Inicio
Inicio
Atrás
Siguiente

Gólgota

ROMÁN PIÑA

224 págs.

ISBN 84-96080-77-3

17,50 €.

Gólgota

 

1. La grúa


Estaba sentado dentro de un saco de dormir con los pies colgando. Gris, frío, pesado y venenoso, el cielo era una bóveda de estaño, sin resquicios de luz, una nube tan homogénea que se diluía su amenaza. Oyó un motor de coche que aceleraba en las avenidas. Se frotó los ojos con las palmas de las manos. Con medio cuerpo fuera del saco contemplaba a sus pies la araucaria, apenas un adorno en el paisaje privado de las terrazas, las persianas de varillas enrolladas como párpados.
Bostezó y se cubrió las orejas con el gorro de lana. Se rascó la barba, tosió y escupió sangre. Llevaba cinco días subido a la grúa.
-Mira, abuela, desde tu terraza se ve. Está ahí, en la punta de la grúa.
-¿Dónde? ¿Dónde?
-¿No tienes unos prismáticos? -preguntó Antonio.
Leonor se acercó a la cómoda a trompicones, atascándose con las patas de la cama y en el borde de la alfombra. Abrió el primer cajón y cogió unos viejos anteojos chapados en marfil.
-Toma, prueba con esto. Son unos anteojos de cuando iba a la ópera.
La anciana se detuvo en el marco de las vidrieras que daban paso a la terraza, así que el joven la agarró para ayudarla a salir.
-¿Cómo sabías que hay un hombre allí arriba?
-Lo vi hace tres días en el periódico, pero se me olvidó hasta anoche. Incluso venía una foto. Es increíble.
Antonio intentaba localizar con los anteojos al hombre de la grúa.
-Se ve mejor sin esto. ¿Lo ves, abuela?
Señaló a su abuela el bulto oscuro sentado en los barrotes.
-Pero ¿cómo ha subido ahí?
-Es alpinista.
-¿Y qué hace? ¿Qué quiere?
-Quiere que dimita el alcalde, según el periódico. Está ahí sentado, dentro de un saco de dormir. Menudos cojones.
-Yo sólo del vértigo me moriría.
-Pide mejoras sociales y la dimisión del alcalde.
-Se va a matar. Hay gente muy loca, desde luego.
-Esto es fantástico, abuela. Imagínate lo que habrá pasado ese hombre para decidir subirse ahí y aguantar ya cinco días, con este frío. Lo que no entiendo es que no esté toda la ciudad pendiente de él.
Antonio se arrimó a la barandilla y agitó los brazos.
-¡Andrés! -gritó-. ¡Andrés Martínez! ¡Olé tus huevos!
Andrés Martínez se incorporó una pizca en su asiento de araña. Balanceó los pies.
-¡Me ha oído! ¡Se mueve! Se llama Andrés Martínez, abuela. Lo leí en el periódico. Ha estado en el Himalaya.
-¡Qué barbaridad! ¿Y qué come? ¿Y cómo hace sus necesidades?
-No tengo ni idea, pero si es escalador profesional, como dice la prensa, debe de saber lo que se hace.
Leonor se quedó en silencio y apretó los labios con una sonrisa de pena amordazada. Miró el cielo compacto y la grúa no estaba. Vio un sendero rocoso y escuchó el bombeo de su corazón. Sus pequeños pies avanzaban en dirección a los lagos. Enfrente, sus ojos enfocaban a lo lejos una larga cordillera con picos nevados, bajo un azul intenso de verano. Respiraba el aire puro de un día de hacía veinte años, cuando ascendió con su nieto por prados pirenaicos. No quiso quedarse en el refugio, a pesar de su atuendo inadecuado, zapatos de calle y falda, a tomar el sol mientras el resto del grupo subía a los lagos. Trece lagos le parecían demasiados, y tenía asumidas las limitaciones de sus sesenta y tres años, pero cuando vio a unos niños, que no levantaban un metro del suelo, dispuestos a partir hacia lo alto, cogió el bolso y se sumó a los caminantes. Podía oler el brezo del camino y ver ese cielo perfecto con más claridad que las palmas de sus propias manos. Ahora eran tan huesudas que atribuía a un defecto de sus gafas los nudillos deformes y borrosos. Parpadeó despacio para recuperar el cielo duro de este domingo, la grúa y el hombre que lo desafíaba.
-Sigue lloviendo -dijo.
Antonio condujo a la anciana a través de la cocina hasta la sala. Levantó la tapa de la estufa de butano y pulsó el botón de encendido, que sonó como un hueso al quebrarse. Leonor no debía pasar frío y había estado bastante tiempo fuera, en la terraza. El cielo de aquel día, húmedo de amenazas, había dejado en su alma un brochazo de angustia.
-No me acerques tanto a la estufa, Miguel.
Antonio apartó la silla un poco, hacia los ventanales. La abuela se empujó con el pie izquierdo hacia el revistero, dándole la espalda al televisor. Se apoyó en el brazo de la butaca y se sentó dejando caer todo su peso de golpe. A su izquierda, envuelta en una bolsa, apoyada en la mesita del teléfono, descansaba la pierna ortopédica.


-Podrías acompañarme al baño -le pidió la inválida a su nieto.
-Enseguida.
Antonio agarró los mangos de la silla y condujo a su abuela hasta el cuarto de baño. La silla de ruedas no pasaba por el hueco de la puerta. Se detuvo allí. Trajo del dormitorio una silla y la situó frente a su abuela. La mujer se incorporó sobre la pierna izquierda y consiguió apoyar su trasero en el asiento. A pequeños impulsos de pie, colocó todo su peso en posición más segura.
-Ahora ya me arreglo.
-Déjame que te ayude -dijo Antonio.
Tomó la silla por la base del asiento y la arrastró hasta la taza del retrete.
-¿Ahora ya te apañas?
La anciana no le contestó. Ya estaba de pie, con una mano en el asiento hueco del retrete y otra buscando la goma de las bragas. Antonio se temió un patinazo. La mujer tembló y él la apuntaló cogiéndola por una axila. Cuando se hubo bajado las bragas, Leonor se sentó en la taza y dejó salir una orina largo tiempo retenida. El muñón izquierdo se había aplanado como una masa de pan sobre el plástico blanco. Volvió a levantarse. Antonio la sujetó mientras ella intentaba subirse las bragas, pero con una sola mano no lo conseguía. Con la otra levantaba el jersey y la camisa. Antonio tanteó con la mano izquierda, bajo la ropa arrugada, la tela de las bragas para cubrirle las nalgas.
-Ya está -dijo la mujer-. Siento causarte tantas molestias.
La abuela se levantó y bajó la palanca del vaciado de la cisterna. Volvió a la silla de ruedas y cuando Antonio empezó a empujarla, estiro el brazo para alcanzar con la punta de los dedos la llave de la luz.
-¿Dónde está el interruptor? -preguntó.
-Déjalo, abuela, ya la cierro yo.
Antonio, mientras la devolvía a la sala de estar, recordó la primera vez que llevó a su abuela al aseo después de la operación, la breve sensación de impudor esfumada para siempre y el pubis limpio de vello, liso y brillante, curiosamente terso, pensó, para una piel de ochenta y seis años.
Sentada en el sofá, comentó:
-Qué final, Miguel, qué final.
A menudo llamaba Miguel a su nieto Antonio. Siempre lo había hecho. Con todos sus nietos varones mayores de quince años le ocurría. Los llamaba Miguel porque Miguel era el nombre de su hijo, que vivía en el extranjero desde hacía más de treinta años. En los últimos tiempos había acentuado esa costumbre.
-No es para tanto, abuela.
-Es lo peor que me podía pasar. Nunca me hubiese imaginado un final tan fatal. Es horroroso ver que no puedes moverte, ir a donde te dé la gana. Perder una pierna yo, que no podía estarme quieta, que iba sola a todas partes. No puedo hacer nada. Sólo estoy para estorbar. Quién me lo iba a decir, acabar de esta manera. Es lo peor, lo peor. Cuando pienso que hace cuatro días, como quien dice, me subía a las escaleras a quitar el polvo de las lámparas. A veces me asomo a la ventana y veo allí abajo, en la calle, a la gente caminando, y me entra una pena...
Leonor Camand hablaba con la sensación de que cada sílaba emitida le robaba un poco de tiempo a la Parca. Le dolía percibir que no reconocía su propia voz, deformada por tantos remiendos en el alma y en las encías. Era consciente de que su lengua debía saltar obstáculos en cada frase, y que su discurso arrastraba la monotonía y la lentitud de su edad.
-Pero estás mucho mejor -comentó Antonio-. Al principio no querías vivir. Llorabas al salir a la calle, al encontrarte a los vecinos en el ascensor. Ahora te llevo algún día en coche a ver el mar y te encanta ver los campos soleados, llenos de flores.
-Sí, es verdad. Pero tengo una pena muy grande. Y no puedo hacerme a la idea. ¿Cómo aceptarlo si aún siento la pierna? Me pica el tobillo, siento el rechinar de la rodilla, acerco la punta del pie para rascarme el otro y miro y no lo veo. Y a ratos me duele, me duele la punta del pie como si estuviera allí aún, gangrenada.
Antonio calló. Sabía que no había nada que decir.
-¿Cómo está la niña? -preguntó la abuela.
-Bien.
-Es un bombón. Guapa y muy inteligente. Espero no causaros molestias mucho tiempo, y que pronto puedas irte a tu casa, con Marta y la niña. ¡Si la loca de tu madre no hubiese desaparecido! Esta vez me tiene preocupada. Ya sabes que vosotros, todos los nietos, sois lo mejor que tengo. Cuando pienso en todo lo que he visto... Quién iba a decirme que algún día vería algún hijo tuyo. La vida no es como un sueño. Es un sueño de verdad. Como un golpe de viento. Pasa así -dio un zarpazo al aire con su mano huesuda-, por delante de tus ojos. A veces pienso que podría haber hecho tantas cosas... Pero mientras vives no te das cuenta, no te enteras. Es al final cuando lo ves, que todo ha pasado en un soplo. Y me digo que me equivoqué en esto y en aquello, o tal vez no...
Antonio había escuchado esta reflexión incontables veces, pero la atendió como si fuera la última.
-Tu tío Miguel cuando era bebé cogió la tosferina. Se la pegó una niñera, y luego la cogimos todos, tu madre, el abuelo y yo. Y vinieron mis padres de Barcelona y también la cogieron. Miguel se puso morado de la tos. Yo creía que se moría, y lloraba, decía se muere, mamá, el niño se muere. Y se me ocurrió ponerle debajo del grifo y reaccionó -contaba la abuela muy pausadamente, y se le agrandaban los ojos y se avivaba el verde tras las gruesas lentes-. El médico nos dijo que el mar era bueno, así que nos fuimos al Puerto de Sóller. Alrededor de la casa todo eran pinares hasta el mar y estábamos todo el día allí, tomando el sol. Recuerdos, ya todo son recuerdos. ¿Te lo he contado alguna vez? En la vitrina de la salita de al lado del recibidor conservo una muñeca que fue de mi madre. Es una maravilla. Es de porcelana, y las pestañas y el pelo son de cabello auténtico, resulta que se la regalaron a mi madre tres días antes de nacer yo, se la trajeron de Alemania, de donde son los mejores fabricantes de muñecas, era un paquete enorme, y lo abrió y había cajas y más cajas, una dentro de otra, y al final, apareció la muñeca, todo todo hecho a mano, el vestido, las puntillas... La verdad es que no me ha ido mal en la vida, no me quejo. Pero este final...
Antonio seguía callado, mirando la pierna viva de su abuela. La verdad, se dijo, es que debe de ser muy duro ir viendo la propia desaparición a trozos. Cuando supo que iban a amputarle una pierna a su abuela, prefirió verla muerta, convencido de que ella no lo superaría. Ahora le escandalizaba aquel pensamiento derrotista.
-No tengo prisa por volver a casa. Tengo todo el tiempo del mundo para cuidar de ti -le dijo Antonio.
-Esto lo llevo muy mal. Es lo que peor llevo, depender de vosotros.
-Te has pasado la vida cuidando de los demás y ahora vas a pagarlo dejándote cuidar. En realidad me ha venido muy bien que me llamaras.
Leonor Camand ignoraba que hacía siete días que en casa de su nieto ya nadie le esperaba. Antonio no se había decidido a contarle lo que ocurría. Bastante tiene la abuela, pensaba, con preocuparse de mamá. Observó el cuerpo de su abuela, doblegado por los años y encogido en un extremo del largo sofá. Su abuela sonreía y por eso no daba crédito a su propio dolor, a la angustia insoportable de ver amputada también él de cuajo una parte de su vida. Aunque miraba alrededor y no veía a su mujer y a su hija, se daba cuenta de que estaba caminando con la sensación del miembro fantasma.
Leonor Camand creía que su vida había transcurrido en un suspiro, pero qué lejos había estado de ser un suspiro la crónica de su decrepitud. Cuatro años antes, cuando le pusieron la dentadura, el mundo se le cayó encima. Qué dolor el de las encías golpeadas por la prótesis invasora, las llagas incurables. Su boca era toda una herida y la lengua no habitaba sino una funda de fuego, un alfiletero o una masa blanda de arena y escozor. Entonces ya creyó morir, al contemplar ante el espejo no el dolor que encerraban sus labios sino el aspecto de su nuevo rostro. Más destructor que el cirujano que arrancó sus últimos dientes, era el espejo que le mostraba la piel del rostro arrugado adaptándose a sus mandíbulas yermas. Veía su calavera. Asustada de sí misma, sólo se cercioraba de su existencia por la lágrima temblorosa que brillaba en sus ojos. Pero la misma coquetería que sentía como terrible una nueva arruga o la llegada de la prótesis dental, la empujaba a visitar la peluquería mientras hubiese un solo pelo que cuidar en su cabeza. Es verdad que perdió el gusto y dejó casi de comer, al principio. Si además de dentaduras postizas, hubieran inventado las lenguas postizas, capaces de devolverle su sabor al chocolate o al pastel de manzana... Mas no fue este el penúltimo zarpazo del tiempo. Le falló después el corazón, pero no el que bombea sangre, sino el que siente aún el mínimo amor por este mundo.
Una mañana de domingo un hombre atacó a Leonor Camand en la entrada de la finca. La anciana había mirado, como siempre, a derecha e izquierda antes de abrir con la llave la pesada puerta y dar el empellón que se necesitaba para moverla, sin ver a nadie. No había dado tres pasos dentro del portal cuando sintió el golpe de una presencia extraña, que la impulsaba al suelo, contra las escaleras de mármol blanco, mientras le estiraba del bolso. Leonor gritaba y agarraba el bolso son todas sus fuerzas, ya en tierra, y desgarraba la carne del hombro en el forcejeo. La lesión del hombro no fue tan seria como la del alma, asqueada de ver la impiedad tan cerca. Desde aquel día no podía levantar bien el brazo derecho, y necesitaba la ayuda de alguien para ponerse un jersey o el abrigo. Ya empezaba a sentirse limitada y a acatar las órdenes de su hija y de sus nietos, que le prohibían salir a las calles vacías. Pero, ay, tenía aún sus dos piernas, delgadas como bastones, para andar por el mundo.
Si un año antes, en aquel invierno tan raro en que nevó y toda la ciudad fue casi blanca, no hubiese empezado a sentir ese dolor tan fuerte en el talón... Ana Mari, su hija, se lo miró y descubrió unos puntos negros. El médico fue claro con los familiares: operar para intentar salvar el riego de sangre en la pierna y, en caso de no arreglarse, amputación. Sin saber ella lo que podía pasar, su mirada gemía anticipadamente mientras comentaba: "Me ha tocado el gordo".
No fue un suspiro el mes de hospital, la operación de tres horas en aquel garrote sin carne en busca de algún puente entre venas sanas, las tres cicatrices, en la ingle, en el muslo, sobre el peroné, que se secaban lentas, el más lento asentamiento de la sospecha de la pérdida del miembro y de la libertad, de la muerte detrás de todo aquel sufrimiento.
Y pronto haría un año de aquel trance siniestro. Leonor Camand preparaba flanes de huevo y se movía por la casa en la silla de ruedas. Daba órdenes a Estela, la mujer que la cuidaba por las mañanas, vigilándola de cerca. Y pensando en el frío que debía estar pasando el hombre de la grúa, le entraron ganas de abrir el cajón del escritorio y coger las agujas para hacerle un jersey de lana. Había hecho tantos jerseys de lana, hacía tantos años...

 

PrepublicacionesLista de CorreoPremios Búsqueda
NovedadesColección RescatadosColección Nueva BibliotecaColección Otras Lenguas