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El libro que Sandra Gavrilich quería
que le escribiera | | PEDRO MAESTRE
| | 352 págs. | | ISBN
84-96080-83-8 | | 19,80 €. |
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Un inesperado
descubrimiento (fragmento
capítulo 1) Ella, Sandra Gavrilich Aguirre, madrileña
de padre ruso y madre española, y yo, quien empieza a escribir El libro
que Sandra Gavrilich quería que le escribiera, ahora que ya no estamos
juntos desde hace dos meses y no sé si la odio, la sigo queriendo o sólo
la necesito, o todo al mismo tiempo. Lo que sí sé es que la echo
tanto de menos que se está convirtiendo en una obsesión, y en vez
de ir ella al psiquiatra voy a tener que ir yo. Una irresistible espiral de pensamientos
que analiza de manera enfermiza el pasado me engulle, y tengo la sensación
de que la cabeza se me despega del cuerpo y cobra autonomía. Y me entra
miedo, un miedo atroz a que la locura me esté esperando al doblar cada
esquina, a de repente no reconocer mi sombra. Dos meses, y ayer, 5 de mayo
de 2005, fue mi cumpleaños y no dio señales de vida. Tampoco quería
saber nada de ella para que la esperanza no dejara de boquear. Y lo más
patético de todo es que quizá ya no la quiero, que quizá
nunca la quise, o por lo menos no lo suficiente, como se debe querer cuando se
quiere, ¿como ella me quiso? Quizá sólo es que la necesito,
o que estoy encoñado con ella, o que llevaba tanto tiempo sin escribir
una novela (tres años y medio en septiembre del año pasado cuando
empecé la novela sobre la locura), sin oír el zumbido de las abejas,
como decía Neruda, y ahora parece que otra vez estoy a punto de dejar de
oírlo, que el miedo me paraliza y justo antes de convertirme en estatua
me refugio en el recuerdo de la alegría de sus besos por la mañana
al irse a trabajar, el recuerdo de su voz grave ocupando un lugar que pesa en
el aire o el recuerdo de su risa espasmódica de niña pillada haciendo
algo prohibido. O quizá sea orgullo herido, que también es muy adictivo,
por haber sido ella quien rompió, aunque fui yo quien insistió preguntándole
si le pasaba algo conmigo, aunque fue ella quien acababa de estar tres días
desaparecida en un chill out eterno bebiendo, drogándose y tonteando con
tíos, aunque fui yo quien la semana anterior iba a romper con ella tras
pedirme que fuera, ya de día, a buscarla a un hostal de la Gran Vía
(borracha, no sabía cómo había llegado hasta allí),
y me dijo que yo era lo que más quería en el mundo y que no quería
hacerme daño y que la ayudara, que le pasaba algo y necesitaba ir a un
psiquiatra, aunque fui yo también quien un mes antes, ante otro de sus
ataques de histeria recién hecha la mudanza a la casa nueva, le di un ultimátum,
aunque tres meses antes fue ella quien se lió con el Gnomo y cortamos,
aunque dos años antes fui yo quien decidió romper con ella definitivamente
y al mes volvimos a vivir juntos. Y ahora hace dos meses que no la veo, que
no sé nada de ella. Nuestro único contacto fue que a los tres días
intercambiamos mensajes de móvil para poder llevarme mis cosas, libros
y ropa, y que a las dos semanas le envíe una carta sin remite, no quería
que me respondiera, donde le decía entre otras cosas que, "por favor,
Johnny", fuera al psiquiatra para solucionar sus problemas emocionales, que
era una inmadura y una egoísta que no sabía estar en pareja, que
me había hecho mucho daño (con la desaparición adelgacé
seis kilos) y que no quería volver a ver en mucho tiempo a esta Sandra
dañina, y al final le deseaba buena suerte en la búsqueda de sí
misma. Es decir, las típicas recriminaciones que pueden ser verdad o sólo
una cortina de humo para no sentirte muy culpable o para no aceptar la realidad. En
eso estoy, en aceptarla, en aceptarme, en perdonarme todos los errores que he
cometido desde hace cuatro años y que me han llevado al más absoluto
fracaso (sé que, como siempre, exagero, pero lo siento así), o quizá
a un descubrimiento que todavía no sé cuál es. Para eso he
vuelto a mi tierra alicantina, a mi industriosa ciudad de provincias, Elda, donde
todo empezó, y quizá no hace cuatro años sino muchos más. Me
fui a Madrid hace seis, huyendo, aunque yo lo llamaba "cambio en mi vida",
y me he dado cuenta de que por más lejos que te vayas y por más
que corras no puedes dejar de ser quien eres. Pueden cambiar el decorado y la
gente, pero, y esta es creo la enseñanza más importante que he sacado
de todo esto, siempre eres igual a como eras de adolescente. O no sé, por
lo menos en mi caso. Pues aquí estoy, yo, superviviente de mí
mismo, Carlos Alemán Herrero, que atraje a Sandra porque escribía
novelas, Premio Nadal con Sábados vacíos y domingos muertos, y ahora
empiezo, en casa de mis padres, El libro que Sandra Gavrilich quería que
le escribiera para averiguar si la quise los tres años y tres meses que
duró nuestra relación.
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