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Trece historias breves

VARIOS AUTORES

200 págs.

ISBN 84-89618-00-3

1950 pts. 11,71 €

Trece historias breves (00001)


      
MI HERMANA Y YO

Jesús Ferrero
      

1


    Vengo de un país líquido, de fronteras muy difuminadas; vengo de una comarca donde la tierra se confunde con el agua y el cielo, el incesto se confunde con el amor, el pasado con el futuro, el abuelo con el padre, la madre con la novia, la locura con la cordura, el pecado con la redención, y la perversión con la pureza. Vengo de un país donde unos símbolos se disuelven en otros. Pero los que un día me lean no querrán entenderlo, ni comprenderán por qué en mí la inocencia se diluye tan narcóticamente en la culpa.
    Para Tales de Mileto, sin embargo, el agua era el principio de todas las cosas, forma arcaica de decir que, en el origen, todos somos líquidos, y especialmente cuando flotamos en el limitado y a la vez infinito vientre materno. Sin saberlo, Tales hacía referencia al estadio acuático y femenino anterior a la primera herida de la luz, anterior a todo.
    Para mí, que nací en la costa del Bajo Languedoc, en un pueblo limitado al sur por el mar, al este por las interminables salinas, y al oeste por un laberinto de pútridos canales, la opinión de Tales siempre ha tenido mucho más sentido que para los demás, pues durante toda mi infancia la región acuática en la que viví sustituyó, con sus humedad y su calor, la ausencia de mi madre, muerta cuando yo acababa de cumplir los cuatro años. Como todos los habitantes de países líquidos, de olor a embalses, a pantanos, a limo de río o a limo de mar, con aguas que suben y bajan como por arte de magia, fui desarrollando una fantasía peculiar, vaporosa y a la vez llena de matices, esencialmente melancólica y poblada de fogonazos súbitos y fulminantes revelaciones. Mi padre era también así, y mi hermana Solange. Todos teníamos en casa el alma demasiado húmeda y resbaladiza, y continuamos siendo húmedos y resbaladizos en París, ciudad a la que nos trasladamos cuando yo tenía nueve años. Pero he de advertir que, durante mucho tiempo, luché contra la mórbida humedad de mi alma, a diferencia de mi hermana, que se dejaba llevar. Prueba de ello es que a los veinte años la vaguedad de su moral era muy preocupante. A Solange le gustaban las mujeres, y concedía a sus amigas no pocos favores. Pero también acostumbraba a ser muy complaciente con cierta tribu de hombres de carácter débil y cuerpos más bien quebradizos, y que a mí me parecían encarnaciones de la estupidez parisina llevada a límites intolerables. Aquellos novios de Solange me herían en los ojos, quizá porque oscuramente me veía reflejado en ellos. Pero también me molestaban sus novias, y especialmente una, de origen español, que se llamaba Desdémona y que la estaba volviendo loca. ¿Por qué un año después me casé con ella, siguiendo el consejo de mi hermana? Ah, no lo sé. Y recurrir a la fatalidad o al destino para explicar mi proceder me parece demasiado fácil. Y sin embargo, nuestro matrimonio fue feliz durante tres meses y medio. Desdémona parecía quererme, y me había prometido, con lágrimas en los ojos, que nunca más, mientras le durase la vida, volvería a admitir a Solange en su cama. No mintió, y en eso Desdémona me demostró un punto de nobleza. No, con Solange ya nunca se acostó, pero como compensación a tan terrible mutilación, lo hizo con mi padre.
      

2


    Sentado en uno de los sillones de mimbre de la terraza del manicomio, observo a los locos que pasean por el jardín y pienso en la noche que los descubrí en la cabina de un expreso nocturno.
    Desdémona y yo llevábamos casados cuatro meses y de pronto ella me dijo que le urgía ir a Barcelona, donde residía su familia, pues su madre estaba enferma. Acepté a regañadientes su viaje, pero, no fiándome de ella, la seguí hasta la estación. Vi como subía al tren con mi padre, al que había conocido en las frecuentes cenas familiares. El expreso acababa de ponerse en marcha cuando también yo me subí a él y vi cómo se metían los dos en la misma cabina, la número 7 del vagón azul. Esperé aterido en el bar durante una hora, tomando un par de whiskys, y a eso de media noche me acerqué a la cabina y pegué la oreja a la puerta. !Qué explosión de gemidos, qué júbilo compartido, qué pasión! Comencé a aporrear la puerta hasta que abrieron y me vieron, temblando de pies a cabeza y con los ojos ardiendo. Volvieron a cerrar la puerta, tan aterrorizados como yo, y me dejaron en el pasillo. Me alejé del vagón con la vaga intención de arrojarme del tren y estrellarme contra uno de los postes de hierro. Pero lo pensé mejor y me apeé en Limoges, desde donde volví a París.
    Una semana después, Desdémona regresó a casa, llorosa y abatida. En esa ocasión me dijo que mi padre había tenido que ir a Lyon, pero que esperaba poder hablar conmigo. También me comentó que el asunto estaba más que cantado, y que cometí una equivocación al presentarle a un hombre que era casi idéntico a mí, pero más maduro. Me pareció que «más maduro» era para Desdémona sinónimo de más perfecto, y le estrellé la mano en el rostro y la arrastré hasta la puerta. Me negué a volver a verla y, a la semana siguiente, temiendo volverme loco de insomnio y de ansiedad, comencé a psicoanalizarme e intenté superar aquella enfermedad que había empezado a convertirme en una especie de inquilino de mi propio cadáver.
      

3


    Dos años después moría mi padre víctima de un accidente de aviación en el que quedó irreconocible, sin haber hablado conmigo ni haberme dado su versión de la historia con Desdémona, que desde hacía algunos meses residía en Barcelona. Fue por aquel entonces cuando conocí a Berta, cuyos ojos me parecieron de una pureza casi escandalosa, y en los que vi el mejor fármaco para mi morbidez, mi insomnio y mi desdicha.
    Berta no tenía nada que ver con Desdémona; pensaba yo. Aquella dependienta de unos conocidos grandes almacenes de la Rue Rivoli, de curvas perfectas, piernas muy seductoras y mirada verde y líquida, no era una resabiada, ni intelectualizaba la perversión por la sencilla razón de que no era una perversa. Berta era, pensé, la mujer que yo me merecía y la única capaz de deshumedecer un poco mi alma y librarme de las dolencias congénitas de toda mi familia.
    Y durante un año no fue otra cosa para mí. Un año feliz, saturado de delicias ciertas, en lo que tuve la sensación de estar habitando más que antes la entraña de la vida.
    Pero algunas noches, tras hacer el amor, miraba sus ojos y me preguntaba si no me habría vuelto a equivocar. Se lo consulté a mi psicoanalista, y lo invité a cenar una noche para que la conociera. Al día siguiente, mi terapeuta me dijo que mi nueva esposa le parecía una mujer muy fiable, y que debía estar tranquilo e intentar ser feliz de una maldita vez. Le hice caso, y volví a sentirme muy unido a ella, hasta la tarde en que, al entrar inesperadamente en el gabinete del que hasta entonces me parecía mi salvador, lo descubrí poseyendo a Berta sobre el diván. Según supe después, se veían desde el día siguiente a la noche en que se conocieron, y desde entonces eran amantes.
      

4


    Sobre la mesa había un cortaplumas, que brillaba a la luz de la lámpara. El objeto empezó a cobrar vida. Me llamaba, me seducía con su brillo cegador. Lo empuñé y me acerqué a ellos. Mi salvador chillaba como una rata acorralada. Mi salvador se desenmascaraba con aquel grito injustificable. Sé que si no hubiese gritado así, yo habría dado un paso atrás, y en lugar de matarlo me hubiese agredido a mí mismo. Pero no soportaba ver a Dios reducido a una alimaña que me pedía clemencia, con una voz espantosamente femenina, y con unos gestos tan despojados de coraje y de dignidad. Me parecía un deber hacerlo callar de la manera más violenta posible.
    Dos días antes, había estado leyendo «Mi hermana y yo» de Nietzsche, y me había aprendido de memoria un párrafo, que ahora acudía a mí y que resonaba cruelmente en mi cabeza, con mi propia voz interior: «Si la "vida" nos ultraja, en cierto modo nosotros hemos ultrajado a la "verdad". Nuestro primeros errores se ocultan y nos esperan, y estamos emboscados para la ruina. Todos los nacidos luchan por convertir la verdad en una unidad redentora, en la idea de Dios, "justicia", "amor" y "poder". Mi dios era el "poder", y por mi impotencia me doy cuenta de que he construido sobre cimientos de arena».
    Y mientras avanzaba hacia ellos con el afilado cortaplumas, que brillaba en mi mano más que sobre la mesa, no podía olvidarme de aquel párrafo. La vida me había vuelto a ultrajar porque yo había ultrajado a la verdad, pensé. Mis primeros errores con mi hermana y Desdémona me estaban aguardando en aquel despacho y en él me tendían ahora una emboscada. Había luchado por convertir la verdad de mi desdicha en mi redención, y había convertido a aquel hombre que chillaba en un dios, justo amable y poderoso. Tan justo amable y poderoso como la mujer de ojos verdes que estaba junto a él. Pero sus chillidos me revelaban que había construido mi nueva felicidad sobre un pantanal maloliente, como los de la tierra encharcada y vaporosa que me vio nacer, y ya no podía aguantar su mirada de alimaña, ni tenía fuerzas suficientes para soportar un instante más su estremecedora transformación. Así que le clavé la hoja en el pecho y en el cuello ante la mirada de pánico de Berta. Después salí del despacho y corrí a entregarme a la policía.
      

5


    Las tardes plomizas, llenas de nubes fantasmales y grises, son las que más me gustan. Las praderas y los bosques que rodean el asilo se diluyen ante mí, y me creo el último habitante del país de agua donde murió mamá. Tardes narcóticas en las que el alma es consciente, pero consciente de nada. Tardes en las que la culpa se licua y finalmente se evapora entre las arboledas y la hierva de color mercurio.
    Las nubes se alejan a velocidades de pesadilla, y con ellas parecen huir también los árboles, que de pronto se elevan del suelo con todas sus raíces y desaparecen entre las brumas trasparentes. Y con las nubes y los árboles los enfermos que pasean por el jardín, que también se alzan de suelo arrastrados por el huracán de mi mente, y vuelan como cometas sin hilo...
    Con ellos se van también mis recuerdos. Las imágenes borrosas de aquel atardecer en la estación, cuando me subí al tren en marcha; los ojos de Desdémona, sorprendida en la cabina; los ojos de Berta en el gabinete; y los chillidos hirientes de mi salvador, reducido a su mínima esencia. Todos se alejan con los vendavales de la tarde gris y negra; todos se van en un perpetuo y narcótico atardecer que parece anterior a mi nacimiento y posterior a mi muerte...
    Pero de pronto todos vuelven. Vuelven los árboles a enraizarse, vuelve la hierba de color mercurio, vuelve mi mano a empuñar el cortaplumas, vuelven los locos a pasear por el jardín, y de nuevo me miran extrañados, envidiando y a la vez aborreciendo mi inmovilidad. Y sé que al mirarme piensan: «Acabó con lo más sagrado; mató a un hombre de la misma raza que nuestro doctor Gaber, sin cuya ayuda no podríamos sobrevivir. Mató a Dios; y por eso ahora medita, y todas las tardes son para él la misma tarde desde que acuchilló al Señor y lo suplantó en el trono situado en medio de la eternidad». Así piensan mis hermanos en la tribulación y así me hablan con el pensamiento. Yo agradezco sus palabras y añado: «Pero no estoy aquí, nunca estuve. Os equivocáis conmigo, os equivocaréis siempre. Mi trono ahora está situado en mitad de las salinas infinitas del Bajo Languedoc, en mitad del agua. Y mi inocencia es tan extensa como mi culpa, y mi desdicha tan grande como mi felicidad...».

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