Diego se despertó a las ocho de la tarde sin saber en qué día estaba, después de pensarlo cayó en la cuenta de que era jueves. Habían pasado cuatro días desde que empezó todo y tenía la sensación de que habían sido semanas. Se levantó con mucho cuidado para no despertarla y se acercó a la ventana. La neblina del anochecer se pegaba al potrero, una potente luna iluminaba una manada de caballos que trotaban sumergidos en la bruma dando la sensación de que flotaban.
—¿Qué mira? —preguntó Olga.
—Los caballos.
—¿Le gustan los caballos?
—No especialmente. Lo que me gusta son esos cerros de ahí enfrente.
—¿Le gusta Colombia?
—Sólo conozco Bogotá y un poco los alrededores. Pero me imagino que debe de ser un país fascinante.
—Lo es. Aunque yo no puedo ser objetiva, estoy tan enamorada de mi país que no me iría aunque estuviera en peligro de muerte.
Diego se tumbó a su lado y la abrazó, ella apoyó la cabeza sobre su pecho y se quedaron en silencio. Todo había ocurrido tan deprisa que aún no lo había asimilado. Antes de darse cuenta formaba parte del combo y estaba abrazado a una narcotraficante por la que sentía, después de haber hecho el amor con ella, una atracción irresistible.
El lunes, el mismo día que Camilo regresó de Europa, Jorge le telefoneó y le citó en el taller de José a las once de la noche. Diego llegó unos minutos antes de la hora, a las once en punto Camilo y Jorge hicieron acto de presencia. A Diego le extrañó semejante puntualidad. Camilo saludó a Diego con una mueca que quiso ser una sonrisa, luego se dirigió a José y le preguntó si pensaba que nunca se iban a dar cuenta.
—No sé a qué se refiere, hermano —respondió José con una entereza traicionada por el tembloroso movimiento de su nuez.
A Camilo le apareció un tic nervioso en el mentón. Cogió el libro que José acababa de terminar y se lo pasó a Jorge, sacó su arma, apoyó el cañón en la sien de José y le dijo, con una inquietante serenidad, que si la cocaína estaba adulterada le pegaba un tiro. Jorge rompió una de las tapas y abrió la bolsa, sacó del bolsillo de su cazadora una bolsita de plástico rígido transparente y le quitó un pasador, cogió un poco de cocaína, la echó en la bolsita, puso de nuevo el pasador y, tras dejarla en el suelo, le dio un pisotón. La recogió y se la mostró a su jefe; aunque el contenido quería tirar al azul, predominaba el color rosáceo. Camilo apretó con saña el cañón de su arma contra la sien de José y, congestionado por la ira, vociferó:
—¡Ya está muerto, jijueputa!
—No me mate por favor —suplicó José, pálido como la cera.
—¡¿Que no le quiebre?! —bramó el narcotraficante a la vez que tiraba del percutor de su arma hacia atrás.
José se meó en los pantalones y a Diego se le hizo un nudo en la garganta; en cualquier momento esperaba oír una detonación y ver los sesos de su amigo estampados contra la pared.
—Yo se lo pago —balbuceó José empapado por el sudor.
—No tiene plata suficiente para pagarme esta falta de respeto tan hijueputa —replicó Camilo con los ojos inyectados de sangre.
—¿Qué quiere entonces? Le doy lo que me pida, pero por favor no me mate —suplicó de nuevo.
Camilo, sin rebajar la presión de su arma contra la sien de José, se quedó pensativo, instantes después, como si hubiera caído en la cuenta de algo, dijo:
—Su finca de Pandi, me va a dar su finca de Pandi, cabrón —cuando José oyó aquello le faltó poco para romper a llorar—. Hoy es lunes —agregó sin rebajar el tono—, el viernes vengo por las escrituras, si no me las da le quiebro y si me las da ya veré qué hago. Sepa y entienda que no va a ser el primer hijueputa que me bajo personalmente —dio un paso atrás y, todavía apuntándole con el arma, preguntó—. ¿Qué hace con la merca que me está bajando? —José no se atrevía a contestar—. Le he preguntado qué hace con la merca, triple hijueputa —le dijo fuera de sí.
—La mando a España —farfulló José con un hilillo de voz.
El narcotraficante le miró fijamente y, sin mediar palabra, le propinó un culatazo en el pómulo, José se llevó la mano a la cara aullando de dolor. Jorge esbozó una sonrisa casi imperceptible y comenzó a sacar todas las pertenencias del combo para guardarlas en el BMW de su jefe.
—El viernes, no se olvide —dijo Camilo con el rostro desencajado por la cólera, luego miró a Diego, ablandó el gesto, se despidió con un ademán y desapareció.
Diego se compadeció de José; la mancha de orín en los pantalones, el golpe en la cara que se hinchaba por momentos y la huella del cañón en su sien sumaban un triste espectáculo. No obstante, se mantuvo firme y no le dio ninguna palabra de ánimo. Se lo tenía merecido: «Soy esclavo del vil metal», y aquella filosofía le había conducido a poner su vida en peligro. Además quiso aprovecharse de él cuando le propuso que se fuera a España: «Yo la compro a treinta dólares», le dijo. José se derrumbó sobre la única silla del taller, apoyó los codos sobre las piernas y se cogió la cabeza entre las manos.
—La finca de Pandi... —se lamentó.
Diego se quedó de piedra. Estaba vivo porque Camilo tenía un buen día y él sólo pensaba en su juguete. Le dejó lamentándose y salió del taller diciéndose que Camilo sabía hacer bien las cosas; no le había matado pero le había quitado la vida. Se subió al Suzuki y se dirigió a su casa. En el cruce de la calle 138 con la Avenida Suba Camilo le salió al paso. Jorge sacó la mano por la ventanilla y le hizo una indicación para que se detuviera. Diego paró receloso, en ese momento no se fiaba de nadie. Miró a la guantera y pensó coger el revólver; dudó y desistió: Tampoco hay que sacar las cosas de quicio, se dijo mientras se bajaba. Los dos narcos se acercaron a él con gesto distendido y se tranquilizó. Camilo, sin hacer referencia a lo que acababa de ocurrir, le propuso, sin andarse por las ramas, que si le dejaba utilizar su casa para hacer los empaques, guardar la cocaína y algunas armas, le daba cuatro mil dólares al mes: Esto era lo que quería proponerme, pensó Diego. Aceptar semejante propuesta suponía inmiscuirse directamente con una banda de narcotraficantes. Tras un breve silencio, dijo:
—Me gustaría pensármelo.
—Claro hermano, como guste, pero no olvide quién le ayudó a conseguir la casa —respondió Camilo antes de despedirse.
A Diego le sentó como una patada en los huevos el comentario del colombiano, incluso le había sonado a advertencia: «Igual que le consigo la casa, se la quito». De todas maneras Nora ya le había advertido que tarde o temprano Camilo querría cobrarse el favor y no tanto por la forma de ser de él, sino por la idiosincrasia del colombiano. Se subió al coche diciéndose que ahora encajaba todo; la invitación a su casa antes de salir para Europa, el interrogatorio al que le sometió, la radiografía que le hizo Olga cuando se cruzó «casualmente» con ella, las visitas de Jorge, la cita en el taller para demostrarle a lo que se exponía en caso de que no aceptara... Todo obedecía a un plan. Hacía tiempo que sospechaban de José y buscaban una alternativa para hacer los empaques si las sospechas se confirmaban.
Diego comenzó a darle vueltas al asunto consciente de que en su decisión final iba a pesar como una losa el comentario de Camilo. Pensó que con la forma de ser que tenía no había lugar a posiciones neutrales; estabas a favor o en contra. Si le decía que no, lo mismo le daba por pensar que era socio de José y metía a los dos en el mismo saco. Si aceptaba, José se iba a sentir traicionado e iba a pensar que quería aprovecharse: «Piensa el ladrón...». Por otro lado estaba el riesgo de ir a la cárcel y, por lo que tenía entendido, las cárceles en Colombia eran sucursales del infierno. También pensó en la posibilidad de que le pegaran un tiro; Camilo y Jorge no llevaban las armas de adorno. Luego estaban los cuatro mil dólares; la cifra era tentadora, pero no lo suficiente como para inclinar la balanza. Para él, en esta historia, el dinero jugaba un papel secundario, lo interesante estaba en saber qué había más allá de los simples empaques. Según se metió en la cama pensó que sería una pena permanecer al margen de un asunto así. Por la mañana telefoneó a José para contarle la propuesta de Camilo. José, que apenas podía hablar, le preguntó qué pensaba hacer. Diego respondió que no lo tenía decidido.
—Ya ha visto cómo las gasta.
—Sí, pero si le digo que no, lo mismo me creo un enemigo.
—Ese tipo siempre será su enemigo.
—Procuraré que no lo sea.
—¿Cómo?
—Cumpliendo como es debido. Ya sabes... Cuando se vive torcido hay que andar muy derecho.
José se dio por aludido y, de malos modos, le dijo que hiciera lo que le viniera en gana, luego colgó sin despedirse. Diego reconoció que no había estado políticamente correcto, pero se lo merecía y pensó que quizá era el momento de replantearse su amistad con él y lo sintió por Nora. Al mediodía telefoneó a Camilo y le dijo que aceptaba, aunque quería hacerle una contrapropuesta. Camilo y Jorge se presentaron en su casa a media tarde. Diego estaba de acuerdo con los cuatro mil dólares pero quería que la mitad fuera en efectivo y la otra mitad en cocaína; a diez dólares gramo. A Camilo la contrapropuesta le cogió por sorpresa y se quedó callado, tras mostrar una sonrisa le dijo que eso representaba doscientos gramos, y a cincuenta dólares gramo, que era a lo que se vendía en España, suponían diez mil dólares. Diego le indicó que era un trato ventajoso para los dos, puesto que si a él, tal y como le había dicho, le salía a cinco dólares el gramo, le suponía mil. También le dejó claro que él no quería la cocaína para venderla en España. Camilo aceptó sin darle más vueltas y le pidió permiso para telefonear a Olga para decirle que fuera a la casa; iban a empezar a empacar ese mismo día. Mientras esperaban la llegada de Olga, Camilo contó a Diego que desde hacía tiempo sospechaban de José, pero lo que terminó de convencerles fue la compra de la finca en Pandi. Aprovechando el viaje a Europa había pedido unos gramos de cocaína en Italia e Inglaterra para los días que iba a estar allí y pudo comprobar que estaba adulterada. Camilo miró fijamente a los ojos de Diego y le preguntó si se podía confiar en él. Diego le sostuvo la mirada y le aseguró que, tal y como decían allí: él no navegaba con bandera de pendejo.
—Espero que así sea —dijo el narcotraficante.
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