 |
 |
El arte de perder peso |
MARIO FORTUNATO |
224 págs. |
Traducción: Carlos Gumpert |
ISBN 84-89618-57-7 |
2550 pts. 15,32 Eur. |
|
 |
|
|
 |
 |
 |
 |
|
 |
... y así te marchaste sin decir una palabra, sin tan siquiera una nota. Yo había vuelto como siempre alrededor de las siete de la tarde. La casa estaba en silencio. Todo parecía inmóvil. En el vestíbulo, liberándome del abrigo y del sombrero, te llamé. No contestó nadie. Eché una ojeada al correo. Tenía la impresión de que hacía más frío en casa que afuera. Volví a llamarte.
Sobre el parqué mis pasos resonaban inciertos. En voz alta dije: «He pensado que quizás este año podamos permitirnos la famosa Nochevieja en el mar... El momento peor parece haber pasado... ¿Qué te parece? Antes de que nos hagamos demasiado viejos...». En el cuarto de estar no había nadie. Ahí también reinaba un orden que me pareció siniestro. Pregunté, dirigiéndome hacia la puerta de la cocina: «¿No se cena esta noche?».
Empecé a ponerme nervioso. No comprendía por qué te obstinabas en permanecer callada, en no hacer ruido alguno, en continuar escondida en la cocina. Pero en la cocina no estabas. Estabas tumbada en la cama, en cambio, y parecías dormida desde hacía quién sabe cuánto tiempo. En aquel momento, oí el ascensor detenerse en nuestro piso y a continuación la puerta de los vecinos que se abría y se cerraba inmediatamente después. Me quedé mirándote fijamente durante algunos instantes, sin saber si acercarme o no. En la cocina, bebí un vaso de agua, volví a meter la botella en la nevera, enjuagué el vaso. Volví a nuestra habitación. Entonces me di cuenta de que te habías acostado en mi lado de la cama. Sobre la mesilla, varios tubos vacíos. Tu mano izquierda estaba apoyada en la almohada de al lado. La otra mano estaba fría, rígida ya. No tenía pulso. No sentí nada de preciso. Sólo, tras unos instantes, un repentino ardor de estómago. Después me acerqué al teléfono, cerrando la puerta tras de mí. Llamé a una ambulancia, aunque era consciente de que ya no había nada que hacer. Esperé sentado en el silloncito blanco del vestíbulo.
Lo que siguió podría resumirse en dos palabras. La autopsia confirmó lo que ya sabía: envenenamiento de barbitúricos. Los vecinos y parientes vinieron a visitarme. Con todos la situación resultó bastante embarazosa. El funeral fue rápido. Pocas las personas presentes: tu prima, su marido, mi hermano, un par de amigos. Ninguno de los participantes tenía menos de sesenta años.
Sólo al volver del cementerio judío comprendí de verdad que habías muerto. Metí la llave en la cerradura, abrí la puerta de casa y justo en ese momento me embistió tu ausencia. Tuve que apoyarme en la jamba. Los muebles y los objetos del vestíbulo parecían haber cambiado su naturaleza. La casa era distinta. Tuve la impresión de que era mucho más pequeña y sofocante. Por eso salí casi de inmediato. Consumí mi primera comida de viudo en una taberna del centro: en silencio, concentrado solamente en la digestión que la seguiría. La noche la pasé en un hotel. Como si fuera yo el que se hubiera ido.
No puedo quejarme. El nuestro ha sido un matrimonio logrado. Hemos pasado la vida juntos. Nos hemos amado, al menos hasta cierto momento, y después nos hemos respetado. A pesar de haber sido siempre muy distintos el uno del otro. Tú eras desordenada, un hatajo de nervios; yo, todo lo contrario: cauto, meticuloso. No hemos tenido hijos. Pero el problema no nos ha obsesionado. Lo acabamos aceptando como se acepta una tormenta: el desasosiego, antes o después, pasa. Y en nuestro caso, pasó rápidamente. Alguna vez te quejabas de nuestra rutina excesivamente gris, aburrida. Paro bastaba con que te propusiera un viaje, incluso breve, fuera de Italia, para que el tedio desapareciera de tus ojos. Así, gracias a ti, yo también me convertí en un viajero (aunque mi vocación fuera sedentaria). Djerba, naturalmente, nuestra isla preferida, pero también Grecia y la India y Oriente Medio. Ahora que lo pienso, jamás hacia occidente, quién sabe por qué.
Sospecho que para la mayoría de nuestros amigos hemos sido una especie de punto de referencia. Mientras muchos de ellos se separaban, morían, volvían a casarse, nosotros dos permanecíamos unidos, estables. Y un poco rutinarios, ahora puedo decirlo. Cada Nochevieja en la casa de campo, con los regalos para todos confeccionados por ti; y en julio las dos o tres semanas en Djerba; y para Pesaj, de viaje por todo el mundo, huéspedes de los pocos parientes que nos iban quedando... Estábamos bien: nadie podría negarlo.
Estábamos bien. Habíamos encontrado la manera de no interferir en nuestras respectivas esferas. Tu habías abandonado la enseñanza, pero había sido por libre decisión tuya. Yo trabajaba mucho para mi laboratorio médico. Las cosas marchaban estupendamente. Los demás, ¿recuerdas?, sostenían que éramos demasiado perfectos para no esconder algún secreto. En efecto, un secreto lo había. Muy sencillo. Confianza, confianza, confianza. Sólo eso. Los conflictos (raros, en cualquier caso) no debían sobrepasar las paredes de casa, y jamás superar la duración de una tarde.
Tres días después de tu desaparición, decidí buscar entre tus cosas. ¿Buscaba un indicio, una explicación? No fue fácil revolver entre tus vestidos, los bolsos, los zapatos, las (pocas) joyas. Parecían fantasmas. Le regalé algunas cosas a la mujer de la limpieza. Ella al principio no quería, pero acabó por aceptar. Cuando la vi meter en una bolsa de plástico el gran fular de seda con flores que te regalé por nuestros primeros diez años de matrimonio, por un instante me pareció avistar tu rostro metido en aquella bolsa. Tuve que encerrarme en el baño durante algunos minutos.
No encontré nada significativo. Nada que no conociera ya. Había tantas cosas viejas que creía desaparecidas, engullidas por el tiempo, y que emergían en cambio del desorden de tus cajones: pequeños souvenirs comprados aquí y allá, feos regalos que imaginaba tirados a la basura, fotos, estuches semivacíos de colorete (tu única concesión al maquillaje), muchas postales. Miré también entre tus libros: aparte de tres billetes israelitas y una nota probablemente dirigida a mí («Volveré hacia las 8. Estoy en casa de Ester. Espérame», y más abajo: «D.»), nada que me ayudara a comprender.
Cogí la nota y me la metí en la cartera. Me gusta que acabe con una invitación para esperarte.
No eras celosa. En cualquier cosa, yo no te he traicionado nunca. Pensaba que, si lo hubiera hecho, hubiera debido esperarme de ti idéntico tratamiento. Y no quería que ocurriera, por ninguna razón. Yo aprendí de ti a no ser celoso. Recuerdo cuando todavía éramos jóvenes: tú eras hermosa, muy hermosa. Sobre todo tus ojos, tan claros, trasparentes: me daban miedo de lo bellos que eran. No dejaba que lo supieras, pero vivía en ansia en aquellos tiempos. En ansia por la idea de que tú pudieras dejarme, de que te encapricharas de otro. Además de hermosa, eras inteligente, culta, y ello me inquietaba aún más. Me decía: podría llevarme al huerto con su inteligencia. Después de los primeros años de matrimonio, sin embargo, empecé a comprender que no me dejarías, que nadie más entraría en mi lugar en tu corazón. Yo no era atractivo, ni rico, pero poseía una cualidad fundamental ante tus ojos: era un hombre discreto, calmo. Fue mi carácter razonable lo que te conquistó. Así, yo también fui aprendiendo a sentirme más seguro de mí, a no dejar que los celos me torturaran. De ese modo fuimos felices juntos. Hasta que llegó el desbarajuste.
Aún hoy me sucede a veces que me paro de pronto. Me detengo, y me parece intuir algo. Tal vez no sea intuir el verbo adecuado. Debería decir: pongo en relación. Pongo en relación un acontecimiento, mínimo incluso, del presente con un gesto tuyo, una palabra. Ese gesto, esa palabra emergidos del pasado parecen de improviso encerrar un sentido. Veo cada uno de sus matices, capto sus posibles consecuencias, podría describir hasta el más diminuto de sus detalles. Pero no es más que una visión fugaz, imposible de traducir en un razonamiento. Cualquiera que sea lo que esté haciendo en ese preciso instante, acabo una vez más por preguntar en voz alta: ¿qué es lo que no he entendido de ti y de mí? ¿Por qué te has matado?
El día en el que encontré aquel trocito de papel en la cocina había vuelto a casa antes de lo previsto. Ya no recuerdo por qué razón. Sólo recuerdo que tú debías de haber salido hacía poco y precipitadamente, porque en el cuarto reinaba una gran desorden y un par de cacerolas borboteaban sobre el gas. Pensé que, como ocurría con frecuencia, debías de haber bajado a comprar algo que te habías dado cuenta de no tener en casa. Y puesto que no faltaba mucho para que cerraran las tiendas, te habías ido sin preocuparte ni siquiera de apagar las luces. Dejé mi maletín sobre una silla. Sobre la mesa se amontonaban los ingredientes más dispares. Había verduras ya limpias y cortadas, pequeños trozos de carne, uvas pasas y piñones esparcidos por todas partes.
Estaba a punto de quitarme la gabardina cuando vi aquella hoja de papel. Parecía una inocente lista de la compra. Hubiera debido arrugarla y tirarla a la basura. En cambio, leí: «Dear Lee». Una línea más abajo, unas cuantas palabras, todas en inglés. Era una carta. O mejor dicho, un esbozo de carta. Pero, ¿quién era Lee? Ninguno de nuestros amigos se llamaba así. Sentí un gran dolor, mudo y gélido, extenderse por todo mi cuerpo. No seguí leyendo. El hecho de que el texto estuviera en inglés me ayudo a no descifrar a la primera ojeada su significado. No quería violar tu intimidad. Como siempre, te respetaría.
Dejé la hoja donde estaba. Fingí que no pasaba nada. Colgué la gabardina en el vestíbulo, coloqué la bolsa en el sitio acostumbrado, encendí la televisión. Cuando volviste, pocos minutos después, permanecí inmóvil en el sillón. Tú parecías de buen humor, como te ocurría a menudo durante aquella época. Un rápido gesto de saludo, dos palabras sobre la jornada, todo absolutamente normal.
Mientras comíamos, en el cuarto de estar, me levanté para coger una botella de vino de la cocina. La hoja había desaparecido de la mesa. Eché una ojeada al cubo de la basura: vi que la hoja había sido rota y arrojada dentro. Volví a la mesa.
Aquella noche no dormí. Estaba obsesionado por aquellas palabras: «Dear Lee». Me parecía que ocultaban un mensaje secreto, un mensaje concebido en mi perjuicio. O bien me decía que nada furtivo o misterioso podía contener la nota (dirigida sencillamente a un amigo desconocido para mí) y que por lo tanto no habría nada malo en leerla por entero.
A la mañana siguiente, tú debías salir muy temprano por no sé qué compromiso. Yo aproveché la ocasión. Me lo tomé con calma. Nos despedimos como de costumbre. Había sido capaz de fingir indiferencia y normalidad. Ya había tomado la decisión antes de que salieras de casa. Hundí las manos en el cubo de la basura. En aquel instante, recuerdo que sentí una profunda pena por mí mismo. Vacilé un momento. Después seguí rebuscando.
Algunos trozos de papel estaban sucios y húmedos. La tinta azul se había corrido, haciendo la escritura aquí y allá indescifrable. Pegué con paciencia los fragmentos. Al final, sudando por la excitación, leí. La carta decía, más o menos así: procuremos valorar con serenidad las cosas... sería muy difícil para mí dejarlo... me falta valor... difícil incluso desde un punto de vista económico... tú tienes tu vida, tu trabajo, pero yo no tengo nada... él, Benedetto, es todo lo que tengo... procura comprenderlo... mi situación es muy incómoda...
La carta estaba claramente incompleta. Acababa con aquella alusión a la incomodidad que me pareció particularmente ofensiva. Con un gesto de la mano, deshice el puzzle que poco antes había montado con tanto cuidado. Tiré de nuevo todo a la basura. En aquel instante, pensé que lo que estaba tirando era mi vida.
No te dije nada. Ni la más mínima alusión. Ni aquel día ni en lo sucesivo. Callé. ¿Por decisión propia? ¿Por miedo, sencillamente? Callé y esperé, como se hace después de una comida abundante, excesiva. A veces me decía que acabarías por hablarme tú, que acabarías por decirme quién era Lee («Dear Lee, dear Lee, dear Lee»: a fuerza de repetir aquel nombre ya me parecía conocer a Lee), acabarías por explicarme todo. Pero tú también optaste por callar. Por callar y por esperar.
Ha pasado mucho tiempo desde aquel día. En ocasiones, pensaba que debía afrontar el tema, que debía preguntarte por Lee. Aunque no fuera más que por curiosidad. Pero después tenía la impresión de que tú, sin decir nada, ya me habías contestado. ¿Qué más hubiera podido añadirse? Mi cautela, mi calma, que a su debido tiempo te habían conquistado, ¿habían sido la causa de nuestra ruina?
Así fue como la vida se hizo mil pedazos. Silenciosamente. Ambos seguimos haciendo las mismas cosas. Nada de reproches. Y sin embargo, día tras día, todo empezó a estropearse. Primero tu salud, tus continuas molestias intestinales, los cólicos, la operación de colon... Después mi trabajo: los clientes que escaseaban, el abandono -sin razón aparente- por parte de mi antiguo socio, la venta de la casa de campo... Y los amigos: unos que se trasladaban a otra parte, otros que morían, otros más que simplemente se eclipsaban... Al cabo de unos cuantos años, nuestra existencia se había transformado. De repente, estábamos solos y encerrados en nuestro silencio. Quizás fuera la vejez con sus maleficios la que nos atrapara.
Pese a todo, permanecimos el uno junto al otro. Incluso en los momentos más duros y difíciles tú fuiste fuerte, perfecta. Seguiste caminando y yendo hacia adelante y comportándote como si no pasara nada. Tu determinación se convirtió, poco a poco, en mi determinación. Hasta el día en el que te encontré tumbada en la cama, como si te hubiera sorprendido de repente la necesidad de descansar un momento, sólo un momento.
Desde que no estás, duermo mejor. Consigo descansar incluso después de comer. Apoyo la cabeza en la almohada, cierro los ojos, y en un segundo advierto la llegada del sueño como la de la baja marea. De cuando en cuando pienso que podría no volver a abrirlos más, a los ojos me refiero: pero la cosa no me turba en exceso. En el fondo, en estos años no he hecho más que ir separándome de todo. Sigo con mi vida de siempre, me esfuerzo por mantener las mismas costumbres, por no ceder a la sensación de inutilidad. Pero todo sucede a distancia, descolorido. No tengo miedo. Ni remordimientos. ¿Hubiera debido obligarte a hablarme de Lee? ¿O habría debido en cambio intentar defenderte de las desventuras que nos han afligido? No lo sé.
Sólo hay una cosa que no cesa de torturarme. Es un sueño recurrente, una auténtica obsesión a estas alturas. Del vacío emerge una hoja blanca, que a veces es tan grande que parece un sudario. Son los resultados de un examen químico microscópico que yo leo y releo hasta el infinito. No consigo entender su contenido. Después, de repente, me despierto.
|