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7 X 1. Siete crímenes per cápita |
ANA VALENTINA BENJAMIN |
96 págs. |
ISBN 84-96080-91-9 |
12,50
€. |
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Natalia. Sexto crimen
(fragmento)
Valeria empezó a tener un sueño pertinaz, el mismo cada noche: veía a su padre en una balsa en el medio del mar. «Papá quiere que me vaya del país», me dijo una mañana. La piba tenía una inteligencia tan providencial que lo tomé como una orden.
Empecé a tramitar nuestras visas. Y así comenzó a gestarse mi sexto crimen. Pensé que sería el último, porque si alguien mata en el puerto de partida, la condena se queda en la frontera del exilio. Eso decía Juanete, y para mí lo que decía él o soñaba su hija eran mensajes sagrados, audibles, mejor que escritos. Para esto último se necesitan papeles y desde el primer día que fui a la embajada odié los papeles. Me dieron dos formularios, uno para mí y otro para mi «hija». Parece que para la mayoría de los papeles de este mundo uno debe completarse en casilleros; uno debe tener una dirección particular, otra laboral, un estado civil, una libreta de casamiento, un padre sito en y una madre de apellido de soltera tal. Bien. Yo no recordaba nada de eso y Valeria no tenía nada de eso (ni siquiera había sido inscrita al nacer).
Probé por el lado de la civilización y las buenas costumbres. En una cita pautada, le conté a la asesora consular mi situación. «Dios mío», balbuceó, y cuando levantó su teléfono me excusé para ir al baño y no volví. Fue su mirada torva la que me indicó que iba a denunciar la «apropiación ilegal de una menor». Motherfucker. Eso me pasa por confiar en la civilización. Un mes más tarde me presenté nuevamente en la embajada, con los pelos teñidos, la jeta bien maquillada y otro nombre. Cambié la historia. Pero no cambió la respuesta: dos formularios. Okay, si querés A, te doy A, si querés B, te doy B, y si querés F, te doy Formularios Full-Filled (fuck). Un tipo me truchó todos los documentos que necesitaba para el visado. Hasta el laburo fotográfico cuatro por cuatro fue magistral cien por cien. Con el nuevo corte de pelo y teñida de pelirrojo, realmente parecía la madre de Valeria (el look me hacía parecer mucho mayor y eso era clave; era poco probable que yo, con veintitrés años, tuviera una hija de quince). Entregué nuestros datos empapelados, bien encasillados y me dieron una fecha: en veinte días podía retirar las visas. Bien. Mientras tanto, me ocupé del viaje en balsa. Vendí mi biblioteca (Lucho en cien tomos), vendí los aparatos robados, vendí merca, vendí las alhajas de MM, vendí mi cuerpo. Y compré dos pasajes. Non-stop. Esa noche llevé a la piba a comer a un restaurante finísimo. Teníamos que festejar nuestra pronta partida.
Al otro día Valeria se levantó muy inquieta. Me dijo que había tenido el mismo sueño de siempre pero que esta vez, en la balsa, además de su padre, había otro hombre. Insistí por el lado de la civilización y le dije que quizá representaba a su futuro novio que la esperaba en el extranjero. Se puso a llorar como una loca. Carajo, eso me pasa por no quedarme en la tribu que me corresponde.
Veintiún días después de aquella cena de gala, me vi (parecía mentira) en el aeropuerto. Pasamos el trámite de migraciones y nos sentamos a esperar el anuncio de nuestro vuelo. Me vinieron ganas de hacer pis (siempre me dan ganas de hacer pis cuando estoy ansiosa; me pasé la vida meando). Valeria no quiso acompañarme al baño; quería caminar, entrar al free shop, observar a sus compañeros de viaje... estaba feliz. Quedamos en encontrarnos diez minutos más tarde en la puerta de embarque. Bien.
El baño estaba vacío. Con un toque de melancolía, resolví deshacerme de mis últimos gramos de blanca. Era mucha, pero por la piba me había propuesto dejarla. Alguien tiró de la cadena. «Vale, ¿sos vos?», pregunté. Sin lentes de contacto, sólo pude ver una silueta difusa a mis espaldas (demasiado alta para ser mi niña). Carajo, justo tenía el talco en las manos, a punto de ser tirado en el lavabo. Pensé en lo peor: una policía, una oficial de seguridad del aeropuerto, cualquier dama escandalizada por mi equipaje enharinado, alguna buchona.
«Dios mío», escucharon mis ojos chicatos. Y reconocieron la voz: era la asesora consular. La que me había conocido rubia y ahora me reconocía teñida; la que me había visto en su despacho intentando secuestrar a una menor y ahora me veía embarcando. Sucedió todo en un minuto: una trompada táctica en la barriga, cien gramos de merca en la boca, una cabeza de lleno en el inodoro, la cadena tirada, corriendo agua limpia... blanca, roja, bordó, turbia... agua limpia otra vez.
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