Mi madre vive en un barrio muy elegante de la ciudad, en el piso décimo de un edificio con portero descamisado y ascensores ronroneantes. Desde ese décimo piso, hace casi dos décadas, saltó mi padre. Yo lo vi. Mi padre me sentó en un sillón de cuero para que lo viera matarse. Ella dice que no, que se cayó accidentalmente, pero yo asistí en primera fila a su suicidio, totalmente planeado. Abrió la ventana del salón de par en par y se encaramó al alféizar tirando de las cortinas (de ahí el desgarrón). Después se quitó las gafas, las arrojó al vacío y se precipitó tras ellas. Sólo entonces me asusté, corrí hacia la ventana, quise ayudarle. Pero mi padre era ya una esvástica de piernas y brazos contra la acera, casi oculto a mis ojos por la presencia de un olmo en su trayectoria descendente. Vi las gafas, colgando de una rama, con los cristales oscurecidos por la luz del sol, y no pude dejar de pensar en esos ojos que me habían mirado por última vez en el salón de mi casa, antes de que las lentes se tiñeran de negro y mi padre entrara miope en la muerte.
Yo tenía siete años, acababa de iniciarme en el violín y todo el mundo me compraba discos. «Papá se ha caído», recuerdo que le dije a mi madre, cuando llegó por fin a casa y los vecinos que habían subido a consolarme se pusieron en pie tragando saliva. Ella dejó caer al suelo un par de bolsas, acudió a la ventana, pero el cuerpo ya se lo habían llevado y sus lágrimas descendieron en vano los diez pisos.
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