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Las bestias | | RONALDO
MENÉNDEZ | | 144 págs. | |
ISBN 84-96080-75-7 | | 15,20 €.
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1 ¿Iban
a matarlo? Súbitamente, su mundo se había estrechado tanto que no
le cabía la menor duda. Pero su consternación no se debía
a la probable inminencia de aquello, sino al hecho de estar al corriente gracias
a la efímera irrupción de realidad que nace de una coincidencia.
El haberse enterado de un complot letal contra su persona (su pacífica
e incolora persona) era un trance de tal envergadura que primero demandaba sedimentarse,
para luego ostentar las aristas lógicas del peligro. Pero saberlo a partir
del minúsculo acto de levantar un auricular (él) y escuchar el cruce
de dos dialogantes (ellos), que se comunicaban sin redundar en esos pormenores
que técnicamente son denominados medios, fines, o cosas por el estilo,
pero que sí dejaban claro la resolución de asesinarlo, es decir,
de sustraerle su más preciado e inútil patrimonio, era cosa inexplicable. No
caben dudas, pensó, han citado mi nombre completo, el número de
una casa que es la mía, en mi calle, y luego han dicho que ya era el momento
de eliminarme, de cepillarme, de pasarme la cuenta, de meterme en el traje de
palo. Y para acabar con toda consoladora mala interpretación, han sido
particularmente quisquillosos ante la importancia de desaparecer rápidamente
el cadáver. La sangre, le temen a la sangre, han dicho: no quieren mancharse
con mi sangre. No obstante, antes de pensar en sí mismo, antes de enmarcar
en la consecuente red de alarma sensorial el peligro que corría su cuerpo
rosablanco y afiebrado, le dio por pensar en las largas horas de su vida que habían
estado consagradas al teléfono. Noches enteras pasaba marcando al azar
números distintos, o simplemente levantando y esperando. Esperando. Hasta
que aparecían los ruidos, los cruces de voz, los diálogos sin rostro
que él escuchaba desorbitado. Incluso alguna vez, de tanto remarcar series
ciegas, había provocado una coincidencia de números reconociendo
del otro lado la misma exacta voz que dos horas antes le había hablado.
Nunca pensó que su hobby, el vicio de las líneas telefónicas
imperfectas en una ciudad que se caía a pedazos, fuera a regalarle la noticia
de su muerte. Dejó la silla disimulada bajo la mesita del teléfono
y no se ocupó en colgar el auricular. Tenía una fiebre muy alta,
y no por el impacto de la noticia de su propia muerte, sino por la secuela, creía
él, que le había dejado la mordida de aquel animal dos años
antes. Observó el teléfono negro y sintió por este un odio
del tamaño de toda la ciudad. Meditó. Quién podría
tener interés en cobrar una vida anónima como la suya. Su odio hacia
el teléfono, que ahora tomaba prestado el tamaño de toda la ciudad,
nunca antes había tenido siquiera el tamaño de un enemigo. Pensó
en esa novela que acababa de leer, en la cual se abría un proceso a alguien
cuya vida parecía calcada de la suya. Lucharía encarnizadamente
por el derecho a seguir ostentando una vida sin pretensiones, engranada en el
mecanismo oculto de la ciudad. Como la existencia de un balín dentro de
una caja de rodamiento.
2 Descartó,
por segunda vez, la posibilidad de una obsesión. Nunca había estado
más en sus cabales y acababa de escuchar, por una limpia coincidencia,
un complot letal llamado Claudio Cañizares. La novela recién leída
y sus secuelas nada tenían que ver, a lo sumo se trataba de una coincidencia
forzada en el orden del raciocinio. Si seguía pensando en la novela y en
su propia, invisible y ahora oscilante vida, no tardaría en sospechar la
absurda evidencia de una Sociedad Secreta encargada de aniquilar seres anónimos. ¿Por
qué yo? ¿Por qué mi nombre y mis señas? Cada vez que
se lo preguntaba sufría exactamente la misma sensación de desconcierto
de aquella vez en que sí había sido Alguien. ¡Había
salido del país! ¡Había viajado! (así lo pensaba, con
exclamación y todo). Y nunca más, él lo sabía, volvería
a hacerlo. Era imposible que aquel gobierno absoluto volviera a regalarle otro
viaje de estímulo a Sudamérica. Acaso sí a África,
a Angola, donde había una guerra, pero... Pero ahí se queda,
siempre detenido en ese presente donde aún no ha colgado el teléfono
y sabe que van a matarlo. Entonces vuelve a pensar en el viaje de estímulo
que como trabajador vanguardia le había regalado el Partido, y donde sufrió
un ataque cuya secuela, creía él, eran esas fiebres altas. Cuando
el visitante se dispone a incursionar en la reserva natural de Foz de Iguazú
es apertrechado por el personal de la zona con varios documentos, entre los cuales
lo más notable es un plano de los circuitos turísticos, que le indica
cómo y dónde llegar. Además, le otorgan una especie de volante
donde figuran la identidad y comportamiento de las especies que expanden su ociosa
existencia por la zona, sin peligro de que cazadores furtivos se acerquen armados
de arcos y flechas y cerbatanas y hachas petaloides dispuestos a apedrear, triturar
y despellejar. ¡Ah, Claudio! ¡Cuánto gozaste cuando te fue
entregado aquel tríptico informativo, como si fueras un turista más
y no un pobre hijo de la isla chica que es infierno grande! Entre los animales
exóticos que viven a salvo se destaca el coatí, representado en
un dibujo que diríase caricatura, y que recuerda al prototipo de ciertos
funcionarios que suelen trabajar en bancos del Estado. Al pie del dibujo se informa
brevemente sobre su habitus de vida, haciéndose hincapié en que
el visitante no debe alimentarlo puesto que ello atenta contra la integridad digestiva
del coatí. También se comenta que el cuadrúpedo anguloso
tiene gran olfato, y que el incauto visitante no debe alimentarse en presencia
suya, nada de empinarse un pomo de sopa ni de blandir un muslo de pollo frito
con la grasa ocre goteando desde el codo, puesto que a pesar de su aspecto dócil
y taimado (al igual que ciertos funcionarios) se trata de un animal salvaje muy
goloso, de modo que se corre el riesgo de que el coatí, que siempre se
desplaza acompañado de otros coatíes, se irrite ante la falta de
tacto del visitante que no le convida a degustar el refrigerio, y tal irritación
puede inducirlo incluso al ataque. Nadie cree mucho en el asunto, pero nadie
come en presencia del coatí. Tampoco lo hizo Claudio aquel infausto día.
No obstante, allí estaba su sándwich de salame húngaro, en
la serena penumbra de su mochila, exhalando su aroma a mostaza y pimentón
imperceptible para la nula nariz humana, pero escandaloso ante el hocico periscópico
del animal. De modo que vemos a Claudio Cañizares acariciando la cabeza
de uno de los coatíes y pidiéndole a una turista italiana que le
saque una foto. He aquí lo que la turista observó a través
del visor de la cámara: el hombre blando se inclina y empieza a sobar la
cabeza del animal, y entonces su mochila queda colgando sobre el hombro izquierdo,
casi al ras del suelo cubierto de musgo. Mientras aquel hombre se deleita acariciando,
quizá por primera vez en su vida, una cabeza que no sea la suya, y sin
que él mismo lo note, se acercan un quinteto de coatíes alargando
sus cabezas alargadas en dirección a la mochila, en un instante lo rodean,
pugnan por introducir sus hocicos, el hombre blando sonríe asombrado de
tanta jovialidad selvática, y acaso por un momento llega a sentirse en
armonía con el cosmos. Pero los cuadrúpedos arratonados ya están
colgando de la mochila, enredando al hombre blando, escalando a través
de sus jeans, hasta que en el momento en que el obturador deja oír ese
hermoso sonido de cámara lúcida, ya está la más alevosa
de las bestias sobre la grupa del hombre, borrando todo vestigio de armonía
con el cosmos mediante el acto predecible de clavarle dos de sus colmillos con
entusiasmo de comensal famélico. La turista italiana devolvió
alarmada la cámara mientras Claudio gritaba mierda carajo rata inmunda,
y de una patada hacía volar al coatí en dirección a la pendiente
escarpada cuyo final eran piedras lisas y una corriente a la que nada ni nadie,
absolutamente, podía sobrevivir por muy coatí que fuera. Claudio
fue llevado por un funcionario ecológico al puesto médico, vacunado
en su nalga fofa, y multado con una enorme suma (que abarcó todos sus fondos
de viaje) por haber provocado una alteración en la cadena alimenticia del
parque, más el homicidio culposo de la bestia protegida. Y aunque Claudio
alegó que se había tratado de un acto instintivo en defensa propia,
los funcionarios ecológicos amenazaron con deportarlo a su país
si no se estaba tranquilo y aceptaba pagar la suma. Ya en su país (ese
país al que tanto odiaba sin necesidad de establecer una causa tangible),
Claudio tuvo una infección que se fue traduciendo primero en fiebres inofensivas,
en el enrojecimiento del hombro derecho, en el agarrotamiento de ambas piernas,
hasta que la fiebre comenzó a adquirir niveles de caldera de vapor. Claudio,
de vuelta a ese presente donde aún (por haber estado pensando en todo esto)
no ha colgado el auricular, siente un leve mareo. Últimamente le han vuelto
esas fiebres altísimas que él achaca a alguna secuela de aquel entonces.
No le gusta pensar en su viaje de estímulo como trabajador vanguardia,
porque aunque había sido alguien, casi un turista, también había
padecido durante un mes en un hospital ocre, recordando aquel cuento cuyo protagonista
se llamaba Dalhmann. Dahlmann empuña con firmeza el cuchillo, que
acaso no sabrá manejar, y sale a la llanura...
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