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Mentiras, mentiras, mentiras

IBAN ZALDUA

232 págs.

ISBN 84-96080-72-2

17,50 €. .

Mentiras, mentiras, mentiras  (NB110)

 

Alaitz, Alicia

Ayer soñé con Alaitz. En el sueño se despertaba a mi
lado, en nuestra cama, en nuestro dormitorio. Todo estaba
igual: las sábanas, la pintura amarilla de las paredes, el
póster enmarcado de Corto Maltés. Todo, menos Alicia:
porque en lugar de mi mujer, estaba Alaitz. Con sus mismos
movimientos, se acurrucó a mi lado y dijo: "Cinco
minutos más, por favor", pero no con la voz de mi mujer,
sino con la de Alaitz. Entonces, me desperté, nervioso, y
antes de darme la vuelta supe que no encontraría el rostro
de Alaitz. Alicia, mi mujer, con sus gestos habituales, se
acurrucó a mi lado y dijo: "Cinco minutos más, por favor".
Yo le di un beso en la frente y permanecí diez minutos más
tendido en la cama junto a ella.

También hoy he soñado lo mismo. No me ha ocurrido
nunca nada parecido, y no puedo dejar de pensar en ello.
De camino al trabajo le he dado vueltas y más vueltas, y
sigo aquí, frente al ordenador, sin hacer mucho caso de la
sucesión infinita de cotizaciones de bolsa de hoy. No le he
mencionado el sueño a Alicia.

Alaitz fue novia mía, cuando éramos jóvenes. Bueno, a
decir verdad, nunca llegó a ser exactamente mi novia,
nunca llegamos a salir juntos; no sé por qué me gusta acordarme
de ella como si hubiera sido mi chica, aún a sabiendas
de que me engaño a mí mismo o, si se da el caso, engaño
a mi interlocutor. En la facultad estuvimos en clases y
cuadrillas distintas; nos cruzábamos en los pasillos y en
los bares de los jueves, nada más. Era delgada -demasiado
delgada, acaso- y pálida, y parecía estar siempre triste.Y,
sin embargo, algún encanto tenía, al menos para mí; un
encanto literario, quizás, una especie de lazo ucrónico y
estúpido con que yo la unía con las heroínas sentimentales
de las novelas decimonónicas que devoraba por aquel
entonces.

Me enamoré de Alaitz una noche. Se celebraba alguna
fiesta y había un barullo increíble; todos los estudiantes
estaban en la calle. Sin saber cómo, nos encontramos en el
Onassis y nos quedamos solos, siguiendo la interminable
ruta de los bares. Alaitz tenía ganas de hablar y lo hizo sin
parar, aunque apenas me conocía. Bebimos mucho. Me contó
cosas de su novio. Lo celoso que era y que estaba harta de
las discusiones que cada fin de semana tenían cuando volvía
al pueblo. Puede que con demasiado detalle: al cabo de
una hora odiaba a aquel tipo con toda mi alma. Yo también
hablé por los codos. Le ofrecí un sinfín de consejos baratos y,
de paso, abundantes detalles de mi vida de veintidós años,
que no tenía, claro está, el más mínimo interés. Hacia las
cuatro de la madrugada, decidí que la quería.

Pero no ocurrió nada, pese a que estaba escrito que
tenía que ocurrir: lo vi claramente en los ojos de Alaitz, lo
mismo que ella pudo verlo en los míos. Inútilmente. Hacia
las siete, cuando nos echaron del último bar, me dijo que la
acompañara a su casa, y yo acepté. Seguimos hablando
durante todo el camino. Estaba sola en el piso y me invitó
a desayunar, y yo me tomé muy a gusto el Cola Cao caliente
y las galletas que me sirvió. A las ocho parecía que
había llegado la hora de dormir un poco, y me fui a mi piso.
Me despedí con un tímido hasta pronto, desde la puerta, y
allí finalizó la noche.

No volví a ver a Alaitz. No terminó la carrera. Ese mismo
año regresó al pueblo y perdimos la relación. No hice ningún
esfuerzo por ponerme en contacto con ella. No sé por qué.

Más tarde, conocí a Alicia. Encontré trabajo en el banco,
y me fui a vivir con ella. Nos casamos. De vez en cuando,
al acordarme de entonces, me pregunto cuál habría podido
ser mi vida si aquella mañana me hubiera acostado con
Alaitz. Cómo habría cambiado. Si habría cambiado en
algún detalle importante. Es imposible saberlo. Mi vida
habría podido ser totalmente distinta, y también la de
Alaitz. Y la de Alicia, por supuesto. No puedo evitar que
estos pensamientos me asusten un poco. Pero, tomado
como un simple juego, puede resultar interesante, y me he
ejercitado alguna que otra vez en él, imaginando diferentes
escenarios. Como en los sueños de ayer y de hoy. Sin
embargo, no he hecho ningún esfuerzo para ver a Alaitz,
pese a saber dónde puedo encontrarla.

Los sueños se me antojan, en ese sentido, una suerte de
aviso. No suelo acordarme de los sueños, y por eso estoy
nervioso. Miro cada vez con mayor frecuencia hacia el
silencioso teléfono que está junto a mi ordenador. Sé que
Alaitz trabaja en la ciudad, en un euskaltegi, aunque sigue
viviendo en su pueblo. Va y vuelve cada día, en coche. Lo
supe por boca de un conocido, por casualidad. Aunque he
abrigado la esperanza de encontrármela alguna vez por la
calle, nunca ha ocurrido. De cualquier manera, hasta
ahora no he intentado llamarla. Para no liar las cosas, probablemente.
Para no mezclar juego y vida.

Finalmente, esta mañana he descolgado el teléfono. La
academia tiene tres sedes y no sé en cuál de ellas trabaja
Alaitz. Escojo una: no la primera que aparece en la guía
telefónica, sino la segunda. No sé por qué tendría que ser
esa. Y -no tengo más remedio que tomármelo como una
señal- acierto a la primera: la secretaria me ha dicho
que, efectivamente, Alaitz trabaja allí, aunque por las tardes.
Que llega hacia las seis para preparar las clases nocturnas.

He pasado el día inquieto. Al volver a casa, encuentro
un post-it de Alicia en la cocina: volverá mañana, de noche,
porque le ha surgido no sé qué problema con un catálogo.
Le ocurren a menudo cosas así, pero hoy me siento preocupado
por la ausencia de Alicia. Porque he perdido, acaso, la
oportunidad de sentirme culpable ante sus ojos. Saco un
paquete de croquetas del congelador y me preparo una
comida rápida. La espera hasta las siete va a ser larga.

Desde las cinco estoy en la cafetería de enfrente del euskaltegi,
apostado junto a la ventana. Los vasos de leche
caliente no me han hecho ningún bien: tengo dolor de estómago.
Alaitz aparece justo a las seis en punto, cruzando la
calle con aquellos pasos cortos que tan bien recuerdo. Se
me ha pasado por la cabeza salir melodramáticamente de
la cafetería y gritar "¡Alaitz!" bajo la lluvia, pero aún he
de pagar el último vaso de leche. Tras dejar las monedas
sobre el mostrador, he dirigido la mirada a la figura que
sube por las escaleras de la academia.

No hay nadie en los corredores del euskaltegi: los estudiantes
están en clase y los del siguiente turno no han llegado
todavía. Se oye una melodía de Oskorri. Mis pasos se
hacen más lentos, y hago un esfuerzo por aguzar el oído: al
otro lado de la puerta suena la misma estrofa, repetida
una y otra vez.

Lo cierto es que siento algo de miedo. La sala de profesores
está un poco más allá; es semejante a una pecera, un
espacio robado al pasillo gracias a una tosca estructura de
aluminio. Alaitz está al otro lado del cristal, sola, llenando
unas hojas de rayas y círculos rojos. Al principio no se da
cuenta de mi presencia, por lo que puedo contemplarla a
placer. Y buscar las señales que el tiempo ha marcado en
su rostro. Trato de prever su reacción.

Quizás no se acuerde de mí al principio. Me he dejado
bigote. En mis tiempos de estudiante no vestía americana.
Peso ocho kilos más. Pero creo que me reconocerá en cuanto
abra la boca. Llamo a la puerta. Alaitz responde con un
"Adelante", sin mirar. Empujo la puerta, la cierro, entro en
la sala de profesores.

Entonces se da la vuelta. Ha abierto mucho los ojos y
los deja así, abiertos, muy abiertos, como si lo que están
viendo fuera imposible. En ese mismo instante me he dado
cuenta de que no sé qué le voy a decir, por dónde voy a
empezar. Si le hablaré de Alicia, de su galería, de sus dolores
de espalda, de las novelas de Rosamunde Pilcher y P.
D. James que me resume al acostarnos. O de mi trabajo, de
las carteras de valores que pasan por mis manos, de las
recomendaciones que hago a los clientes para que consigan
mayores desgravaciones, de los regalos que reparto entre
nuestros ahorradores más fieles. Pero Alaitz ha empezado
a hablar.

-Tú... -como si no se atreviera a mencionar mi nombre.
-Tú... -con el tono ofendido de la ira o del odio.
-Tú... ¿cómo has podido atreverte? ¿Cómo has podido
atreverte? ¿CÓMO HAS PODIDO ATREVERTE?
No entiendo nada. Es lo único que me viene a la cabeza.

No entiendo nada. No sé si es la sorpresa o ese horrible
ruido que no puedo sacarme de la cabeza lo que no me deja
entender lo que está diciendo Alaitz. El significado de palabras
como cabrón, hijo de puta, cerdo. Te aprovechaste de
que estaba borracha. Me jodiste bien, Cómo has podido
atreverte, una y otra vez, Tu asqueroso aliento, En mi casa
en mi propia casa, Me quedé allí tirada, en una esquina del
cuarto, hecha polvo, llorando sin poder parar, Te preparaste
un Cola Cao en la cocina y te lo bebiste, tan tranquilo, Y
luego te fuiste Y me quedé allí Y cuando tuve fuerzas
suficientes para levantarme vi el tazón de Cola Cao que
habías utilizado Y que tendría que limpiarlo Y me dieron
ganas de vomitar de vomitar Y me pasé la mañana en el
baño Cabrón Cómo has podido atreverte Te tenía que
haber puesto la denuncia Te hubieran hecho pagar lo
que me hiciste Si tan siquiera Estarías aún en la puta cárcel
Cabrón Hijo de puta.

No, decididamente no entiendo qué es toda esa tromba
de palabras. El bramido de mi cabeza continúa, además,
torturándome sin piedad.

Y entonces, lleno de gratitud, siento que estoy a punto
de despertarme, y me tranquilizo por unos segundos. Y en
esos pocos segundos pienso que volveré a encontrar a Alicia
y nuestra cama y las sábanas blancas que compramos
en El Corte Inglés, y me da tiempo a decidir que no voy a
preocuparme más ni de mis posibles pasados ni de mis
futuros imposibles, que nunca iré -aunque exista- a ese
euskaltegi de mi sueño. Pero han sido apenas unos segundos,
pues antes de darme la vuelta ya me he dado cuenta
de que no encontraré el rostro de Alicia. Está todo igual, o
casi todo: las sábanas, las paredes pintadas de gris, el póster
plastificado de Jesucristo Superstar, todo menos mi
compañero Atxeito: no es Alicia, es Atxeito el que está en
la cama de al lado. Con unos movimientos que jamás
serían los de Alicia (ni los de Alaitz), Atxeito se acurruca
contra la pared de la celda y murmura: "Diez minutos
más, diez minutos más". No con la voz de Alicia, sino con
esa especie de ronroneo alcohólico. Entonces sí que procuro
despertarme de verdad, inquieto, aunque sé que no
encontraré ni a Alaitz, ni a Alicia, ni a nadie que no sea
Atxeito. La sirena suena otra vez. Nos quedamos a la espera
de la tercera llamada. Podemos permanecer cinco minutos
más en la cama. Cinco minutos más.

 

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