Álvaro fue. Para mí y para muchos otros. Pero para mí más. Porque mío fue más que de ningún otro. Una explicación clara y sencilla. Tendría que bastarle a cualquiera. No precisa adornos.
Vicente está viviendo una segunda juventud. Natalia exige la primera. También Carolina terminará aceptando que querrá a otro como quiso a mi hijo.
Quedo yo, y lo haré para siempre. Yo no busco sustitutos. Ni los hay ni los querría.
Isabel me roza el brazo con las uñas largas, cuadradas, de color marfil.
—¡Dios mío, Bea! ¡Qué alivio! No sé por qué, tenía miedo.
Todo un fin de semana sacrificado, y aún algo más: vuelve a ser martes. Ha dado la espalda a su idilio parisino. Por un plazo de tiempo limitado, entendámonos. Ha venido a casa sin avisar. Claro que tampoco hubiera podido hacerlo; el teléfono vuelve a estar conectado. Yo no lo cojo. En cualquier caso: mi hermana está aquí sin que yo la necesite.
Un detalle que no es del todo nimio, ambas somos conscientes.
A pesar de la buena voluntad, llamémoslo así, que la caracteriza: está deseando largarse. Lo ha estado desde que llegó. Sintiéndose incómoda, el movimiento incontrolado de la mejilla derecha la descubre. Aquí a mi lado se asfixia. Con toda razón, no seré yo quien pretenda echárselo en cara.
Ya se sabe que la mala suerte es contagiosa.
De todas formas, la presencia de mi hermana Isabel es prescindible; más que nunca. El momento ha llegado por sí mismo, como termina haciéndolo todo. Sin necesidad de prisas ni empujes.
No soy yo la muerta. No hay en mí equilibrio.
«El equilibrio perfecto sólo lo alcanzan los muertos». Lo leí en una de esas revistas científicas que Álvaro devoraba de adolescente. Una afirmación que entonces me puso los pelos de punta. Iba acompañada de la fotografía de un cadáver diseccionado sobre la mesa de operaciones. Un médico señalaba con una mano el pulmón grisáceo que sujetaba con la otra.
Nada más que vacío en el cuerpo. Tan hueca que confías en que no puede quedar mucho. Al principio lloras. Tienes una facilidad extraordinaria para hacerlo, en ocasiones ni siquiera estabas pensando. Al principio, los primeros meses. Pero esos meses pasan y se acaban las lágrimas. Como todo lo demás. Te quedas seca. Y mientras tanto, lo único que haces es seguir ahogándote. Encuentras más y mayores dificultades a la hora de inhalar un oxígeno que no te llena. El corazón se resiente, no necesitas ser médico para saberlo. Comienzan esas punzadas, las que producen el dolor que te paraliza. Recuerdas que tienes que acostumbrarte a no aspirar con tanta fuerza, que debes aprender a llenar los pulmones sólo con el aire necesario, que no puedes permitirte excesos. De vez en cuando vuelves a respirar como lo has hecho durante más de medio siglo, te atreves a hacerlo en lo que supongo un último acto de rebeldía.
A lo mejor esta vez tienes éxito y todo se acaba.
Sigues esforzándote día tras día; mejor dicho, episodio tras episodio: la percepción del tiempo ha cambiado. O crees que lo haces, pues los sentidos te embaucan. Nunca llegas a dejar de respirar del todo, no hay liberación. Los ojos te arden, escuecen rabiosos. De nada te sirve cerrarlos, ves a través de ellos. Y la visión es mucho más nítida.
Miras a través de cada uno de los órganos de tu cuerpo.
Aunque hace mucho que perdiste la poca fe que tenías, suplicas en silencio. A quién, da igual. Te encuentras encerrada en la carne que conforma un organismo cada vez más extraño. Todo tiene lugar exclusivamente allí, en el interior de esas paredes físicas. Donde tu voz es la única que cuenta y lo hace para ensañarse contigo.
Decides: rezaré. Lo único que pides es la gota que colme el vaso.
Una gota cualquiera. Una chispa.
Ya nada es real, lo que menos: tú.
Te preguntas si alguna vez algo lo ha sido. |