procesos
tipográficos, y el "duendecillo de la imprenta" no paraba de
hacer de las suyas. Me pareció interesante trasplantar el concepto a la
televisión, que es la sucesora mediática de la imprenta, y así
nacieron los Electroduendes y la bruja Avería. Le presenté a Dolo
un proyecto detallado (todavía lo conservo, y supongo que ella también),
y le gustó mucho. Solo faltaba el nombre del programa. Tardé varios
días en dar con él, aunque una vez encontrado parecía obvio:
puesto que se trataba de un programa inspirado en los cuentos maravillosos y en
el que la propia sede de TVE era la versión tecnológica de la casa
encantada, nada más adecuado que ver en el propio televisor el trasunto
electrónico de la vieja bola de cristal de los adivinos (así como
la bola de cristal era el televisor mágico de los antiguos videntes, el
televisor es la bola de cristal electrónica de los modernos televidentes).
Dolo, que tenía un ramalazo esotérico, acogió el título
con entusiasmo. Al principio, nuestra colaboración fue fructífera
y beneficiosa para ambos. Sin mí, ella no habría hecho La bola
de cristal; pero sin ella, justo es reconocerlo, yo no habría hecho
programa alguno. Durante los primeros meses fui el único guionista del
programa. Luego Dolo incorporó al equipo a su hijo, a su hija y al novio
de esta, que a pesar de su juventud e inexperiencia hicieron un trabajo excelente.
Fue un caso flagrante de nepotismo ilustrado, pero, por una vez, con resultados
positivos. La bola de cristal estuvo en antena durante más de
cuatro años y se convirtió en un programa de culto, uno de los más
famosos y polémicos de toda la historia de TVE. Gracias a su éxito,
fui invitado a dar numerosos cursos, seminarios y talleres de creación
audiovisual, en los que, naturalmente, usaba mis propios guiones como material
de trabajo y, cuando venía a cuento, refería el proceso de gestación
del programa y de los personajes. A principios de los noventa, y por motivos
que no vienen al caso (en realidad sí que vienen al caso, pero de momento
no voy a entrar en ellos), me distancié de Dolo, y a partir de entonces,
abusando de su condición de directora y cabeza visible de La bola de
cristal, ella me mantuvo al margen de todas las actividades relacionadas con
nuestro antiguo programa y evitó cualquier referencia a mí en sus
declaraciones públicas sobre el mismo. Hasta donde me fue posible, preferí
ignorar su penosa actitud; pero con motivo del vigésimo aniversario de
La bola de cristal, Dolo publicó un libro que pretendía ser la historia
oficial del programa y que, para mi consternación, se convirtió
en un best seller. En dicho libro, mi ex amiga no solo se atribuye la creación
de los Electroduendes, sino incluso la autoría de mis guiones, así
como la idea básica y el "inspirador" nombre del programa. Con
lo cual se estaba apropiando de mis personajes, de mis ideas y hasta de mis textos;
y, además, me dejaba como un embustero y un usurpador ante los cientos
de personas que en su día trabajaron con mis guiones y me oyeron contar
cómo concebí a los Electroduendes y a la bruja Avería, por
qué propuse llamar al programa La bola de cristal, etcétera. A
primera vista, puede parecer pura insensatez el hecho de que Dolo llegue al extremo
de atribuirse la autoría de mis guiones, puesto que están registrados
a mi nombre en la Sociedad General de Autores y yo figuro como guionista en los
correspondientes títulos de crédito; pero la explicación
de su aparente locura es tan sencilla como la de las flagrantes mentiras a las
que nos tienen acostumbrados los políticos. ¿Quién va a ir
a la SGAE a comprobar de quién son los guiones? ¿Quién va
a molestarse en revisar los programas, leer los títulos de crédito
y sacar las conclusiones pertinentes? Unas cuantas personas saben la verdad (entre
ellas, por supuesto, los principales colaboradores y colaboradoras de La bola
de cristal) y podrían confirmar mis palabras; pero ¿qué
puede importarle eso a Dolo frente a las decenas de miles de lectores de su libro?
A los hombres públicos y las mujeres públicas solo les preocupan
los índices de audiencia. La única manera de contrarrestar las
oprobiosas mentiras de Dolo (mandé notas de protesta a la editorial de
su libro -que no se molestó siquiera en acusar recibo de mi carta-, a TVE
y a diversos periódicos, pero con escaso resultado) sería que este
libro alcanzara la misma difusión que el suyo, lo cual es bastante improbable.
Así que, cornudo y apaleado, no me queda más consuelo que el del
buen Nietzsche: lo que no me aniquila, me hace más fuerte. O, cuando menos,
más cauteloso. Y más reflexivo. La traición de Dolo (a la
que un día consideré mi mejor amiga) me llevó a reflexionar
detenidamente sobre las transacciones materiales y morales en las que se basan
las relaciones humanas, y a revisar con especial atención las transacciones
más significativas de mi propia biografía (tanto las que he protagonizado
como aquellas de las que he sido testigo o intermediario). Algunos de los frutos
de esas reflexiones (conveniente o inconvenientemente literaturizados) están
en este libro, lo han hecho posible y necesario.
Una
aureola por cien liras
Yo tenía cuatro
años y mi conocimiento del dinero se limitaba a la reiterada constatación
de un fenómeno tan sorprendente como grato: la introducción de una
moneda de diez liras en la ranura de cierta máquina desencadenaba la aparición
de una deliciosa bola de chicle de un vivo color rojo, verde, amarillo o azul.
Otras cosas que había visto hacer a los adultos con monedas, casi siempre
me habían parecido carentes de interés, cuando no de significado. Aquella
tarde mi abuelo me dio una moneda de cien liras. Conocía mi afición
por las bolas de chicle multicolores, y me dijo con una sonrisa de complicidad: -Con
esto puedes sacar diez bolas. No dije nada (hablaba muy poco de pequeño),
pero me pareció evidente que mi abuelo se equivocaba: aquella moneda ni
siquiera cabía en la ranura de la máquina prodigiosa. Pero el padre
de mi madre era una continua fuente de satisfacciones, y se le podía perdonar
un despiste de vez en cuando. Así que le di las gracias y me metí
la moneda en el bolsillo, pensando que ya le encontraría alguna utilidad.
Tal vez hubiera máquinas de chicle con ranuras más anchas. Y con
bolas proporcionalmente mayores... Al cabo de un rato, mi madre y yo nos fuimos
de casa del abuelo. Faltaban pocos días para navidad y hacía bastante
frío. Mi madre me enrolló la bufanda alrededor de la boca, como
si quisiera amordazarme (precaución innecesaria, dada mi escasísima
locuacidad), me caló hasta las orejas mi ridículo sombrerito de
fieltro verde de inspiración tirolesa, y echamos a andar. Al doblar
una esquina nos encontramos con un par de obesas señoras amigas de mi madre.
Yo las detestaba, pues tenían la horrible costumbre de manosearme y besuquearme
mientras emitían alborozados gorjeos y grititos solo parcialmente articulados.
Además, exhalaban un olor dulzón y penetrante (mejor dicho, dos:
cada una el suyo), y sus mejillas siempre estaban pringosas. A pocos metros
de donde nos detuvimos a saludar a las señoras en cuestión, había
un mendigo con un cubilete metálico en la mano. Yo no sabía muy
bien lo que era un mendigo, pero había observado que a veces alguien echaba
una moneda en el cubilete, y entonces el indigente lo agitaba y hacia sonar la
moneda en su interior. Por supuesto, el significado último del extraño
ritual se me escapaba por completo; pero cuando no entiendes casi nada de lo que
ocurre a tu alrededor, lo incomprensible deja de ser sorprendente y se asume con
naturalidad. Más para eludir las efusiones de las pegajosas damas que
para comprobar la eficacia de mi moneda, corrí hacia el mendigo y dejé
caer las cien liras en su cubilete. Si una fría máquina me daba
un chicle por una moneda más pequeña, un ser humano tenía
que obsequiarme por lo menos con una chocolatina. Pero no: el indigente se
limitó a dar las gracias y a hacer sonar la moneda, cual badajo de tosca
campana, en su cubilete de hojalata. Menos recíproco que la máquina,
no me dio nada material a cambio de mis cien liras. Pero la recompensa, totalmente
inesperada, me llegó por otra vía. Mi madre y sus amigas habían
acudido junto a mí y me miraban con arrobamiento. -No lo puedo creer
-gorjeó una de las aromáticas señoras-. Tan pequeñito
y con ese sentido de la caridad. -Es un angelito -cloqueó la otra-,
un precioso querubín rubio. -Sí, la verdad es que es un niño
muy bueno -añadió mi joven e ingenua madre, visiblemente conmovida. -¿Me
la ha dado un niño esta moneda? -preguntó el mendigo, que era ciego,
agitando de nuevo el cubilete para hacer tintinear mi óbolo. -Sí
-contestó la más corpulenta de las damas-, un niñito de tres
añitos. -Cuatro -repliqué a través de la bufanda que me
amordazaba, pero nadie pareció oír mi protesta. Omitiré,
sobre todo por pudor, las manifestaciones de entusiasmo a las que las dos señoronas
y el propio ciego se libraron durante los minutos siguientes. Yo no entendía
nada, pero me daba cuenta, con la peculiar perspicacia de los niños pequeños
para cazar al vuelo todo lo que puede beneficiarlos, de que mi prestigio había
subido varios puntos. Y aquello no fue más que el principio. El relato
de mi precoz sentido de la caridad circuló rápidamente entre parientes
y allegados, y no tardé en convertirme en el paradigma de la bondad infantil.
Mis bucles dorados y mi escasa locuacidad contribuyeron no poco a reforzar la
imagen, y me vi recompensado con el título de bimbo d'oro. Los niños
son pequeños estructuralistas natos. Aunque no entiendan el significado
profundo de muchas de las cosas que suceden a su alrededor, captan con suma rapidez
los esquemas operativos, las secuencias causales que conducen a determinados efectos.
Y, como todos los sistemas complejos adaptativos, utilizan ese conocimiento pragmático
para maximizar sus posibilidades de supervivencia y sus cuotas de placer. Yo no
tardé en darme cuenta de que representar el papel de "niño
de oro" me reportaba sorprendentes beneficios, y, sin tener más que
una muy vaga idea de su significado, adopté la bondad como estrategia óptima. Pues
ser bueno no solo era sumamente rentable, sino bastante fácil. Consistía,
sobre todo, en permanecer quieto y callado en determinadas circunstancias, y en
desprenderse de vez en cuando de pequeñas cosas materiales sin pedir nada
a cambio. El mero hecho de regalarle un juguete viejo al hijo de la portera podía
obrar milagros. Medio siglo después, y sin que yo haya dado nunca grandes
muestras de bondad, mi anciana e ingenua madre sigue diciendo que soy un santo. Un
rompecorazones por un rompecabezas En la
pinacoteca de San Carlos, Jane se quedó fascinada ante el Cristo de Juan
de Juanes. -¡Qué guapo! -exclamó-. Y cuando te desplazas
lateralmente, parece seguirte con la mirada. Es un poco inquietante, ¿no
crees? -Lo inquietante sería que dejara de mirarte -reí. -¿Qué
quieres decir? Non prendermi per il culo... Hablábamos en una koiné
personal hecha de un sesenta por ciento de inglés, un treinta por ciento
de italiano y un diez por ciento de castellano, con trazas de francés. -Un
cuadro es una figura plana -le dije-. Si nos desplazamos lateralmente, vemos exactamente
lo mismo que de frente: las figuras se adelgazan un poco a causa de la perspectiva,
pero siguen siendo las mismas; no podemos verlas lateralmente, puesto que solo
existe su vista frontal. Las pupilas de Jesús siguen en el centro de los
ojos independientemente de dónde esté el observador, y lo mismo
pasa con la nariz: no podemos verla de perfil por más que nos ladeemos,
pues solo existe su vista frontal. No es una estatua ni un bajorrelieve, sino
una figura plana. Por tanto, te pongas donde te pongas, siempre verás la
punta de la nariz en el centro del rostro y las pupilas en el centro de los ojos;
es decir, tendrás la sensación de que Jesús te mira directamente
a ti. ¡Lo realmente inquietante sería que dejara de mirarte! -Pero
con otros cuadros no pasa eso. -Porque los pintores suelen eludir la mirada
frontal en sus retratos, precisamente para mantener la separación entre
el mundo del cuadro y el mundo del observador. Y otras veces los ojos no están
tan bien definidos como en este caso, y el efecto no se nota tanto... Salimos
del museo y fuimos a pasear por el contiguo parque de Los Viveros. Solo faltaban
unos días para la primavera y hacía una mañana espléndida. Nos
sentamos en un banco de la rosaleda. -Me encantan las rosas -dijo Jane-. Mi
casa está toda pintada de rosa... Tienes que venir algún día. -Lo
haré. -¿De veras? -Te lo prometo. Pero nunca fui a casa
de Jane. Murió antes de que yo pudiera cumplir mi promesa. Me acuerdo de
ella casi todos los días. -¿Cómo era eso que me cantaban
anoche en el parador? -me preguntó tras una pausa. -"Qué
buena estás, María..." -canturreé. -¿Y qué
significa? -Es una cancioncilla popular. Se la cantan a las chicas guapas. -Pero
"buena" es good, ¿no? -Sí, pero el significado varía
según el verbo. "Eres buena" significa You are a good girl, pero
"estás buena" significa You are beautiful. -¿Tú
me encuentras beautiful? -Sí, claro. -No, claro no. -Ya sabes
que eres muy guapa. -Podría serlo para otros y a ti no gustarte. -Sí,
sí que me gustas. -Pero ¿anoche estaba más guapa? -No,
estás mucho más guapa ahora. Llevaba una camisa a cuadros, pantalones
tejanos y gafas de gruesa montura de concha; iba sin maquillar y se había
recogido el pelo en un par de coletas. Era a la despampanante vampiresa de la
noche anterior como Clark Kent a Supermán. Se quitó las gafas y
me dijo: -Dame un beso. La besé apresuradamente en la mejilla, y
ella se echó a reír. -Para ese beso no necesitaba quitarme las
gafas -dijo-. ¿Cuántos años tienes? -Cuando tenga los
que tú tienes, tú tendrás el cuádruple de los que
yo tenía cuando tú tenías los que yo tengo. -No puedo
resolverlo sin saber cuántos años tengo. -¿No sabes tu
propia edad? -Sí, pero no sé la que tú crees que tengo. -He
leído en algún sitio que tienes veintisiete años. -En
realidad tengo veintinueve, pero no me gusta tener casi treinta, así que
me quito dos. Bien, sabiendo que creías que tengo veintisiete, ya puedo
calcular tu edad... ¡Dieciocho! -exclamó al cabo de unos segundos. -La
has calculado muy rápido, y mentalmente. -¿Te sorprende que no
sea del todo tonta? -No basta con no ser del todo tonta para resolver este
problema tan rápido y sin lápiz. -No intentes desviar mi atención
con halagos... ¿Realmente tienes dieciocho años? -Puedo enseñarte
el pasaporte. Si tú me enseñas el tuyo. -Pareces mayor, veintiuno
o veintidós. -Y tú pareces más joven. En realidad,
yo tenía diecisiete años y medio. Pero como estaba unos días
más cerca de los dieciocho que de los diecisiete, no lo consideré
una mentira, sino un simple redondeo. Jane me miró en silencio durante
unos segundos, y luego dijo: -Ahora te pongo un problema yo a ti... Si al apretar
un botón muriera un chino desconocido, un anónimo habitante de lo
más profundo de la lejana China, un chino solitario de cuya muerte nadie
se enteraría, y a cambio te dieran un millón de dólares,
¿apretarías el botón? -Eso no es un problema -protesté-.
Me ofende que tan siquiera me lo preguntes, como si contemplaras la posibilidad
de que yo pudiera matar a un pobre chino por dinero. -Muy bien, esa indignación
es la respuesta correcta -rió-. No me habría conformado con un simple
no. Has ganado el premio especial. -¿En qué consiste? -Enseguida
lo verás. Pero primero ponme otro de esos acertijos lógicos. Me
encantan. -¿Quieres que te ponga uno difícil? -Sí,
por favor. Adoro los problemas difíciles. Mi propia vida es un problema
difícil. -De acuerdo... Un rey decide dejar en libertad a uno de los
tres prisioneros que hay en los calabozos de su palacio; ordena que los lleven
a su presencia, y les dice: "En este baúl tengo tres sombreros blancos
y dos negros, y voy a poneros uno de esos sombreros a cada uno". El rey da
una palmada, los criados corren las cortinas y la sala queda a oscuras; le pone
un sombrero blanco a cada prisionero, da otra palmada y los criados descorren
las cortinas. Cada preso puede ver los sombreros de los otros dos, pero no el
propio, y tampoco los que están en el baúl. "Quien deduzca
de qué color es el sombrero que lleva, quedará en libertad",
dice el rey. Los presos se miran durante unos segundos, y uno dice: "No sé
de qué color es mi sombrero". Poco después, otro dice: "Yo
tampoco". Y entonces el tercero dice: "Mi sombrero es blanco".
¿Cómo ha llegado a esa conclusión? -Si el primero que
habla hubiera visto dos sombreros negros, habría sabido inmediatamente
que el suyo era blanco -razonó Jane-. Pero si hubiera visto uno blanco
y uno negro habría dudado igual que al ver los dos blancos, luego, ¿cómo
puede estar seguro el tercero de que el suyo es blanco...? ¡No me lo digas! -No
te preocupes, no pienso decírtelo aunque me lo supliques -bromeé. -Cuando
estoy a punto de agarrarlo, se me escapa -dijo al cabo de unos minutos, entre
divertida y desasosegada. -Así es. Es el típico problema escurridizo... Luchó
con el rompecabezas durante un buen rato. Al final lo resolvió. Sin ayuda. -Enhorabuena
-la felicité-. Mi padre dice que las personas se dividen en tres grupos:
las que resuelven el problema de los sombreros, las que no lo resuelven pero lo
entienden cuando se lo explicas, y las que ni siquiera cuando se lo explicas logran
entenderlo. Y, según él, solo las del primer grupo son realmente
inteligentes, aunque la inmensa mayoría de las personas pertenecen a los
otros dos. -Me gusta tu padre -rió-. Dale esto de mi parte. Volvió
a quitarse las gafas, me cogió la cabeza con ambas manos y me dio uno de
esos besos que te hacen estallar el corazón.
|