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Todo lo que se ve

ALBERTO ÁVILA SALAZAR

144 págs.

ISBN 84-96080-66-8

15,60 €. .

El mundo de Yarek  (00101)

 

Los objetos


Bernardo es comedor de ostras profesional, las come de nueve a seis todos los días de la semana salvo el domingo. A las doce suele descansar unos minutos y se baja a la cafetería a tomarse un café y fumarse un cigarrillo. De tres a cuatro descansa para comer, casi siempre prefiere verdura.
Bernardo tiene su mesa de trabajo cubierta con un mantel de plástico. A su lado hay cien personas que desempeñan su misma labor y cinco encargados que, sin parar, les traen cubos de ostras y retiran después las conchas vacías.
Desde los años setenta hay una superproducción de ostras, se generan millones de toneladas al año, durante un tiempo los gobiernos tenían que destruir los excedentes. Sin embargo, los grupos de presión humanitarios y las organizaciones no gubernamentales dieron pie a una profesión que lavaba la conciencia de los países desarrollados. La consigna era que ningún alimento debía ser destruido mientras siguieran existiendo hambrunas. Por otro lado, con este tipo de nuevos trabajos se combatía el paro endémico en Europa.
Bernardo había hecho cuentas. Ganaba veinticinco céntimos por ostra, lo cual no le dejaba un mal sueldo. Los problemas surgían con los recién llegados, los jóvenes que desean hacerse ricos en poco tiempo y devoran ostras sin mesura, sufriendo aparatosas indigestiones que a más de uno han llevado a la muerte. No son conscientes de lo arriesgado que es comer ostras.
Del mismo modo que los mineros sufren silicosis, los comedores de ostras tienen su particular enfermedad profesional. Todos acaban padeciendo cálculos en el riñón. Bernardo ya ha sido operado dos veces de este mal, si bien ha obtenido una generosa compensación económica por ello; y es que de los riñones de los comedores de ostras se extraen raras y bellísimas perlas.


El padre de Felicidad murió de repente. No estaba enfermo ni era muy mayor, tan sólo desapareció. Sin dolor y sin avisar, como una bombilla que se funde. Llamaron de noche para darnos la noticia, Felicidad estaba en la ducha y cuando salió se lo tuve que decir yo. Recuerdo las palabras que le dije: "Oye, ha llamado tu padre. Lo siento, pero está muerto". Se lo dije exactamente así, como si él mismo me hubiera dado la noticia de su muerte.
Todo el mundo ha escuchado esas historias. Padres que llaman a sus casas a las tantas de la noche y, después de mucho insistir a sus esposas para que saquen a los niños de la cama, les dicen un último "Te quiero". Un "Te quiero" post mórtem, pues al día siguiente la familia se entera del fallecimiento del padre en un accidente de tráfico ocurrido varias horas antes de la llamada de teléfono.
El padre de Felicidad se desplomó en la calle, lo llevaron al hospital y allí ingresó cadáver. Un infarto cerebral. Antes o después todos nos cansamos de vivir, las vísceras también se cansan de seguir trabajando inútilmente y, en un momento dado, se paran. Felicidad no lloró a su padre en un primer momento. No quiso más que echarle un rápido vistazo al cadáver e inmediatamente rogó que lo taparan. No llegué a ver el cuerpo1.


Felicidad no lloró. Felicidad sólo derramaba lágrimas por su madre. Estaba en una residencia de ancianos y no era capaz de reconocer a su propia hija. Creía que seguía siendo una niña. Una niña que baja al parque y que está saltando a la comba o jugando a la rayuela y que, de un momento a otro, subirá a casa, le enseñará una pequeña herida en la rodilla y algunas lágrimas que le han dejado un cerco ya seco en las mejillas. "No te preocupes, hija, no es nada", y le pondrá agua oxigenada y le dejará un beso sobre cada lágrima. Allí donde tiemblan los párpados. Pero la niña nunca sube, todas las noches se acaba haciendo tarde y la madre de Felicidad comienza a desesperarse y a gritar que han secuestrado a su niña.
Aquella noche dormimos juntos. Noté vacío su lado de la cama.
Días después fuimos los tres a casa de su padre. La madre de Felicidad nunca me llamaba por mi nombre, tan sólo me decía "yerno". Yo la llevé, va en silla de ruedas. "Tengo las piernas vagas, se han cansado de caminar", me dijo. Nunca me reconocía. De sí misma lo único que sabía era su propio nombre y apellidos, pero no entendía el contenido de estos datos. A veces, cuando miraba alrededor, era como si viese objetos que levantaban un eco en su interior. Pero las cosas parecían vaciarse enseguida, todo dejaba de estar relacionado. La madre de Felicidad había perdido el alma, solamente le quedaba de ella una huella poco profunda2.
Leo en la enciclopedia: Alma. G. Yuch; L. Anima; D. Seele; E. Soul; F. Áme; I. Anima A. El principio de la vida, del pensamiento o de ambas cosas a la vez, en cuanto que es considerado como una realidad distinta del cuerpo por el que manifiesta su actividad. "El alma es el principio primero por el cual vivimos, sentimos y pensamos", Aristóteles. "El alma es un cuerpo compuesto por pequeñas partes", Epicuro en Diógenes Laercio X, 33. "Nacido del soplo de Dios, inmortal, corporal, que tiene forma", Tertuliano, De Anima. "El alma es de una naturaleza que no tiene relación alguna con la extensión ni con las dimensiones u otras propiedades de la materia de que el cuerpo está compuesto", Descartes, Passions de l'Áme, 1, art. 30.
Me costó meter la silla de ruedas en el ascensor. La tuve que subir a pulso y colocarla de lado para que se pudiera cerrar la puerta. Felicidad subió los tres pisos por las escaleras. De niña había subido y bajado aquella escalera un millón de veces. Pasaba su mano infantil por la barandilla forjada y esmaltada de blanco. Quizás miró cómo bajaba el contrapeso del ascensor situado en el hueco de la escalera. Antes de que lo instalaran había un lucernario que iluminaba la escalera.
El padre de Felicidad dejó como herencia muy poco dinero y un piso antiguo, céntrico y carísimo. En el corazón del barrio de Salamanca.
-¿Qué vas a hacer con él? -pregunté.
-De momento dejarlo. Si mamá no mejora3, lo venderemos para poder seguir pagando la residencia.
Schopenhauer: "Del hecho de que existimos se sigue que debemos existir siempre".
Schopenhauer: "Somos nosotros el ser que el tiempo ha escogido para llenar el vacío, así llenamos la totalidad del tiempo, sin distinción de pasado, presente o de porvenir, y nos es tan imposible salirnos de la existencia como del espacio".
Pienso en una herida eterna, en una cicatriz que no desaparece.

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1. Decimos "su" cadáver. Tratamos a los cuerpos sin vida como si se tratara de una antigua posesión de la persona que ya ha sido abandonada. Señalaba Schopenhauer que embalsamar cadáveres es tan absurdo como embalsamar excrementos. Es cierto, un cuerpo muerto es un desperdicio, una casa deshabitada y fría. Una escultura mal hecha.

2. Ovidio escribe en Las metamorfosis (Libro XV): "La muerte no puede matar tu alma... Las almas van y vienen a través de las formas". El alma de la madre de Felicidad es estática, permanece en el féretro de su cuerpo, no se sacia con los lugares que contempla ni con las experiencias que vive. No es capaz de otorgar vida y personalidad a su entorno, a los espacios y a las formas. Acepta un código simple e ingenuo de confianza, como en Un tranvía llamado deseo, confía en la amabilidad de los desconocidos. Vive en una ciudad sitiada.

3. Felicidad nunca abandonó la esperanza de una milagrosa recuperación de su madre.

 

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