Joselo tenía ojos saltones, rizos que desbordaban su sombrero, mofletes de perro flaco, nariz puntiaguda. Había algo en su expresión que no encajaba, tal vez fuera el bigote. Dejó su baúl tras el escritorio de Elsy, se acercó y le entregó un casete de vhs.
—Aquí está el video de mi show...
—¿Y ya? ¿Así nomás?
—No, doctor, ¡ni más faltaba! Lo que pasa es que, como usted comprenderá, hay trucos que no se pueden hacer en esta oficina. Yo le voy a mostrar uno, pero no quiero que usted se quede sin ver los demás... Yo soy escapista —continuó Joselo—, es mi especialidad.
—Empecemos pues —propuso Osorio.
El mago acercó una silla y la puso delante del escritorio de Elsy. Sacó una cuerda y se la entregó.
—Necesito que me amarre las manos al respaldo de la silla.
Osorio comprobó con precisión científica que la cuerda no tuviera nada extraño. «Si no se puede soltar, lo dejo aquí hasta mañana, por chicanero», pensó. El mago puso las manos en el respaldo de la silla (era la de Elsy, seguro que no tenía trucos) y Osorio lo amarró con saña, como si se dispusiera a torturarlo. Luego se retiró y se sentó tras su escritorio a esperar el fracaso.
El mago, de repente, sacó una mano del respaldo y consultó la hora en su reloj de pulsera. Luego la volvió a poner detrás. Osorio dio un salto y fue corriendo hasta la silla, Joselo seguía con las manos fuertemente amarradas.
—No joda —dijo. Comprobó de nuevo la autenticidad de la cuerda y los nudos, regresó a su escritorio. Se quedó de pie, más cerca que la vez anterior.
Joselo lo miró, sonrió, sacó ambas manos del respaldo y las volvió a poner detrás. Osorio dio un salto hasta ver las manos de nuevo amarradas. El mago, sin ocultar nada, hizo un sutil movimiento y la cuerda, como una serpiente, se desató.
—Bueno, ¿qué más sabe hacer? —preguntó Osorio, interesado.
Joselo le dijo que él era el único en el país capaz de hacer el famoso escape de Houdini: meterse de cabeza en un tanque lleno de agua, atado de los pies, esposado y con la cara cubierta por una capucha, para desaparecer y salir luego de una silla entre el público. También era capaz de escapar de cajas suspendidas en el aire, de huevos gigantes, de cajas chinas...
—¿Cuánto cobra?
—Bueno, vamos por partes —dijo el mago—, yo tengo unas especificaciones técnicas: necesito una grúa de siete metros.
—...Ajá.
—También un set de luces robóticas, dos seguidores supertrooper de dos mil quinientos vatios, una motobomba para llenar el tanque, mangueras, dos andamios con ciento ochenta pares de luces, dos tarimas: una para los escapes grandes y otra para los escapes pequeños... —los requisitos del escapista, sin embargo, no pudieron escapar al tic tac del reloj. Osorio se entregó al sonsonete incomprensible del mago; luego, con una sonrisa de hiena le dijo que no había presupuesto.
Hubo un silencio sacramental.
—Le va a tocar escaparse de aquí —remató Osorio.
Zoroastro era el que tenía más cara de mago. Infundía respeto. Tanto, como para que el reloj callara en su presencia. Así Osorio podía atender a la magia y, cómo no, pensar en Ángela.
—Si necesita grúas, dos tarimas, ciento ochenta luces, una motobomba..., estamos perdiendo el tiempo —advirtió.
—Nada de eso —contestó Zoroastro, luego sacó un conejo blanco del sombrero.
Un clásico. Punto a favor. A continuación, puso una pañoleta blanca a bailar sobre su hombro; le daba órdenes que ella obedecía como si entendiera. Luego sacó una vela, la encendió y la multiplicó en sus dedos. Sacó una cuerda, le prendió fuego y la convirtió en varita mágica. Hizo un malabarismo con bolas de espuma que fueron creciendo en número... Cinco trucos después, Osorio le dijo que todo estaba bien, pero no había nada espectacular.
Por toda respuesta, Zoroastro quitó a su baúl un recubrimiento y lo convirtió en una gran pecera de cristal. Vacía. Se quitó la capa y la cubrió con ella. Cuando la retiró, una mujer en bikini dorado, con adornos de lentejuelas, lo saludó.
—¡Un aplauso para Cindy!
Tenía ojos claros, era culoncita, sonreía como si en realidad fuera una aparición. Osorio no pudo más que aplaudir. Cindy hizo una venia y volvió a meterse en la urna de cristal. Zoroastro la cubrió y, al destaparla, al lado de Cindy había otra mujer.
—¡Un aplauso para Isadora!...
«A lo mejor este sí me hace aparecer a Elsy» pensó Osorio, risueño.
—Y en mi show también hay un tigre —remató Zoroastro con una venia—, uno de verdad.
Zoroastro salió escoltado por sus mujeres. Belfegor le preguntó si todo ese tiempo las había tenido en el baúl.
—Un mago nunca revela sus secretos, colega —respondió Zoroastro, guiñándole un ojo. Cindy e Isadora sonrieron al tiempo y los tres abandonaron la antesala.
Osorio se quedó mirando a Belfegor.
—¿Y?... ¿No va a seguir?
Belfegor puso a levitar billetes, los atravesó con lapiceros, los picó con tijeras y luego los volvió a aparecer intactos. Sacó llamaradas de sus manos, hizo trucos de cartas, vertió leche en un cucurucho de papel y luego la desapareció como ya lo había hecho Gracián, transformó esferas de espuma en cubos. Por último le dijo a Osorio:
—Escriba un nombre, una palabra o una frase en este papel y luego dóblelo.
Osorio obedeció.
Belfegor quemó el papel, luego se descubrió el antebrazo y se frotó la ceniza en él. Las palabras que Osorio había escrito en el papel se trasladaron a la piel del mago:
Ya contraté a soroastro
Las facciones de Belfegor tomaron un aspecto luciferino. Se llenó de ira, le temblaba la voz.
—¿Y para qué le hice toda esta presentación?
A Osorio el reloj sobre el paisaje de nubes quietas y colinas moldeadas en plástico le indicó que debía irse ya. Dobló el resorte de las flores que le había comprado a Amílkar y las guardó en el bolsillo interior de su saco, la pañoleta la guardó en el de su pantalón. Abrió la puerta de la oficina. Se encogió de hombros y le respondió:
—Necesitaba hacer tiempo, tengo una cita a las tres y media.
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