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| Caja negra | | PABLO
SÁNCHEZ | | 256 págs. |
| ISBN 84-96080-61-7 |
| 17,95 €. | |  |
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1 Ni siquiera recuerdo ya quién
lo dijo (he olvidado tantas cosas), pero la idea es más o menos la siguiente:
el gran misterio de la vida no es, desde luego, la existencia de Dios. Después
de Auschwitz, ese enigma se desvaneció. Puede seguir interesando a algunos,
incluso a muchos; pero ya no es un enigma. En todo caso es una fantasía,
como tantas otras. Si queremos misterios, tenemos otros -bastante menos enfáticos-
a nuestro alcance. A mí, personalmente, el que más me ha apasionado
siempre es el de los padres y el sexo. Porque hemos querido ver siempre la
procreación como una rutina en la que lo importante es el epílogo,
es decir, la infancia. La historia de nuestra intimidad es una sucesión
de traumas y afectos, de complejos y adherencias emocionales desde esa primera
luz que dicen que nunca se olvida, en el nacimiento, o aun desde antes, en la
cómoda suite uterina. Pero la relación sexual de los padres es una
prehistoria que queda en tinieblas, que se conoce precariamente, que se deforma
y malinterpreta con frecuencia, que es obturada por el odio o por la devoción,
pero que en realidad nunca podemos ver, que ningún espejo puede reflejar,
porque siempre está antes de nosotros mismos. Es la imagen más importante
de lo que nunca seremos capaces de conocer, más aún que todas las
imágenes posteriores a nuestra muerte, por los siglos de los siglos. Y
a diferencia de cualquier otro acontecimiento, este siempre es un secreto o como
mínimo una leyenda privada. Es, efectivamente, el misterio del origen;
pero no el origen metafísico, sino el origen carnal, el roce de los cuerpos,
el rito irrepetible e inaccesible, el contrato de cláusulas que arden y
desaparecen para siempre. Pienso con frecuencia en la relación de mis
padres, trato de entender sus vidas y reconstruir sus ilusiones ya perdidas (quizá
yo mismo sea una de esas ilusiones); entonces siento, como todos, un terrible
bloqueo y llega el fundido en negro de la pantalla. Esa verdad íntima se
resiste, porque es nuestro primer recuerdo y sin embargo no teníamos memoria.
Pero no por eso dejará de ser productiva, como todos los misterios que
amigos, conocidos y desconocidos me han proporcionado durante estos años,
y que yo metódicamente he memorizado e interpretado. Al menos he aprendido
que no hay límites, porque la historia de la intimidad, la historia universal
de los dormitorios y las sábanas, es un constante desafío a la imaginación. Pondré
un ejemplo que contribuirá, de paso, a convencer al lector de mi sinceridad
desde estas primeras páginas. El Carnicero de Rostov, el mayor asesino
en serie de la historia de la Unión Soviética, no podía practicar
el coito con su esposa y eyaculaba sobre la palma de su mano para después
introducir el semen en el cuerpo de su mujer. Tuvo tres hijos, creo. Yo tardé
casi treinta años en saber -más bien, en deducir- que mi padre,
por otros motivos menos escabrosos, utilizó un método de inseminación
bastante similar. Por suerte, el paralelismo termina aquí, pero eso no
evita alguna que otra conclusión aterradora. La génesis de mi vida
es una chapuza, un apaño; soy resultado de una seudocópula. Quizá
no sea tan importante, al fin y al cabo, y no quiero ceder a la tentación
de atribuir mi destino miserable a esa falsificación del coito; tampoco
guardo ya ningún resentimiento hacia mis progenitores. Además, mi
padre ya ha fallecido y mi madre lo hará pronto. Pero sigo sintiéndome
un ignorante sobre cómo y por qué existo. Esa inquietud me llevó
a escribir novelas, en realidad a escribir una novela; quise indagar en la infinitud
de los secretos carnales, seleccionar las más inexploradas relaciones,
desvelar algunos de los azares, llenos de sangre y calor, que nos han hecho vivir.
Traté de atravesar la cortina que da paso al caos de nuestra vulnerabilidad
sexual para así poder comprender tanta locura y tanta pasión. Conseguí
escribir la novela y añadí muchas más ideas y vivencias,
mías y de todos los que me rodeaban. Conseguí publicarla. Y la titulé,
como todo el mundo sabe, Indicios del caos.
2
Más
adelante hablaré de sexo otra vez, ya que sin el sexo no se entiende mi
vida, ni la de nadie. Pero antes debo decir algunas vaguedades sobre la literatura,
que, para mí, ha sido de hecho tan o más frustrante que la sexualidad.
No quiero aburrir con el típico narcisismo de los escritores actuales,
tan enamorados de su ombligo literario; pero es que creo que no hay otra manera
de hacer entender a cualquier lector la gravedad de mi problema. Por eso me gustaría
reflexionar ahora, en estas notas precipitadas que escribo en Fráncfort,
sobre el concepto de oportunidad. La oportunidad es mucho más que el éxito:
es la cuña en la Historia, la arritmia en el cardiograma literario, la
plegaria respondida de los lectores. El milagro del escritor: encontrar la frase
idónea para abrir el nuevo párrafo de la historia literaria y continuar
el argumento empezado por otros. Desde nuestra situación actual, tendemos
a pensar que todos los héroes del pasado literario son imprescindibles,
sagrados, como si la historia de la literatura tuviera una versión de la
selección natural darwiniana. Muchos me suelen decir que los arduos triunfos
literarios de Kafka o Joyce podían producirse más tarde o más
temprano, in vita o in morte, pero que necesariamente tenían que llegar.
La sociedad, el mercado, la crítica, podían oponerse a la nueva
conciencia estética, pero la presencia de los autores en el flujo de la
historia literaria debía fructificar finalmente en un nuevo horizonte literario.
El eco siempre llega cuando el grito es suficiente. La modernidad no tenía
condición de posibilidad sin estos autores: no son cuestionables porque
ellos son la modernidad. Vuelvo a preguntarme: ¿y eso por qué? ¿No
será que, por decirlo con una vulgaridad afrentosa y banalizadora, únicamente
tuvieron suerte? ¿No será que la historia de la literatura está
llena de soldados desconocidos, de perdedores por forfait, de manuscritos geniales
que no llegaron a su destino por franqueo insuficiente? Claro que exagero.
Siempre hay que exagerar. No se trata de negar el talento, lo que podría
delatar envidia, sino de democratizarlo, de eliminar las aureolas y todos los
aditivos inmateriales, de reconocer la red de relaciones sociales que determina
el éxito (cf. Pierre Bourdieu, más o menos). Estoy convencido de
que Joyce, en otro universo posible, hubiera desaparecido de los anales de la
historia literaria con sólo alterar uno o dos hechos (asesinar a dos o
tres críticos, por ejemplo). ¿Qué hubiera pasado con el famoso
monólogo interior? ¿Habría aparecido finalmente? En ese universo
posible (en el que, por cierto, ya he borrado a la generación del 98 y
a gente como Eugenio d'Ors: bueno, a ellos los he borrado en todos mis universos
posibles, aunque los he dejado en otros anales), Faulkner lo inventaría,
de todos modos, aunque tal vez algo más tarde. Pero qué digo...,
si hay algún autor imprescindible, ese debe ser Joyce, salvo por esa monumental
tomadura de pelo que es Finnegan's wake (a cambio, tiene otros méritos
no menores, como por ejemplo haber asqueado con Ulises a uno de los chiflados
más arrogantes del siglo xx, Carl Gustav Jung, que hubiera sido un excelente
guionista de Expediente X). Lo que ocurre es simplemente que me niego a convertir
a Joyce en un tótem; prefiero humanizarlo, restaurar su aleatoriedad como
ciudadano metido en la lucha por la legitimidad literaria. Creo que hay que memorizar
la idea principal, o como mínimo tenerla siempre impresa en el punto de
lectura que utilicemos:
La historia de la literatura es un discurso patriarcal,
occidental y burgués ¿Se creen que me gusta repetirlo
por ahí, como una proclama de mitin? En absoluto. Es una prédica
simplista, aunque no equivocada: hay que disciplinar un poco esa colosal fantasmada
que llamamos literatura. Sé que no digo nada nuevo y que mis reflexiones
tienen el gusto aburrido y desabrido del tópico, pero quien me conozca
y conozca sobre todo mi historia reciente (la aparición de Elías
Betancourt, las denuncias, el juicio, las calumnias, mi aniquilación pública
y privada) sabrá que ese es precisamente el hondo y decisivo problema:
que nunca he podido decir nada nuevo. Betancourt..., nunca un enemigo
fue tan formidable en su aparente mediocridad de obeso burócrata. Cuando
empecé a odiarlo, no podía sospechar que mi sentimiento sería
tan persistente y que se iría ampliando con inesperadas revelaciones. Ahora
que todo está perdido, tengo tiempo suficiente para explicar al mundo (por
lo menos al mundillo literario) quién es verdaderamente Elías Betancourt.
Durante un año y medio, ha monopolizado mi pensamiento y mi agenda, ha
reordenado mis prioridades, ha supervisado los guiones de mis pesadillas. Algunos
dirán que llegó a enloquecerme, que no puede ser cierto todo lo
que explico en estas páginas, la delirante y a veces, a mi pesar, cómica
experiencia de los últimos meses de mi vida; que mi vocación de
escritor se desarrolla más imaginativamente en estas páginas de
confesiones que en Indicios del caos. Y, sin embargo, debo decir que todo es verdad,
lo que no significa necesariamente que sea comprensible.
3
Hoy
me he levantado de la cama a las tres de la tarde, con lo que seguramente he dormido
trece horas seguidas, y he empezado el día con dolor de cabeza, como tantas
otras veces. Será un día propicio para el pesimismo, que es una
de mis especialidades. Porque yo no veo la botella ni medio llena ni medio vacía.
La veo completamente vacía. En cierto modo, la jaqueca es la somatización
perfecta de mi fracaso. En un día que se presenta así, corto pero
denso en dolores, tal vez no pueda recurrir a la ironía cuando escriba.
Curiosa esquizofrenia entre la ironía y la solemnidad; ahora mismo prefiero
la solemnidad, el estilo grave, la sinceridad de ser un simple sujeto demolido
y aniquilado, pero sé que cambiaré de opinión pronto. Nunca
he sabido ni siquiera patentar un estilo personal; quizás lo que sucede
es que me he entregado a un escepticismo verbal que consiste en no tener fe en
ningún registro literario. El portátil ha gastado toda la batería;
sin darme cuenta, lo dejé encendido antes de irme a dormir y no recuerdo
si guardé el documento de anoche. Posiblemente haya una copia de seguridad,
pero poco importa. Se trataba sólo de otras tonterías metaliterarias,
como tantas que he escrito ya. Reflexiones colapsadas, aporéticas, palabras
sobre las palabras; es decir, todo perfectamente prescindible y por tanto válido
para incluirlo en esta autobiografía. Sinceramente, pienso que es preferible
ir callándose poco a poco para que el enmudecimiento no resulte estridente.
Ahora mismo parece haber silencio: nadie habla en alemán, no escucho ruidos
provenientes de la calle, mi habitación está silenciosa como una
mortaja. Buscaré después la copia de lo que escribí ayer,
por si acaso. Aunque el texto importante es este, la copia de seguridad de mi
propia vida. Mi vida: algo muy difícil de sublimar, de estetizar. ¿Es
que nunca podré dejar de ser un escritor maldito?
Es octubre
y mañana empieza la Feria del Libro. El invitado de honor es Grecia: ¿a
quién demonios le interesa la literatura contemporánea griega? ¿Sobre
qué escribe un griego hoy en día? ¿Es que no tuvieron bastante
con Homero y la tragedia? ¿Aún necesitan seguir escribiendo? Además,
no me gusta Fráncfort. No me gusta Alemania, en general. Siento que estoy
en el corazón del logos, en la axialidad misma de Occidente, donde se solapan
el holocausto y la razón con sus categorías kantianas, donde la
palabra se autodevora incesantemente para ejemplo de todas las culturas del mundo.
Aunque nada indica que esté en lo cierto con este prejuicio medroso y exagerado:
la tranquilidad cívica, la armonía mercantil, la densidad de la
cultura, parecen signos de redención. ¿Qué haré
en esta ciudad a partir de mañana? Podría dedicarme a comprobar
melancólicamente el mercadeo implacable de los editores, que cada vez se
parece más al griterío de los agentes de bolsa. Aunque tal vez prefiera
acechar a los escritores famosos y presentarme ante ellos como un psicópata
saturado de envidia y amargura, deseoso de una limpieza étnica del arte,
de una balcanización de la historiografía literaria. No lo sé;
supongo que habrá otras muchas cosas que hacer en Fráncfort, además
de dimitir oficiosamente de la literatura y morirse de frío. Debo decir
que mi futuro no me preocupa especialmente, sobre todo porque es irremediable;
la soledad ya me ha augurado su infinito y las únicas garantías
que tengo para los próximos tiempos son igual de voraces: la nostalgia
ilimitada, el desaliento, la culpabilidad. No tengo descendientes que puedan ser
estigmatizados por culpa de mis locuras, y mi madre agoniza con una lentitud desbordante,
deshaciendo su ser entre intermitencias de vida y anhelos de muerte. Por tanto,
tengo potestad para arruinar impunemente lo que me queda de vida. Ahora mismo,
mientras escribo estas líneas, no me importa demasiado, por ejemplo, cometer
un delito, hasta un delito grande; incluso me seduce la vanagloria. Hay otro futuro,
aparte del de mi madre, que me preocupa, porque no puedo siquiera hacer ninguna
previsión, salvo temerme lo peor. El futuro de Miranda. Sólo se
me ocurre imaginarla en su estado más que probable de depresión.
Algo ha pasado con los recuerdos que tengo en los que la veo satisfecha, ilusionada,
creativa en el amor: otros los están sustituyendo aceleradamente. En
realidad, hay otra razón para que me preocupe por ella: yo destruí
su vida. La frase es muy contundente, lo sé, y adolece de una concisión
que resulta melodramática. Puede que no sea un gran hallazgo de estilo,
pero viene a ser cierta. Quizás no destruí su vida del todo, porque
alguno podría decir que caería más bajo si llegara a mi situación
actual, que es aún menos deseable. En efecto, el tiempo es para los dos
poco más que una muerte diferida; lo que nos distingue es algo tan básico
como la responsabilidad. Me gusta bromear, desmitificar, parodiar; cualquiera
que me conozca lo sabe y lo podrá comprobar muchas veces a lo largo de
este relato sobre mi vida reciente y mi experiencia de escritor. Pero no encuentro
la forma de abundar irónicamente en un dolor del que soy causante y sobre
el que no puedo alegar excusas de ningún tipo. Destruí su vida,
para qué nos vamos a engañar, y de esto no puedo culpar a Elías
Betancourt.
No diré nunca que Miranda Acevedo representaba la
pureza o la inocencia. Sólo yo he sido puro en este asunto: pura porquería.
No, Miranda Acevedo no es perfecta, ni una diosa, y, por favor, tampoco una musa.
Es una mujer perseverante que intuyó que detrás de mis juegos de
seducción, previsible y amaneradamente cínicos, detrás de
mis mecanismos de defensa llenos de señales y códigos privados,
se escondía una sensibilidad desmejorada pero restituible. Y ella avanzó
por los caminos indicados, selló los pactos correspondientes a cada fase,
para luego encontrarse con una sorpresa sencilla: yo no era yo. La autocrítica
es relativamente fácil en este caso. Yo apenas he sufrido. Puedo flagelarme
en estas páginas, y cualquier lector (cuando lo haya) pensará que
aún me queda conciencia. Lástima que la voz de Miranda no esté
por ninguna parte. Lástima que a ella nadie la lea. Es lo que pasa siempre:
al otro nadie lo lee. Acabo de llamarla por teléfono y tengo que contarlo.
Miranda es demasiado importante como para no incluirla en estos textos que estoy
preparando aquí en Fráncfort. Ella apenas ha hablado; tampoco sé
si realmente me ha escuchado. Yo me he disculpado de nuevo, pero en esta ocasión
no he buscado formas originales de captar su benevolencia. Le he dicho básicamente
lo mismo que las otras veces, me he insultado lo mejor que he podido, incluso
he recurrido a mencionarle la gravedad de la situación de mi madre, con
una mezquindad tramposa de la que me he arrepentido inmediatamente. Mi sentimiento
de culpa me hace ver las cosas con una transparencia inesperada: he jugado con
ella, la he incapacitado para la ternura, he finiquitado sus ganas de amar. Creo
que no conozco la manera de martirizarme lo suficiente para equipararme a Miranda.
Y es que hay sótanos de la destrucción humana de cuya existencia
no tenía sospecha. Los empiezo a ver ahora, justo cuando he perdido mi
carrera de escritor. Sólo ha dicho una frase completa: "Siento
lo de tu madre". ¿Se dan cuenta? Después de todo lo que le
he hecho, aún ha sido capaz de mostrar una generosidad inigualable. Soy
culpable, siempre seré culpable.
4 Autocronología 1970:
Nazco en Barcelona, en un barrio típico del desarrollismo, muy cerca de
un gigantesco manicomio, cuyos inquilinos me encontraré con frecuencia
por las calles. Mis padres habían emigrado desde Andalucía; mi padre
trabaja de chófer de una mujer despreciable de la alta burguesía
catalana que muy pronto despertará en mí el rencor social. Tengo
un hermano seis años mayor. A los pocos días de nacer, un problema
de calcio en mi cuerpo me pone al borde de la muerte. Lo supe bastantes años
después, y desde entonces me obsesiona una idea absurda: por culpa de ese
problema, mi esperanza de vida es corta y mis padres me lo han ocultado por mi
bien. Ellos lo han desmentido siempre, pero eso, por supuesto, no me deja más
tranquilo. Suelo ser fiel a mis obsesiones.
1971: Vamos bien de calcio. 1972:
Nada importante, supongo. Tengo algunas fotos de esta época. ¿Qué
veo en ellas? El veraneo humilde y apresurado de la clase baja; los sueños
de familia de mis padres, tan evidentes y constantes; un rostro sonriente y dulce
que no me prefigura en absoluto, a pesar de lo que dice mi madre. 1973:
No sé en qué fase freudiana de la sexualidad me encuentro, pero
probablemente ya me estoy desviando de alguna manera. 1974: Sigo creciendo.
Mis padres me quieren, de eso no hay dudas; pero hoy veo claro que mi familia
era un microcosmos lleno de desesperación, de miedo, en el que todos nos
unimos como los escaladores que ascienden por la pared de una montaña peligrosa,
con la precaria ventaja del apoyo mutuo y el riesgo más que probable de
que la caída de uno arrastre a los demás. 1975: Franco muere
en la cama como jefe del Estado. Nadie ha conseguido derrotarle, pero empieza
la Transición (el mito vendrá luego). Me pregunto ahora cuándo
empezará la Segunda Transición. La de verdad. Para mí,
como para Franco, el año no tiene ninguna gracia. Me traumatiza la entrada
en la escuela; no entiendo tanta urgencia por socializarme y me veo obligado a
practicar tentativamente el autismo para proteger mi sensibilidad exquisita del
ataque de las bestias jaraneras que me rodean. 1976: Todos lo dicen: soy
un niño melancólico y enfermizo. Vomito demasiado, como si fuera
una premonición de mis depresiones futuras y hasta de mis borracheras reincidentes. 1977:
Probablemente de este año son las primeras imágenes fiables de mi
memoria. Casi todas provienen del cine y la televisión; mi primer amor
tiene un nombre muy contundente y aguerrido: Bárbara Rey. Colombo, Espacio
1999 o Mazinger Z me educan sentimentalmente, con resultados dudosos. 1978:
Veo programas infantiles, pero también los de adultos. La geometría
de los dos rombos me atrae. Recuerdo especialmente una de aquellas películas,
El estrangulador de Boston. El aprendizaje de la violencia se impregna de un erotismo
confuso, complicándome un poco más la existencia. 1979: Primera
y Última Comunión. Aprendo nombres de ministros de la Unión
de Centro Democrático. Es una ocupación inútil, pero mi cabeza
es un almacén de datos inútiles. Por ejemplo: ¿quién
puede enumerar los nombres de los actores que interpretan a los siete tripulantes
de la nave Nostromo en Alien? Yo: John Hurt, Tom Skerrit, Harry Dean Stanton,
Ian Holm, Yaphet Kotto, Veronica Cartwright (por orden de muerte) y Sigourney
Weaver. Puedo hacer lo mismo con los ponentes de la Constitución, los Siete
Magníficos de la película de John Sturges y el equipo de la Unión
Soviética que ganó la competición de baloncesto en los Juegos
Olímpicos de Seúl. Leo unos curiosos Clásicos Juveniles
Ilustrados, donde Defoe, Swift y Melville se mezclan con Verne, May y Salgari. 1980:
Me empieza a interesar realmente la lectura, posiblemente con Enid Blyton y su
grupo de niñatos; pero soy todavía un lector ingenuo y no veo nada
raro en esa chica que quiere llamarse Jorge y que es una lesbiana superagresiva
en potencia. 1981: El intento de golpe de Estado del 23 de febrero aumenta
espectacularmente mi interés por la política. El ruido de las metralletas,
la zancadilla miserable de Tejero a Gutiérrez Mellado, la serenidad suicida
de Suárez. Me doy cuenta de que la política existe y de que es algo
importante. No lo he olvidado nunca. 1982: El triunfo de Felipe González
provoca lágrimas en mi familia y euforia por el futuro. En Felipe González
mis padres ven a un andaluz que los resarcirá de décadas de opresión
y desprecio. La mujer para la que trabaja mi padre le despide después
de treinta años de explotación y de cobrar menos del salario mínimo
en los últimos tres o cuatro. Mi padre se pasa las tardes llorando porque
teme que nunca volverá a encontrar trabajo y que sus hijos ni siquiera
podrán terminar el bachillerato. Devoro cómics (Marvel y Bruguera).
Libros, pocos. 1983: Mi vocación por la literatura se empieza a manifestar.
Como siempre, todo es una cuestión social. Escribo en el colegio redacciones
divertidas e ingeniosas que superan los textos de mis compañeros y me otorgan
mi primer "capital simbólico", insuficiente, de todas maneras,
para compensar dos graves problemas: mi torpeza a la hora de seducir y mi indeseable
nariz (la misma que tengo actualmente). Busco lecturas más serias. Descubro
dos personajes que me parecen, aún hoy, excelentes: Sherlock Holmes, infinitamente
superior al risible Poirot, y el extraño mutante de Isaac Asimov, estéril
y megalómano, conocido como el Mulo, que con sus poderes mentales logra
dominar la galaxia hasta que es lamentablemente derrotado por los telépatas
sectarios de la Segunda Fundación. No negaré que siempre he sentido
una curiosa identificación con ese mutante que se enfrenta él solito
a todo el universo. 1984: Empiezo el bachillerato. La pubertad me arruina;
ya no puedo escribir textos divertidos (ver por primera vez Apocalypse now también
influye, probablemente). Percibo una ausencia: Dios no existe. Afortunadamente,
el comunismo es necesario. Pero lo peor es que me asustan las vaginas. Alguien
me confirma que están rodeadas de pelos. Mi sensibilidad hierve de romanticismo
demodé. Escribo cuentos morbosos que imitan a Poe y extraños textos
rebeldes e inconformistas, resultado de la acumulación de Kafka y Orwell.
Repito los pasos seguidos por mi hermano en su formación intelectual, y
creo que con buenos resultados. La interpretación de los sueños
me depara ratos inolvidables de autoanálisis detectivesco. 1985: Ya
no me quedan dudas: la vida es una mierda. Cualquier otra definición será
estéticamente más digna, pero ontológicamente no será
superior. Los años no me han hecho cambiar de opinión, aunque sí
me he esforzado de manera reiterada por encontrar otras formas más brillantes
de expresar la misma esencial idea (hasta ahora, porque al fin me he dado cuenta
de que la literatura funciona de modo eufemístico, como una gran sublimación;
el horror de la vida siempre, forzosamente, sin excepción, se atenúa
en el arte, que con el gozo estético nos enajena de nuestro destino verdaderamente
miserable. La literatura nunca será el infierno, por mucho que lo intentemos.
Ninguna novela sobre Auschwitz será Auschwitz). Lecturas inolvidables:
García Márquez, sobre todo Cien años de soledad; y Frankenstein,
traducido por Quim Monzó. Descubro la belleza bipolar del duelo: Victor
Frankenstein y el monstruo, como don Juan y el convidado de piedra, Raskolnikov
y Porfiri Petrovich. O Michael Caine y Laurence Olivier en Sleuth, de Mankiewicz.
Esa tensión irremediable entre dos seres incompatibles y orgullosos me
parece la versión más apasionante del diálogo humano. 1986:
Vivo a duras penas, pero encuentro una ayuda: el alcohol. Lecturas valiosas, tanto
que he preferido no recuperarlas: El corazón de las tinieblas, Retrato
del artista adolescente, El árbol de la ciencia, El lobo estepario (¡cómo
no!) y el Quijote. 1987: Soy impaciente y desordenado en mis lecturas: toqueteo
a Nietzsche, a Thomas Mann y a Borges. Bajo el volcán y Trópico
de Capricornio me convencen plenamente. Leo también a una mujer, Djuna
Barnes, y eso es infrecuente en mí. Tiempo de silencio y Luces de bohemia,
por la parte española. Me reitero en lo dicho: Dios no existe, pero
ni siquiera el comunismo me consuela. La vida, como dijo Sartre, es una pasión
inútil. 1988: Primer momento de saturación literaria. Sin
embargo, en virtud de un singular masoquismo, decido empezar a estudiar filología.
Es imposible racionalizar la decisión. Toca existencialismo: Sartre
y Camus por un tubo. 1989: Fin del socialismo real. Las imágenes
de la ejecución de Ceaucescu me impresionan profundamente y siento que
ese momento merece una novela. Pero sólo la necesidad de documentarme y
de ser verosímil ya me embarga de pereza. Que la escriba otro. Por mi
parte, casi nada nuevo. Descubro, para mi horror, que la literatura española
está llena de nombres secundarios que sin duda escriben mucho mejor que
yo, pero que son absolutamente desconocidos fuera de España y están
en la tercera división de la Liga Literaria Occidental. 1990: Se
supone que empieza la edad de oro después del fin de la Unión Soviética.
Ya no habrá apocalipsis nuclear, según dicen. Sin embargo, yo veo
apocalipsis por todas partes. Lecturas: Sábato, sobre todo el "Informe
sobre ciegos", tan lúcidamente paranoico como a mí me gusta
ser; en cambio, cierta decepción con Céline y Svevo, así
como con Nabokov, demasiado elegante en su pederastia para mi gusto. Profundizo
por obligación académica en Quevedo y Góngora, pero disfruto,
especialmente con las Soledades. Me tienta el hermetismo como forma de egolatría
literaria. 1991: Empiezo a escribir Indicios del caos. Sé que la
literatura no me salvará, pero prefiero engañarme, como tantos otros
en el pasado. Me entrego conscientemente a una alienación literaria. Como
me temía la gente que me rodea empieza a decir de mí: "Es un
poco raro". A pesar de mis reticencias políticas, me enfrento con
Vargas Llosa y descubro las posibilidades del realismo (con La ciudad y los perros,
aunque Conversación en La Catedral es gloriosamente superior). Es un buen
año para los latinoamericanos: leo a Rulfo, Puig, Donoso. Y Onetti, El
astillero. Recuerdo unas palabras suyas: "Hay páginas de Faulkner
que me hacen pensar que es inútil seguir escribiendo". De mayor quiero
ser como Onetti. Qué inmenso, postrado en su sempiterna cama. 1992:
Año olímpico que desgraciadamente tengo que pasar en Barcelona,
soportando la euforia de nuestra entrada en el Primer Mundo. Los estudios universitarios
saturan de nuevo mi sensibilidad como lector y se me nubla el juicio estético.
Puedo escribir, pero no puedo leer. Acabo los dos primeros capítulos de
Indicios del caos. Mantengo la fe en mis posibilidades y tengo que censurar algunos
indicios subversivos de humildad en mi cabeza. Destacaré la lectura
de Cioran, especialmente de sus aforismos, dosis homeopáticas de sabiduría
nihilista. 1993: Soy licenciado en Filología Hispánica. Es
hora de buscar trabajo; consigo becas para malvivir mientras empiezo el doctorado,
que algún día espero acabar. Creo que ya estoy bastante maduro
para afrontar a Joyce y a Proust. Leo Ulises, pero apenas acabo el primer volumen
de Proust. Decía Ortega que se trataba de una novela paralítica.
Bien, sepan que tenía razón (por una vez). 1994: Soy objetor
de conciencia y hago una cómoda prestación social en lugar de la
mili. Detestar la repulsiva idea de España me otorga aún ahora una
gran satisfacción. No obstante, el Estado, siempre tan hábil, me
concede una beca para realizar la tesis doctoral, lo que me obliga a admitir la
prosperidad de la res publica y a argumentar más sólidamente mis
críticas al sistema. No todo es perfecto, claro: la beca supone entrar
en contacto con el staff piojoso e indocumentado de los profesores de literatura
española. Compruebo la realidad del vasallaje universitario, sufro la envidiable
haraganería de los supuestos eruditos y comprendo la mugrosa verdad de
ese mundo académico que se permite elaborar los cánones literarios. Releo
Indicios del caos: creo que objetivamente hay algunos valores estéticos,
pero es preciso aún mucho trabajo y trabajar en el arte me empieza a parecer
demasiado entrópico. Gran año de lecturas: El ruido y la furia,
El gran Gatsby, Bartleby el escribiente. "Preferiría no hacerlo":
inmejorable lema sindical, que yo repito hasta en mis sueños. 1995:
Año de crisis brutal. Leo a Dostoievski y descubro que coincido demasiado
con sus personajes. La literatura me asquea, pero todavía me asquea más
la literaturización de mi vida. Pienso algo asombroso que además
no es indemostrable: en realidad, lo que pasa es que simplemente no me gusta la
literatura. Tal vez es el cine lo que me gusta. Pero escribo por impaciencia:
siento que el tiempo se agota. Entonces era una percepción precipitada.
Ahora sí que se agota de verdad. 1996: Trabajo en una editorial y
en una empresa de consultoría económica. Como no existe el trabajo
estable, me multiplico, lo que me desestabiliza mentalmente, y por mantener la
práctica literaria, acepto la oferta de una editorial para publicar un
libro con el título Las ardillas. Firmo el libro con el seudónimo
más corriente que se me ocurre: Pablo Sánchez López. Me alivia
la dedicación intensiva a las ardillas, sobre las cuales apenas hay bibliografía;
siento incluso que podría ser mucho más feliz con la divulgación
del mundo de los roedores que con la gloria literaria. Probablemente ya he comprendido
que no existe el sistema de elites con el que sueña cualquier escritor,
que la vanguardia del arte se parece a la maratón de Nueva York. Pero
redacto de nuevo Indicios y la envío a editoriales. Como habrán
notado, no hablo de relaciones sentimentales en estos años. Les aseguro
que no es por timidez. Mi destino es mucho peor: soy un ateo forzado al voto de
castidad. 1997: Continúo en el submundo de la letra impresa: corrijo
galeradas de libros sobre el cuidado de las tortugas, escribo hagiografías
de políticos autonómicos, redacto solapas para obras de Terenci
Moix, entre otros, hago falsas traducciones del inglés al catalán
sin leer la versión original y aprovechando la anterior traducción
española. Setenta editoriales de toda España me rechazan. A ello
hay que sumar cuatro premios literarios a los que me he presentado; en uno de
ellos competía con otros seiscientos cuarenta y cinco originales y uno
más que era el ganador de antemano (un argentino, como siempre). No me
sirve ni siquiera el consuelo de John Kennedy Toole. Tampoco funciona la fórmula
que repito una y otra vez para mis adentros: "Gide rechazó el manuscrito
de Proust". Lógico: yo también lo hubiera rechazado. El
suicidio me parece una salida coherente ante tanto fracaso. No estoy exactamente
deprimido; simplemente creo que mi vida no vale la pena. Es una apreciación
objetiva: tengo algo así como una invalidez intelectual permanente. Nunca
llego a plantearme seriamente el suicidio, claro, sobre todo por la familia. Pero
soy un hombre humillado. Y ofendido también, por qué no. 1998:
Conozco de cerca una historia totalmente inverosímil que duplica su interés
por el hecho de ser cierta. Uno de mis viejos amigos del bachillerato tenía
desde siempre un grano bastante notable en la espalda, justo encima de alguna
de las vértebras inferiores. De vez en cuando -nadie se ve tan a menudo
la espalda- se lo miraba con cierta curiosidad y decía en broma que tenía
forma de clítoris. Su mayor problema surgió por culpa de un clítoris
real: la novia con la que llevaba trece años saliendo tuvo la ocurrencia
de abandonarlo por otro. Seis meses después él contempló,
por pura casualidad higiénica, su seudoclítoris en el espejo: tenía
un aspecto distinto, más fálico por grande, pero sospechosamente
negruzco. No tardó mucho en ir al médico, y tampoco tardó
mucho en morir de cáncer. Yo saqué mi conclusión de la historia:
murió por falta de amor. Piénsenlo un momento: murió porque
no tenía un otro que le mirara la espalda desnuda. Y es que para cosas
de ese tipo el amor es realmente útil. 1999: Se me sigue muriendo
la gente. La muerte es hereditaria, dice la greguería. Yo la actualizaría
un poco: el cáncer es hereditario. Pobre Gómez de la Serna. Él
también está muerto. 2000: Nuevo avatar de mi humillación:
acepto una oferta para dar clases de literatura ni más ni menos que en
México, un país lleno de homosexuales reprimidos que se disfrazan
de charros para marcar paquete y en el que la clase política parece dominada
por clones guadalupanos de Fraga Iribarne o Aznar. Por fin vivo de la literatura,
es cierto. Y nada mal, a pesar de tanta gastritis. Pero no es lo mismo. Por otro
lado, el exilio, en mi caso bastante cómodo, me aporta algunos beneficios
sentimentales: la disección de la nostalgia, la desfamiliarización
del tiempo, la ruptura con la presencia. Pero siempre hay muerte. La mía
se deja entrever, se disfraza de hipocondría para bromear un poco, se acuesta
conmigo, mira el reloj y sonríe. Busco el tablero de ajedrez de El séptimo
sello y sólo encuentro el parchís sucio de mi infancia. 2001:
Regreso a España con la esperanza (absurda) de encontrar trabajo en alguna
universidad sin tener que ser sodomizado, real o metafóricamente. Todo
cambia de manera inesperada; conozco por casualidad a Héctor Ugarte, que
lee el manuscrito de mi novela y consigue algo increíble: que lo publique
la editorial Maldoror. El editor se queda convencido de las posibilidades comerciales
y firmo un contrato por primera vez en mi vida (siempre he sido trabajador en
negro). Soy feliz, y precisamente por eso tengo miedo. Algo va a pasar. 2002:
Año Glorioso. Reseñas elogiosas en casi todos los medios de comunicación.
No sé cómo, pero la novela funciona bien comercialmente, incluso
en el boca-oreja (y hasta en el boca-falo). Algún crítico habla
de un nuevo fenómeno Cien años de soledad y pronostica "el
boom Raúl Garay". Ugarte me advierte que debo desconfiar, porque el
éxito siempre es peregrino, pero él mismo reconoce que la recepción
ha sido extraordinaria. Me entrevistan por primera vez en marzo. Por fin siento
que alguien de verdad escucha lo que digo. Mis caprichos se vuelven genialidades,
mis lagunas culturales se convierten en argumentos de autoridad. En junio participo
en la presentación de otro libro de la editorial. La editorial me mima.
Miro a mi editor a los ojos y, como en los tebeos, veo en vez de sus pupilas el
signo del dólar. Julio es la hostia: dos periódicos me ofrecen una
columna semanal, la Agencia Carmen Balcells se pone en contacto conmigo, la editorial
me ofrece un contrato magnífico para que me comprometa con ellos por los
próximos diez años y distribuye el libro por Hispanoamérica.
Viajo a México, a Argentina, a Perú y a Venezuela. En agosto ya
tengo dinero; o sea, que por fin puedo ir al banco y ser tratado como una persona.
Tengo el estrés de los famosos del cine y del mundo rosa. Cócteles,
cenas, viajes, presentaciones. Me acuesto por las noches y el ego se me sale por
los dos lados de la cama. En septiembre los escritores ya me reconocen como
miembro de la nobleza literaria. Conozco a Fernando Arrabal y a Francisco Umbral,
dos tipos que han logrado otro de mis sueños: destacar en la literatura
y en la televisión. También me presentan a Javier Marías,
al que no le hace ninguna gracia mi imitación de un madrileño en
Oxford. En esos mismos días, miento de manera imperdonable en una cena
con Guillermo Cabrera Infante: "Tenía muchas ganas de conocerle".
Y lo más importante: conozco por fin al gran jefe, a don Jesús de
Polanco, Ciudadano Polanco. Le veo llegar por el pasillo del Círculo de
Bellas Artes rodeado de varios tipos que lo protegen del asedio de unos periodistas
que en realidad son sus periodistas; primero pienso que esos tipos tan ansiosos
por proteger al Gran Hombre deben de ser sus guardaespaldas, pero enseguida me
doy cuenta de que no pasaron ningún examen físico. Es su guardia
de corps, también llamada Legión de Honor Intelectual: los novelistas
de Alfaguara. Me presentan y yo beso la mano del Gran Hombre, jurándole
que le seré fiel, que pongo mi vida editorial a su servicio y que nunca
me acercaré a la familia de Pedro Jota. Lo juro por Dios, claro. Es decir,
lo juro por nada. En octubre tengo que frenar un poco mi actividad pública
y empiezo a escribir mi segunda novela. Con el anticipo pago la entrada de una
torre en la montaña para que mis padres tengan algo de patrimonio antes
de morirse. En noviembre soy invitado a impartir ni más ni menos que un
curso de liderazgo en una escuela de empresarios. Acepto porque pagan bien y porque
me parece profundamente divertida mi mutación de don nadie a líder.
El presentador del acto elogia mi constancia, mi espíritu emprendedor,
mi fe en el proyecto personal. Yo empiezo mi discurso: "Un fantasma recorre
Europa...". En diciembre me emborracho como nunca y descubro la grandeza
paradisíaca del ocio. En esos momentos pienso, freudianamente, que la literatura
me ha compensado por fin de tantos fracasos sexuales. La vida sigue siendo, en
general, un espanto, pero yo lo noto un poco menos. Aun así, por las noches,
antes de dormir, sigo haciendo mi examen de conciencia política y releo
a Fredric Jameson para no contaminarme de reformismo socialdemócrata. 2003:
Año Ominoso. El 23 de marzo recibo una llamada telefónica de
Ugarte, que me pregunta si conozco a un tal Elías Betancourt Cohen. Le
digo que no, y él me informa de que ha llamado a la editorial amenazando
con una demanda por plagio. Ugarte me tranquiliza: estas cosas pasan a menudo,
no te preocupes. El abogado me ha dicho que no habrá problemas, pero tendrás
que esperar hasta después de Sant Jordi para publicar. A mí Sant
Jordi me importa una mierda, le respondo. El 24 de marzo empiezo otro viaje
para presentar la edición chilena. El 26 mi padre fallece de un infarto.
Ya empezamos. El 7 de abril me llama de nuevo Ugarte. ¿Conoces una novela
llamada La fosa común? No, ni idea. Se trata de la novela ganadora en 1999
del Premio de Novela del Ayuntamiento de Mérida que fue publicada al año
siguiente por el mismo ayuntamiento. Betancourt ha interpuesto la demanda y recibo
una citación judicial, con una aterradora retórica, después
del auto de admisión firmado por el juez. Ugarte me recomienda que lea
la novela. Leo la novela. La vista preliminar tiene lugar en septiembre. Veo
por primera vez a Elías Betancourt, pero no intercambiamos palabra. Poco
después consigo entrevistarme a solas con él. La reunión
termina mal; a la semana siguiente ya recibo otra denuncia, esta vez por amenazas
e intento de agresión. Los periódicos sacan la noticia y nadie cree
en mí. Las evidencias textuales parecen perjudicarme; un famoso suplemento
literario dedica ni más ni menos que ocho artículos a denigrarme.
Un manifiesto firmado por cincuenta escritores exige públicamente la retirada
inmediata del libro y Cabrera Infante aprovecha la ocasión para relacionarme
con los servicios de seguridad castrista. El editor empieza a mirarme de forma
rara y, para colmo, Ugarte muere en un accidente de tráfico. (Delito
contra la propiedad intelectual..., qué majadería. ¿Acaso
sabemos quién tiene la propiedad intelectual del universo?). En octubre
ya me he convertido en un gusano. Los derechos de mis traducciones no se negocian.
No iré a Fráncfort. Mis artículos son vetados, con más
o menos cortesía, en todas las publicaciones; la intelectualidad española
me desprecia explícitamente y me gano unos cuantos enemigos más
por mi impulsiva reacción en algunos actos públicos. Al mismo tiempo,
crece el prestigio de Elías Betancourt y se incrementa el número
de sus aliados: políticos de renombre, dueños de periódicos,
escritores que antes elogiaron mi creatividad. Publica un libro de cuentos que,
según la mayoría de críticos, elimina cualquier duda sobre
su talento literario. En noviembre sucede otro hecho increíble: el Círculo
de Lectores de Terenci Moix interpone también una demanda contra mí
por plagio. Es decir, tengo encima una acusación popular. No entiendo por
qué estos señores quieren que yo vaya a la cárcel. Pero así
es la ley y así es la democracia, dicen. En diciembre un programa de televisión
me permite defender mi imagen. Acabo amenazando de nuevo a Elías Betancourt,
delante de dos millones de espectadores (según las cifras de audiencia).
La editorial retira mi libro del mercado. 2004: Último año
de mi carrera literaria. En enero no hago más que recibir denuncias,
todas injustificadas, por parte de Betancourt. Un juez malnacido admite a trámite
una, y recibo una querella más por desacato. Tengo que indemnizar a Betancourt
con mis ingresos por derechos de autor, y mi negativa me obliga a sufrir varios
tipos de embargo. En febrero me veo obligado a buscar trabajo en editoriales.
El director de una famosa colección se atreve a verbalizar el boicot contra
mí: "Olvídate de publicar nunca más. Estás marcado
de por vida, nadie se arriesgará a publicarte otra vez. La mano negra ha
caído sobre ti". Ni tan siquiera me ofrece unas pocas galeradas para
corregir. En marzo hipoteco la torre para pagar a los abogados; afortunadamente,
mi madre ha enfermado y no se entera de mi hundimiento. Voy todos los días
a los juzgados. He cometido delito de injurias contra el Rey, entre otros muchos,
y todo por haber reivindicado en una carta a un periódico la utilidad histórica
de la guillotina. Amenazo de muerte por carta a todos y cada uno de los miembros
del Círculo de Lectores de Terenci Moix, después de haber forzado
la puerta de la sede social y haber conseguido ilegalmente la lista de los asociados.
Batasuna me pone en su lista negra, y no sé muy bien por qué (quizá
porque estuve una vez en un restaurante vasco y no pagué todos los pinchos);
de cualquier modo, yo los pongo a ellos en la mía. En abril me dedico
a cuidar a mi madre. Mis enemigos afirman que estuve en la Feria del Libro de
Barcelona y me responsabilizan de varios incidentes: amenazas de bomba, quema
de stands, agresión al inminente premio Nobel catalán, Baltasar
Porcel. En julio Elías Betancourt firma con la editorial más poderosa
del mercado en lengua española un contrato millonario para la publicación
de su próximo libro, en el que, dicen, hablará de mí y de
todo lo que ha sufrido con esta historia. Sus hábiles movimientos le sitúan
en una posición de privilegio dentro del campo literario y se profesionaliza
definitivamente. Se rumorea que La fosa común será traducida a varios
idiomas y que le han ofrecido un cargo muy bien remunerado en el Instituto Cervantes.
La producción cultural de mi enemigo es desbordante: aparecen artículos,
ensayos, reseñas, cuentos, por todas partes. No entiendo de dónde
saca tanto tiempo y tantas ideas; quizá tiene ya negros que le ayudan.
Mario Vargas Llosa lo consagra definitivamente en uno de sus artículos
típicos en los que habla sobre los pobres del mundo que lo son porque quieren,
y de paso se atreve a decir que es el mejor proyecto de futuro de la literatura
en lengua española. Pero hay más: Umberto Eco se ofrece a apostillar
la siguiente reimpresión de su obra y Salman Rushdie, con serio riesgo
para su vida, se reúne con Betancourt en El Corte Inglés de Madrid.
Por otro lado, en septiembre se estrena la versión cinematográfica
de su novela, y un productor estadounidense adquiere los derechos para hacer una
versión en el mercado norteamericano. Detecto que la influencia intelectual
de Betancourt se extiende cauta pero continuadamente, como una onda telepática
de impredecibles límites. Sus autores preferidos son ensalzados constantemente
en revistas culturales, exposiciones y congresos; sus opiniones y sanciones ejercen
un arbitraje decisivo en muchos medios de comunicación, que acuden a él
con frecuencia para que hable de la posmodernidad literaria, de la reproducción
de las musarañas o de cualquier otra cosa; peor aún, empieza a florecer
una especie de escuela narrativa a su alrededor con discípulos prematuramente
serviles (muchos de ellos argentinos) que ya ganan premios literarios, y la crítica,
con su habitual rigor teórico tan bien aprendido en las universidades españolas,
acude a su magna obra como modelo y fuente de conocimiento en los temas más
diversos. Siento que, de algún modo misterioso, la propia cultura, el magma
verbal en el que nadamos todos los días, empieza a moverse en la dirección
que él marca, como si tuviera el poder de controlar la logosfera a su voluntad,
hipnotizando tanto a las elites como a las masas con una sutileza jamás
vista. ¿Un ejemplo? El reciente congreso que un centro de poder cultural
como la Universidad de Harvard dedicó a la obra de Azorín; el congreso
fue inaugurado por Betancourt con una conferencia magistral (descarto las comillas
para no insultar a mi lector implícito) y fue portada de algún periódico
español de reciclado franquismo. Salvo los jueces, nadie parece acordarse
ahora de mí. Todos creen que la victoria de Betancourt ha sido total. El
único hecho que falta para ratificarlo es su inminente visita a la Feria
del Libro de Fráncfort, donde su novela es una de las más apetecibles. En
octubre, humillado, desprestigiado, envilecido y solo, tomo la decisión
de exiliarme durante una temporada, y qué mejor lugar para ello que la
misma ciudad de Fráncfort. |