Me atormenta la idea de que nunca seré capaz de leer ni la más ínfima cantidad de los libros que me interesan, me consume la certeza de que sólo alcanzaré a poseer una mínima fracción de los libros que han sido publicados, me abruma y mortifica la magnitud de mi desconocimiento, de mi ignorancia. La cuenta es muy sencilla de realizar: si un lector voraz como yo pudiera leer dos libros semanales durante los próximos cuarenta años —suponiendo que las facultades mentales no quedaran de ninguna manera mermadas y que la agudeza visual no necesitara de ninguna clase de soporte o de refuerzo— tendríamos que podría llegar a leer, ni siquiera a releer, unos cuatro mil sesenta libros, una suma ridícula si reparamos en la cantidad desorbitada de libros que se superponen en las librerías, en el continuo rotar de las novedades, por no mencionar la inabarcable producción de los clásicos de todos los siglos precedentes. Yo confieso que asomarme a ese abismo me produce una desazón tan aguda que intento compensarla con una acumulación doblemente desmedida de títulos, en la vana esperanza de que el mero amontonamiento atenúe mi angustia. Quien no padece esta enfermedad no sabe de qué estoy hablando; quien nunca haya perdido el resuello, la orientación y aún el sentido —se le haya nublado la vista y haya padecido un leve mareo— entre las baldas atestadas de una librería, no sabe a qué me refiero; quien no haya sufrido de vértigos o de apneas en el acecho y el asedio silenciosos a un libro, no sabrá de qué sentimiento estoy hablando; quien no haya deseado poseer una biblioteca infinita y una extensión de tiempo paralela para anegarse en las páginas de todos los libros, no debe seguir leyendo estas cuartillas, eso en la improbable contingencia de que hubieran caído en sus manos y hubiera alcanzado a leer hasta este renglón.
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