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Santo remedio

RAFAEL COURTOISIE

192 págs.

ISBN 84-96080-89-7

16,95 €.

Santo remedio (NB121)


(fragmento)

1

Acabo de matar a mi madre. El cadáver yace decúbito ventral, sobre la alfombra del dormitorio, a los pies de la antigua cama de dos plazas.
Abro todas las ventanas para que el apartamento se ventile.
Llueve.
La madera del piso de la sala se moja un poco. Tomo un trapo del baño y trato de secar.
Llueve otra vez.
Se trata de una lluvia fina, casi invisible, persistente, oblicua.
Seco el piso lentamente.
Enjuago el trapo. Escurro en un balde.
Llueve otra vez.
Seco. Escurro.
Sin parar. Llueve.
Seco de nuevo. Escurro.
Llueve.
El trapo ya no sirve. Está empapado. Es inútil.
Tiro el trapo a la calle y cierro la ventana.

2

Son las cuatro de la mañana. En una hora amanecerá. Es verano.
Me siento a esperar, en la sala.
Enciendo un cigarrillo. Lo apago enseguida.
Desde aquí se ven los pies de mamá enfundados en las pantuflas. Los talones desnudos, las pantorrillas, las várices, los surcos de la parte posterior de las rodillas y hasta aproximadamente el primer tercio de los muslos violetas. De ahí en adelante todo lo cubre el camisón. La pared del dormitorio impide ver la cabeza.
De todos modos, no es un espectáculo agradable.
Me levanto.
Doy ocho pasos hasta el dormitorio de mamá.
Cierro la puerta.
Doy nueve pasos de vuelta al sillón.
Me tiendo.
Ahora sólo se ve la puerta cerrada.
Así está mejor.
Voy a dormir hasta que sea de día.

3

Amaneció hace más de una hora. Tengo la boca reseca. Ganas de tomar café. Voy a la cocina.
No hay café.
Hay azúcar.
Hay té.
Pero no hay café.
Ni una puta cucharadita de café. Mamá no tomaba café. El café la ponía nerviosa, le provocaba insomnio. El café no la dejaba tranquila. Así que en casa de la difunta no hay café. Esa es la realidad.
Nada de café.
Cierro con rabia la puerta de la alacena.
Rebota y vuelve a abrirse.
Por efecto del rebote cae una taza al piso, se hace pedazos.
Busco una escoba.
Barro.
Levanto los pedazos.
Una lasca de porcelana me lastima el índice de la mano derecha.
Sangro.
Me lamo el dedo.
Es dulce.
No hay café. Hay té. Hay azúcar. Pero mi sangre es más dulce, más sabrosa. Me gusta.
Chupo. Lamo la punta de mi dedo.
Chupo con fuerza para que no se coagule.
Lamo. Chupo. Lamo. Chupo. Lamo. Chupo.
Lamo.
Chupo.
—¡Ahhhh! Está tibia...
Chupo. Lamo otra gota del dedo. La última.
Lamo. Chupo. Lamo.
No hay café. No hay café. No hay una sola cucharadita de café.
Ni siquiera café instantáneo en esta casa de mierda.

 

 

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