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Las vírgenes locas |
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VARIOS AUTORES
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176 (XX + 156) págs. |
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Editor: Rafael
Reig
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ISBN 84-89618-41-0 |
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2490 pts. 14,96 €
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CAPÍTULO PRIMERO.
DONDE EL LECTOR EMPIEZA A SABER
QUIÉNES ERAN LAS VÍRGENES LOCAS |
Era el mes de diciembre de 188...
La tarde en que dieron comienzo los sucesos aquí
narrados llovió tanto, que la Condesa del Jaral no
pudo salir a paseo ni hacer visitas, y como nadie tampoco
fue a su casa, se aburrió muchísimo. Pugnando
por vencer el hastío y el aplanamiento que llegó
a dominarla, intentó distraerse de varios modos.
Primero comenzó a poner en orden su hermosa colección
de abanicos antiguos; luego saco de un armarito todos sus
encajes, para separar los que debía enviar a Bruselas
a fin de que se los devolvieran restaurados y limpios; después
pasó revista en su tocador a los pomos, frascos y
tatarretes, haciendo al dorso de una tarjeta la lista de
los que necesitaba renovar. Por último, y como si
todo aquello representara para ella un gran esfuerzo de
actividad, se dejó caer perezosamente en un pequeño
diván y posó dulcemente la cabeza en un cojín,
sobre cuyo fondo dorado semejaba su rostro la imagen de
un virgen bizantina... Estaba oscureciendo: el gabinete
de la Condesa, alhajado con felpas, rasos y terciopelos
claros, parecía absorber toda la luz que la tarde
filtraba a través de los visillos de finísima
muselina; la claridad temblaba sobre los cristales de los
cuadros, hacía relucir con toques de oro los bronces
de la chimenea, y de los colgajillos de la araña
arrancaba destellos de colores encendiendo una estrella
multicolor en cada prisma de cristal. La Condesa, envuelta
en una amplia bata de raso negro con anchas guarniciones
de azabache azul, permanecía tumbada en el diván
y su silueta oscura se dibujaba sobre la tela clara del
mueble como una sombra muy intensa.
De pronto, un brazo descorrió
una cortina. La voz de una doncella anunció un nombre
y entró en el gabinete un caballero.
El recién llegado permaneció
un instante quieto, inmóvil, oyendo alejarse el ruido
de los pasos de la doncella, y luego, adelantándose
hasta el diván donde estaba la Condesa, dijo:
Aquí
me tienes, Tarsila; venga a que me cumplas tu palabra.
Ya
está cumplida.
El caballero, extendiendo los brazos,
quiso formar con ellos collar para el busto de la dama;
pero ésta, poniéndose en pie, le dijo, extendiendo
una mano para contener su amoroso ademán:
Es
inútil. Soy tuya en espíritu, en esencia,
por la voluntad, con el alma. Pero mi cuerpo, este barro
bien modelado, esta estatua de carne que tú idolatras
y yo desprecio, no puede ser tuya; no lo será jamás.
El caballero dejó caer los
brazos como el guerrero deja caer las armas que considera
inútiles.
¿Para
qué he de ser tuya materialmente prosiguió ,
si dar hermosura a tu deseo es dar agua al manantial, rumor
al viento y al jardín perfumes? Luego te hastías
de la belleza, como yo del oro. Para ti un beso, para ti
una caricia, son como para mí una joya. Deseas...
sufres... gozas, y luego nada; tú echas el recuerdo
del amor cumplido a un rincón de la memoria, como
yo arrojo un medallón de brillantes al fondo de un
armario. No quiero ser tuya corporalmente, pero mi alma
es esclava de tu voluntad.
¡Adiós
dijo
entonces el hombre
me vengaré! amaré a otras, las colmaré
de riquezas, y cuando más orgullosa estés,
cuando menos lo pienses, verás pasar junto a tu coche,
mejor engalanadas que tú, aquellas a quienes más
aborrezcas.
Adiós
repuso
ella ,
no me importa. Haz lo que te plazca, pero no olvides lo
que te voy a decir... Mientras sólo ames a otras
con los sentidos, ningún mal te sobrevendrá
por causa mía; malgasta si quieres tu juventud y
tu cuerpo. Pero si algún día llego a saber
que tu alma de hombre está enamorada de otra alma
de mujer, entonces toda su sangre vertida gota a gota no
bastará para saciar un minuto de mi rencor. Lleno
está el mundo de mujeres hermosas. Seas tuyos sus
cuerpos; pero si llegas a mar con el pensamiento... ¡ay
de ti!
Y la Condesa del Jaral dejó
partir a su interlocutor, que al marcharse alzó con
rabia el cortinón del gabinete.
Cuando ella quedó sola, exclamó:
Era
forzoso. ¡Mis votos comienzan a cumplirse!
A los tres meses de esta escena,
una noche a las doce y media, al volver de la ópera
la Condesa del Jaral dijo a su cocinero al apearse del carruaje:
Espera,
que voy a salir otra vez .
Y después de haberse mudado de traje volvió
a montar en la berlina forrada de raso color malva, que
tanta envidia daba a todas sus amigas.
El carruaje arrancó de la
Castellana, donde vivía la Condesa, y tomó
el camino de Chamberí; después torció
hacia la izquierda y fue a pararse como a una legua de Madrid
ante un caserón rústico situado cerca del
lugar donde corre al descubierto el Canal de Lozoya.
Abrióse la puerta del caserón,
se apeó la Condesa, y el coche volvió rápidamente
a Madrid, no sin que antes la dama dijese al cochero .
Vuelve a las cinco.
Ya dentro de la casa, la Condesa
atravesó dos estancias casi en tinieblas, sin más
luz que la proyectada por un farolillo que llevaba en la
mano una mujer que la guiaba.
Luego cruzó un corredor muy
largo a cuyo extremo ardía una lámpara encerrada
en una bomba de cristal verde, y por último penetró
en un salón rectangular donde sentadas en escaños
de mármol blanco, había veinticinco mujeres
vestidas con largas túnicas blancas.
En el centro del salón había,
como dispuesto para presidir la extraña asamblea,
un sillón vacío. La Condesa ocupó aquel
sitial, y entonces de repente la habitación se iluminó
con resplandores verdosos.
Quien viese por defuera aquel sombrío
caserón, no sospecharía que su interior pudiera
ofrecer semejante espectáculo. Las veinticinco mujeres
ostentaban en sus túnicas de inmaculada blancura
un número cada una, y a cada lado de la presidencia
había clavada en un pedestalillo de mármol
el asta de oro de dos banderas de raso negro, con un letrero
cada una. En la de la derecha decía: Honestidad;
Escándalo. En la de la izquierda se leía:
Virtud; Libertinaje. En el centro de la sala había
colocada una mesa de mármol, algo inclinada, como
para hacer autopsias. Cada una de aquellas mujeres tenía
cubierto el rostro por un antifaz negro. Cuando la Condesa
del Jaral ocupó la presidencia, también llevaba
el semblante enmascarado.
Se
abre la sesión dijo
al sentarse .
¿Qué asunto hay que tratar? ¿Se ha preso al acusado
que fue denunciado en la última junta?
Entonces se abrió una puerta
hábilmente disimulada en uno de los muros laterales,
y apareció entre dos mujeres ataviadas como las que
celebraban sesión un hombre joven y guapo, vestido
de frac y corbata blanca, pero con una mordaza en la boca
y una venda sobre los ojos. Era el hombre que pretendió
abrazar a la Condesa del Jaral.
Quitadle
la venda dijo
ésta. Las dos mujeres obedecieron. El prisionero,
amordazado, no pudo hablar, pero sus ojos expresaron un
asombro indecible.
Pido
la palabra para explanar la acusación dijo
una de las enmascaradas que ocupaban los escaños
de mármol blanco.
Habla
repuso
la presidencia.
Este
hombre ha estado a punto de descubrirnos, y debe morir.
Se introdujo en mi casa cuando yo estaba cumpliendo con
el rito y quiso seducirme. Entonces saqué el pañuelo
del narcótico y sin que él pudiera evitarlo
le cubrí el rostro. Cuando cayó presa del
letargo, cuando estuvo completamente adormecido, le puse
la mordaza y la venda y mandé que le trajeran aquí
por el procedimiento de costumbre. Al entrar en mi cuarto
yo estaba entregada a la contemplación de nuestros
misterios, y temo que haya sorprendido algo. Conviene que
muera.
¡Muera!
repitieron
todas.
Muera
dijo
fríamente la presidenta.
La puerta que había dado
paso al acusado se abrió de nuevo, y en su dintel
aparecieron dos viejas asquerosas encargadas de cumplir
la sentencia.
Las demás mujeres se retiraron
del salón. La Condesa salió la última
y al abandonar su puesto dirigió por los huecos de
su antifaz al hombre una mirada indefinible murmurando en
voz baja:
¡No
importa! ¡Yo te salvaré!
Cuando las viejas y el acusado quedaron
solos, ellas le ataron de pies y manos con recios cordones
de seda y en seguida le colocaron sobre la mesa del mármol
inclinado. Después sacaron de un arca de madera,
que allí estaba puesta a prevención, dos grandes
cuchillas y un pañuelo blanco. Con el pañuelo
le restregaron el rostro, y a los pocos minutos el hombre
perdió el sentido hasta quedar presa de un letargo
profundo. Luego las viejas le desnudaron por completo, y
después, con las cuchillas, que estaban afiladísimas,
una le cortó las manos y otra le cortó los
pies y la cabeza, restañando entre ambas su sangre
con un betún oscuro y muy espeso, de suerte que ni
una sola gota pudo manchar el pavimento. A seguida una de
las viejas practicó sobre el tronco mutilado con
una pequeño jeringa una inyección de un agua
violada, e instantáneamente el cadáver tomó
un tinte morado, entre carminoso y azul, que lo hacía
imposible de reconocer.
Terminado el horrible sacrificio,
envolvieron el cuerpo en una sábana negra, y con
un puñal clavaron sobre él un pergamino.
Cuando las viejas se alejaron del
salón, entró nuevamente la Condesa, ya desenmascarada;
y contemplando el fúnebre envoltorio, dijo en voz
baja:
¡No
importa! ¡Yo te salvaré!
Al otro día, la pareja de
Guardia civil que estaba de punto en la pradera del Canal,
halló junto al Tejar del manco el cadáver
mutilado por las dos viejas, y los periódicos dieron
noticia del suceso de esta forma:
«Esta madrugada, la Guardia
civil ha encontrado en la pradera del Canal otro cadáver
mutilado y envuelto en una sábana negra, igual en
todo al que fue hallado la pasada semana.
»Con en el anterior caso,
la víctima tenía clavado en el pecho con un
puñal este letrero: Justicia hecha por las Vírgenes
locas. Las autoridades han hecho inútiles pesquisas».
Lo que no decía ningún
periódico es que la misma tarde de aquel horroroso
descubrimiento, la Condesa del Jaral, revolcándose
sobre la alfombra de su gabinete, presa de una convulsión
espantosa, exclamaba:
¡Dios
mío, dios mío! ¿Cómo le salvaré?
La resolución que adoptó
la Condesa merece capítulo aparte.
(Continuará)
Jacinto Octavio Picón
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