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Si Sabino viviría

IBAN ZALDUA

192 págs.

ISBN 84-96080-57-9

15,20 €.

Si Sabino viviría  (00106)

 

 

 


Nueva Euzkadi

No tendría que haber aceptado. Son las cosas que siempre se dicen una vez que ya estás metido, y hasta el cuello. Pero lo cierto es que hice mal, primero, en levantarme aquella mañana lo suficientemente sobrio como para leer y descifrar el ultrafax que me enviaba -aunque todavía no lo sabía- el TBB, y, segundo, en picar el anzuelo de los trescientos mil euros nuevos que agitaron delante de mis narices por bajar al Vertedero. Ahora estoy muerto. Es una extraña sensación. Es como si te estuvieran haciendo cosquillas en la planta de los pies todo el rato. Y está el calor. Ese calor en el pecho.
Todo comenzó hace unos meses. Estoy en el sofá de mi oficina -un local húmedo y oscuro, en la torre de viviendas más alta de Arboleda, decorado sólo con los viejos hologramas que regalan con el Interviú y algunas cabezas disecadas de gertos, recuerdo de las partidas de caza de mi padre en la nebulosa XP21-, durmiendo la mona, cuando bipbipbipbipbip recibo un ultrafax, me levanto y, cosa infrecuente, lo leo al instante. Ni siquiera mi dislexia me hace dudar: el asunto huele a pasta de la buena. Casi en tono de mando se me convoca para dentro de dos días estándar en Nueva Euzkadi, lo que se me antoja un poco precipitado, pero el código adjunto para obtener un billete gratis en la hiperlumínica de las 4.40 de Lufthansa y en Very First Class no ofrece lugar a dudas. Me encantan las azafatas de Lufthansa. Y también los azafatos, qué duda cabe. Todos manufacturados por la Riefenstahl Corporation. Ya, ya sé. Pero uno tiene sus fetichismos, qué demonios. De cualquier modo, aunque lo repasé de arriba abajo, el texto del ultrafax no especificaba si el billete incluía el servicio completo.
No lo incluía: mala suerte. Pese a todo, puedo decir que el viaje fue delicioso, casi perfecto, especialmente después de haber pasado por el compartimiento de la Tourist Class y haber comprobado el apiñamiento en hamacas de metal de trescientos cincuenta pasajeros sin suerte y abandonados por sus desodorantes biogenéticos. En primera no íbamos más que un eurodiputado que regresaba a casa y yo. "José Antonio Anasagoiti, encantado", se presentó. A simple vista parecía bastante envarado, pero no tardé en comprobar que hasta los políticos pueden ser personas. El bourbon era sintético-nacional pero gratis, así que nos corrimos una juerga de dos días que pasará a los anales de la compañía interestelar, o eso pienso, si tenemos en cuenta el número de veces que enviaron a los robots sanitarios a inyectarnos genodramina contra algo que no se sabía bien si era mareo espacial, curda cósmica o una indisoluble combinación de ambos males. Algo me decía que más valía llevar mi asunto con discreción, así que por supuesto no revelé mi verdadero nombre y adopté una de mis más queridas identidades secretas, la de Juan José Nadal, comerciante de leche en polvo irradiada para planetas en vías de desarrollo, empleo lo suficientemente poco respetable como para no llamar la atención en primera clase. El eurodiputado se lo tragó -al menos eso me pareció- e incluso me dejó su tarjeta por si durante mi "viaje de negocios" tenía tiempo de hacerle una visita en la capital: conocía una sidrería donde hacían una tortilla de surimi de bacalao para chuparse los dedos.
Digo que el viaje fue casi perfecto, porque no hubo manera de. Y yo llevaba más de un mes de secano; bueno, casi de secano, y aquella me pareció la ocasión perfecta. De acuerdo, mi billete no incluía servicio completo, pero siempre se puede apañar algo con el personal de vuelo; no tiene por qué resultar tan caro. Bueno, en las 3Dnovelas de amor y lujo es así, por lo menos, y en ese momento me interesaba que fuera la naturaleza la que imitara al arte. El eurodiputado no era mi tipo, qué se le va a hacer, y, además, no parecía demasiado interesado en nada aparte del alcohol y el fútbol, pero había una azafata que no estaba mal. Una de las veces en que el político se quedó grogui, conseguí acercarme a ella e incluso hacerme entender con el poco alemán que sé, fruto de los cuatro primeros fascículos que adquirí de la colección Aprenda alemán en dos meses estándar. Siempre me pasa lo mismo: me compro la oferta de lanzamiento pero enseguida me canso y me apunto a la siguiente, a la de Huevos psicodélicos andromedanos en miniatura, por poner un ejemplo, y así sucesivamente. Aunque hay que reconocer que la de los huevos andromedanos era cojonuda: no parecían reproducciones y el efecto alucinógeno era casi perfecto; además, con el segundo número te regalaban una huevera ¡de auténtico cartón! Una joya de colección; casi la terminé.
Inge 4x4, aunque no a la primera, acabó por descifrar mi alemán -un milagro- e incluso llegó a mascullar una cifra, que yo tampoco entendí a la primera, ni a la segunda. A la quinta sí, y resultó ser relativamente más elevada de lo que en un principio esperaba. De perdidos al río, decidí, pensando en el fajo de billetes que de seguro me esperaba en Nueva Euzkadi. Nos fuimos a uno de los reservados del fondo, desde el que se podían escuchar con claridad los estertores de los pasajeros de segunda clase, sensación extraña pero en ningún caso desagradable, y, nada más entrar, Inge 4x4 pidió una Bratwurst doble -"Das macht dir doch nichts aus, oder?", me dijo-, y eso sí que me excitó muchísimo, aunque no supe muy bien por qué, ni qué pretendía hacer con la salchicha. De cualquier manera, la sutileza no era lo suyo: antes de que llegara el pedido, su mano derecha había buscado y hallado mi entrepierna, y había notado el abultamiento del tejido de tergal de mi pantalón. Yo intenté pegarme más a ella, pero en ese instante se abrió la trampilla neumática del reservado y apareció el cilindro de plástico que contenía la enorme Bratwurst humeante. La cogió al vuelo y empezó a manipularla de tal manera que, sin poder evitarlo, se me tordularon los hurgalios, uno detrás de otro. "Mierda -pensé-; que no se dé cuenta, que no se dé cuenta", pero era tan evidente como mi erección. Se dio cuenta. Emitió un gritito de horror.
-Du bist ein Dreifaltig!
Sí, y un trino trisexual, además. Qué se le va a hacer...
-Bueno, tampoco es para tanto... -intenté, conciliador.
-Und wann wolltest du mir das sagen, du Arsch?
Nunca: sólo se lo hubiera dicho de haber sido inevitable. Hay maneras de disimularlo, además. Pero me falta autocontrol, en esas ocasiones. Los malditos hurgalios. Lo de la Bratwurst había sido fatal.
-Creía que te habías dado cuenta y que no te importaba... -mentía como un bellaco y, lo que es peor, se me notaba.
-Schwein! -me insultó, contundente, y luego se quedó callada, como si le hubieran fallado las fuerzas. Fue un momento de silencio que, no sabría decir por qué, se me antojó estimulante.
¿Me atrevería?
-Entonces, de follar, ¿nada? -me atreví.
Inge 4x4 se marchó dando un portazo, cosa realmente difícil tratándose de una puerta automática. Pero lo logró, lo juro.
Me senté en el sofá del reservado. A pensar; ni siquiera tenía ganas de cascármelos. La excitación había desaparecido como por arte de ensalmo. El eskay se me pegaba a la espalda a través de la camisa. Mordisqueé la Bratwurst sin demasiada convicción: estaba buena. Maldije por un momento la hora en que a mis bisabuelos les dio por hacerse el injerto: en aquella época nadie estaba seguro de si los nuevos órganos se transmitirían hereditariamente, pero era la moda y a nadie se le ocurrió pensar en las consecuencias. Sobre todo teniendo en cuenta que las tendencias cambiaron enseguida y lo que resultó ser una moda más duradera fue la marginación que en muchos planetas empezó a sufrir el colectivo de trinos. Más aún cuando la mayoría de los hijos de los primeros trinos heredaron alguno o muchos de los órganos que se habían injertado sus padres; cuando con la tercera generación ocurrió lo mismo, se convirtió en un hecho permanente: el género humano tenía un tercer ídem y las permutaciones posibles de las identidades sexuales se multiplicaron.
Hurgalios, noemas, orfelunios y nóvalos: eran lo único que nos quedaba de los extintos arturianos; bueno, eso, seis o siete museos repletos de objetos de arte y piezas étnicas y unas cuantas ruinas proclamadas Patrimonio de la Humanidad -qué ironía- en Arcturus IV, su planeta natal. La compleja sexualidad de los arturianos llamó enseguida la atención de los gabinetes bioestéticos de origen terrícola, que, sin estudiar muy a fondo su funcionamiento y los intrincados ritos sexuales arturianos -todavía hoy objeto de debate-, escogieron cuatro de los siete órganos sexuales de la especie, los únicos compatibles con la fisiología humana, montaron un programa de donación de órganos en Arcturus, y empezaron a ofertar un paquete de trasplantes a lo largo y ancho de los planetas humanos, con un éxito inesperado que, como tantas modas -el hula-hoop de plutonio, los piercings para muñones, el karaoke ruso de cinco balas- fue flor de un día. Las consecuencias, sin embargo, tuvieron una mayor trascendencia histórica.
Mientras tanto, los arturianos desaparecieron de la faz del universo: el contacto con los humanos fue fatal para ellos. La causa de la extinción, una variedad de herpes que supuestamente llegó en una nave comercial humana mal esterilizada y que se convirtió rápidamente en epidémica. Bueno, el herpes y un par de guerras con la Unión Europea para dirimir los límites de la zona de colonización planetaria. Veinte años después del primer contacto los arturianos no eran más que un recuerdo; muy presente, eso sí, para los varios millones de trinos que pululábamos por el universo.
En fin.
Pensar me cansa, así que, finalmente, decidí masturbarme. Me vengué a conciencia: perdidito les dejé el reservado. Deseé que fuera la misma Inge 4x4 quien tuviera que limpiar el desaguisado. Iba a necesitar mucho biodetergente.
Volví donde el eurodiputado, al que acababan de despertar aplicándole una mascarilla de cafeína, como él mismo había pedido. Anasagoiti estaba de muy buen humor.
-¿Qué, continuamos con la juerga?
-¿Por qué no? -respondí, algo más animado.
Anasagoiti pidió más Jim Daniels por el interfono. Y un par de botellas de pacharán La Navarra. La combinación prometía.
-Habrá que comer algo, ¿no? Unas salchichas, ¿le parece? Me han contado que las cocinan bárbaras, aquí.
-Mejor no -titubeé-. Prefiero codillo, o algo así.
-¡Con chucrut!
-Con chucrut.
-¡Adelante, pues!
No hay nada como la sana camaradería heterosexual masculina. Sobre todo si no hay ninguna posibilidad de sexo por los alrededores. Me preparé para sumergirme una vez más en los vapores del alcohol.
El eurodiputado me echó el brazo al hombro. Supe que iba a ponerse a cantar.
El himno del Athletic. Cómo no.


Me despedí de Anasagoiti antes de pasar por la aduana: el coche oficial le estaba esperando, me dijo, y yo, sin embargo, tendría que unirme al resto de los pasajeros en la zona de control, la parte más engorrosa del viaje. Con los cibertzainas me convenía más utilizar mi verdadero pasaporte, así que tras el análisis de sangre, las mediciones craneométricas y los consabidos "¿Piensa usted quedarse mucho tiempo?", "¿Tiene intención de atentar contra el Lehendakari?" y demás, me estamparon en la solapa un visible adhesivo verde con una eme minúscula en medio y me soltaron. Aquello me daría más libertad de movimientos en el planeta que a la mayoría de los demás turistas, que salían con la eme mayúscula sobre fondo rojo. Todo gracias a que mi madre se apellidaba Belausteguieta. Este pequeño detalle me eximía, por ejemplo, de tener que tomar uno de aquellos lentos aerotaxis para maketos, tan poco apropiados para una huida si algo salía mal. También podía alquilar un planeador, pero me desanimé en cuanto eché una ojeada al listado de las zonas que estaba prohibido sobrevolar: ni los campos de tiro de la Ertzantza, ni los gulags cooperativos, ni las reservas nativas -siempre al borde del levantamiento, según los rumores que corrían por la galaxia-, ni los campos clandestinos de adormidera con destino a la fabricación de parachacolí; con tanta excepción, la navegación se convertía en un ejercicio arriesgado ("La DCA disparará contra todo aquel que viole las zonas de exclusión aérea"), y no tenía la menor intención de meterme en líos: tomaría un taxi.
De todas maneras, ni siquiera hizo falta buscar transporte. Suponía que mi cliente daría alguna señal de vida en el astropuerto, pues en el ultrafax no había ninguna indicación clara sobre lo que tenía que hacer después de llegar a Loiu Terminus. Me hicieron una seña desde un coche oficial y me subí a él. El eurodiputado que había conocido en la nave estaba allí. La verdad es que tenía que habérmelo olido. El tipo sonreía detrás de sus gafas oscuras y me saludó de nuevo.
-¿Ha tenido usted buen viaje, señor Nadal...?, ¿o debería decir señor López Belausteguieta?
-Preferiría que me llamara Cosmic Josemi, si no le importa, señor... -estoy muy orgulloso de mi alias: todo detective galáctico que se precie ha de escoger uno o, si puede, más de uno a lo largo de su vida profesional. En inglés, aunque sólo sea parcialmente; si no, no tiene gracia. Es una tradición.
-Oh, vamos, olvídese del nombre que le he dado. Como usted supondrá bien, ni me llamo Anasagoiti ni soy eurodiputado, sino...
-... un agente de Gobierno Vasco, o mejor dicho, del TBB, encargado de vigilarme. Muy listos, sí señor.
-En cualquier caso, estamos bastante contentos con su actuación -repuso, tras una corta pausa, el agente-. Vemos que es usted capaz de hacer las cosas con la necesaria... discreción.
-No me diga...
-Ahora bien, lo de la escapadita al reservado...
Malditos puritanos. Volví la vista hacia el exterior del vehículo.
El Hispano-Suiza volaba ya, bajo y muy rápido. Yo intentaba aparentar tranquilidad, frialdad, dominio de la situación. En la academia siempre era el más hábil en adoptar la pose "flema británica". La verdad es que ardía en deseos de saber de qué iba todo aquello.
-En fin, quizá podría indicarme, si no le parece mal, cuál es la razón de este viaje, señor...
-Puede llamarme señor Robles, si le apetece. No se precipite, habrá tiempo para todo. Disfrute del paisaje mientras llegamos.
A mí lo del paisaje, la verdad, me deja un poco frío, pero por no llevarle la contraria miré. La "armónica dispersión de caseríos y ermitas por los verdes e irregulares valles" sobre la que tanto se prodigan los paquetes tridi de la Consejería de Turismo era bien visible a lo largo de todo el recorrido, y también la enorme extensión de los bosques de coníferas, de la que no se proporciona tanta información para no reconocer los reiterados fracasos de la Administración en aclimatar robles y hayas. Quizá haya que explicar, sobre todo si no han estado nunca en esta joya del universo, que Nueva Euzkadi es un planeta muy montañoso y que tiene la particularidad de que sólo están habitadas las zonas templadas, mientras la amplia banda ecuatorial es un desierto pedregoso despoblado; bueno, casi despoblado, pues la escasa población nativa fue confinada, cómo no, en las reservas creadas en sus aledaños. Las concentraciones de H2O superficial son muy escasas y, aunque hay algunos grandes lagos, no se pudo llevar a cabo uno de los programas seminales de la colonización, el Plan Arrantzale: la fauna local no permitió la introducción permanente de bonitos y anchoas genéticamente modificados para el agua dulce. Ni siquiera dotándolos de dentaduras de escualo -los laboratorios zoogenéticos de Gobierno Vasco trabajaron a destajo durante aquellos primeros meses- pudieron hacer frente a los corcones locales, a los que bonitos y anchoas se les antojaron manjares exquisitos. Y, cómo lo diría, lo cierto es que una costera del corcón no es lo mismo que una de la anchoa.
Al fin y al cabo, así lo cuentan las malas lenguas, el mundo asignado a Gobierno Vasco por la Unión Europea de Planetas era un "resto de serie" y tampoco es cuestión de pedirle peras al blatzoc.
Surcamos el espacio aéreo de Hiriburu, la capital. Chalés de tipo labortano, viviendas de más de diez plantas estilos Alza y post-Txurdinaga, bares de pinchos, gente con kaiku, boina y trenzas rastafari por todas partes. El decorado era casi perfecto, como podía darse cuenta cualquiera que hubiera hecho un par de cursos de Historia del Arte en el bachillerato. El aerocoche tuvo que sortear un par de reproducciones monstruosas -una de Chillida y otra de Oteiza- que se alzaban a más de veinticinco metros del suelo. Casi nos la pegamos.
-No se preocupe, el chófer sabe lo que hace -trató de tranquilizarme Robles.
Poco después, un poco bruscamente, nos posamos frente a un bar de aspecto destartalado en las afueras de la ciudad. El tabernero, sin que mi acompañante le hiciera una sola señal, nos condujo a la trastienda indicándonos que bajáramos por una escalera de mano que penetraba en un pozo bastante profundo. Al final de la escalera e iluminado por una potente luz de neón había un túnel que se perdía en una curva. Un vehículo monopatín CAF nos esperaba con los motores encendidos. El viaje por el túnel fue fugaz; la velocidad, de vértigo. Cuando paramos, no me cabía ninguna duda de que nos hallábamos en los sótanos de Jauregia, la sede central del Tecno Buru Batzar.
Cualquiera que haya visto alguno de los anuncios del Nódulo de Atracción y Turismo de Hiriburu habrá podido comprobar que la reproducción del Palacio de Juntas de Guernica, con su bonsái del Viejo Roble y todo, queda bastante empequeñecida junto a Jauregia, el enorme edificio de cristal, cemento y titaluminio que domina, junto a la catedral de Nuestra Señora de Begoña, las alturas de la villa. Tras las inevitables y siempre molestas comprobaciones de los cibertzainas de combate que custodiaban aquel acceso secreto, un miñón de protocolo nos condujo hasta la Gran Sala de Jauregia. O sea, que se trataba de un encuentro al más alto nivel. Empecé a ponerme nervioso y a pensar que quizá no había sido tan buena idea, después de todo, aceptar aquel trabajito, fuera lo que fuera. A pesar del bourbon de la astronave. El señor Robles se despidió de mí ante las altísimas puertas de acero del reducto del Tecno Buru Batzar.
-De ahora en adelante es cosa de ustedes -me susurró, no sin cierto tono burlón. Me despedí con una mueca. La resaca se me había borrado de golpe.


-Egunón, señor L. Belausteguieta -la voz, grave, provenía de todas partes y retumbaba contra las paredes del enorme recinto abovedado. Frente a mí, un amasijo de tubos, luces parpadeantes, plataformas, escalinatas de mantenimiento y cintas de información girando sin cesar, alto como un edificio de cuatro plantas y coronado con los símbolos del Viejo Partido. Era su voz. La Voz.
-Esto..., buenos días -no me atreví siquiera a entonar mi habitual sonsonete "Puede llamarme Cosmic Josemi, doc...". Mucho menos a replicarle con un "López Belausteguieta, si no le importa"; le tengo mucho aprecio al apellido de mi madre. De acuerdo, estaba acojonado.
-No tenemos mucho tiempo, así que me perdonará si omito los detalles históricos -la Historia nunca ha sido mi fuerte pero, en fin, si se me escapaba algo, para eso estaban las conexiones neuronales con la Enciclopedia Galáctica-. Necesitamos a un sujeto como usted para una tarea, diríamos, relativamente delicada. Cabe añadir que se trata de una misión de carácter altamente patriótico, de la que cualquier euzkadiano podría sentirse orgulloso. Y peligrosa, bien es cierto. Aunque en su caso supliremos el patriotismo por una buena cantidad de dinero, si no le parece mal.
Silencio. Era incapaz de decir nada, aunque sabía bien que todo aquel dispositivo no era más que una tramoya audiovisual cuyo único objetivo era impresionar. El espacio físico ocupado por el TBB -un superordenador de ultimísima generación, autorreciclable y prácticamente indestructible- podría no ser mayor que una habitación de tres metros cúbicos y estar detrás de todo aquel escenario a lo Star Trek o a cientos de kilómetros de distancia. Pero el sitio cumplía con su cometido a la perfección. El Partido seguía teniendo en nómina a un buen plantel de psicoasesores.
-Como habrá supuesto, se trata de una acción de vital importancia para el TBB y, por lo tanto, para Nueva Euzkadi. Iremos al grano. Quizás no lo sabrá, pero en la base de la Inteligencia Artificial del TBB (y esto es lo que nos diferencia de la mayoría de los otros Sistemas de Control Democrático y MacroPolitburós) hemos logrado fundir el genio político de nuestros mejores y más destacados dirigentes e ideólogos de los últimos seis siglos y medio: Gallastegui, Aguirre, Ajuriaguerra, Uzturre, Arzalluz, Monzón, Garaicoechea, Montero, Idígoras, Ibarretxe, Aizpuru-Murua, Atxurra, Etxezarra-Ndongo, Deliseviczarreta, etcétera... Nombres que no le dirán nada, espero. Gracias a complicados procesos tecnogenéticos hemos logrado rescatar la "personalidad", por así decirlo, de estos prohombres. Y, en cierto sentido también, nosotros somos ellos y ellos son nosotros. Conjugando sus virtudes y eliminando los escasos defectos, e insertos en uno de los modelos macroinformáticos más potentes de la Galaxia, podemos hacer frente a todos los problemas políticos de nuestra más bien, como usted sabe, revuelta federación. Prever las consecuencias de determinada acción, complotar adecuadamente con esta o aquella fuerza del Parlamento Estelar, administrar con justicia los recursos del planeta (respetando, por supuesto, la libertad de iniciativa de los ciudadanos); en fin, todo lo que forma parte de la función del clásico equipo político, repito, todo, lo llevamos a cabo conjuntamente, sin fisuras y teniendo en cuenta el bagaje de centurias y centurias de experiencia.
Estaba empezando a aburrirme. Aunque acostumbrado al ritual orgullo de nuestros ordenadores y robots, no me hallaba en absoluto preparado para soportar una autohagiografía de dimensiones épico-cósmicas. Sobre todo sin ni siquiera saber a qué venía.
-Se preguntará con qué objeto le cuento todo esto -concho, pensé, ¿acaso alguna de aquellas apolilladas glorias había desarrollado poderes telepáticos allá en la vieja Tierra?-. En la época del Corto Adiós el proyecto del TBB estaba ya muy avanzado, pero la precipitación con que tuvimos que abandonar la Tierra nos impidió completar todos sus objetivos. Tejidos y muestras genéticas de todos esos dirigentes que le he mencionado viajaron sin problemas hasta aquí y lentamente fuimos haciendo realidad el sueño de las primeras e imperfectas células del TBB...
-Pero algo falló...
-Efectivamente. Minuciosas investigaciones internas han descubierto que la negligencia o la traición de algún funcionario del tiempo de la colonización resultó fatal: por alguna razón, una de las muestras genéticas más importantes (la más importante) no se recogió y fue sustituida por una falsa. Nos ha costado lustros detectarlo. Pero es vital. No voy a extenderme en describirle la batalla política que se avecina con la asignación de los nuevos planetas paraterráqueos descubiertos en las Nubes de Gargon; supongo que estará enterado por la ultraprensa -aquí se equivocaba: no estaba abonado más que a los canales deportivos y a los pornográficos, y me los cortaban casi todos a mitad de mes por no satisfacer las cuotas a tiempo. Pero no le saqué de dudas-. Resumiendo: tenemos que poner en juego toda nuestra capacidad. Y para ello nos falta la pieza fundamental. Nuestro Fundador. Su misión será traernos los restos de Sabino Arana -los primeros compases del Gora ta gora hicieron temblar toda la sala.
De pronto caí en la cuenta.
-¿De la Tierra? -pude pronunciar no bien se apagaron aquellas notas-. Ustedes están tarados. No será servidor quien se atreva a bajar a esa sopa de fideos radiactivos y tribus oligofrénicas. Olvídenme.
-¿Ni siquiera a cambio de diez millones de lizardis?
Hice un cálculo rápido. No estaba mal. Pero que nada mal.
-Más gastos, supongo -me atreví a sugerir.
-Más gastos, cómo no -respondió la máquina (¿burlona?).
-Pero ¿por qué yo? No tiene sentido. Podrían utilizar un agente mil veces mejor entrenado, o un robot de asalto, qué sé yo. Les saldría más barato y sería más seguro.
-Ciertamente. Pero los espías enemigos caerían enseguida en la cuenta. Recuerde que la Tierra está aún bajo mandato de la ONU, o de lo que queda de ella. Ya sabe de nuestras relaciones con esta institución. Tampoco queremos alarmar a nuestros "colegas" europeos. Y menos aún a... Tauro, ya sabe cómo son. Si esto funciona estaremos más cerca del liderazgo interestelar que nunca. No nos podemos fiar ni siquiera de nuestros tradicionales aliados. Sin embargo, nunca sospecharán de un detective piojoso como usted, oriundo de La Margen, un sistema tributario de Tauro, además. Saben que cualquier euzkadiano se cortaría la lengua antes que hablar siquiera con uno de ustedes.
¿Era posible captar en aquella verborrea electrónica un deje de desdén? Me lo estaba pareciendo.
-Menos aún siendo un..., un desviado, como es su caso.
No, no me lo estaba pareciendo: era así. Ni que decir tiene que Nueva Euzkadi es uno de los planetas más discriminatorios con los trinos, aunque la Saint Sebastian Guide cifra en más de un siete por ciento el porcentaje de criptotrinos en su población. Y ofrece una lista de locales semiclandestinos que no pensaba desaprovechar, si me daban ocasión.
-Usted está aquí de incógnito. Sólo tendrá que proporcionarnos el número de su cuenta y le abonaremos ahora mismo la mitad. Los otros cinco millones los tendrá después de que el asunto esté resuelto.
-Pero mi experiencia en misiones terrestres es nula, no sabría...
-No se esfuerce, señor L. Belausteguieta. ¿Cree que no lo sabemos todo de usted? Incluso lo de los al menos dos trabajitos que ha llevado a buen término en la Vieja Tierra..., en el Vertedero, como ustedes la suelen denominar. Para dos grandes empresas multiestelares piratas, además, si nuestra base de datos no registra mal: la Zoomatic Inc. y BSM. Casualmente, las competidoras más directas de LASC, el fondo intergaláctico que gestiona su plan de pensiones. Dudo que esas esporádicas colaboraciones les parezcan positivas a los de LASC. Ni a la autoridad interestelar, qué duda cabe. Pero no se preocupe, aunque sabemos que es absolutamente ilegal, pierda cuidado: le necesitamos. No le vamos a denunciar... a menos que sea estrictamente necesario, claro está.
-Sin embargo, nunca he estado en el País Vasco...
Debería haber dicho: "en lo que quede del País Vasco". Pero me acordé de los diez millones.
-Euzkadi, si no le importa. Lo sabemos. Pero en la situación actual, desgraciadamente, las similitudes entre las zonas son mayores que las diferencias. Nos estamos refiriendo a los peligros, claro: nada es comparable a nuestro viejo solar patrio... al que un día volveremos, no lo dude -el himno del Partido sonó una vez más, brevemente-. En cualquier caso: usted posee esa experiencia. En cuanto a las peculiaridades de nuestro pequeño y amado terruño, siempre tan añorado, le pondremos en contacto con gentes que le ayudarán.
¿Gentes? ¿En la Tierra? Ya podía echarme a temblar. Utilizar el término gente ya era por sí mismo una hipérbole, refiriéndose a la Tierra.
-¿De cuánto tiempo dispongo para pensármelo?
-No puede pensárselo. De hecho, si se niega no saldrá vivo de aquí: en una sala contigua hay siete cibertzainas del equipo olímpico de aizkolaris preparados para descuartizarlo en menos de dos minutos. Nadie le ha visto entrar. Nadie le verá salir. Y no creemos que un cúmulo de estrellas tan periférico como La Margen esté dispuesto a plantear un conflicto diplomático por un detective de vacaciones, digamos..., desaparecido.
-Está bien -no había escapatoria, eso estaba claro-. Pero quiero mi dinero en euros nuevos. Nada de lizardis. Al cambio corriente. Y cincuenta mil al contado.
-Le advierto que en la coyuntura monetaria actual...
-Ta, ta, ta. No me larguen el rollo que han hecho aprenderse al consejero de Economía y Hacienda. La cotización puede bajar en cualquier momento y...
-De acuerdo -¿había sido aquello un gruñido de contrariedad?-. Pero no hay tiempo que perder. Hemos preparado un libro blanco con todos los detalles que le será entregado a la salida. Ahora sobre todo se trata de no despertar sospechas. Visitará la ciudad como un simple turista y partirá mañana en una astronave de línea que hace el recorrido Nueva Euzkadi-Luna, aunque en su pasaporte figurará que procede de la constelación Géminis. Desde allí viajará a Estación Mirador II. El resto está en las instrucciones. Ah, y no intente escapar con el dinero: hasta que descienda sobre la Tierra no dejará de estar vigilado. Pero eso ya lo sospechaba, supongo. Agur, señor L. Belausteguieta. No volveremos a vernos.

Cometí el error de creerme todo a pies juntillas. A fin de cuentas, no llevan a nadie ante el mismísimo TBB sin una razón de peso. Eso pensaba entonces, al menos.
El miñón de protocolo había vuelto a aparecer, silencioso, y me condujo hasta el túnel por el que había llegado a Jauregia. Regresamos a la taberna, que no era del todo falsa y estaba muy animada gracias a los chiquiteros del mediodía. Pedí una botella de chacolí y me senté en un rincón para hojear los materiales que me habían dado durante el trayecto. En el libro blanco sólo había un disco pequeño que introduje rápidamente en mi microordenador. La pantalla se iluminó con los colores de la ikurriña. Tras los consabidos acordes del himno y la publicidad, una voz me advirtió de que la grabación se autodestruiría en cuanto acabara de visualizarla. Me lo tuve que aprender todo de memoria, mierda; bueno, todo no, que era mucho: lo que pude. Cuando terminé, afuera estaba oscuro y sobre mi mesa había dos botellas de chacolí y una de sidra, amén de los restos de tres chuletones de label con patatas fritas. El camarero no me había denunciado, prueba palpable de que el TBB había cumplido con su palabra y de que mi tarjeta de crédito estaba más en forma que nunca, lo que, por cierto, no era mucho decir. La información del disco quedó reducida a una inofensiva y antediluviana versión de un conocido videojuego al que logré arrancar más de cien mil puntos antes de terminar la cuarta cuajada del postre.
La historia del cadáver de Sabino Arana era un poco confusa, y tengo que reconocer que hice caso omiso de alguno de los detalles. Originalmente habían enterrado al prócer en un villorrio llamado Pedernales, en la costa vizcaína, pero durante no sé cuál de las guerras civiles, si la tercera o la cuarta, trasladaron de incógnito el cuerpo a un lugar conocido por unos pocos militantes, hasta que en una de las transiciones políticas, en la tercera o la cuarta, lo hicieron regresar a su lugar de origen. O eso dicen, porque aquí no todos los historiadores se ponían de acuerdo: según algunos, el cuerpo se quedó allí, en Pedernales, y, pese a lo que se pensó en un principio, no fue rescatado durante la evacuación de la Tierra; pero, según otra escuela, lo que quedó en Pedernales fue un sosias, y el Partido habría sacado los huesos junto al mobiliario de Sabin-Etxea en una nave que, desgraciadamente, se extravió en el cinturón de Orión, cerca de las Nubes de Gargon. El documento del TBB daba poca credibilidad a la segunda hipótesis, y aportaba un buen montón de pruebas escritas y videográficas a favor de la primera. Así que allá iba yo, rumbo a la Tierra.
Pero eso sería a la mañana siguiente. La única parte del programa turístico que me había preparado el TBB como tapadera era la cena en Quarzak. No me hice de rogar y me dirigí hacia el afamado restaurante sin haber terminado la digestión previa: ya estaba avisado sobre Quarzak. El local está poco decorado -¿para qué?, dicen los gourmets: lo que cuenta es la comida, las filigranas gastronómicas, la cumbre de la poscocina neoeuzkadiana- y peor iluminado -no conviene que se vea demasiado-; por otra parte, yo diría que la lupa electrónica que servían junto a cada plato tenía más aumentos de los recomendados por la Guía Michelín. Efectivamente: todo delicioso y un tanto escasito, para qué nos vamos a engañar. Ni que decir tiene que, no bien salí del local, junto al resto de los comensales, yo también me encaminé hacia el puesto de dónuts y demás bollería industrial que un vivillo había colocado allí.
El par de bollycaos que me tomé me dejaron como nuevo y con el cuerpo bastante jaranero; sentí un cosquilleo en el nóvalo, y sólo había una manera de calmarlo. Saqué la Saint Sebastian Interestellar Guide, la abrí por las páginas correspondientes a Nueva Euzkadi-Capital y me dispuse a buscar un local tri por los alrededores. En la avenida Resurrección María de Azkue había uno, el Martxa eta Borroka; mira por dónde, bastante cerca. Chill out, cuarto oscuro y, además, ambiente de los años ochenta del siglo xx, especificaba. Me encanta; ya me veía bailando al ritmo de Pet Shop Boys, Depeche Mode y New Order. Revisé mi atuendo, no muy apropiado, pero con un par de toques en los mandos corte y confección, y manipulando adecuadamente la longitud de onda del tinte del traje biónico me fabriqué un disfraz de época burdo pero eficaz, muy Miami vice. En unos servicios públicos que me encontré por el camino me ondulé el cabello tipo Madonna/Like a virgin, y como tenían una máquina sintetizadora, pude generarme por no mucho dinero dos calentadores fucsia que completaron el efecto.
En cuanto abrí la puerta y fui recibido por los acordes de Mierda de ciudad, de Kortatu, maldije a los redactores de la guía: hay que especificar a qué años ochenta nos referimos, caramba. Allí sólo sonaban Hertzainak, La Polla Records e Ilegales, había más camisas a cuadros, botas de gore-tex y forros polares que en un planeta del Cinturón Forestal, y lo más fashion, con mucho, eran los facsímiles de t-shirts del Nafarroa Oinez 1986. Cambié rápidamente el color de mi traje a un discreto gris ceniza y me libré como pude de los calentadores; lo de los rizos no tenía remedio, a corto plazo por lo menos. Llegué como pude hasta la barra -aquello estaba a tope- y pedí un combinado K. Dick, pero mis temores se confirmaron: sólo servían kalimotxo. Veintidós tipos de kalimotxo, pero kalimotxo, al fin y a la postre.
Pedí un kalimotxo. Doble.
Oteé el horizonte durante unos instantes, que se me hicieron eternos. No podía entender que le gustara a nadie aquella moda, que ocultaba cualquier atisbo de cuerpo serrano al alcance de la vista. Aquel de allí y esa otra de allí, pensaba, quizás, pero tampoco estaba seguro. La decoración, a base de pancartas de plástico y carteles políticos, parecía auténtica; en todo caso, estaba auténticamente raída. Unas flechas fluorescentes conducían al cuarto oscuro, pero no tenía intención de utilizarlo más que como ultimísimo recurso: prefería intentarlo primero a la escasa luz del local. Aunque, con aquel ganado...
Al final me decidí. Acababa de entrar en el local: alto, rubio, barba de tres días, un jersey a rayas línea Jarrai de Zara que echaba para atrás, botas de imitación gore-tex. Me acerqué a él con mi kalimotxo casi sin empezar en la mano y comencé a soltarle las trivialidades de rigor. Efectivamente, estaba muy bueno, y me aposté a mí mismo diez mil lizardis a que tenía los orfelunios más convulcantes que hubiera restulado nunca; por lo menos uno de los dos orfelunios. Casi se lo pregunto, pero me pareció un poco precipitado.
-Déjese de tonterías, señor L. Belausteguieta -fue la seca respuesta a mi acercamiento-. Termínese su kalimotxo, si quiere, y marchando para el hotel, que mañana tiene que madrugar. Tranquilo, que yo le acompaño. No pensaría que, siendo nuestro invitado "oficial", íbamos a permitir que cometiera actos impropios aquí, sobre el suelo de Nueva Euzkadi.
Bajó un poco el cuello de su jersey y me mostró con un breve gesto el alzacuello de kevlar, muestra inequívoca de que se trataba de un miembro del Cuerpo de Miqueletes de Moral y Costumbres (MiMorCo). Me habían seguido, los muy cabrones.
-Pero si tú, si tú... -balbuceé-, tú eres... A mí no me engañas, que tengo yo un ojo... Cómo puede ser, qué hostias haces tú en la MiMorCo... -cuando me sale la vena ética es que no me puedo contener.
-A usted qué le importará. Nueva Euzkadi necesita de todos nosotros, seamos del sexo que seamos.
Yo no iba a darme por vencido.
-¿Y si no quiero marcharme de aquí?
-Pues aprieto el botoncito de este comunicador y en menos que canta un soyzec tenemos aquí a toda una brigada de cibertzainas destrozando el local y deteniendo a cualquier trino que ande por aquí..., excepto a usted y a mí, claro está. Qué le parece.
Tengo que confesar que por un instante, acordándome del chasco que me había llevado al entrar, no me pareció tan mala idea, todas aquellas camisas a cuadros rotas y por los suelos, los viejos vinilos de Potato y RIP hechos trizas a base de porrazos, pero al final se impusieron mis sentimientos más nobles (los pocos que tengo) y los años de jolgorio en la comisión para el desfile del Día del Orgullo Trino de La Margen, y me marché con el madero.
-¿No me vas a esposar al menos, chato?...
-Basta ya, señor L. Belausteguieta. No ponga las cosas más difíciles de lo que son.
Me acompañó hasta la puerta del hotel; ni siquiera se despidió. Subí a la habitación, decorada con fotografías de la inauguración del batzoki de Bermeo en 1912.
Otro día sin follar. Aquello se estaba pareciendo cada vez más a una de esas comedias de situación de Ralf Epalza sobre el ambiente trino que tanto gustan a los no trinos. Bueno, yo también me río viéndolas, a veces.
Las sábanas de la cama de mi habitación eran de puro lino sintético, decoradas al estilo labortano.
Picaban, pero acabé durmiéndome.
En fin.



 

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