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| Las fronteras invisibles |
| MANUEL GARCÍA RUBIO | |
128 págs. | | ISBN 84-96080-64-1 |
| 13,95 €. | |  |
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1 El encuentro fortuito con Rocío
trajo respuestas inesperadas a preguntas que, desde hacía un tiempo, venía
haciéndome con reiteración. No estoy satisfecho del lugar en
el que mi existencia ha recalado, anodina y vulgar, aunque cómoda. De este
desconcierto he culpado a todo y a todos: a la educación que recibí,
a mi generación, perdida y bien hallada, a los amigos, a la mala suerte;
a mí mismo, también. Para explicármelo, amasé mil
causas posibles con las cuales hacer un muñeco de conveniencia que pudiera
exorcizar con la palabra destino. Tal vez no estuve errado. Ahora, sin embargo,
con Rocío, he recordado una antigua convicción: que ese destino
no es fatal, sino el sumatorio de múltiples factores. Unos a otros se condicionan
en un proceso helicoidal, abierto, que se alimenta a sí mismo en un bucle
infinito. En medio de ese algoritmo complejo estamos las personas, solas e, igualmente,
diluidas en sociedad, con nuestras aptitudes y nuestras actitudes, con nuestro
ánimo mutable, con nuestras inquietudes y nuestros sueños. En la
medida en que perseveramos en la idea que tenemos de nosotros mismos, forjamos
una manera específica de ser y de estar que nos apuntala como individuos
y orienta el mundo que nos rodea para acomodarlo a la horma de nuestro espíritu.
La neutralidad, pues, no es ni condición ni consecuencia de lo neutro y,
tal vez por eso mismo, resulta en la práctica imposible. La naturaleza
no se deja adocenar. Al final, el sino queda constituido por una compleja mezcla
de voluntad, inteligencia y circunstancias, precipitada por el tiempo, cuya premura
no concede regresos ni recesos y lo registra todo, insobornable, en su cuaderno
de bitácora. Felizmente, este es el principio que agita la vida y la
protege de la mediocridad y del marasmo. Rocío es, hoy, una mujer madura
y hermosa. Hace años que terminó la carrera de Turismo. Después
se casó con un médico y abrió un hotelito de montaña
en un pueblo de Segovia. El negocio funciona sin contratiempos, dijo; se encuentra
a pleno rendimiento. Tiene un hijo pequeño, al que adora, y, aunque acaba
de divorciarse, se siente con fuerzas sobradas para enfrentarse al futuro. Me
pareció que era feliz. Se la veía satisfecha y llena de ánimo.
Sólo por eso me atreví a preguntarle por Gonzalo Colmenar, un hombre
fascinante cuya amistad compartimos cuando ambos salíamos de nuestra adolescencia.
Lo hice con precaución, temeroso de allanar un espacio que acaso fuera
sagrado para ella. -No, nunca más lo vi -se le escapó una sonrisa
mecánica, mueca de un cosquilleo incómodo-, pero conservo su carta.
-¡Su carta! ¡Cuántas veces supuse que me dejarías
leerla! -¡Oh, no, eso no, Enrique! ¡No me pidas eso! Gonzalo
Colmenar se había ido de nuestra existencia sin dar explicaciones cabales
acerca de la tragedia que él, Rocío y yo habíamos vivido
muy poco antes de su desaparición. Tal vez no fuera así, pero yo
siempre sospeché que a ella le había revelado claves que a mí
me habrían ayudado a sobrellevarla con menor inquietud. -No, por supuesto
-me apresuré a liberarla de su sofoco-. Sin duda te escribió cosas
muy íntimas que yo no tengo derecho a conocer. Rocío soltó
una carcajada: -Me quedé muy confusa. Sigo muy confusa, aún hoy,
pero de otra manera. No sé... -Estaba enamorado de ti, creo. -Lo
único que tengo claro es que yo estuve enamorada de él. -Entonces,
¿qué pasó? -me pregunté a mí mismo antes que
a ella. Y, al tiempo, sentí la sacudida de una revelación. 2 Cuando
me topé por vez primera con Gonzalo Colmenar, me hallaba muy lejos de suponer
que nadie pudiera alterar mi visión del mundo y mis propósitos para
la vida, mucho menos un individuo de apariencia tan común como la suya. Yo
acababa de terminar la carrera de Derecho y preparaba unas oposiciones a la judicatura,
de modo que pasaba buena parte del día encerrado en un pequeño estudio
de la casa, recitándole al espejo, de corrido, los temas que, dos veces
por semana, tenía que desembuchar ante mi preparador. Era una tarea aburrida,
pesada y extenuante cuyos resultados no acababan de verse nunca, pues sólo
tendrían valor cuando desembocaran en el aprobado definitivo. En tanto
no llegara ese incierto episodio, aquel trabajo tenía toda la apariencia
de una siembra vana e invisible que nadie, ni yo mismo, estaría dispuesto
a reconocer. Con todo, mi situación familiar y económica me permitía
acometer el sacrificio sin agobios. Mi padre era ingeniero de caminos, catedrático
en la universidad y propietario de varios negocios. Mi madre, por su parte, dirigía
una importante empresa financiera. Además, nuestro patrimonio, procedente
de dos generaciones de terratenientes y altos funcionarios, se multiplicaba de
un día para otro en las coyunturas favorables y se refugiaba, en otros
casos, en la solidez inconmovible de solares e inmuebles. Y, si todo ello no era
suficiente para que me entrara por los ojos la evidencia de mi fortuna, he de
añadir que, por aquellos días, nos hallábamos enfrascados
en la construcción del que sería el palacio familiar: un magnífico
inmueble de setecientos metros cuadrados, en las afueras de Pozuelo. Sólo
con el tiempo pude saber que esa experiencia, la de participar en el levantamiento
de nuestra casa, me había colocado ante un espejismo perverso, refractario
a la disipación. En mí se había delegado el diseño
de la piscina y el equipamiento de la sala de juegos. Resolví esas tareas
con destreza de arquitecto y prudencia de manirroto, sin que nadie hiciera nada
por atajar mis caprichos. Para todo había presupuesto suficiente, de modo
que, entre mi voluntad y sus resultados, no advertí más que una
tenue frontera, sencilla de franquear. El futuro, por tanto, me aguardaría
paciente y benévolo. Yo sabía que podía hacerlo esperar mientras
gozaba de mi juventud y de sus placeres disolutos, menudos, casi insustanciales
pero irrepetibles. Por eso, al mismo tiempo que me postraba ante los libros, me
diluía en ensoñaciones de adolescente, dejaba que me distrajera
la música de la radio y otros cantos de sirena, y no decía que no
a ninguna convocatoria de mis amigos, casi todos con las mismas prisas que yo
por llegar a ninguna parte. Ajeno a mi tesitura, Gonzalo Colmenar aguardaba
en el salón de la casa una entrevista con mi madre. Venía recomendado
por el director de la empresa en la que trabajaba como oficial administrativo.
Pretendía impartir clases particulares de matemáticas y física
a mi hermano Jaime, por aquel entonces un jovenzuelo engreído, estudiante
de bachiller rezagado, torpe, veleidoso y aquejado de indisciplina. Lo saludé
con el tono distante que me habían inculcado para los casos de visitas
inoportunas y él, creyéndome su futuro pupilo, saltó del
sofá y me extendió la mano, ceremonioso en extremo. Luego reconoció
que me había imaginado más joven. -No, yo soy Enrique, Enrique
Acevedo, el hermano. Me pidió disculpas, notoriamente aliviado, y yo
lo dejé de nuevo a solas, no sin asegurarle que pronto sería atendido
por el personal de la casa. Desde aquel día, Gonzalo Colmenar acudió
a nuestra residencia todas las tardes, de lunes a viernes, sin fallar. Llegaba
a las siete en punto, ni un minuto antes ni un minuto después. Lo recibía
Marta, nuestra asistenta más joven, que lo acomodaba en la biblioteca y
le ofrecía café. Al principio, Jaime solía incorporarse a
la clase diez o quince minutos más tarde, pero no fue preciso que el tutor
hablara con mis padres para que, finalmente, mi hermano se tomara en serio la
puntualidad. En aquella sala noble de nuestro caserón, Gonzalo Colmenar
impartía su ciencia de aplicado contable con tesón benedictino,
en apariencia demasiado transigente con la pachorra de su alumno. De esta forma,
perseverante hasta lo abrumador, consiguió que mi hermano fuera inoculándose
de un saber que, a la postre, le abrió las primeras puertas de una carrera
empresarial pronto colmada de éxitos. Sin embargo, para el maestro, eso,
el triunfo económico de Jaime, resultaba banal; lo importante era el amor
con el que, compartiendo sus conocimientos, justificaba los años de sacrificios
que él había dedicado a adquirirlos. Tuve muchas ocasiones de
hablar con el señor Colmenar, o con don Gonzalo, como nos recomendó
nuestro padre que lo tratáramos. Para mí, la breve charla cotidiana
con aquel hombre habría de resultar un acontecimiento ineludible, la oportunidad
regalada de abrirme por unos minutos a un mundo real y distinto del mío,
lleno de condiciones y de observaciones, de sobresaltos y de esperanzas, de regates
venturosos y de contratiempos inesperados; un mundo, en fin, complejo, sinuoso,
en ningún caso la línea recta que el relato doméstico de
mi futuro parecía anunciarme. Así pues, entre comentarios intrascendentes
mezclados con anécdotas de mayor o menor calado, sentencias de perro viejo,
digresiones, suspiros y otras expresiones de la inteligencia y del ánimo,
me fui haciendo con su historia y con su personalidad, atractivas por lo que tenían
de triviales y al tiempo de únicas. Hoy sé que toda vida, por
anodina y vulgar que parezca, encierra un misterio profundo, tanto más
subyugante cuanto más notorios y tenaces son sus resultados en el cuerpo
y en el alma de quienes lo arrostran.
3
Por
aquellos días recibí de mi madre un encargo que me desconcertó. Desde
hacía cerca de un año, mi abuelo Juan, el padre de mi padre, que
vivía solo en un coqueto apartamento del barrio de Salamanca, contaba con
la asistencia de una muchacha dominicana, de color, llamada Camelia Manteca. La
joven, de poco más de veinte años, poseía una belleza exuberante,
caribe, que no pasaba desapercibida en el círculo de nuestra familia. Nosotros
solíamos cenar en casa del abuelo todos los jueves. Al principio, Camelia
se limitó a servirnos desde su puesto en la cocina. Las últimas
semanas, sin embargo, se había sentado a la mesa y, aunque apenas participó
de las charlas, tímida y reservada, quedó claro que ahora tenía
un cierto ascendiente sobre el anciano. En una de esas ocasiones, de regreso a
casa, mamá se quejó de la tolerancia del abuelo. En realidad, no
pudo soportar que Camelia se hubiera incorporado al café de sobremesa en
el salón. La joven ocupó, además, la butaca principal, y
se sentó frente a nosotros con descuido de su falda mínima, dejando
al descubierto sus muslos robustos, lustrados por unas medias de satén.
Una de las ligas, que también quedó a la vista, tenía bordadas
las iniciales "C.M.". Lo recuerdo con nitidez, como también recuerdo
la turbación que me produjo aquella negligente exhibición de sus
encantos, y la mirada de reproche con la que mi madre me asaeteó al descubrirme
en pleno embeleso. -Encima es una basta -le advirtió a mi padre-. Esta
chica va a lo que va. Si no atajas el problema, le levanta el patrimonio al abuelo
en cuatro días. Mi padre dijo que hablaría con el suyo, pero
no se tomó en serio el compromiso. Pocos días después nos
llegó la noticia de que el Viejo -así lo llamábamos Jaime
y yo, cariñosamente- había acudido a una fiesta del club de golf
del que éramos socios, acompañado de Camelia. La muchacha se presentó
de tiros largos, con un vestido que su sueldo de doméstica no le podía
permitir. Mamá puso el grito en el cielo, de nuevo sin éxito. Finalmente
me pidió que estuviera vigilante. Afronté el cometido con una
mezcla de excitación y de repugnancia. Era la primera vez que intervenía
en un asunto familiar que parecía de calado, más allá de
la asistencia discreta y protocolaria a las citas sociales de obligado cumplimiento.
Para ello, mamá me había llenado de argumentos difíciles
de desmontar, tales como la evidencia de que el abuelo carecía de atractivo
físico para una jovencita de buen ver, como Camelia, y sí, en cambio,
de rentas sustanciosas, en tanto que la dominicana no tendría problemas
para escoger al hombre que quisiera. Debíamos actuar antes de que la situación
se hiciera irreversible, añadió con un tono de solemnidad que a
mí me apabulló. -No querrás que tu abuelo se convierta
en el hazmerreír de la ciudad, ¿verdad? -No, claro que no -le
respondí sinceramente, pero sin saber con exactitud lo que en realidad
pensaba sobre el asunto. Mi abuelo tenía algo más de setenta
años. Era alto, espigado, con el pelo muy corto y grandes entradas. Llevaba
un bigotito muy fino y canoso. La tez, morena por su afición a la montaña,
siempre pulcramente rasurada. El tiempo resulta insobornable, desde luego, pero
su carácter extravertido y el porte elegante, incluso coqueto, con el que
se desenvolvía le daban un aire llamativo, de bon vivant. En mi fuero íntimo
no me parecía descabellado, por tanto, que una joven hermosa como Camelia
se hubiera fijado en él. Si la misión debía acometerse
de manera discreta, en este punto constituyó un sonoro fracaso. Yo solía
visitar a mi abuelo en determinadas efemérides; por ejemplo, el día
de mi cumpleaños. En estas ocasiones, el Viejo me aguardaba con algún
generoso regalo, últimamente dinero. Luego merendábamos juntos y,
a veces, si el día se prestaba para ello, dábamos un paseo o íbamos
al cine. Aquella infausta tarde, sin embargo, me presenté en su casa sin
motivo aparente. Por toda explicación salió de mis labios un balbuceo
idiota, al que el abuelo correspondió con una sonrisilla de significado
inequívoco. Luego me arrastró hasta el salón, me dejó
sentado en una butaca y se fue hacia la cocina, de la que regresó con Camelia
y con una bandeja de café y pastas. Nos sentamos los tres a la mesa y hablamos
de asuntos menudos, insustanciales. El abuelo se interesó por mis estudios
y yo volví a responderle con otro chapurreo estúpido. Esta vez,
la vista se me atoró en el escote de Camelia y no pude liberarla sino segundos
después de que el Viejo dijera no sé qué cosas sobre la dureza
de las oposiciones y la despiadada competencia que los universitarios de aquel
entonces debíamos sobrellevar. Pronto nos quedamos a solas el abuelo y
yo. Él me preguntó en un susurro qué me parecía la
muchacha dominicana, si la encontraba limpia y hacendosa. Le dije que sí,
que bien. Insistió en saber si me parecía amable y servicial. Sí,
claro que sí, creo que le bufé. ¿Y bonita?, inquirió.
Y muy bonita, murmuré, o tal vez soltara un resoplido. Entonces me habló
de mi abuela, y de la larga y sañuda enfermedad que se la había
llevado cuando sus atributos de belleza e inteligencia se hallaban en plena madurez. -Tú
no puedes acordarte de cómo era, Enrique, no tenías edad para esas
cosas. El Viejo no había conocido a otra mujer antes de ella y tampoco
luego. El amor le había llegado tan pronto que, cuando se fue, no dejó
hueco sino para la melancolía. Después, la vida se le estuvo paseando
por delante de las narices, sin él saberlo. En su ceguera hubo un prurito
de sacrificio que nadie le había pedido. Ahora contemplaba el breve espacio
que tenía por horizonte con ojos nuevos, rejuvenecidos. No, no eran los
mismos que, en la adolescencia, vieron por primera vez a la mujer más hermosa
del mundo y se enamoraron de ella, pero en la mirada le restaba un ápice
de aquella antigua bisoñez, suficiente para creer que no había que
darlo todo por perdido. Aunque sólo fuera por no llamar imbécil
al joven que fue, habría que darle una oportunidad al anciano que aún
no era, concluyó entonces, escondiendo la vista en el hueco que sus dedos
entrelazados tejieron con tal propósito. No encontré palabras
para replicarle. Creo que tampoco me había hablado para hallar en mí
respuesta alguna. El Viejo era demasiado inteligente y orgulloso y, además,
me adoraba. No habría consentido ni deseado una discusión; tampoco
una felonía. Puso, pues, una mano sobre mi hombro, me apretujó contra
su pecho, me besó en la cabeza, y luego me dijo: -Camelia y yo nos vamos
de compras. Quiere regalarme un jersey. Esa noche le dije a mi madre que no
había visto nada que me hubiera llamado la atención en casa del
abuelo. Mamá, sin embargo, no me escuchó; se limitó a murmurar
que Camelia era una pobre chica, que se estaba buscando la vida como podía,
que algo había de alevoso y de especulador en el juego del Viejo... Me
pareció que, de ser cierto todo eso, el abuelo sería un sátiro.
Semanas más tarde le planteé el problema a Gonzalo Colmenar sin
desvelar el nombre de las personas implicadas. El profesor de mi hermano vino
a decirme que la precariedad económica de Camelia no tenía por qué
hacer imposible su felicidad ni, mucho menos, ser un obstáculo para la
del Viejo. -Muchas veces, una misma actitud puede parecer generosa o mezquina
según cuál sea el punto de vista con el que se la enjuicie, generoso
o mezquino él también -concluyó-. Ante esa disyuntiva, creo
que es mejor pecar de ingenuo antes que ahogar uno de esos escasos motivos de
esperanza que la vida nos racanea. -Entonces... -Entonces, piensa en el
viejo rico y en la joven pobre y dime: ¿de qué otra forma, sino
con comprensión y cariño, podrían ser atajadas las diferencias
de edad y de clase? Comprensión y cariño: eso fue, en efecto,
lo que me pareció atisbar aquella tarde en casa del abuelo. Mamá,
sin embargo, me dijo que, como recadero, yo era un desastre colosal. -Te falta
maldad, Enrique. No sé qué juez va a salir de ti. Los abogados te
merendarán con patatitas.
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