Hoy ha venido el primer contribuyente citado, cojea. Lleva un parche en el ojo derecho y los pantalones rotos por las rodillas. Dice que es pobre y se pasa la mano por el pelo. Va sin afeitar y huele a demonios. Le indico que se siente. Dice que no puede, que tiene un forúnculo adiposo y que está de luto. Observo por su declaración que es dentista, y por la documentación que tengo que gana una barbaridad. Veo que ha comprado un Mercedes deportivo el último año, y es propietario de una embarcación de recreo.
—Ha adquirido usted un vehículo, ¿no? —le pregunto.
Me pide que salga con él a la puerta, le digo que no hace falta, insiste. Al salir se agarra de mi brazo, no sé si por el forúnculo o por el parche del ojo. Al llegar al pasillo izquierdo de la Administración llora. La gente que está en la cola me mira mal. Le pregunto que adónde me lleva. Él grita:
—Con la cantidad de sinvergüenzas que hay por el mundo, que me hayan tenido que citar a mí.
Los de la cola se envalentonan y se ponen de su parte. Mariano, el ordenanza, ha salido a preguntar si alguno más quiere pasar a Inspección. Se produce un silencio tenso. En la puerta hay un coche destartalado y el dentista me pide que entre y que lo mire de cerca. Le han puesto una multa por aparcar en doble fila. Se acerca y la coge. Le suelto el brazo y le digo que se deje ya de tanta comedia y que vuelva al despacho. Me sigue cojeando y sonándose los mocos. La gente de la cola continúa en silencio pero me odia, lo noto.
El dentista no ha traído ni un sólo papel de los que le pedía. Dice que él no entiende de eso, que él es un pobre jubiladito.
—¿Jubiladito? Si está dado de alta en Actividades Económicas.
—Eso es mi yerno que no me puede soportar y en cuanto me despisto me da de alta en cosas.
Saca la multa del bolsillo y me pregunta si es deducible, que al fin y al cabo se la han puesto por culpa mía, por haberlo citado. Estoy agotada. Miro al techo y veo a la lagartija. Le chisto para que se vaya y el dentista se ofrece a matarla. Le digo que no, que no ha hecho nada.
—¿Y yo? ¿Qué he hecho yo? —grita.
Estoy muy cansada. Lo cito para otro día y le levanto una diligencia señalando que no ha traído ni uno solo de los documentos que le pedía. Me mira raro. Dice que tengo muy mala idea y que no se piensa olvidar de mi cara.
—No me voy a olvidar de usted, señorita —me dice. Luego da un golpe en la mesa. Está probando una segunda táctica, ya no quiere conmoverme sino asustarme. Lo miró con tal indignación que se acobarda y me pide perdón. Dice que tiene prontos desde que le picó un mosquito en Kenia. Le pregunto que si en un safari de lujo, y vuelve a cojear.
Le pido que me firme la diligencia y le tiembla la mano. Dice que no puede, que le ha dado algo, que debe ser párkinson. Le digo que salga inmediatamente de mi despacho. Vuelve a llorar y se aleja cabizbajo.
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