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Cuentos extraordinarios
de la China medieval
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Gan Bao
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176 (XXIV + 152) págs.
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Edición y traducción:
Yao Ning y Gabriel García Noblejas
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ISBN 84-89618-47-X
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14,97 €
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1
DE QUÉ OCURRIÓ A WANG DAOPING,
NACIDO EN CHANG'AN,
EN TIEMPOS DEL EMPERADOR SHIHUANG
DE LA CASA DE QIN
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Wang Daoping, también llamado
Wang a secas, y Tang, una muchacha tan extremadamente bella
en su porte como dulce en su trato, eran dos jóvenes
de una misma prefectura que se habían prometido amor
eterno y matrimonio desde niños. Más adelante,
Wang fue reclutado y enviado de oficial a la guerra que
se estaba librando en las provincias al sur del río
Amarillo. Nueve inviernos sin regresar del frente bastaron
para que los padres de la muchacha, viendo que se les iba
a pasar la edad de desposarla, decidieran concedérsela
a un hombre llamado Liu. Ella se opuso su
promesa con Wang era absolutamente inalterable ,
pero sus padres la desoyeron y la obligaron a casarse sin
aceptar excusas. Los tres años siguientes fueron
para ella una desdicha constante y una añoranza de
Wang inacabable, años de una tristeza tan honda y
de un desasosiego tal que pusieron fin a su vida.
Llevaba ya tres años sepultada
cuando regresó Wang del sur y supo, al preguntar
por ella a los vecinos, cómo, si bien solamente a
él había entregado su corazón, había
sido forzada por sus padres a casarse con Liu, «al
poco de lo cual y
aquí acabaron su relato
murió».
¿Dónde
está su tumba? les
preguntó Wang.
Los vecinos le indicaron el lugar.
Una vez ante ella, la angustia y la pena lo acongojaron
de tal modo que no pudo evitar ni un largo llanto incontrolable
ni ponerse a gemir su nombre sin cesar. Un poco después,
le habló así en voz alta:
¿Cómo
podía haber imaginado entonces que mi puesto iba
a alejarnos tantos años y que iban a darte a otro
tus padres mientras tanto? Y yo, que jamás pensé
en romper nuestra promesa de amor, veo ahora que la vida
nos ha llevado por caminos ya imposibles de juntar, el de
los vivos y los muertos, arrebatándonos el modo de
cumplirla. Si aún estás ahí dentro,
aunque sólo sea en espíritu, quisiera verte
la cara una vez más, como si siguieras viva; que
si no lo estás, así me iré sin verte
más.
Dicho esto, se separó de
la tumba y comenzó a ir y venir lleno de congoja
y ansiedad hasta que, en efecto, de la tumba salió
el espíritu de la mujer, que le dijo:
Tantos
años sin regresar, Wang, que mis padres me casaron
con otro hombre contra mi voluntad. Nos habíamos
prometido el uno al otro amor sin fin, y yo te seguí
amando tanto y deseando tanto tu presencia, y tanto estuve
sin tenerla que morí de pena y añoranza a
los tres años de mi forzado casamiento, y ahora estoy
en este mundo de oscuridad y de tinieblas. Pero nada te
ha borrado de mi mente, nada ha borrado este amor que aún
te tengo. Así que escúchame; escúchame
bien porque mi cuerpo está incorrupto todavía:
todavía puedo renacer y ser tu esposa. Abre esta
tumba cuanto antes, sácame, y viviré.
Wang meditó con cuidado sus
palabras. Abrir la tumba era delinquir, violar los ritos.
Rompió la lápida, abrió el féretro
y allí estaba la mujer; le acarició la cara
y notó que revivía. En seguida estuvo ya compuesta,
y se fue con él.
Pocos días después,
su esposo tuvo noticia del suceso y, sorprendido en extremo,
acriminó a Wang ante el juez provincial. Se hicieron
las debidas investigaciones y el veredicto fue: «No
hay ley al respecto». Así
que el informe de aquel caso tan extraordinario fue sometido
al emperador, quien decidió que Tang podía
vivir con Wang en calidad de esposa. Vivieron juntos hasta
la edad de ciento treinta años, acaso como recompensa
por su fidelidad a una promesa que hiciera temblar a cielo
y tierra juntamente.
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2
DE QUÉ OCURRIÓ AL HIJO DE GANJIANG
EL ESPADERO
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En el reino de Chu vivieron Ganjiang,
un espadero, y su mujer Moye. Ganjiang recibió el
encargo de hacer dos espadas de jade para el monarca, cuya
hechura le llevó tres años, tardanza que encolerizó
al monarca de tal modo que quiso castigarlo con la muerte.
En cuanto Ganjiang lo supo, le dijo a su esposa, que estaba
encinta:
He
tardado tres años en acabar esa pareja de espadas
para el monarca; mi tardanza lo ha encolerizado de tal modo
que creo que me va a dar muerte en cuanto vea la ocasión.
De modo que escúchame bien. Si naciera un varón,
espera a que haya crecido y dile luego que salga de casa,
que mire en dirección a las montañas del sur,
que busque con la mirada un pino encima de una roca y que
hallará, en la parte trasera del tronco, la otra
espada.
Dicho lo cual, tomó una espada
y fue a entregársela al monarca. La tomó este
con las manos, la examinó y gritó encolerizado:
¿Y
dónde está la otra?, ¿no era una pareja
lo que habías de traerme hoy?
Y la cólera del monarca trajo
la muerte al espadero.
La mujer alumbró un varón.
Cuando hubo crecido, le preguntó a su madre:
¿Dónde
vive mi padre?
Tu
padre respondió
ella
era espadero del monarca de Chu. Una vez recibió
el encargo de hacer para él una pareja de espadas,
pero tardó tres años en acabarlas, tanto tiempo
que el monarca encolerizó de tal modo que le dio
muerte. Antes de morir, tu padre me dijo: «Dile
a nuestro hijo que salga de casa, que mire en dirección
a las montañas del sur, que busque con la mirada
un pino encima de una roca y que hallará, en la parte
trasera del tronco, la otra espada».
Y eso es lo que hizo: salió
de casa y miró en dirección sur, pero no vio
ninguna montaña; vio, sin embargo, ante la casa,
un pino cuyas raíces brotaban de una roca. Abrió
la parte trasera del tronco a hachazos y allí halló
la otra espada. Desde entonces, no hubo una noche en que
no deseara vengar la muerte de su padre.
Una de ellas, el monarca soñó
con un muchacho, de cejas separadas casi por medio metro,
que le hablaba de deseos de venganza. Mil monedas de oro
puso de precio a la cabeza de un muchacho como el soñado.
En cuanto lo supo, el hijo del espadero huyó a las
montañas y, allí, cuando vagaba lanzando lamentos,
se topó con un caballero andante.
¿Qué
podría afligir tanto a alguien tan joven como tú,
muchacho?
La
muerte de mi padre.
¿De
tu padre?
Ganjiang,
el espadero de palacio. Lo mató el rey y yo aún
sigo aquí, sin poder vengarlo.
¿De
modo que es por esa cabeza tuya por la que ofrece el monarca
mil monedas de oro? Escúchame bien, muchacho: préstame
tu cabeza y préstame tu espada, que yo me vengaré
por ti.
Conforme
dijo
el chico desenvainando la espada. Se decapitó, recogió
su cabeza con ambas manos y se la dio al caballero, mientras
su cuerpo permanecía en pie.
No
temas. No te traicionaré concluyó
el caballero. Y sólo entonces se desplomó
el cuerpo del muchacho.
Con la cabeza a la vista fue el
caballero en busca del monarca, quien la vio lleno de gozo.
Dijo aquel:
He
aquí la cabeza de alguien que luchó como pocos,
que no se merece sino el máximo castigo: ¡hervencia!
La cabeza fue arrojada a un caldero
repleto de agua, donde estuvo hirviendo durante tres días
y tres noches ininterrumpidamente, sin llegar a deshacerse,
flotando entre burbujas y mirando hacia afuera con ojos
rojos de rabia.
Venga
su majestad y vea qué extraña es esta cabeza
le
dijo el caballero
que sigue entera. Acaso si su majestad la mirara fijamente
acabaría por deshacerse.
Atendiendo a su petición,
el monarca se aproximó, inclinó la cabeza
por encima del borde del caldero, el caballero desenvainó
la espada de jade del muchacho y lo decapitó. La
cabeza del monarca cayó al agua y, a continuación,
la del caballero, que él mismo y con la misma espada
se cortó. Las cabezas estuvieron hirviendo tanto
tiempo que acabaron por desintegrarse, siendo luego imposible
distinguir cuál era de cada quién. Así
que hicieron tres montones de carne y de huesos, y los enterraron
separadamente en ciertas tumbas que aún existen:
están en Runan Yichun.
En tiempos de la dinastía
Qin, existió en el sur del Imperio la tribu de los
cabezas posadas, unos hombres cuyas cabezas podían
volar. Su nombre deriva de una expresión, «posar
insectos», con la que se
referían a uno de sus rituales.
Pues bien, ya en tiempos del reino
de Wu se dio el caso de un general llamado Zhu que tenía
una sirvienta cuya cabeza, en cuanto caía dormida
por la noche, echaba a volar; y ya fuera por la gatera o
por cualquier alto ventanillo abierto, salía y entraba
de la casa usando las orejas a modo de alas, para regresar
siempre justo antes del amanecer.
Creyéndolo anormal, prendieron
teas cierta noche ya bien tarde, entraron a observarla en
su aposento y lo que vieron en la cama fue un cuerpo sin
cabeza, ligeramente frío y que mantenía una
levísima respiración; lo envolvieron en una
manta y se quedaron a esperar. Y ocurrió entonces
que, cuando la cabeza regresó justo antes del amanecer,
como solía, y fue a acoplarse con el cuerpo, chocó
contra la manta y cayó por tierra, donde la vieron
rodar lanzando hondos suspiros de impotencia y desesperanza,
mientras el cuerpo respiraba con tan creciente rapidez y
parecía ya tanto ir a morir, que retiraron la manta;
la cabeza se elevó entonces del suelo y fue a posarse
sobre su cuello, y enseguida el cuerpo entero empezó
a respirar con calma y paz.
Tan anormal le pareció a
Zhu todo aquello y tanto se asustó de la sirvienta,
que la despidió. Tiempo después, sin embargo,
examinado bien el caso, comprendió que nada había
antinatural en ella. De hecho, no era infrecuente que los
militares destinados a las provincias del sur topasen personas
de esta especie, personas a las que veían morir irremisiblemente
por no poder juntarse sus cabezas con sus cuellos, aunque
el único impedimento fuera un cacillo de cobre interpuesto.
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4
DE QUÉ OCURRIÓ A SHIXU,
NACIDO EN LA PREFECTURA
DE WUXING
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Shi Xu, un alto cargo militar que
había sido destinado a la zona de Xunyang y que dominaba
el arte de la argumentación, tenía un discípulo,
también ducho en debates filosóficos, que
defendía la inexistencia de los espíritus.
Pues bien, cierto día recibió una visita inesperada:
un hombre que, vistiendo de blanco y negro con raras ropas,
venía a debatir. Y al poco de haber empezado estaban
ya con el asunto de los espíritus.
No
le falta sutileza a su discurso dijo el visitante tras largas
horas de debate, pero sí razón. Porque ¿cómo
sostener que no existen los espíritus cuando yo mismo
soy uno?
¿Ah
sí?, y ¿se puede saber a qué has venido?
preguntó el discípulo.
He
sido enviado a tomarte la vida. Se te agota mañana
al mediodía.
El estudiante cayó entonces
de rodillas suplicándole salvación.
Está
bien, está bien concedió
el espíritu ;
vamos a ver: ¿no hay nadie por aquí a quien
te parezcas mucho?
Sí
lo hay; en la tropa de mi maestro Shi Xu hay uno que se
parece mucho a mí.
Fueron juntos a la guarnición,
encontraron al soldado del que había hablado el discípulo,
se sentaron frente a él y el espíritu, cuidadosamente,
se sacó de debajo de la piel de la palma de la mano
un escalpelo largo con el que le dio unos leves golpecitos
en el cráneo.
Vaya
dijo
el soldado a un compañero ,
parece que está empezando a dolerme la cabeza.
En efecto, aquel dolor fue en aumento
hasta que llegó a hacérsele intolerable; apenas
si había acabado de almorzar cuando expiró.
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