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El disparatado círculo de los pájaros
borrachos | | JUAN APARICIO-BELMONTE | |
256 págs. | | ISBN 84-96080-86-2 | |
18,50 €. |
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(fragmento) ...
me lo pidió la novela que le he enviado al gobernante, que es la verdadera
culpable de todo. Besos amargos. Luis". Escribe Luis Pellitero en pijama,
sentado a una mesa clavada al suelo, en el interior de una celda cochambrosa,
que él imagina blanca y reluciente. Lleva varias horas detenido por un
homicidio que dice no haber cometido: en realidad han sido dos asesinatos; pero
él los negará una y otra vez, porque está acostumbrado
a pensar lo que dice y decir lo que le parece más conveniente.
Lo
más lamentable continúa escribiendo Pellitero es que
el letrado del turno de oficio que acude en mi amparo es un chaval recién
colegiado que no me inspira ninguna confianza: al entrar en este calabozo que
parece una sala de hospital o manicomio (las paredes son muy blancas, los baldosines
del suelo son muy blancos, penetra una luz muy blanca por el tragaluz enrejado
que ilumina la estancia) me estrecha una mano también blanquísima,
que enseguida retira como si la mía quemara. Este chaval pelirrojo
y delgaducho no debe de tener más que 25 años, y a lo mejor ni llega,
y tiene la desconfianza y no sé si el pánico en los ojos huidizos;
está más pendiente de mantener una distancia de seguridad al otro
lado de la mesa que preocupado por mi porvenir procesal. Cuatro horas
llevo ya encerrado en este infierno le informo. Y no reacciona. Llevo
aquí cuatro horas, repito. Se comporta como un espectador perplejo,
como si fuera yo quien debiera aleccionarle sobre lo que debe hacer y no al revés.
Es un niñato que suda, pelirrojo y pecoso, de pestañas plateadas,
muy grimosas, a quien le viene grande el traje, como si se lo acabara de comprar
su madre en el supermercado a precio de saldo, y la corbata azul claro de flores
rojas no sólo tiene el nudo torcido sino también un lamparón
de chocolate o café como condecoración mañanera. Pareciera
que entre la madre, la abuela y el padre le hubieran hecho ese nudo patético,
justo antes de venir a visitarme, y luego el chaval, ansioso, ha rematado la faena
desayunándose unos churros que goteaban. ¿Qué clase de abogados
tenemos? ¿Es que no hay un examen de ingreso en el colegio de abogados
de Madrid? No, señor reacciona el niñato, y parece
que los nervios le provocan una sonrisa pasajera. Pues vaya. Se produce
una pausa interminable, en la que yo escruto el rostro del chico borrado
en su mitad derecha por la luz blanquísima de la claraboya, y tengo
la impresión de que tras esa seriedad con apariencia de timidez esconde
unas ganas tremendas de reírse a carcajadas. Pienso que este chaval
no gobernará ningún país ni dirigirá ningún
equipo de fútbol en el futuro, porque parece demasiado pavo, pero tiene
madera de mandamás, porque lleva la psicopatía metida en la mirada
vigilante, en esa luz amarillenta de sus ojos inquietos. En Madrid hay
el doble de abogados que en toda Francia... me dice de pronto. Permanezco
con los brazos cruzados, en actitud de espera. Me entran ganas de darle dos
sopapos. Pero no lo hago y dejo que el silencio estire la tensión hasta
el límite de mis nervios. ¿Tienes experiencia en homicidios?
le pregunto al fin, porque me vence su rostro impasible. No enrojece.
Pero para mí este caso es un reto... Mi tío me ha dicho que hay
que ser valiente y creo que este caso me puede foguear bastante, y venirme bien
para el futuro... ¿Pero qué cojones dices, chaval? Se trata
de mi futuro, no del tuyo... Sí, sí, el futuro de usted
también, claro... Tranquilo, tranquilo responde. Sé
muy bien lo que vamos a hacer... Tranquilo. ¿El qué? Lo
que usted quiera... Le prometo hacer lo que usted quiera... Usted es el cliente,
y el cliente siempre tiene la razón. Sácame de aquí
ya, eso es lo que quiero... Me han encerrado por un crimen que no he cometido...
Nunca me cayó bien Ascensio, era un cotilla y un chivato, pero no le tenía
tanta tirria como para cargármelo. Vale, vale... Voy a pedir el
procedimiento de habeas corpus... ¿Qué es eso? La
obligación de que le pongan delante de un juez ya mismo. Es un derecho
que existe en todos los países del mundo... ¿También
en Sri Lanka? ¿Cómo? Nada, era una broma. Se
produce otra pausa. Debe de haberse levantado un día espléndido,
porque los pájaros chillan como niños borrachos más allá
de mi celda. Detecto que el chico está cada vez más relajado:
su rostro, al desvanecerse el gesto de la primera impresión, adquiere un
aire pendenciero que no me gusta. Dicen que es usted un mal bicho...
suelta, con una especie de valentía que le otorga otro timbre a su
voz, mucho más grave de repente. La inspectora Micol dice que todo
apunta a que usted golpeó hasta la muerte al portero de su edificio... ¿Te
ha dicho ella eso? siento la taquicardia en el pecho, me llevo las manos
a la cara. Se ha vuelto loca... ¿Qué pretende? ¿Qué
pretende? Y dice que, una vez muerto, usted meó sobre su cara... No
lo puedo creer... ¿Por qué? Chaval, pareces tonto. ¿Por
qué? Lo miro con toda la fiereza de la que soy capaz, como para transmitirle
con fidelidad la repugnancia que me produce su comportamiento, el esfuerzo que
tengo que hacer para no darle las dos hostias que se merece. Y entonces el tío
se pone a reír histérico, como un niño haciendo el ridículo
en su primera comunión. El muy capullo se fumó un porro antes de
venir, seguro; segurísimo. Todavía se escuchan sus carcajadas
nerviosas, carcajadas que transmiten insolencia o pánico, cuando el carcelero
el horrible carcelero lampiño con pinta de eunuco que me interroga
cierra el portón metálico y vuelvo a quedarme solo, con la esperanza
muy débil de que pronto se inicie el dichoso procedimiento de habeas corpus. Ja
ja ja, escucho: ja, ja, ja.
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