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| Las manos del ángel |
| FERNANDO PALAZUELOS | | 224
págs. | | ISBN 84-96080-69-2 |
| 17,50 €. . | |  |
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I Ante
la puerta blanca miró su sombra doblada, mitad en el suelo, mitad en los
cuarterones. Contemplar su propia silueta era como un rubor, porque aquel era
el palacio del placer, y se preguntó qué habría sentido si
su presencia fuese el intento de una experiencia osada e iniciática, en
lugar de la respuesta a una llamada de urgencia. Pisaba el umbral del inmueble
más hermoso de la vieja ciudad colonial de Santa María del Puerto
Príncipe, cuyas contraventanas color burdeos clausuraban un mundo interior
secreto. Lindaba por el oeste con la finca del hospital de San Lázaro y
ante ella arrancaba la empedrada avenida de Camilo Agüero. Con sus molduras
neoclásicas y sus columnas adosadas, tenía la solidez de un templo.
Para muchos, en efecto, lo era. Cirilo recordó la conversación
mantenida hacía unas semanas con Emeterio Jagua, un hombrecillo de ojos
pícaros a quien le faltaba un brazo, recuerdo de la guerra. Regentaba
una hostería en la plaza de Las Cinco Esquinas del Ángel, donde
Cirilo se alojaba en sus estancias. Una tarde posó su única mano
sobre el hombro de Cirilo. -El pájaro nada sabe si no sale del árbol
-le dijo ante dos vasos de ajenjo, mirando de reojo por si su esposa estuviera
cerca. El muchacho lo miró intrigado. -Ve a casa de las Paulinas, Cirilo
-añadió el viejo-. Olvídate de monsergas, de coleccionar
amores imposibles y de leer esos libros amarillentos que huelen a poesía
vieja. -Poesía vieja... ¡Vaya idea! -Sí. Ve y aprende
de la vida. Y deja los libros a los ratones, que a su manera también les
gusta el sabor de las palabras. Cirilo dibujó una mueca de resignación.
Le dijo que no tenía arrojo para buscar paliativos. -Eres un loco solitario. Dos
hermanas regentaban el negocio, una casona decorada como los salones parisinos
de Las Tullerías o de Nueva Orleáns. Se decía que habían
visto las nalgas a gran número de burócratas, oficiales del ejército
y a algún que otro miembro de la archidiócesis, en las escalas de
sus viajes por el vertebrado eje de la Isla. Cirilo no dio importancia al comentario
de don Emeterio, pero en la intimidad nocturna se preguntaba si alguien como él
no encontraría allí algún remedio eficaz contra la soledad. Aquel
mediodía Cirilo había entrado en el café Artigas, en la esquina
de la plaza Bedoya con el efímero callejón de la Miseria. Lo regía
Nolasco Artigas, charlatán con el cliente habitual, pero silencioso y cauto
con el desconocido. Un refugio donde degustar la mejor jutía ahumada y
los más tiernos boniatos. Ante los locales de bodegueros proclives a la
usura y la relajada higiene, imán de asiduos al láudano, la trifulca
y el lupanar, un verdadero oasis. Lo frecuentaban ancianos amigos del dominó,
músicos famélicos y maestros que confluían allí para
criticar a la administración y compadecerse mutuamente tras la lucha contra
la chiquillería. Respondió con evasivas al bueno de don Nolasco
y se sentó solo. En una esquina un anciano sesteaba con las manos cogidas
sobre el regazo. Un contable del cabildo, acodado ante un vaso de mistela, lo
miró de reojo. En lugar de vestir lino para mitigar los rigores del calor,
se asfixiaba dentro de un sobado traje de pana. Era un hombre obeso, de quien
se decía que un día se atoró en una angostura de la estrecha
calleja del Fraile. Al parecer se quedó allí sudando, divirtiendo
a los chicuelos, hasta que un practicante lo desatascó a base de acomodarle
las carnes. -¡Hombre, don Agonías! -dijo con sorna-. ¿Cómo
vas con tus derivas? Cirilo le saludó con un gesto. Aunque deseó
que permaneciera callado y engolfado en la desidia, contestó con educación. -Bien.
Ojalá no muera nadie. Quiero el día tranquilo. -¿Traes
en mente algún soneto? -Deje al muchacho, don Calixto -increpó
el tabernero. -Tiene los pasos perdidos -sentenció el otro, como si
sopesar la trayectoria de los hombres le correspondiera por delegación
divina. -Pues muy bien. Usted estese a los números, que son lo suyo.
No intente comprender dos palabras rimadas. Puede saturársele el cerebro
con tanto requiebro. -Habló el filósofo del barril. Ya me callo,
hombre. Ya me callo. Nolasco lo había visto muchas veces encastrando
versos en su cuaderno. Conocía a los hombres. Cirilo almorzó y luego
se refugió en una infusión de canela. La quimera que se imponía
era la de un buscador de espejismos. Y lo cierto es que miraba dentro de su
taza como si, efectivamente, allí fuera a descubrir alguno. Como una
ventolera, entró un niño descalzo. Buscó en la penumbra,
y al ver a Cirilo se acercó a él con paso enérgico. Traía
un recado prendido entre los labios y lo soltó como si quemara. -Lo
reclaman en casa de las Paulinas. El mundo se había trastocado. Tal
vez era el calor. Resultaba extraño aquel aviso, pero más extraña
era su profesión. Pagó la comida, cogió su maletín
negro y se encaminó hacia la luz. Y allí estaba ahora, esperando,
tras haber dado dos aldabadas con una cabeza de león dorado eternizado
con las fauces abiertas. "Si se entera Tadeo -pensó-, se descalabra
de la risa". El sol abrasaba y obligaba a apretarse en los soportales.
A primera hora de la tarde los encalados ciegan y las moscas ansían desesperadas
el cobijo de algún zaguán. Abrieron. La penumbra interior era
el reducto de una frescura secreta. Sujetaba el pomo una mujer de mediana edad
que vestía una bata de calicó morado y mostraba una tez empolvada.
Parecía una muñeca de porcelana de tamaño natural. Cirilo
a duras penas pudo esquivar sus pupilas de gata vieja. -Un muchacho me ha dicho
que me necesitan. -Sí. Tú has trabajado con don Celeste. Sabrás
qué hacer. Se apartó y le invitó a pasar con un gesto.
El zaguán era un amplio salón de estar, el corazón del inmueble.
Allí convergían algunas habitaciones, bajo un techo alto, más
elevado que el resto de la casa para ventilar el aire tórrido por unas
lamas. Cerraba la estancia una diáfana cristalera abierta al atrio, invadido
por un rumor de pájaros. A través de las arcadas del patio, entre
dentículos, cornisas y astrágalos, lo condujo a un cuarto del lado
norte, precediéndolo con paso monjil. Abrió una puerta. Sobre la
cama había un muerto. Un muerto tan reciente que parecía feliz. Junto
a él un caballero se estiraba nerviosamente el chaleco y movía las
pupilas al son de algún desasosiego. -Ha fallecido hace un cuarto de
hora -dijo la mujer-. El corazón. Cirilo se acercó. Le tocó
la muñeca y el cuello. -Media hora, diría yo. Como dando una
instrucción, el hombre miró a la mujer. -Es cierto, sí,
media hora. No sabíamos qué hacer -se excusó ella. -Nadie
sabe -dijo Cirilo-. Nunca. -Menos aún en esta casa. Este es el templo
del gozo. Aquí no se viene a morir, si no es de puro éxtasis.
Cirilo se percató de que el finado, bajo las sábanas, tenía
el pecho desnudo. Lo habían arropado. -¿Y este es el caso? No
hubo respuesta. -¿No deberían llamar a un doctor y al juez? -Lo
han hecho -dijo el caballero. Permanecía a un lado, inquieto como un padre
primerizo-. El doctor Chacón acaba de marcharse porque tenía un
parto. El juez soy yo. Se explicaron con pocas palabras. Las dueñas
de la casa no deseaban la mala propaganda de un suceso semejante. El juez de paz,
por su parte, no podía permitir que se mancillara un apellido ilustre de
la villa. Era amigo íntimo del difunto. Al igual que las Paulinas, quería
verlo vestido, dotado de una mínima apariencia viva. Planeaban que legalmente
se muriera en otro lugar, tal vez sobre un tapete, caído encima de unos
naipes, o al lado de una taza derramada de café. Cirilo era la persona
adecuada. Ellos lo sabían. -Tienes los dedos extraños, como de
pianista -le dijo un día Tadeo. -Tocan frialdades de espanto -contestó
él. -Será eso. De cuando en cuando estudiaba esas manos suyas,
delicadas y andróginas. Se preguntaba qué le empujaba a utilizarlas
en unas labores que muy pocos hubieran soportado. La leve tintura de su piel
era el color de la duda. Para las familias pudientes no era más que un
mulato, uno de tantos con habilidad para trabajos artesanales. Entre la población
parda, por otra parte, resultaba un apóstata, un indigno del pelo africano,
con esos ojos de cielo y esa piel apenas tostada. Creció en Altagracia,
en un pequeño taller techado con bejuco y palma embreada, donde su madre
cosía botines y alpargatas de esparto: un hogar rinconero para cocinar,
dos alcobas y un huerto en la parte zaguera coronado por dos palmeras torcidas
que enmarcaban el paisaje silvestre, laberinto de senderos y espesuras. El taller
estaba enclavado al final de la calle Cortés, donde desde hace décadas
los artesanos mulatos trabajan bajo emparrados que hacen olvidar los efluvios
de los albañales cercanos y la ausencia del progreso. Aquella calle, además
de darles cobijo, le brindó el apellido que no tenía. Desde los
doce años frecuentó el taller de su maestro, el mismo que ahora
regentaba él en Altagracia. Anduvo entre cucúrbitas, sahumadores,
filtros, botes de porcelana y frascos de sustancias extrañas, siempre rodeado
de olores. Allí don Celeste trataba de completar su inventario de pócimas
y técnicas funerarias, siempre seguido por su fama, sus afanes y un lenguaje
libresco que en los cafés solía ser motivo de mofa. Pese a su
juventud, era la persona indicada para barrer los muertos de las esquinas. Se
quedó solo en aquella habitación de la casa de las Paulinas. Cuando
hubo terminado de vestir y acicalar al difunto, el juez y dos muchachas le ayudaron
a llevarlo a través del atrio. Parecía un pelele grotesco, maquillado
para una función tan miserable que sólo requería el público
de la complicidad. Por un portón entraron en la caballeriza. Lo sentaron
en una volanta. Después de meditarlo durante unos minutos, el juez ordenó
al mozo que subiera raudo al pescante y que se dirigiera a la verja trasera de
los jardines del Club Social. Era como acompañar a un borracho. La ebriedad
final. La definitiva. El calor deja desiertas las calles. Una propina oportuna
ayudó a que las verjas quedaran abiertas. Penetraron luego en los jardines
y se detuvieron junto a un cenador. Al juez y al joven sepulturero les costó
bajar del vehículo a un individuo tan falto de voluntad y sentarlo luego
a la sombra. Debía esperar. Esperar a que alguien lo encontrara, apoyado
sobre un periódico que el juez extendió sobre la mesa de granito. -Su
última energía, la letra impresa -dijo. Pero Cirilo pensó
que su último afán no fue la lectura, sino la lujuria. -Algo
más tarde entraré por la puerta principal en compañía
de algún socio. El hallazgo será la noticia del día. Confío
en su discreción. -Por supuesto. Ahora excúseme. Debo volver
a por mi maletín. Con las prisas lo dejé olvidado. Se despidió.
Se sentía cómplice de un delito impune, una falta revestida de un
falso honor que le asqueó. Regresó a la casa de las Paulinas.
Le abrió la puerta una mulata con ojos de ámbar y largas pestañas
que clavó la mirada en su ropa de luto. Sus labios se comían el
aire, y con ellos musitó unas palabras tan leves que apenas sobrepasaron
el silencio. -Madame le espera. Giró sobre sus talones y se hizo
seguir a través del patio, hasta que se detuvo ante una puerta entreabierta
custodiada por flores moradas de guayacán. -Quédese a descansar
-le dijo la mujer con ojos de gata, desde la penumbra de su diván. Cirilo
deseaba irse, pero su voz surgió indócil. -No sé. No debería... -Odio
las deudas. La madame le hizo un gesto imperceptible a la muchacha, que permanecía
junto al quicio de la puerta con el maletín a sus pies. Luego conminó
a Cirilo a que fuera con ella. Los dos jóvenes atravesaron el corredor
y entraron en una habitación en penumbra. Cirilo contempló los agujeros
de la polilla, grabados en los enseres como marcas de una viruela convocada para
atormentar a la madera. Miró el camastro, adornado con borlas de Damasco,
y lo halló lleno de fatigas y sudores. "Cuántos habrán
descubierto aquí sus pasiones tormentosas", se preguntó. A
través de las lamas de la ventana se distinguían las plantas del
patio, que filtraban la exuberante naturaleza isleña hasta el interior
de la casa. Vio los panzudos tinajones de barro principeño, encastrados
entre los adoquines del suelo, sedientos de lluvia. La muchacha retiró
la sobrecama y dejó al aire la albura de las sábanas. Se acercó
a él.Miraba como los sabios de antaño, con la certeza de la inteligencia,
facultados para imaginar el resultado antes de ejecutar un experimento de alquimia.
Sopesó la tristeza de él con el mero roce de su piel. -Como pago
a mi trabajo, bastará que me desveles algo... -comenzó a decir Cirilo. La
muchacha le selló los labios con el dedo índice. Luego lo sentó
y comenzó a despojarle de botines, hebillas y tirantes. Se dejó
gobernar.Allí tal actitud apenas se descubría en hombres maduros,
poco dados a precipitaciones y otras torpezas, y sí gustosos de introitos
sutiles. Ella trabajó en silencio, hasta que lo dejó completamente
desnudo. Luego se separó un par de pasos y se desvistió. Las
contraventanas permitían el paso de una luz rayada y furtiva, ligeramente
dorada. Cirilo contemplaba fascinado aquel cuerpo. Su aspecto terso hechizaba,
acaso fruto de asiduos baños de benjuí. Aunque desnuda, estaba cubierta
de cantidad de abalorios. Se despojó de ellos y quedó en armonía
con la desnudez de Cirilo y con la canícula de la tarde. Ella se acercó
y le rozó el rostro con su vientre. Lo recostó hacia atrás
y fue cubriéndole con un manto de besos ínfimos. El cerebro se le
obturó con los óxidos del deseo. Temió que su cuerpo le dominara.
Deseaba comportarse con el debido respeto, sin olvidar sus lecturas, sobre todo
los párrafos de Stendhal acerca de esa teoría suya de la cristalización. -No
hagas nada. Sólo me gustaría que me dijeras... Quería saber
si existe... -Si esiste qué cosa -indagó ella con su acento mulato
y danzarín. -El amor. La muchacha le silenció con la mejilla.
Con ella le rozó los labios y lo inundó con el aroma silvestre y
herboso de su piel. Luego deslizó los labios por su pecho y su vientre. Intentó
hablar, pero no logró pronunciar una sola sílaba. Minutos después,
cuando el tacto se disponía a alzarlo a las cumbres del placer, la certidumbre
de su vergüenza le arrebató todo deseo de proseguir. Por eso se apartó.
Se estaba traicionando. Por las venas de esa mulata corría sangre de mezcla,
sangre similar a la suya. Su piel clara no le confería el derecho de
ser como los demás. No debía olvidar la situación de mujeres
como aquella. Era un estúpido por acceder a un encuentro semejante. Ella
adivinó que no era el placer lo que había conducido allí
a aquel pardo de ojos marinos. -Mal endemoniado, el amó -dijo, sacudiéndose
el cabello-. No lo hallará en un lugá como este. Cirilo se preguntó
si el afecto que estaba sintiendo no se acercaría a ese concepto que aún
no lograba comprender. Por un instante deseó olvidar su búsqueda
atormentada, la locura de su fragor. Las palabras de la muchacha le interrumpieron
ese pensamiento. -El amó no es na rasonable. -¿Quién
te explicó eso? -Ellas. Me enseñaron también a leé
y a escribí, y a defendeme del hambre y de la vida. Son madres, a su manera. -Algún
día vuelvo y te saco de aquí. -Eres un loco. -Sí, pero
te saco de aquí. -No. Algún día hallas lo que buscas.
Pero no en esta casa, ni a mi lado. Yo ya tengo quien me quiera. Aquí
los hombre buscan el plasé, pero tú buscas otra cosa. Nuestros caminos
son distintos. Te va y me olvidas, ¿entiendes? Entiera lo que sea presiso,
pero no esto consejos. -No conozco tu nombre. -Aurora -dijo ella. En
lugar de haberle conferido bienestar, Aurora le acarreó cierta fatiga emocional.
Sintió lástima, una lástima que no se correspondía
con la franqueza y equilibrada consistencia de ella, sólo frágil
en apariencia. Se vistieron. Luego ella lo besó. Y Cirilo supo que aquel
era un beso veraz, repleto de compasión y de esperanza. Un beso de curación.
Un adiós definitivo que invitaba a no volver. Salió a la luz
y al calor. Mientras caminaba hacia la hostería se sintió aturdido.
La experiencia con Aurora era carbón en su hoguera interior. -Vaya manía,
coleccionar libros y grabados -le preguntaba Tadeo-. ¿Qué sentido
tiene tu afán por atesorar la belleza? -Nutre -alegaba él-. Y
más ahora, cuando huele a guerra. -Te harás un lánguido,
con tanto idilio y tanta lámpara votiva -pronosticaba el otro. -Cada
uno es héroe en lo suyo. Resultaba simpático Tadeo, con sus peritajes
y sus enamoramientos alternos que le recordaban a Cirilo, por puro contraste,
que la suya era otra necesidad, un arrobamiento que al otro le divertía. "De
una visión no se puede vivir". Se lo dijo su amigo hacía ya
más de un año, cuando él le habló de que en la escalinata
de la iglesia de Altagracia vio a aquella mujer morena. Fue un encontronazo, una
visión tan intensa como fugaz. Ella llevaba una flor de campeche a un lado
de su cabello negro. Guardó esa imagen para que no se evaporara, para
tener algo en lo que creer. El instante bastó para que aquellos ojos le
escarbaran las entrañas y le iluminaran los sueños. Asaeteaban,
aquellas pupilas tristes que le incitaron a especular acerca de su nombre y el
timbre secreto de su voz. Hubo quien lo tomó por loco. Deambular por
los bordes de las barrancas, recitándole al viento poemas viajeros, nada
bueno parecía presagiar. No obstante, él se mantenía impermeable
a los alientos del mundo, imaginando el vuelo de sus palabras, capaces de soportar
mejor que las palomas mensajeras la regencia del calor. Su trabajo le hacía
conocer a muchas mujeres, pero aquellos lutos transitorios le impedían
pensar en nada que no fuera la condolencia. Admiraban la habilidad de sus manos,
su tenacidad, su desprecio hacia los temores funerarios, pero estaba condenado
a la paradoja. Su vocación de ser útil reñía con el
desapego que producía su profesión. Era un buscavidas, un pobre
diablo vestido con levitón negro de paño, corbatín de raso
y cuello de celuloide. Tocado por su obsesión, iluminaba su hermetismo
con los versos que garabateaba y con los libros que leía: Ovidio, Eneas,
Calímaco... Se había convertido en un alma errante. Buscaba una
luz, un rescoldo mínimo, un ardor amatorio que le aplacara la pasión
del corazón. Su pregunta era si se puede vivir alimentado por una visión
de segundos, si eso no es más que una quimera. Aurora le había inducido
a pensar que es posible amar desde la sombra. Fue certera, una aclaración
semejante en un lugar tan proclive a la fabulación y el ensueño
como Puerto Príncipe, la vieja villa colonial que el adelantado don Diego
Velázquez fundó en 1514 besando el mar. Según la Historia,
teñida por las enredadas leyendas agramontinas, cansados de los ataques
piratas, las plagas y la escasez de agua potable, sus pobladores tomaron en volandas
la villa y la llevaron a su enclave actual, en el centro de Camagüey. Esa
misma villa, ahora, iba despertando de la siesta. Los tenderos barrían
los umbrales y sacaban sus pizarras con los precios rotulados con tiza. De algunas
cantinas emergía el barullo de criollos de lino blanco y faltriquera vacía,
sonido de billares, soleares de inmigrantes y puntos guajiros entonados con aliento
a aguardiente. De cuando en cuando, gritos por alguna pendencia, dentro de aquellas
escuelas de apuestas y diversiones. Por las calles menos estrechas ya transitaban
algunas berlinas, para el paseo de damas de parasol, vestidos de organdí
y sombreritos de manaca. Cirilo se detuvo en una plazoleta al ver a unos niños
jugando a los güitos a la sombra de una acacia. -Hola, Andresito. ¿Quién
gana? -Yo, como siempre. -Por ahora. ¿Puedo tirar? -Claro. Jugó
un rato con los chicuelos. Con ellos se olvidaba de sus quehaceres. Le gustaba
recordar la inocencia de los tiempos de infante. Después, tras caminar
diez minutos bajo aleros y arcadas, llegó a la hostería. Percibió
un silencio extraño. Llamó al propietario, pero no obtuvo respuesta.
Entró en las dependencias del matrimonio, donde en una puchera se hervía
café. Miró dentro. Estaba evaporado casi en su totalidad. Apagó
el hornillo de aceite y salió a la galería del patio. Desde allí,
el trino de los pájaros no logró ocultar un rumor, un gemido desfallecido
que parecía salir de otro mundo. Provenía de la habitación
contigua a la suya, cuya puerta estaba entreabierta. Emeterio Jagua estaba tendido
en el suelo. Tenía la cara deformada por varias hinchazones y una herida
le teñía la ropa con círculos de sangre oscura. |