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Caja negra

PABLO SÁNCHEZ

256 págs.

ISBN 84-96080-61-7

17,95 €.

Caja negra (00107)

 

1


Ni siquiera recuerdo ya quién lo dijo (he olvidado tantas cosas), pero la idea es más o menos la siguiente: el gran misterio de la vida no es, desde luego, la existencia de Dios. Después de Auschwitz, ese enigma se desvaneció. Puede seguir interesando a algunos, incluso a muchos; pero ya no es un enigma. En todo caso es una fantasía, como tantas otras. Si queremos misterios, tenemos otros -bastante menos enfáticos- a nuestro alcance. A mí, personalmente, el que más me ha apasionado siempre es el de los padres y el sexo.
Porque hemos querido ver siempre la procreación como una rutina en la que lo importante es el epílogo, es decir, la infancia. La historia de nuestra intimidad es una sucesión de traumas y afectos, de complejos y adherencias emocionales desde esa primera luz que dicen que nunca se olvida, en el nacimiento, o aun desde antes, en la cómoda suite uterina. Pero la relación sexual de los padres es una prehistoria que queda en tinieblas, que se conoce precariamente, que se deforma y malinterpreta con frecuencia, que es obturada por el odio o por la devoción, pero que en realidad nunca podemos ver, que ningún espejo puede reflejar, porque siempre está antes de nosotros mismos. Es la imagen más importante de lo que nunca seremos capaces de conocer, más aún que todas las imágenes posteriores a nuestra muerte, por los siglos de los siglos. Y a diferencia de cualquier otro acontecimiento, este siempre es un secreto o como mínimo una leyenda privada. Es, efectivamente, el misterio del origen; pero no el origen metafísico, sino el origen carnal, el roce de los cuerpos, el rito irrepetible e inaccesible, el contrato de cláusulas que arden y desaparecen para siempre.
Pienso con frecuencia en la relación de mis padres, trato de entender sus vidas y reconstruir sus ilusiones ya perdidas (quizá yo mismo sea una de esas ilusiones); entonces siento, como todos, un terrible bloqueo y llega el fundido en negro de la pantalla. Esa verdad íntima se resiste, porque es nuestro primer recuerdo y sin embargo no teníamos memoria. Pero no por eso dejará de ser productiva, como todos los misterios que amigos, conocidos y desconocidos me han proporcionado durante estos años, y que yo metódicamente he memorizado e interpretado. Al menos he aprendido que no hay límites, porque la historia de la intimidad, la historia universal de los dormitorios y las sábanas, es un constante desafío a la imaginación.
Pondré un ejemplo que contribuirá, de paso, a convencer al lector de mi sinceridad desde estas primeras páginas. El Carnicero de Rostov, el mayor asesino en serie de la historia de la Unión Soviética, no podía practicar el coito con su esposa y eyaculaba sobre la palma de su mano para después introducir el semen en el cuerpo de su mujer. Tuvo tres hijos, creo. Yo tardé casi treinta años en saber -más bien, en deducir- que mi padre, por otros motivos menos escabrosos, utilizó un método de inseminación bastante similar. Por suerte, el paralelismo termina aquí, pero eso no evita alguna que otra conclusión aterradora. La génesis de mi vida es una chapuza, un apaño; soy resultado de una seudocópula. Quizá no sea tan importante, al fin y al cabo, y no quiero ceder a la tentación de atribuir mi destino miserable a esa falsificación del coito; tampoco guardo ya ningún resentimiento hacia mis progenitores. Además, mi padre ya ha fallecido y mi madre lo hará pronto. Pero sigo sintiéndome un ignorante sobre cómo y por qué existo.
Esa inquietud me llevó a escribir novelas, en realidad a escribir una novela; quise indagar en la infinitud de los secretos carnales, seleccionar las más inexploradas relaciones, desvelar algunos de los azares, llenos de sangre y calor, que nos han hecho vivir. Traté de atravesar la cortina que da paso al caos de nuestra vulnerabilidad sexual para así poder comprender tanta locura y tanta pasión. Conseguí escribir la novela y añadí muchas más ideas y vivencias, mías y de todos los que me rodeaban. Conseguí publicarla. Y la titulé, como todo el mundo sabe, Indicios del caos.


2


Más adelante hablaré de sexo otra vez, ya que sin el sexo no se entiende mi vida, ni la de nadie. Pero antes debo decir algunas vaguedades sobre la literatura, que, para mí, ha sido de hecho tan o más frustrante que la sexualidad. No quiero aburrir con el típico narcisismo de los escritores actuales, tan enamorados de su ombligo literario; pero es que creo que no hay otra manera de hacer entender a cualquier lector la gravedad de mi problema. Por eso me gustaría reflexionar ahora, en estas notas precipitadas que escribo en Fráncfort, sobre el concepto de oportunidad. La oportunidad es mucho más que el éxito: es la cuña en la Historia, la arritmia en el cardiograma literario, la plegaria respondida de los lectores. El milagro del escritor: encontrar la frase idónea para abrir el nuevo párrafo de la historia literaria y continuar el argumento empezado por otros.
Desde nuestra situación actual, tendemos a pensar que todos los héroes del pasado literario son imprescindibles, sagrados, como si la historia de la literatura tuviera una versión de la selección natural darwiniana. Muchos me suelen decir que los arduos triunfos literarios de Kafka o Joyce podían producirse más tarde o más temprano, in vita o in morte, pero que necesariamente tenían que llegar. La sociedad, el mercado, la crítica, podían oponerse a la nueva conciencia estética, pero la presencia de los autores en el flujo de la historia literaria debía fructificar finalmente en un nuevo horizonte literario. El eco siempre llega cuando el grito es suficiente. La modernidad no tenía condición de posibilidad sin estos autores: no son cuestionables porque ellos son la modernidad. Vuelvo a preguntarme: ¿y eso por qué? ¿No será que, por decirlo con una vulgaridad afrentosa y banalizadora, únicamente tuvieron suerte? ¿No será que la historia de la literatura está llena de soldados desconocidos, de perdedores por forfait, de manuscritos geniales que no llegaron a su destino por franqueo insuficiente?
Claro que exagero. Siempre hay que exagerar. No se trata de negar el talento, lo que podría delatar envidia, sino de democratizarlo, de eliminar las aureolas y todos los aditivos inmateriales, de reconocer la red de relaciones sociales que determina el éxito (cf. Pierre Bourdieu, más o menos). Estoy convencido de que Joyce, en otro universo posible, hubiera desaparecido de los anales de la historia literaria con sólo alterar uno o dos hechos (asesinar a dos o tres críticos, por ejemplo). ¿Qué hubiera pasado con el famoso monólogo interior? ¿Habría aparecido finalmente? En ese universo posible (en el que, por cierto, ya he borrado a la generación del 98 y a gente como Eugenio d'Ors: bueno, a ellos los he borrado en todos mis universos posibles, aunque los he dejado en otros anales), Faulkner lo inventaría, de todos modos, aunque tal vez algo más tarde.
Pero qué digo..., si hay algún autor imprescindible, ese debe ser Joyce, salvo por esa monumental tomadura de pelo que es Finnegan's wake (a cambio, tiene otros méritos no menores, como por ejemplo haber asqueado con Ulises a uno de los chiflados más arrogantes del siglo xx, Carl Gustav Jung, que hubiera sido un excelente guionista de Expediente X). Lo que ocurre es simplemente que me niego a convertir a Joyce en un tótem; prefiero humanizarlo, restaurar su aleatoriedad como ciudadano metido en la lucha por la legitimidad literaria. Creo que hay que memorizar la idea principal, o como mínimo tenerla siempre impresa en el punto de lectura que utilicemos:

La historia de la literatura
es un discurso patriarcal,
occidental y burgués

¿Se creen que me gusta repetirlo por ahí, como una proclama de mitin? En absoluto. Es una prédica simplista, aunque no equivocada: hay que disciplinar un poco esa colosal fantasmada que llamamos literatura. Sé que no digo nada nuevo y que mis reflexiones tienen el gusto aburrido y desabrido del tópico, pero quien me conozca y conozca sobre todo mi historia reciente (la aparición de Elías Betancourt, las denuncias, el juicio, las calumnias, mi aniquilación pública y privada) sabrá que ese es precisamente el hondo y decisivo problema: que nunca he podido decir nada nuevo.


Betancourt..., nunca un enemigo fue tan formidable en su aparente mediocridad de obeso burócrata. Cuando empecé a odiarlo, no podía sospechar que mi sentimiento sería tan persistente y que se iría ampliando con inesperadas revelaciones. Ahora que todo está perdido, tengo tiempo suficiente para explicar al mundo (por lo menos al mundillo literario) quién es verdaderamente Elías Betancourt. Durante un año y medio, ha monopolizado mi pensamiento y mi agenda, ha reordenado mis prioridades, ha supervisado los guiones de mis pesadillas. Algunos dirán que llegó a enloquecerme, que no puede ser cierto todo lo que explico en estas páginas, la delirante y a veces, a mi pesar, cómica experiencia de los últimos meses de mi vida; que mi vocación de escritor se desarrolla más imaginativamente en estas páginas de confesiones que en Indicios del caos. Y, sin embargo, debo decir que todo es verdad, lo que no significa necesariamente que sea comprensible.


3


Hoy me he levantado de la cama a las tres de la tarde, con lo que seguramente he dormido trece horas seguidas, y he empezado el día con dolor de cabeza, como tantas otras veces. Será un día propicio para el pesimismo, que es una de mis especialidades. Porque yo no veo la botella ni medio llena ni medio vacía. La veo completamente vacía.
En cierto modo, la jaqueca es la somatización perfecta de mi fracaso. En un día que se presenta así, corto pero denso en dolores, tal vez no pueda recurrir a la ironía cuando escriba. Curiosa esquizofrenia entre la ironía y la solemnidad; ahora mismo prefiero la solemnidad, el estilo grave, la sinceridad de ser un simple sujeto demolido y aniquilado, pero sé que cambiaré de opinión pronto. Nunca he sabido ni siquiera patentar un estilo personal; quizás lo que sucede es que me he entregado a un escepticismo verbal que consiste en no tener fe en ningún registro literario.
El portátil ha gastado toda la batería; sin darme cuenta, lo dejé encendido antes de irme a dormir y no recuerdo si guardé el documento de anoche. Posiblemente haya una copia de seguridad, pero poco importa. Se trataba sólo de otras tonterías metaliterarias, como tantas que he escrito ya. Reflexiones colapsadas, aporéticas, palabras sobre las palabras; es decir, todo perfectamente prescindible y por tanto válido para incluirlo en esta autobiografía.
Sinceramente, pienso que es preferible ir callándose poco a poco para que el enmudecimiento no resulte estridente. Ahora mismo parece haber silencio: nadie habla en alemán, no escucho ruidos provenientes de la calle, mi habitación está silenciosa como una mortaja. Buscaré después la copia de lo que escribí ayer, por si acaso. Aunque el texto importante es este, la copia de seguridad de mi propia vida. Mi vida: algo muy difícil de sublimar, de estetizar. ¿Es que nunca podré dejar de ser un escritor maldito?


Es octubre y mañana empieza la Feria del Libro. El invitado de honor es Grecia: ¿a quién demonios le interesa la literatura contemporánea griega? ¿Sobre qué escribe un griego hoy en día? ¿Es que no tuvieron bastante con Homero y la tragedia? ¿Aún necesitan seguir escribiendo?
Además, no me gusta Fráncfort. No me gusta Alemania, en general. Siento que estoy en el corazón del logos, en la axialidad misma de Occidente, donde se solapan el holocausto y la razón con sus categorías kantianas, donde la palabra se autodevora incesantemente para ejemplo de todas las culturas del mundo. Aunque nada indica que esté en lo cierto con este prejuicio medroso y exagerado: la tranquilidad cívica, la armonía mercantil, la densidad de la cultura, parecen signos de redención.
¿Qué haré en esta ciudad a partir de mañana? Podría dedicarme a comprobar melancólicamente el mercadeo implacable de los editores, que cada vez se parece más al griterío de los agentes de bolsa. Aunque tal vez prefiera acechar a los escritores famosos y presentarme ante ellos como un psicópata saturado de envidia y amargura, deseoso de una limpieza étnica del arte, de una balcanización de la historiografía literaria. No lo sé; supongo que habrá otras muchas cosas que hacer en Fráncfort, además de dimitir oficiosamente de la literatura y morirse de frío.
Debo decir que mi futuro no me preocupa especialmente, sobre todo porque es irremediable; la soledad ya me ha augurado su infinito y las únicas garantías que tengo para los próximos tiempos son igual de voraces: la nostalgia ilimitada, el desaliento, la culpabilidad. No tengo descendientes que puedan ser estigmatizados por culpa de mis locuras, y mi madre agoniza con una lentitud desbordante, deshaciendo su ser entre intermitencias de vida y anhelos de muerte. Por tanto, tengo potestad para arruinar impunemente lo que me queda de vida.
Ahora mismo, mientras escribo estas líneas, no me importa demasiado, por ejemplo, cometer un delito, hasta un delito grande; incluso me seduce la vanagloria. Hay otro futuro, aparte del de mi madre, que me preocupa, porque no puedo siquiera hacer ninguna previsión, salvo temerme lo peor. El futuro de Miranda. Sólo se me ocurre imaginarla en su estado más que probable de depresión. Algo ha pasado con los recuerdos que tengo en los que la veo satisfecha, ilusionada, creativa en el amor: otros los están sustituyendo aceleradamente.
En realidad, hay otra razón para que me preocupe por ella: yo destruí su vida. La frase es muy contundente, lo sé, y adolece de una concisión que resulta melodramática. Puede que no sea un gran hallazgo de estilo, pero viene a ser cierta. Quizás no destruí su vida del todo, porque alguno podría decir que caería más bajo si llegara a mi situación actual, que es aún menos deseable. En efecto, el tiempo es para los dos poco más que una muerte diferida; lo que nos distingue es algo tan básico como la responsabilidad.
Me gusta bromear, desmitificar, parodiar; cualquiera que me conozca lo sabe y lo podrá comprobar muchas veces a lo largo de este relato sobre mi vida reciente y mi experiencia de escritor. Pero no encuentro la forma de abundar irónicamente en un dolor del que soy causante y sobre el que no puedo alegar excusas de ningún tipo. Destruí su vida, para qué nos vamos a engañar, y de esto no puedo culpar a Elías Betancourt.


No diré nunca que Miranda Acevedo representaba la pureza o la inocencia. Sólo yo he sido puro en este asunto: pura porquería. No, Miranda Acevedo no es perfecta, ni una diosa, y, por favor, tampoco una musa. Es una mujer perseverante que intuyó que detrás de mis juegos de seducción, previsible y amaneradamente cínicos, detrás de mis mecanismos de defensa llenos de señales y códigos privados, se escondía una sensibilidad desmejorada pero restituible. Y ella avanzó por los caminos indicados, selló los pactos correspondientes a cada fase, para luego encontrarse con una sorpresa sencilla: yo no era yo. La autocrítica es relativamente fácil en este caso. Yo apenas he sufrido. Puedo flagelarme en estas páginas, y cualquier lector (cuando lo haya) pensará que aún me queda conciencia. Lástima que la voz de Miranda no esté por ninguna parte. Lástima que a ella nadie la lea. Es lo que pasa siempre: al otro nadie lo lee.
Acabo de llamarla por teléfono y tengo que contarlo. Miranda es demasiado importante como para no incluirla en estos textos que estoy preparando aquí en Fráncfort. Ella apenas ha hablado; tampoco sé si realmente me ha escuchado. Yo me he disculpado de nuevo, pero en esta ocasión no he buscado formas originales de captar su benevolencia. Le he dicho básicamente lo mismo que las otras veces, me he insultado lo mejor que he podido, incluso he recurrido a mencionarle la gravedad de la situación de mi madre, con una mezquindad tramposa de la que me he arrepentido inmediatamente. Mi sentimiento de culpa me hace ver las cosas con una transparencia inesperada: he jugado con ella, la he incapacitado para la ternura, he finiquitado sus ganas de amar. Creo que no conozco la manera de martirizarme lo suficiente para equipararme a Miranda. Y es que hay sótanos de la destrucción humana de cuya existencia no tenía sospecha. Los empiezo a ver ahora, justo cuando he perdido mi carrera de escritor.
Sólo ha dicho una frase completa: "Siento lo de tu madre". ¿Se dan cuenta? Después de todo lo que le he hecho, aún ha sido capaz de mostrar una generosidad inigualable.
Soy culpable, siempre seré culpable.

4
Autocronología


1970: Nazco en Barcelona, en un barrio típico del desarrollismo, muy cerca de un gigantesco manicomio, cuyos inquilinos me encontraré con frecuencia por las calles. Mis padres habían emigrado desde Andalucía; mi padre trabaja de chófer de una mujer despreciable de la alta burguesía catalana que muy pronto despertará en mí el rencor social. Tengo un hermano seis años mayor.
A los pocos días de nacer, un problema de calcio en mi cuerpo me pone al borde de la muerte. Lo supe bastantes años después, y desde entonces me obsesiona una idea absurda: por culpa de ese problema, mi esperanza de vida es corta y mis padres me lo han ocultado por mi bien. Ellos lo han desmentido siempre, pero eso, por supuesto, no me deja más tranquilo. Suelo ser fiel a mis obsesiones.

1971: Vamos bien de calcio.
1972: Nada importante, supongo.
Tengo algunas fotos de esta época. ¿Qué veo en ellas? El veraneo humilde y apresurado de la clase baja; los sueños de familia de mis padres, tan evidentes y constantes; un rostro sonriente y dulce que no me prefigura en absoluto, a pesar de lo que dice mi madre.

1973: No sé en qué fase freudiana de la sexualidad me encuentro, pero probablemente ya me estoy desviando de alguna manera.

1974: Sigo creciendo. Mis padres me quieren, de eso no hay dudas; pero hoy veo claro que mi familia era un microcosmos lleno de desesperación, de miedo, en el que todos nos unimos como los escaladores que ascienden por la pared de una montaña peligrosa, con la precaria ventaja del apoyo mutuo y el riesgo más que probable de que la caída de uno arrastre a los demás.

1975: Franco muere en la cama como jefe del Estado. Nadie ha conseguido derrotarle, pero empieza la Transición (el mito vendrá luego). Me pregunto ahora cuándo empezará la Segunda Transición. La de verdad.
Para mí, como para Franco, el año no tiene ninguna gracia. Me traumatiza la entrada en la escuela; no entiendo tanta urgencia por socializarme y me veo obligado a practicar tentativamente el autismo para proteger mi sensibilidad exquisita del ataque de las bestias jaraneras que me rodean.

1976: Todos lo dicen: soy un niño melancólico y enfermizo. Vomito demasiado, como si fuera una premonición de mis depresiones futuras y hasta de mis borracheras reincidentes.

1977: Probablemente de este año son las primeras imágenes fiables de mi memoria. Casi todas provienen del cine y la televisión; mi primer amor tiene un nombre muy contundente y aguerrido: Bárbara Rey. Colombo, Espacio 1999 o Mazinger Z me educan sentimentalmente, con resultados dudosos.

1978: Veo programas infantiles, pero también los de adultos. La geometría de los dos rombos me atrae. Recuerdo especialmente una de aquellas películas, El estrangulador de Boston. El aprendizaje de la violencia se impregna de un erotismo confuso, complicándome un poco más la existencia.

1979: Primera y Última Comunión.
Aprendo nombres de ministros de la Unión de Centro Democrático. Es una ocupación inútil, pero mi cabeza es un almacén de datos inútiles. Por ejemplo: ¿quién puede enumerar los nombres de los actores que interpretan a los siete tripulantes de la nave Nostromo en Alien? Yo: John Hurt, Tom Skerrit, Harry Dean Stanton, Ian Holm, Yaphet Kotto, Veronica Cartwright (por orden de muerte) y Sigourney Weaver. Puedo hacer lo mismo con los ponentes de la Constitución, los Siete Magníficos de la película de John Sturges y el equipo de la Unión Soviética que ganó la competición de baloncesto en los Juegos Olímpicos de Seúl.
Leo unos curiosos Clásicos Juveniles Ilustrados, donde Defoe, Swift y Melville se mezclan con Verne, May y Salgari.

1980: Me empieza a interesar realmente la lectura, posiblemente con Enid Blyton y su grupo de niñatos; pero soy todavía un lector ingenuo y no veo nada raro en esa chica que quiere llamarse Jorge y que es una lesbiana superagresiva en potencia.

1981: El intento de golpe de Estado del 23 de febrero aumenta espectacularmente mi interés por la política. El ruido de las metralletas, la zancadilla miserable de Tejero a Gutiérrez Mellado, la serenidad suicida de Suárez. Me doy cuenta de que la política existe y de que es algo importante. No lo he olvidado nunca.

1982: El triunfo de Felipe González provoca lágrimas en mi familia y euforia por el futuro. En Felipe González mis padres ven a un andaluz que los resarcirá de décadas de opresión y desprecio.
La mujer para la que trabaja mi padre le despide después de treinta años de explotación y de cobrar menos del salario mínimo en los últimos tres o cuatro. Mi padre se pasa las tardes llorando porque teme que nunca volverá a encontrar trabajo y que sus hijos ni siquiera podrán terminar el bachillerato.
Devoro cómics (Marvel y Bruguera). Libros, pocos.

1983: Mi vocación por la literatura se empieza a manifestar. Como siempre, todo es una cuestión social. Escribo en el colegio redacciones divertidas e ingeniosas que superan los textos de mis compañeros y me otorgan mi primer "capital simbólico", insuficiente, de todas maneras, para compensar dos graves problemas: mi torpeza a la hora de seducir y mi indeseable nariz (la misma que tengo actualmente).
Busco lecturas más serias. Descubro dos personajes que me parecen, aún hoy, excelentes: Sherlock Holmes, infinitamente superior al risible Poirot, y el extraño mutante de Isaac Asimov, estéril y megalómano, conocido como el Mulo, que con sus poderes mentales logra dominar la galaxia hasta que es lamentablemente derrotado por los telépatas sectarios de la Segunda Fundación. No negaré que siempre he sentido una curiosa identificación con ese mutante que se enfrenta él solito a todo el universo.

1984: Empiezo el bachillerato. La pubertad me arruina; ya no puedo escribir textos divertidos (ver por primera vez Apocalypse now también influye, probablemente). Percibo una ausencia: Dios no existe. Afortunadamente, el comunismo es necesario. Pero lo peor es que me asustan las vaginas. Alguien me confirma que están rodeadas de pelos.
Mi sensibilidad hierve de romanticismo demodé. Escribo cuentos morbosos que imitan a Poe y extraños textos rebeldes e inconformistas, resultado de la acumulación de Kafka y Orwell. Repito los pasos seguidos por mi hermano en su formación intelectual, y creo que con buenos resultados. La interpretación de los sueños me depara ratos inolvidables de autoanálisis detectivesco.
1985: Ya no me quedan dudas: la vida es una mierda. Cualquier otra definición será estéticamente más digna, pero ontológicamente no será superior. Los años no me han hecho cambiar de opinión, aunque sí me he esforzado de manera reiterada por encontrar otras formas más brillantes de expresar la misma esencial idea (hasta ahora, porque al fin me he dado cuenta de que la literatura funciona de modo eufemístico, como una gran sublimación; el horror de la vida siempre, forzosamente, sin excepción, se atenúa en el arte, que con el gozo estético nos enajena de nuestro destino verdaderamente miserable. La literatura nunca será el infierno, por mucho que lo intentemos. Ninguna novela sobre Auschwitz será Auschwitz).
Lecturas inolvidables: García Márquez, sobre todo Cien años de soledad; y Frankenstein, traducido por Quim Monzó. Descubro la belleza bipolar del duelo: Victor Frankenstein y el monstruo, como don Juan y el convidado de piedra, Raskolnikov y Porfiri Petrovich. O Michael Caine y Laurence Olivier en Sleuth, de Mankiewicz. Esa tensión irremediable entre dos seres incompatibles y orgullosos me parece la versión más apasionante del diálogo humano.

1986: Vivo a duras penas, pero encuentro una ayuda: el alcohol. Lecturas valiosas, tanto que he preferido no recuperarlas: El corazón de las tinieblas, Retrato del artista adolescente, El árbol de la ciencia, El lobo estepario (¡cómo no!) y el Quijote.

1987: Soy impaciente y desordenado en mis lecturas: toqueteo a Nietzsche, a Thomas Mann y a Borges. Bajo el volcán y Trópico de Capricornio me convencen plenamente. Leo también a una mujer, Djuna Barnes, y eso es infrecuente en mí. Tiempo de silencio y Luces de bohemia, por la parte española.
Me reitero en lo dicho: Dios no existe, pero ni siquiera el comunismo me consuela. La vida, como dijo Sartre, es una pasión inútil.

1988: Primer momento de saturación literaria. Sin embargo, en virtud de un singular masoquismo, decido empezar a estudiar filología. Es imposible racionalizar la decisión.
Toca existencialismo: Sartre y Camus por un tubo.

1989: Fin del socialismo real. Las imágenes de la ejecución de Ceaucescu me impresionan profundamente y siento que ese momento merece una novela. Pero sólo la necesidad de documentarme y de ser verosímil ya me embarga de pereza. Que la escriba otro.
Por mi parte, casi nada nuevo. Descubro, para mi horror, que la literatura española está llena de nombres secundarios que sin duda escriben mucho mejor que yo, pero que son absolutamente desconocidos fuera de España y están en la tercera división de la Liga Literaria Occidental.

1990: Se supone que empieza la edad de oro después del fin de la Unión Soviética. Ya no habrá apocalipsis nuclear, según dicen. Sin embargo, yo veo apocalipsis por todas partes.
Lecturas: Sábato, sobre todo el "Informe sobre ciegos", tan lúcidamente paranoico como a mí me gusta ser; en cambio, cierta decepción con Céline y Svevo, así como con Nabokov, demasiado elegante en su pederastia para mi gusto. Profundizo por obligación académica en Quevedo y Góngora, pero disfruto, especialmente con las Soledades. Me tienta el hermetismo como forma de egolatría literaria.

1991: Empiezo a escribir Indicios del caos. Sé que la literatura no me salvará, pero prefiero engañarme, como tantos otros en el pasado. Me entrego conscientemente a una alienación literaria. Como me temía la gente que me rodea empieza a decir de mí: "Es un poco raro".
A pesar de mis reticencias políticas, me enfrento con Vargas Llosa y descubro las posibilidades del realismo (con La ciudad y los perros, aunque Conversación en La Catedral es gloriosamente superior). Es un buen año para los latinoamericanos: leo a Rulfo, Puig, Donoso. Y Onetti, El astillero. Recuerdo unas palabras suyas: "Hay páginas de Faulkner que me hacen pensar que es inútil seguir escribiendo". De mayor quiero ser como Onetti. Qué inmenso, postrado en su sempiterna cama.

1992: Año olímpico que desgraciadamente tengo que pasar en Barcelona, soportando la euforia de nuestra entrada en el Primer Mundo.
Los estudios universitarios saturan de nuevo mi sensibilidad como lector y se me nubla el juicio estético. Puedo escribir, pero no puedo leer. Acabo los dos primeros capítulos de Indicios del caos. Mantengo la fe en mis posibilidades y tengo que censurar algunos indicios subversivos de humildad en mi cabeza.
Destacaré la lectura de Cioran, especialmente de sus aforismos, dosis homeopáticas de sabiduría nihilista.

1993: Soy licenciado en Filología Hispánica. Es hora de buscar trabajo; consigo becas para malvivir mientras empiezo el doctorado, que algún día espero acabar.
Creo que ya estoy bastante maduro para afrontar a Joyce y a Proust. Leo Ulises, pero apenas acabo el primer volumen de Proust. Decía Ortega que se trataba de una novela paralítica. Bien, sepan que tenía razón (por una vez).

1994: Soy objetor de conciencia y hago una cómoda prestación social en lugar de la mili. Detestar la repulsiva idea de España me otorga aún ahora una gran satisfacción. No obstante, el Estado, siempre tan hábil, me concede una beca para realizar la tesis doctoral, lo que me obliga a admitir la prosperidad de la res publica y a argumentar más sólidamente mis críticas al sistema. No todo es perfecto, claro: la beca supone entrar en contacto con el staff piojoso e indocumentado de los profesores de literatura española. Compruebo la realidad del vasallaje universitario, sufro la envidiable haraganería de los supuestos eruditos y comprendo la mugrosa verdad de ese mundo académico que se permite elaborar los cánones literarios.
Releo Indicios del caos: creo que objetivamente hay algunos valores estéticos, pero es preciso aún mucho trabajo y trabajar en el arte me empieza a parecer demasiado entrópico.
Gran año de lecturas: El ruido y la furia, El gran Gatsby, Bartleby el escribiente. "Preferiría no hacerlo": inmejorable lema sindical, que yo repito hasta en mis sueños.

1995: Año de crisis brutal. Leo a Dostoievski y descubro que coincido demasiado con sus personajes. La literatura me asquea, pero todavía me asquea más la literaturización de mi vida. Pienso algo asombroso que además no es indemostrable: en realidad, lo que pasa es que simplemente no me gusta la literatura. Tal vez es el cine lo que me gusta.
Pero escribo por impaciencia: siento que el tiempo se agota. Entonces era una percepción precipitada. Ahora sí que se agota de verdad.

1996: Trabajo en una editorial y en una empresa de consultoría económica. Como no existe el trabajo estable, me multiplico, lo que me desestabiliza mentalmente, y por mantener la práctica literaria, acepto la oferta de una editorial para publicar un libro con el título Las ardillas. Firmo el libro con el seudónimo más corriente que se me ocurre: Pablo Sánchez López. Me alivia la dedicación intensiva a las ardillas, sobre las cuales apenas hay bibliografía; siento incluso que podría ser mucho más feliz con la divulgación del mundo de los roedores que con la gloria literaria. Probablemente ya he comprendido que no existe el sistema de elites con el que sueña cualquier escritor, que la vanguardia del arte se parece a la maratón de Nueva York.
Pero redacto de nuevo Indicios y la envío a editoriales.
Como habrán notado, no hablo de relaciones sentimentales en estos años. Les aseguro que no es por timidez. Mi destino es mucho peor: soy un ateo forzado al voto de castidad.

1997: Continúo en el submundo de la letra impresa: corrijo galeradas de libros sobre el cuidado de las tortugas, escribo hagiografías de políticos autonómicos, redacto solapas para obras de Terenci Moix, entre otros, hago falsas traducciones del inglés al catalán sin leer la versión original y aprovechando la anterior traducción española.
Setenta editoriales de toda España me rechazan. A ello hay que sumar cuatro premios literarios a los que me he presentado; en uno de ellos competía con otros seiscientos cuarenta y cinco originales y uno más que era el ganador de antemano (un argentino, como siempre). No me sirve ni siquiera el consuelo de John Kennedy Toole. Tampoco funciona la fórmula que repito una y otra vez para mis adentros: "Gide rechazó el manuscrito de Proust". Lógico: yo también lo hubiera rechazado.
El suicidio me parece una salida coherente ante tanto fracaso. No estoy exactamente deprimido; simplemente creo que mi vida no vale la pena. Es una apreciación objetiva: tengo algo así como una invalidez intelectual permanente. Nunca llego a plantearme seriamente el suicidio, claro, sobre todo por la familia. Pero soy un hombre humillado. Y ofendido también, por qué no.

1998: Conozco de cerca una historia totalmente inverosímil que duplica su interés por el hecho de ser cierta. Uno de mis viejos amigos del bachillerato tenía desde siempre un grano bastante notable en la espalda, justo encima de alguna de las vértebras inferiores. De vez en cuando -nadie se ve tan a menudo la espalda- se lo miraba con cierta curiosidad y decía en broma que tenía forma de clítoris. Su mayor problema surgió por culpa de un clítoris real: la novia con la que llevaba trece años saliendo tuvo la ocurrencia de abandonarlo por otro. Seis meses después él contempló, por pura casualidad higiénica, su seudoclítoris en el espejo: tenía un aspecto distinto, más fálico por grande, pero sospechosamente negruzco. No tardó mucho en ir al médico, y tampoco tardó mucho en morir de cáncer. Yo saqué mi conclusión de la historia: murió por falta de amor. Piénsenlo un momento: murió porque no tenía un otro que le mirara la espalda desnuda. Y es que para cosas de ese tipo el amor es realmente útil.

1999: Se me sigue muriendo la gente.
La muerte es hereditaria, dice la greguería. Yo la actualizaría un poco: el cáncer es hereditario.
Pobre Gómez de la Serna. Él también está muerto.

2000: Nuevo avatar de mi humillación: acepto una oferta para dar clases de literatura ni más ni menos que en México, un país lleno de homosexuales reprimidos que se disfrazan de charros para marcar paquete y en el que la clase política parece dominada por clones guadalupanos de Fraga Iribarne o Aznar. Por fin vivo de la literatura, es cierto. Y nada mal, a pesar de tanta gastritis. Pero no es lo mismo. Por otro lado, el exilio, en mi caso bastante cómodo, me aporta algunos beneficios sentimentales: la disección de la nostalgia, la desfamiliarización del tiempo, la ruptura con la presencia.
Pero siempre hay muerte. La mía se deja entrever, se disfraza de hipocondría para bromear un poco, se acuesta conmigo, mira el reloj y sonríe. Busco el tablero de ajedrez de El séptimo sello y sólo encuentro el parchís sucio de mi infancia.

2001: Regreso a España con la esperanza (absurda) de encontrar trabajo en alguna universidad sin tener que ser sodomizado, real o metafóricamente. Todo cambia de manera inesperada; conozco por casualidad a Héctor Ugarte, que lee el manuscrito de mi novela y consigue algo increíble: que lo publique la editorial Maldoror. El editor se queda convencido de las posibilidades comerciales y firmo un contrato por primera vez en mi vida (siempre he sido trabajador en negro). Soy feliz, y precisamente por eso tengo miedo. Algo va a pasar.

2002: Año Glorioso.
Reseñas elogiosas en casi todos los medios de comunicación. No sé cómo, pero la novela funciona bien comercialmente, incluso en el boca-oreja (y hasta en el boca-falo). Algún crítico habla de un nuevo fenómeno Cien años de soledad y pronostica "el boom Raúl Garay". Ugarte me advierte que debo desconfiar, porque el éxito siempre es peregrino, pero él mismo reconoce que la recepción ha sido extraordinaria. Me entrevistan por primera vez en marzo. Por fin siento que alguien de verdad escucha lo que digo. Mis caprichos se vuelven genialidades, mis lagunas culturales se convierten en argumentos de autoridad.
En junio participo en la presentación de otro libro de la editorial. La editorial me mima. Miro a mi editor a los ojos y, como en los tebeos, veo en vez de sus pupilas el signo del dólar. Julio es la hostia: dos periódicos me ofrecen una columna semanal, la Agencia Carmen Balcells se pone en contacto conmigo, la editorial me ofrece un contrato magnífico para que me comprometa con ellos por los próximos diez años y distribuye el libro por Hispanoamérica. Viajo a México, a Argentina, a Perú y a Venezuela. En agosto ya tengo dinero; o sea, que por fin puedo ir al banco y ser tratado como una persona. Tengo el estrés de los famosos del cine y del mundo rosa. Cócteles, cenas, viajes, presentaciones. Me acuesto por las noches y el ego se me sale por los dos lados de la cama.
En septiembre los escritores ya me reconocen como miembro de la nobleza literaria. Conozco a Fernando Arrabal y a Francisco Umbral, dos tipos que han logrado otro de mis sueños: destacar en la literatura y en la televisión. También me presentan a Javier Marías, al que no le hace ninguna gracia mi imitación de un madrileño en Oxford. En esos mismos días, miento de manera imperdonable en una cena con Guillermo Cabrera Infante: "Tenía muchas ganas de conocerle". Y lo más importante: conozco por fin al gran jefe, a don Jesús de Polanco, Ciudadano Polanco. Le veo llegar por el pasillo del Círculo de Bellas Artes rodeado de varios tipos que lo protegen del asedio de unos periodistas que en realidad son sus periodistas; primero pienso que esos tipos tan ansiosos por proteger al Gran Hombre deben de ser sus guardaespaldas, pero enseguida me doy cuenta de que no pasaron ningún examen físico. Es su guardia de corps, también llamada Legión de Honor Intelectual: los novelistas de Alfaguara. Me presentan y yo beso la mano del Gran Hombre, jurándole que le seré fiel, que pongo mi vida editorial a su servicio y que nunca me acercaré a la familia de Pedro Jota. Lo juro por Dios, claro. Es decir, lo juro por nada.
En octubre tengo que frenar un poco mi actividad pública y empiezo a escribir mi segunda novela. Con el anticipo pago la entrada de una torre en la montaña para que mis padres tengan algo de patrimonio antes de morirse. En noviembre soy invitado a impartir ni más ni menos que un curso de liderazgo en una escuela de empresarios. Acepto porque pagan bien y porque me parece profundamente divertida mi mutación de don nadie a líder. El presentador del acto elogia mi constancia, mi espíritu emprendedor, mi fe en el proyecto personal. Yo empiezo mi discurso: "Un fantasma recorre Europa...".
En diciembre me emborracho como nunca y descubro la grandeza paradisíaca del ocio. En esos momentos pienso, freudianamente, que la literatura me ha compensado por fin de tantos fracasos sexuales. La vida sigue siendo, en general, un espanto, pero yo lo noto un poco menos. Aun así, por las noches, antes de dormir, sigo haciendo mi examen de conciencia política y releo a Fredric Jameson para no contaminarme de reformismo socialdemócrata.

2003: Año Ominoso.
El 23 de marzo recibo una llamada telefónica de Ugarte, que me pregunta si conozco a un tal Elías Betancourt Cohen. Le digo que no, y él me informa de que ha llamado a la editorial amenazando con una demanda por plagio. Ugarte me tranquiliza: estas cosas pasan a menudo, no te preocupes. El abogado me ha dicho que no habrá problemas, pero tendrás que esperar hasta después de Sant Jordi para publicar. A mí Sant Jordi me importa una mierda, le respondo.
El 24 de marzo empiezo otro viaje para presentar la edición chilena. El 26 mi padre fallece de un infarto. Ya empezamos. El 7 de abril me llama de nuevo Ugarte. ¿Conoces una novela llamada La fosa común? No, ni idea. Se trata de la novela ganadora en 1999 del Premio de Novela del Ayuntamiento de Mérida que fue publicada al año siguiente por el mismo ayuntamiento. Betancourt ha interpuesto la demanda y recibo una citación judicial, con una aterradora retórica, después del auto de admisión firmado por el juez. Ugarte me recomienda que lea la novela. Leo la novela.
La vista preliminar tiene lugar en septiembre. Veo por primera vez a Elías Betancourt, pero no intercambiamos palabra. Poco después consigo entrevistarme a solas con él. La reunión termina mal; a la semana siguiente ya recibo otra denuncia, esta vez por amenazas e intento de agresión. Los periódicos sacan la noticia y nadie cree en mí. Las evidencias textuales parecen perjudicarme; un famoso suplemento literario dedica ni más ni menos que ocho artículos a denigrarme. Un manifiesto firmado por cincuenta escritores exige públicamente la retirada inmediata del libro y Cabrera Infante aprovecha la ocasión para relacionarme con los servicios de seguridad castrista. El editor empieza a mirarme de forma rara y, para colmo, Ugarte muere en un accidente de tráfico.
(Delito contra la propiedad intelectual..., qué majadería. ¿Acaso sabemos quién tiene la propiedad intelectual del universo?).
En octubre ya me he convertido en un gusano. Los derechos de mis traducciones no se negocian. No iré a Fráncfort. Mis artículos son vetados, con más o menos cortesía, en todas las publicaciones; la intelectualidad española me desprecia explícitamente y me gano unos cuantos enemigos más por mi impulsiva reacción en algunos actos públicos. Al mismo tiempo, crece el prestigio de Elías Betancourt y se incrementa el número de sus aliados: políticos de renombre, dueños de periódicos, escritores que antes elogiaron mi creatividad. Publica un libro de cuentos que, según la mayoría de críticos, elimina cualquier duda sobre su talento literario.
En noviembre sucede otro hecho increíble: el Círculo de Lectores de Terenci Moix interpone también una demanda contra mí por plagio. Es decir, tengo encima una acusación popular. No entiendo por qué estos señores quieren que yo vaya a la cárcel. Pero así es la ley y así es la democracia, dicen. En diciembre un programa de televisión me permite defender mi imagen. Acabo amenazando de nuevo a Elías Betancourt, delante de dos millones de espectadores (según las cifras de audiencia). La editorial retira mi libro del mercado.

2004: Último año de mi carrera literaria.
En enero no hago más que recibir denuncias, todas injustificadas, por parte de Betancourt. Un juez malnacido admite a trámite una, y recibo una querella más por desacato. Tengo que indemnizar a Betancourt con mis ingresos por derechos de autor, y mi negativa me obliga a sufrir varios tipos de embargo. En febrero me veo obligado a buscar trabajo en editoriales. El director de una famosa colección se atreve a verbalizar el boicot contra mí: "Olvídate de publicar nunca más. Estás marcado de por vida, nadie se arriesgará a publicarte otra vez. La mano negra ha caído sobre ti". Ni tan siquiera me ofrece unas pocas galeradas para corregir. En marzo hipoteco la torre para pagar a los abogados; afortunadamente, mi madre ha enfermado y no se entera de mi hundimiento. Voy todos los días a los juzgados. He cometido delito de injurias contra el Rey, entre otros muchos, y todo por haber reivindicado en una carta a un periódico la utilidad histórica de la guillotina. Amenazo de muerte por carta a todos y cada uno de los miembros del Círculo de Lectores de Terenci Moix, después de haber forzado la puerta de la sede social y haber conseguido ilegalmente la lista de los asociados. Batasuna me pone en su lista negra, y no sé muy bien por qué (quizá porque estuve una vez en un restaurante vasco y no pagué todos los pinchos); de cualquier modo, yo los pongo a ellos en la mía.
En abril me dedico a cuidar a mi madre. Mis enemigos afirman que estuve en la Feria del Libro de Barcelona y me responsabilizan de varios incidentes: amenazas de bomba, quema de stands, agresión al inminente premio Nobel catalán, Baltasar Porcel. En julio Elías Betancourt firma con la editorial más poderosa del mercado en lengua española un contrato millonario para la publicación de su próximo libro, en el que, dicen, hablará de mí y de todo lo que ha sufrido con esta historia. Sus hábiles movimientos le sitúan en una posición de privilegio dentro del campo literario y se profesionaliza definitivamente. Se rumorea que La fosa común será traducida a varios idiomas y que le han ofrecido un cargo muy bien remunerado en el Instituto Cervantes. La producción cultural de mi enemigo es desbordante: aparecen artículos, ensayos, reseñas, cuentos, por todas partes. No entiendo de dónde saca tanto tiempo y tantas ideas; quizá tiene ya negros que le ayudan. Mario Vargas Llosa lo consagra definitivamente en uno de sus artículos típicos en los que habla sobre los pobres del mundo que lo son porque quieren, y de paso se atreve a decir que es el mejor proyecto de futuro de la literatura en lengua española. Pero hay más: Umberto Eco se ofrece a apostillar la siguiente reimpresión de su obra y Salman Rushdie, con serio riesgo para su vida, se reúne con Betancourt en El Corte Inglés de Madrid. Por otro lado, en septiembre se estrena la versión cinematográfica de su novela, y un productor estadounidense adquiere los derechos para hacer una versión en el mercado norteamericano.
Detecto que la influencia intelectual de Betancourt se extiende cauta pero continuadamente, como una onda telepática de impredecibles límites. Sus autores preferidos son ensalzados constantemente en revistas culturales, exposiciones y congresos; sus opiniones y sanciones ejercen un arbitraje decisivo en muchos medios de comunicación, que acuden a él con frecuencia para que hable de la posmodernidad literaria, de la reproducción de las musarañas o de cualquier otra cosa; peor aún, empieza a florecer una especie de escuela narrativa a su alrededor con discípulos prematuramente serviles (muchos de ellos argentinos) que ya ganan premios literarios, y la crítica, con su habitual rigor teórico tan bien aprendido en las universidades españolas, acude a su magna obra como modelo y fuente de conocimiento en los temas más diversos. Siento que, de algún modo misterioso, la propia cultura, el magma verbal en el que nadamos todos los días, empieza a moverse en la dirección que él marca, como si tuviera el poder de controlar la logosfera a su voluntad, hipnotizando tanto a las elites como a las masas con una sutileza jamás vista. ¿Un ejemplo? El reciente congreso que un centro de poder cultural como la Universidad de Harvard dedicó a la obra de Azorín; el congreso fue inaugurado por Betancourt con una conferencia magistral (descarto las comillas para no insultar a mi lector implícito) y fue portada de algún periódico español de reciclado franquismo.
Salvo los jueces, nadie parece acordarse ahora de mí. Todos creen que la victoria de Betancourt ha sido total. El único hecho que falta para ratificarlo es su inminente visita a la Feria del Libro de Fráncfort, donde su novela es una de las más apetecibles.
En octubre, humillado, desprestigiado, envilecido y solo, tomo la decisión de exiliarme durante una temporada, y qué mejor lugar para ello que la misma ciudad de Fráncfort.

 

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