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Matómelo Dumas

PEPE MONTESERÍN

208 págs.

ISBN 84-96080-73-0

16,95€. .

Matómelo Dumas

 

Capítulo I
Dumas

QUÉDAME POCO TIEMPO, está sobre aviso hasta el tendero de la esquina, sobre todo después de la inesperada visita de mi hijo esta mañana. Entró en casa como antaño, sin llamar, con la llave que escondemos en la pared. Su presencia vino a confirmarme que estoy en puertas, y aprovechó el triste aniversario de hoy, cuarenta años hace del fallecimiento de su hermano, para contarme lo que me faltaba por saber acerca del honor de Evaristo, y el honor y la identidad de quienes
acabaron con su vida. Ahora que conozco el final de la historia, al irse Alfredo, pedí a Natalia papel, tintero y una pluma. También vi al espejo alarmado por mi aspecto, a pesar de mi toca de encaje y terciopelo y los dos rizos muy negros a ambos lados de la frente, como dos ojos de repuesto. Sonrío una pizca y parece un lamento.
Todavía soy una vieja enamorada; mi esposo, Nicolás Galois, puso fin a su vida aquí, en París, en este apartamento, en esta misma salita. Aquí atendí su espanto; aquí empecé a llorar, en 1829, y sigo haciéndolo en seco.
Parí tres hijos: Natalia, la primogénita, vive conmigo; actriz, llegó a tener un papel importante en Enrique III y su corte, de Alejandro Dumas. ¿O fue en Antony?
-¿O sería en Napoleón Bonaparte? -añade Natalia otra incógnita, para decirme que ha participado en las tres.
Peinó una melena hermosa de cabello ondulado; todavía hoy la atusa con esmero, como si cualquier día fuera a venir a recogerla su galán. Pero luce demasiado delgada y con más arrugas que yo; tres muy marcadas en la frente, paralelas, cada una con su pesar, de esas arrugas que por mucho que se prolonguen nunca llegan a encontrarse; otras tres en la base de la nariz, tan profundas que cualquier día le cortan la respiración. Arruga y hueso, y un cabello que recoge
con pañoleta azul.
-¿Natalia?
Agita el plumero entre los libros de la estantería, y acude al balcón a menudo, como si esperásemos el viático; de paso, quita el polvo a las balaustradas del antepecho.
-¿Sí, madre?
-¿No tienes frío?
Así solemos hablarnos, con interrogantes.
-¿Usted sí? ¿Le cambio el ladrillo?
Luce el sol. Natalia abrió las ventanas de buena mañana para ventilar la casa y desalojar el frío, pero yo tengo mi invierno dentro y mayo es poco mayo para mí.
El segundo hijo fue Evaristo, genio precoz. Después de escribir su testamento matemático en una noche, murió al amanecer en el primer duelo, de los dos que tenía que dirimir en la madrugada del 30 de mayo de 1832, hace hoy cuarenta primaveras. A mí ocurriéronme pronto todas las desgracias para darme tiempo a sobrellevarlas. Sé sufrir y
aprendí a tutear al dolor.
-Quiero ser bonapartista, como mi padre -deteníase el pequeño Evaristo frente a mí cuando paseábamos a la vera del río, por la salida del pueblo.
Entonces dudaba yo, más que nunca, si eso de ser bonapartista era un mérito o una traición.
Evaristo trazaba aspas con su cortaplumas en el camino de tierra, signos de multiplicar, como si quisiera avanzar más rápido, llegar pronto a París; ¿o sembraba de incógnitas su futuro?
-¡Son huellas humanas! -dijo una vez.
Y el tercero fue Alfredo. Mientras Evaristo marcaba encrucijadas, él iba detrás dibujando el contorno de nuestra sombra, cuando ya se había ido la sombra. Memorizaba nuestra silueta y proyectábanos en el suelo, alargados cuando regresábamos a casa, en Bourg-la-Reine. Alfredo nació dibujante.
A duras penas pude hoy asomarme a nuestro balcón, situado en la planta principal, para decirle adiós a Alfredo.Vi alejarse su landó semiabierto y embarrado; quizá venía de un lugar lejano y volvía a irse lejos. En el pescante arreaba los caballos un muchacho con gorra de visera; dentro del carruaje, al lado de mi hijo, había una mujer.
-¿Quién era la del landó? -separo los pies para que Natalia revuelva debajo de la mesa camilla, entre los cojines, y cambie el ladrillo templado por otro recién horneado.
Nosotras, más que conversar, planteamos ecuaciones. Sin embargo, por muchas que pusiéramos sobre el tapete, ni con la visita de Alfredo conseguimos entender la razón por la que Evaristo entregó su vida al amor, o al honor, cuando su auténtica pasión fueron las matemáticas.
-¿La del landó?, ¿se ha fijado, madre, cómo se cubría la mejilla?
Mi hija y yo habíamos escuchado estupefactas el testimonio de Alfredo; más que a despedirse y a desearme el descanso eterno, vino a confesarse, a exculparse también y, de esa manera, descansar él en paz. Sea como fuere, estoy en marcha, con tinta bastante y una pluma de áspero palillero que ya está dañándome el dedo corazón. Pluma y palillero que utilizó Evaristo para escribir su último trabajo, el que le trascendió la noche antes de morir. Emprendo el último tramo del vía crucis.
Escribo la vida de mi hijo, Evaristo Galois, y no me detendré hasta que lleguemos al Calvario y despeje su cruz. Fueron muchas las versiones que escuché, más que las teorías o interpretaciones de su gran obra, que también medran. Antes de que salgan biografías falaces, antes de
que tomen cuerpo los bulos del tendero, quiero escribir mi versión.
-¿Merece la pena?
-Sí, hija; mi pena es barata.
Trájome Alfredo un retrato póstumo que le hizo a su hermano. Parece un fantasma; ni punto de comparación con el que dibujó de niño, cuando Evaristo dejaba su hogar para estudiar en París.
-¿Le gusta, madre? -preguntó Alfredo después de quitarle el envoltorio-, guardo la imagen indeleble en mi memoria; podría reproducir mil a ojos cerrados.
Alfredo, a sus cincuenta y ocho años, presentaba buen aspecto, como su padre si hubiera vivido más tiempo, con las canas por encima de las orejas y el cabello menos rojo.
Traía sombrero de copa y quitóselo al entrar, pero permaneció con el gabán sobre los hombros. Mostraba un rostro tranquilo; le faltaba, para estar en la gloria, confesarme su terrible participación en el duelo de su hermano, no sólo cuando lo recogió herido de muerte, junto al estanque de La Glacière, sino antes, y después, en el hospital Cochin.
-Sí, Alfredo; dibujástelo elegante y muy repeinado.
-Tal como se presentó junto al estanque, aquella madrugada.
-¿Tan ojeroso?
-Recuerde, madre, que Evaristo había pasado la noche escribiendo.
-Sesenta folios, y aunque decía que le faltaba tiempo, en ellos esbozó su teorema. ¿Sabes su teorema?
-Sé su rostro: tez pálida, la mirada cruzada y analítica, hinchados y caídos los párpados superiores, mentón afilado, labios finos, la nariz de nuestro padre, estrechos los hombros y muy caídos...
Cejas largas y finas por encima de sus ojos oscuros, como sacándoles la raíz cuadrada, boca irreducible, mirada trascendente.
Un conjunto matemáticamente perfecto.
-¿Por qué no me dibujas el de tu padre? Bastaría con tu autorretrato, sin canas, y así completaríamos este que le hizo David -señalé el cuadro de la pared, junto al de Evaristo.
-A saber el precio de mercado que tendría hoy este apunte. Nada menos que de Jacques Louis David.
-Ahí tienes a tu padre, con veintinueve años. Alfredo acarició al joven de la izquierda, el de la primera línea, con capa y bordón.
-De ahí salió La Coronación de Napoleón.
-En el del Louvre la capa es azul, con flores de lis -dijo tocando a su padre con las yemas de los dedos, como si quisiera darle color.
-Estuvo ese día en París, en Notre-Dame. Aunque no pudo ver al emperador ni al papa, conoció y convenció a David para que lo inmortalizara. David colocó a tu padre en primera línea, en el lugar que correspondía al architesorero Lebrun y al lado del archicanciller Cambacérès. De espaldas, pero es tu padre: Archi Nicolás. Ahora, haz memoria y píntalo mirándome de frente y a los ojos, como siempre hizo
conmigo y con su pueblo.
-¿No se conforma, madre, con la última imagen que dibujé de Evaristo? Es mi regalo por el aniversario de su muerte.
-¿Cuál es su última imagen? El joven Camilo Jordan trajo mil folios en los que trataba de explicar los sesenta que escribió tu hermano; José Liouville, todo un caballero, estuvo conmigo antes de entregar a la Academia su comunicado sobre la extraordinaria concisión de las leyes de Evaristo. ¿Qué te parece? ¡Concisas! A Cauchy parecíale un defecto esa concisión. La pasada semana recibí una carta con remite de Noruega; un tal Sophus Lie, en mal francés, hizo rotar sus icosaedros hasta hacerme sangrar por la nariz en mi esfuerzo por entender algo. Solicitaba mi permiso para estudiar el documento original de Evaristo.
Todos pretenden hacerle el último retrato. Poisson también estuvo aquí...
-¿Denis Poisson? Murió hace muchos años.
-Hace muchos años estuvo aquí, ¿conocístelo?
-Lo dibujé. Tenía una mirada difícil...
-¿Calculadora?
-Sí, calculadora, y mal carácter. Posó para mí con su escaso cabello despeinado y, por tratar de pintarle más y de arreglárselo un poco, casi me despide.
-Al viejo le costaba bajar las escaleras -intervino Natalia-, pero, mientras yo lo ayudaba, no le faltaron manos para sobarme.
-Tenías treinta años menos, hija. Y él no era tan viejo; rondaba los cincuenta.
Algunos vinieron a mostrarme a Evaristo cuando tenía mi pena reciente, pero nunca eludí el despreciable honor de parecer la más desgraciada y a todos ayudé a comportarse, a hablar de él sin sentirme herida. Todavía hoy siento pena; pareciera que brotase cada año, como un fruto, y que a una le avergonzara olvidarse de la amargura. Por eso tengo aquí estos retratos de Nicolás y de Evaristo, para llorarlos cada
noche, y para celebrarlos.
-También vino Rowan Hamilton y hasta el desvergonzado de Cauchy, que en paz descanse. La mayoría han muerto. Unos pretendían explicarme las teorías de Evaristo, "el creador del conjunto vacío"; otros mostrarme las que elaboraron a partir de él, que nunca pude entender.
Menos aún comprendo los duelos por honor, por el maldito honor de cada cual, tan lejos del honor colectivo. Mayor honra es darle esquinazo a la muerte para salvar el honor de vuestra patria, y haberos olvidado de aquella golfa, por respeto al amor.
Asomado al balcón, Alfredo trataba esta mañana de comprobar que su embarrado landó seguía delante del portal, entre una infinidad de transeúntes y de ruidosos vendedores que circulaban por la calle.
¡Qué hombres!, descifran ecuaciones de quinto grado pero son incapaces de resolver los problemas más sencillos, de desechar pistas falsas, de despreciar valores negativos, decimales insignificantes, números imaginarios que echan a perder las operaciones reales de largo alcance.
-No faltó la visita de Guigniault.
-¿Guigniault? -dudó Alfredo.
-El que expulsó a Evaristo de la Normal, asustado de aquel julio de 1830, con París echado a la calle. Retuvo a tu hermano cuando este quería hacer fuera la revolución, y lo despidió por armarla dentro. Aquí estuvo Guigniault asegurándome que siempre fue consciente de la genialidad
de Evaristo.
-¿Y Alejandro Dumas?, ¿vino a verte?
Natalia miraba a Alfredo de reojo, sin intervenir en la conversación, envejecida a mi lado, con sesenta y tres años que podían ser noventa; arrugada, con los surcos de las lágrimas marcados en el rostro, secos ya, doliente y conteniendo las ganas de devolverle el sombrero a Alfredo
y largarlo; pero enseguida iba a saber que también el honor de ella había jugado un papel importante en la muerte de Evaristo.
-¿Dumas padre? Estuvo. Dijo que Evaristo había sido uno de los mejores y más vehementes republicanos que había conocido, y escribió eso en sus Memorias; dos líneas dedica a tu hermano.
-Una para involucrar en el duelo a Pécheux d'Herbinville.
-Aseguró que Pécheux mató a Evaristo, y que quien iba a batirse en el segundo duelo era un buen amigo de tu hermano.
Tú, Alfredo, acusaste siempre a la policía del rey, Evaristo dejó escrito que la culpa fue de una coqueta, y yo sostengo que fue un suicidio.
-Nadie se atrevió a contar la verdad. Ni Dumas, ni Evaristo ni yo, los únicos que participamos en el duelo, sin padrinos ni testigos.
Sentí levantarse mi toca de encaje bajo los cabellos erizados.
-Lo cierto -continuó Alfredo- es que Alejandro Dumas, el autor de El conde de Montecristo, fue quien mató a mi hermano, y yo el que provocó el duelo y el que aguardaba para batirse, si Evaristo hubiera salido victorioso.
Alfredo entró en detalle. Mas empezaré por el principio; no creo que las cosas deban contarse por la tremenda. Guardaré un orden, aunque sea el de mi incierta memoria y el de mi emoción pueblerina; emoción y manera de expresarme que no perdí en la capital. Gústame hablar así, como aprendimos los de Bourg-la-Reine; aunque parezca lenguaje de
paletos, es de tenaces y ha nacido de la tierra y es armonioso, como nuestro paisaje.
Cuando me abandonen las fuerzas dejaré mi relato. Empiezo a sentir la falta de tiempo. Contábame mi esposo Nicolás que a Napoleón, cuando lo desterraron a Santa Elena, lo único que le sobraba era el tiempo.
Vuelvo a sangrar por la nariz. Tal vez sea una señal de la providencia para que utilice mi sangre en lugar de la tinta azul. O las dos cosas, que con las líneas en blanco conformarían nuestra bandera tricolor.
-¿Merece la pena contarlo, madre?
-Sí, Natalia; por mi honor que sí. Tráeme otro pañuelo, cariño.

 

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