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La alambrada de Levi | |
MILAGROS FRÍAS | | 288
págs. | | ISBN 84-96080-85-4 | |
19,50 €. |
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I (fragmento
capítulo 1) HABÍA OCURRIDO TANTAS veces, habían
sido tantos los simulacros, que supongo que sonaron las sirenas y apareció
en pantalla el mensaje de siempre. No podría asegurarlo. Recuerdo
que estaba en la cafetería que tenía asignada tomando café.
Nada del otro mundo, un local corriente sin la más mínima concesión
a los sentidos. El número de mesas era el que cabía: una más
y se hubiera entorpecido el paso, una menos y quedaría un hueco difícil
de explicar en este esquema de vida que prescindía de todo lo superfluo,
que avasallaba con una concepción del mundo y de las cosas ramplona
y mezquina. La luz que entraba por las ventanas traía un halo de
ultratumba y las caras blanquecinas eran propias de lo que yo imaginaba
que sería un lugar de muertos vivientes, que en eso nos habíamos
convertido. Los responsables de diseñar estas dependencias olvidaban su
función de recreo y las configuraban como naves anodinas, como vestuarios
gigantescos donde los usuarios pudieran desnudar el espíritu de sus
ropajes. Éramos carne a punto de convertirnos en polvo, o acaso ya lo
éramos. Resultaba desalentador dejar la reclusión del habitáculo personal
para entrar en esta sala de espera con mostrador donde disfrutábamos
del rato libre programado. Ni cortinas, ni alfombras, ni cuadros, solo las
pantallas con los mensajes infomáticos de rigor y los sistemas de audio
lanzando al aire cuñas escuchadas mil veces. Me entretuve observando
los gestos repetidos, como si en cada situación los embrionarios respondiéramos
con actos reflejos: colgar de cualquier manera el traje protector, comprobar que
se cae, volverlo a colgar, acudir a la barra, buscar una mesa, depositar la
bandeja, sentarse. ¿Por qué ese afán de elegir una mesa
libre? Para mí, encontrar a alguien con quien hablar era lo mejor que
podía pasarme. Si esto sucedía, después le daba vueltas
a la conversación, rememoraba la risa, buscaba el matiz a alguna palabra
empleada al albur pero cuya elección denotara cierta intencionalidad.
Me encantaba relacionarme y, sin embargo, al tener la bandeja en la mano,
mi instinto seguía la misma pauta, una ojeada y elegir un sitio para
mí sola, si estaba junto a la mejor ventana. Y eso estaba haciendo aquel
día, mirar a través del cristal la mañana que, como de
costumbre, era gris. Estábamos en pleno verano y se notaba en que la
tonalidad era un poco más clara. El color y las altas temperaturas permanecían
inalterables durante todo el año. Si seguíamos así, los
nombres de las estaciones se vaciarían de contenido y acabarían
vinculándose a alguna tradición, como sucediera con los idus
romanos antes de perderse en el mapa del olvido. Estaba sentada mirando
sucesivamente adentro y afuera, alternando la falta de incidencias en ambos
lados, sumida en ese estado catatónico que permite existir sin enterarse.
Demoraba el trámite de volver a casa, esperaba que algún conocido viniera
a sentarse conmigo y tener la oportunidad de expansionarme, de salir de mi
habitáculo interior que me producía claustrofobia. En tanto
eso sucedía, miraba el panorama exterior, tan sórdido estéticamente,
y me pareció que la confabulación de ambos términos, sórdido
y estético, venía al pelo para definir la desolación a
ultranza, para hacer aprehensible la luz ambiental color asfalto, como si siglos
de erosión hubieran pulverizado el alquitrán depositándolo
en cielo y tierra. Miraba con desaliento, temiendo que el esplendor pasado fuera
irrecuperable, por mucho que los augures oficiales pronosticaran la vuelta
al paraíso perdido en un plazo por determinar. La secuencia era previsible:
tendríamos que instalarnos definitivamente en los lugares donde las
temperaturas nos permitieran sobrevivir y las siguientes generaciones no
harían ascos a una forma de vida que sería la única que habrían
conocido. Recuperé la cara de Jean-Claude Guillebaud aquella tarde en
el instituto, ¿o fue a media mañana? Era normal. La conferencia
a punto de acabar. El dominio completo. Las generaciones que se aprestaban
a tomar el relevo, representadas en aquel público exiguo, esperando
a que el orador acabara para poder largarse. Cambios de postura, toses,
el bullicio inminente recargando baterías para estallar. Yo misma repasaba
las tareas que realizaría en cuanto cruzara la puerta. Entonces lo soltó.
Para la humanidad el riesgo mayor no eran las guerras. El riesgo era su disolución de
facto en la dulce quietud de los laboratorios o las universidades. Una píldora
que me tragué, que almacené en algún lugar de la memoria
y que hoy regurgitaba sabe Dios por qué asociación de ideas. De
repente, algo se alteró en el interior de la cafetería. Al aparecer
unas patrullas de vigilantes con extraños artefactos que corrían
no sé al encuentro de qué, porque en Corintia oficialmente no
pasaba nunca nada y, si pasaba, solo un rumor lo constataba haciendo aún
más impenetrable el telón de acero que la Infocracia tejía
en torno a su red mediática. Todo el mundo se puso en pie, rodaron algunas
sillas, algún vaso cayó al suelo, pero aun así el silencio
se impuso. Las miradas adoptaron un aire de interrogación y, como al
llegar, los actos reflejos se repitieron: levantarse, apartar el asiento
e ir a mirar a las ventanas. Yo, que desde mi sitio no veía lo que pasaba,
no supe el detonante que impulsó a los demás a acercarse hasta
la percha a coger el traje protector para poder salir. Me llegaron algunos
comentarios. -Ya estamos otra vez. -Vaya lata. -Parece que se aburren-
corearon unas voces cuando se puso en marcha la audiofonía. Pero nadie
se aventuró afuera hasta que desde la puerta uno de los extraños
artefactos ululó desabridamente y un vigilante nos conminó: -Vamos,
salgan. El detector era una novedad y aceleraba la operación porque su
estridencia pulverizaba los tímpanos. En el exterior ya había
un grupo considerable de personas que iba engrosándose con los que salían
de los portales y embocaban la estrecha calle a la carrera. Cuando me di cuenta
de que en la cafetería no quedaba nadie me incorporé a la manada,
presa de una desgana tremenda, tentada de quedarme sentada pasara lo que
pasara, pero cuando estuve sola me contagié de la prisa, y me espoleó
un miedo repentino e irracional a quedarme atrás; aceleré el
paso y acabé corriendo, encaminándome como los demás hacia
el refugio subterráneo a unos quinientos metros del lugar donde me encontraba,
en pleno centro de Corintia. Unos minutos después me aparté
y me detuve. Cerré los ojos e imaginé las fisuras entre edificios
que eran las calles, arañazos entre las moles de hormigón, llenándose
de gente vomitada desde los habitáculos que eran como celdas, formando regueros
que espontáneamente tenderían a confluir en la arteria principal,
un poco más ancha que las otras vías, no más de dos metros,
colapsándola. Los vigilantes tratarían de impedirlo desviando
los flujos humanos por recorridos alternativos, pero sería una tarea imposible.
El instinto, que a mí me parece una respuesta de gran complejidad y
a los expertos una reacción primaria, conminaría a la masa a
seguir a los que marcharan en los primeros puestos optando por idéntico
recorrido, lo que no tardaría en saturar la calle elegida. Abrí
los ojos. El gentío era ya considerable y, aunque quedaban huecos, apenas
podía verse un resquicio de asfalto. Tuve el mismo pensamiento que otras
veces, no me importaba morir, pero hacerlo aplastada me aterrorizaba. Haciendo un
acopio de sensatez me metí en la barahúnda y volví a correr
sin encontrar un ritmo que me resultara cómodo porque las piernas se
me desmadejaban a cada paso y el cerebro se empeñaba en no estar donde
yo estaba. Si alguien me miraba evocaría la grácil silueta de
un ave zancuda, qué desastre, qué pena, no podía con mi
alma. Me acordé de la llave. Era el único objeto que conservaba de
mi otra vida en Maguncia. Aquella noche lejana guardé el llavero en
un bolsillo del pantalón y ese fue el único nexo material con
el pasado que me quedó. Sin ella mis recuerdos podrían haberse
confundido con ese otro universo que me inventaba como escenario de mis historias. Siempre
la llevaba. Me gustaba tenerla en la mano para que su tacto me reconfortara,
constatar que seguía en su sitio. Si la extraviaba me quedaría
sin amuleto, sin señuelo, sin el único vestigio que conservaba
de lo que fui. El cansancio que me provocaba este enésimo ensayo de evacuación
me resultaba difícilmente asumible. Era incapaz de recordar las veces
que se había repetido; tantas, que aunque ahora el peligro fuera cierto,
secundar las órdenes se me hacía tan cuesta arriba como seguir
corriendo. Los haces de infrarrojo nos iban a la zaga comprobando que nadie
quedara oculto y el dispositivo de vigilantes había triplicado sus efectivos.
Parecía que iba en serio. Me paré por segunda vez y, bien arrimada
a la pared, me doblé hasta llegar con la cabeza a las rodillas y balanceé
los brazos, como hacía en el gimnasio cuando me asfixiaba para oxigenar
los pulmones, luego me quedé al borde de la acera abstraída en
la contemplación de aquel entorno tan siniestro que ahora era mi hogar,
mi referencia, aunque me costara sangre aceptarlo. Aquellas vías
tan estrechas no estaban hechas para una emergencia, eran una sucesión
de hileras, un apelotonamiento de manzanas; vistas desde las alturas costaría
creer que formaran parte de un poblado ultramoderno concebido para ser habitado
por los siglos de los siglos. Aunque los techos, enormes cascarones incoloros
cubriendo los tejados, podían catalogarse de vanguardistas, la apariencia
del conglomerado de barracones de cuatro alturas y la desnudez ambiental
emparentaban con los campamentos mineros que proliferaron como setas en una
primavera húmeda y lluviosa durante la fiebre del oro, allá en
el lejano oeste, en tiempos inmemoriales. Corintia era como una factoría
en la que se diferenciaban claramente las oficinas que constituían el
antiguo casco urbano y las naves industriales que ocupaban una enorme extensión y
que eran estancias compartimentadas para alojamientos. Corintia era un lugar
inmundo. El invento de Korsakov, que garantizaba la comida y la bebida, había
resultado crucial para la subsistencia de la humanidad; pero llevado a sus
últimas consecuencias contribuía al ahorro de espacio hasta límites
claustrofóbicos permitiendo una masificación deprimente. Al
llegar la época de las vacas flacas, la humanidad estaba preparada para
asumir algo que no tenía previsto gracias al ruso, porque en el manual
del político hay una ley de rango superior que hace los réditos
electorales proporcionales a la inmediatez de los beneficios y el invento llegó
como caído del cielo, cuando empezaba a ser evidente que optar por la
inoperancia había sido un tremendo error.
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