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Vidas de santos:Antología del Flos Sanctorum |
PEDRO DE RIBADENEYRA |
320 (XXXIV + 286) págs. |
Editor: Olalla Aguirre y Javier Azpeitia |
ISBN 84-89618-55-0 |
3480 pts. 20,91 Eur. |
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De los tormentos de los mártires
Uno de los mayores argumentos que tenemos los cristianos para confirmación de nuestra santa religión es la de los bienaventurados y fortísimos mártires que por ella dieron sus vidas. Porque fueron innumerables hombres y mujeres, de todos estados, condiciones, edades y naciones, y murieron con tan extraña y admirable constancia que asombraron y vencieron al mundo, habiendo antes sido atormentados con todos los géneros de atrocísimos y exquisitos suplicios que el demonio y los tiranos, sus ministros, pudieron inventar. Y estos gloriosos caballeros de Cristo los sufrieron con más que humana paciencia, fortaleza, y alegría. Mas porque, contando sus martirios, necesariamente habemos de hacer mención de los tormentos que les daban y de los instrumentos con que se los daban, me ha parecido (para que mejor de una vez se entiendan los unos y los otros) ponerlos aquí, porque darán luz a los martirios, de que en esta escritura necesariamente habemos de tratar.
Usaban los tiranos poner a los santos mártires en cruz, y esto no siempre de una misma manera, porque algunas veces los crucificaban con los pies clavados hacia abajo y las cabezas levantadas al cielo, otras, al contrario, con las cabezas al suelo y levantados los pies. Y la misma cruz no siempre era de una misma figura, sino de diversas. Y algunas veces los crucificaban en los árboles y en otros palos de varias hechuras. Colgábanlos de algún palo, o coluna, o árbol para poderlos más fácilmente atormentar a su gusto. Y algunas veces los colgaban de los dos pies, y otras de un solo pie, encendiendo debajo fuego de alguna materia sucia y asquerosa, para que el humo y el mal olor los afligiese y ahogase. Otras veces los colgaban de un brazo, o de los dos, o de los dedos pulgares, y los tenían así colgados mucho tiempo. Y para descoyuntarlos y desencasar los huesos de sus lugares, cargaban sobre los pies, y aun sobre la cabeza y espaldas, pesas grandísimas de piedra, de plomo o de hierro, para que con el peso se estirasen los miembros y no quedase parte sana en todo el cuerpo del santo mártir. Otras veces los prensaban y estrujaban, como se estruja la uva y aceite en el lagar. Otras los estiraban y extendían, atados los pies y las manos, con unas ruedas que llamaban «trócleas», más o menos como querían. Otras los ponían en una rueda y los dejaban en ella sin comer hasta que morían, o atados a ella los despeñaban; y aun algunas veces sembraban la misma rueda de puntas de hierro muy agudas y los revolvían sobre abrojos de acero, con puntas que cortaban como navajas.
Era cosa muy ordinaria el tormento del ecúleo, el cual era un instrumento de madera, a manera de caballete, con sus ruedas a los cabos, para estirar y descoyuntar al mártir. Otras veces los atormentaban en la que llamaban «catasta», que era un tablado armado sobre algún lugar alto y eminente, de donde pudiese ser visto del pueblo el que era atormentado, para que aquellos tormentos tan horribles y penosos causasen grima y espanto a los circunstantes. Allí los azotaban crudelísimamente, algunas veces con látigos durísimos; otras con nervios de bueyes; otras con varas; otras con palos y bastones ñudosos; otras con una manera de zarza, o de vara espinosa y ñudosa, que llamaban «escorpión»; otras con varas de hierro o de plomo, o con plomadas, que era un género de azote hecho de cordeles, o de cuero, que tenía en los cabos de él enjertas unas pelotas de plomo. Y con estos instrumentos los sayones y verdugos molían, quebrantaban y despedazaban los cuerpos de los santos mártires, con tanta perseverancia y bárbara crueldad que muchas veces quedaban ellos más cansados de herirlos, que los mismos mártires de ser heridos y atormentados, por el deseo grande que tenían de padecer por Cristo y por el esfuerzo y gozo que el mismo Señor les daba. También los atormentaban dándoles palmadas, bofetadas, puñadas y coces, y, no pocas veces, quebrándoles los dientes y las mejillas con piedras. Otras los apedreaban o -echando sobre sus cuerpos tendidos en el suelo alguna rueda de molino o otra piedra muy pesada- los desmenuzaban y consumían.
Tenían otrosí los tiranos muchos instrumentos para rasgar y despedazar las carnes, como eran uñas de hierro aceradas, que era una manera de tenazas armadas, por una parte y por otra, de unas puntas; o uñas de hierro, con que asían y sulcaban la carne, y sacaban pedazos de ella; y hoy día se muestra en San Pedro de Roma uno de estos instrumentos, que en sólo verle pone espanto. Usaban también peines de hierro, con los cuales peinaban y raían las carnes de los santos; y de unos garfios así mismo de hierro para asirlos, traerlos, colgarlos, rasgarlos o, después de muertos, arrastrarlos y echarlos en el río, o en algún albañar y lugar inmundo e infame. Y no menos con pedazos de tejas agudas raían y refregaban todo el cuerpo ya llagado, y le desollaban y despojaban de la piel que le cubría. Usaban de planchas de hierro, de hachas y de otras que llamaban «lámparas encendidas», para abrasar los costados de los santos mártires en la catasta y en el ecúleo; y después que los bajaban de él, algunas veces los ataban en algún brete y los estiraban, cruzadas las piernas, hasta que llegasen los pies a ciertos agujeros desmedidos; otras les echaban sobre sus cuerpos cal viva y aceite hirviendo, o, desnudos, los revolvían sobre pedazos de tejas agudas, para que no quedase miembro ni parte del cuerpo ya despedazado que no sintiese su nueva pena y dolor.
Demás de estos tan atroces y horribles tormentos, inventó Satanás otros muchos, más crudos y atroces, para quemar a los gloriosos caballeros de Cristo. Porque unas veces los echaban y encerraban en un toro de metal ardiendo; otras en una olla grande y capaz así mismo de metal, llena de aceite, pez y plomo derretido, para que allí se cociesen; otras los freían en sartenes; otras los asaban con fuego lento, tendidos en unas como parrillas, o lecho de hierro; o, sentados en una silla, también de hierro, encendida, los abrasaban, y las cabezas con una celada o casco hecho fuego, o se las traspasaban con clavos agudos y encendidos. Otras veces vestían sus bienaventurados cuerpos de una túnica de hierro ardiendo, o de otra que llaman «túnica molesta», empapada en pez, resina, aceite y otras materias semejantes, y pegándole fuego los consumían. Así mismo, atormentaban los pies con zapatos de hierro ardiendo, sembrados de clavos; o, descalzos, los mandaban andar sobre las brasas; o echábanles plomo derretido en la boca. Arrojábanlos en las hogueras, hornos, caleras y en hoyas llenas de fuego, o en alguna nave cargada de estopa y pez, para que en la mar fuesen quemados y, pasando por agua y fuego, llegasen al refrigerio y corona del Señor.
A las honestísimas doncellas, y más puras que el sol, colgaban desnudas por los cabellos; cercenábanles los pechos y las llevaban a la casa pública de las malas mujeres (que era el mayor y más afrentoso tormento que ellas podían sufrir). Finalmente cortaban las lenguas a los santos mártires, arrancábanles los dientes, sacábanles los ojos, destroncábanles los pies, quebrantábanles las piernas, desollábanlos vivos, despeñábanlos, metíanles cañas agudas entre las uñas y la carne, hacíanlos pedazos, arrastrábanlos por lugares fragosos y pedregosos, desmembrábanlos atados a cuatro ferocísimos caballos o a ramas de palmas encorvadas por fuerza y soltadas, para que con su ímpetu los despedazasen; echábanlos a los leones y bestias fieras, y aun algunas veces, atados y desnudos, los hacían comer a los ratones o, untados con miel, a las moscas y tábanos; o, abriéndoles el vientre, le llenaban de cebada, para que en él comiesen los caballos; o los enterraban vivos, o ahogaban en el río o en la mar. E inventaron tantos y tan exquisitos géneros de tormentos para cada miembro, y tantas maneras de muertes afrentosísimas y penosísimas, que no se pueden contar; ni aun pensar con atención lo que estos fortísimos guerreros padecieron por Cristo, y el valor, esfuerzo y constancia con que lo padecieron, sin alabar al Señor, que se la dio, y honrarlos a ellos, que la tuvieron, y a la santa Iglesia, que está armada de un escuadrón de tan lucidos y tan invencibles soldados; y sin que nosotros nos corramos y cubramos nuestro rostro de vergüenza, viendo nuestra tibieza y flojedad; y que no bastan tan ilustres ejemplos de virtud, ni tan encendidas llamas de amor divino, a inflamar nuestros corazones para que, menospreciando todas las cosas caducas, frágiles y perecederas de la tierra, aprecien, apetezcan y, con veras, busquen las sólidas y macizas del cielo, que para siempre han de durar.
Sería nunca acabar si quisiésemos proseguir esta materia. Véala el que quisiere en Antonio Galonio, romano, que la trató copiosamente y con curiosidad, en un libro que escribió de los instrumentos y modos con que eran atormentados los mártires, impreso en Roma el año de mil y quinientos y noventa y cuatro.
La vida de santa Cristina, virgen y mártir
XXIV de julio
En la provincia de Toscana, como deciocho leguas más acá de Roma, hay un lago que se llama de Bolsena, y un pueblo de este nombre que está junto a él. Hubo antiguamente en este lago una ciudad que se llamaba Tiro, de la cual el mismo lago se llamó Tirio, y por haber crecido mucho e inundado, ahogó y asoló la ciudad que estaba en él.
En esta ciudad de Tiro nació, de muy ilustre sangre y de la familia de los Anicios, la virgen santa Cristina. Su padre se llamó Urbano, gobernador y prefecto por los emperadores Diocleciano y Maximiano. Desde niña se aficionó a la fe de Cristo y, por la devoción de su santo nombre, se llamó cristiana contra la voluntad de su padre, que, como era gentil y ministro de los emperadores (que eran tan grandes y crueles enemigos de Cristo), procuró con todas sus fuerzas y mañas apartar a su hija de aquella creencia, que él tenía por locura. Mas no pudo hacer mella en aquel pecho sagrado y fuerte que de Cristo era poseído; antes, la santa doncella, tomando los ídolos de oro y plata que su padre tenía, los quebró y hizo pedazos y repartió a los pobres; de lo cual tuvo tan grande enojo su padre que él mismo la dio grandes bofetadas y golpes, y la mandó desnudar y azotar en su presencia a ciertos criados suyos; y ellos lo hicieron hasta quedar cansados y sin fuerzas.
No contento con esta crueldad, desnudándose del afecto de padre y vistiéndose del de enemigo y verdugo, otro día hizo rasgar sus carnes con garfios de hierro, con tanta violencia que no sólo corrían arroyos de sangre del cuerpo de la santa doncella, sino también algunos pedazos de sus carnes caían en el suelo y los huesos se le descubrían. Y la santa, con admirable paciencia por una parte, y por otra con espantosa fortaleza y constancia, se abajó y, tomando los pedazos de sus propias carnes, se los ofreció a su padre diciéndole:
-Toma, cruel tirano; come de la carne que engendraste.
Mandola poner su padre en una rueda de hierro algo levantada del suelo y debajo encender carbones y echar en ellos aceite. Mas el Señor la defendió de este tormento y, para justo castigo de los gentiles que estaban presentes en este espectáculo, ordenó que la llama de aquel fuego diese sobre ellos y matase mil personas. Volviéronla a la cárcel, donde fue visitada y curada enteramente de los ángeles.
Otro día la mandó el padre atar una gran pesa al cuello y echar en el lago de Bolsena, pero los mismos ángeles la libraron y sacaron a tierra sin lesión alguna, con grande rabia y despecho de su padre, que la mandó tornar a la cárcel para imaginar otros nuevos y exquisitos tormentos con que atormentarla y consumirla. Mas otro día fue hallado muerto en su cama y no pudo ejecutar en su santa hija su saña y furor.
Sucediole en el oficio de juez Dion, no menos cruel que su padre. Mandó hacer una cuna grande de hierro y henchirla de pez, óleo y resina, y, estando todo hirviendo, echar dentro a santa Cristina. Y la santa virgen, con grande alegría, diciendo que, como a niña engendrada por el baptismo, la ponían en la cuna, hizo la señal de la santa cruz y fue libre del tormento de ella. Lleváronla, raída la cabeza y descubierto el cuerpo, al templo de Apolo, y el ídolo cayó en tierra hecho ceniza. Quedó de esto tan asombrado y fuera de sí el prefecto Dion que cayó allí muerto, y tres mil personas se convirtieron a la fe de Cristo.
A Dion sucedió otro juez en la crueldad y en el oficio, llamado Julián, el cual mandó encender un horno y poner en él a la santa, donde estuvo cinco días -ardiendo siempre el horno- alabando al Señor sin recebir daño alguno. Volviéronla a la cárcel y, por medio de un mago y nigromántico, echaron muchos áspides, serpientes venenosas y malas sabandijas, las cuales venció con la fe de Cristo y se le sujetaron y rindieron. Cortáronle la lengua, y sin ella hablaba y se entendía mejor, no cesando de alabar a Señor. Finalmente fue atada a un madero y asaeteada. Y con este martirio, vitoriosa, envió su alma al cielo, donde fue recebida con increíble regocijo de todos aquellos cortesanos y espíritus bienaventurados que habían estado a la mira de tan dura y larga pelea, y le daban el parabién de haber salido de tres tiranos con vitoria.
Fue su muerte el día en que la Iglesia hace de ella conmemoración, a venticuatro de julio, cerca de los años del Señor de trecientos. El cuerpo de santa Cristina está en la ciudad de Palermo, de Sicilia, donde es reverenciado con gran concurso y devoción de todo el pueblo, y la tienen por patrona y abogada. De santa Cristina escriben los martirologios romano, de Usuardo y de Adón; y san Antonino, I parte, título 8, capítulo 1; y Aldelmo, obispo, y otros modernos.
La vida de santa María Egipcíaca
II de abril
Habiendo vivido en un monesterio de Palestina muchos años, en gran perfección de vida, un santo monje llamado Zósimas se pasó a otro monesterio, que estaba junto al río Jordán, por particular instinto e inspiración de Dios. Salió una vez (como lo acostumbraban hacer cada año todos los monjes de aquel monesterio en el principio de cuaresma, después de haber recebido la sagrada comunión), para entrarse más adentro del desierto y darse más de veras a la penitencia, oración y contemplación del Señor, sin que ninguna cosa de la tierra le divirtiese de tener el corazón fijo en las del cielo, y con deseo de hallar algún ermitaño que le enseñase el camino de la perfección, porque, aunque él se había ejercitado en ella toda su vida, todo lo que había hecho le parecía poco y, no acordándose de lo que había granjeado, anhelaba a lo que le faltaba.
Veinte días habían ya pasado después que salió del monesterio cuando, estando en oración a hora de sexta, vio cerca de sí una como sombra de cuerpo humano. Turbose al principio algún tanto pensando si era alguna fantasma, pero, haciendo la señal de la cruz, desechó aquel vano temor. Y habiendo ya acabado su oración y mirando con más atención aquella figura, le pareció que era mujer cuyo cuerpo estaba tostado y denegrido por los calores del sol. Tenía pocos cabellos, y que solamente le llegaban hasta la cerviz, pero eran blancos como lana.
Deseó Zósimas saber quién era y hablar con ella, porque desde que salió al desierto no había visto persona humana, ni animal de la tierra, ni ave del cielo. Y acercándose a ella, comenzó a huir a lo más apartado de aquella soledad. Olvidado Zósimas de su cansada edad y flacas fuerzas, iba corriendo tras ella y al fin la vino a alcanzar. Y estando cerca de ella que le pareció que le podía oír, le dijo con tiernas y copiosas lágrimas:
-¿Por qué huyes de mí, siervo de Dios? Mira que soy viejo y pecador. Yo te pido y te conjuro, por aquel Señor a quien sirves en esta soledad, que me aguardes y te compadezcas de mí.
Oyendo estas palabras, ella se volvió al santo viejo y le dijo:
-Abad Zósimas, por Dios te pido me perdones, que soy mujer y estoy desnuda, como ves, y por eso no puedo esperarte. Mas si quieres que lo haga para que des a esta pecadora tu bendición y hagas oración por mí, dame ese tu manto con que pueda cubrir mi desnudez.
Espantose Zósimas cuando se oyó nombrar por su nombre de persona a quien nunca había hablado ni visto, y entendió que era negocio de Dios. Arrojó luego su manto y apartose a la otra parte para que la mujer le pudiese tomar más honestamente y cubrirse con él y hablarle. Estando ya cubierta, llegó donde él estaba y díjole:
-¿Qué quieres de esta mujer miserable y pecadora, oh padre Zósimas, que con tanta diligencia me has seguido?
Hincose él luego de rodillas pidiéndole su bendición, y ella hizo otro tanto y le dijo:
-Más razón es, padre Zósimas, que tú me bendigas a mí, pues eres sacerdote y ha tantos años que te llegas al altar del Señor y participas de sus divinos dones.
Oyendo estas palabras, se turbó aún más el santo viejo que cuando se oyó nombrar por su nombre, porque juzgó que Dios estaba en aquella mujer y le había revelado quién era. Y temblando, con voz quebrantada y que apenas podía salir de su boca y acompañada de muchas lágrimas y sollozos, le respondió:
-Por esa parte, verdad es que yo te hago ventaja, pero tú me la haces a mí en ser más agradable a Dios, pues a ti te ha descubierto quién yo soy y a mí me ha encubierto quién eres tú. Pídote por el Señor, a quien sirves, que me consueles con tu bendición.
Y ella, convencida de sus lágrimas y piadosos ruegos, dijo:
-Bendito sea el Señor, que procura la salud de nuestras almas.
Y Zósimas respondió «Amén». Y con esto se levantaron los dos. Entonces ella le dijo:
-Dios te ha movido, Zósimas, a entrar en esta soledad para que vieses a esta pobre pecadora. Dime, yo te ruego: ¿cómo está la cristiandad?, ¿qué emperadores gobiernan el mundo?, ¿tiene paz la Iglesia o es perseguida de tiranos?
Y habiendo satisfecho a lo que le preguntaba, le rogó Zósimas que hiciese oración por él, para que Dios le diese gracia de acabar bien la vida en su servicio. Y ella, por obedecerle, se apartó un poco de él y, volviendo el rostro a Oriente y alzando sus ojos y manos al cielo, hizo oración. Y mientras que oró, estaba un codo levantada del suelo, de lo cual fue tanto el temor que sobrevino al santo viejo que cayó en tierra diciendo «Misericordia, Señor», dudando mucho que no fuese algún espíritu y no persona humana la que allí oraba.
Mas, acabada la oración, llegose la mujer y, trabando de él, le dijo:
-¿Qué es, oh abad Zósimas, lo que te escandaliza, y revuelves en tu corazón, y dudas si soy espíritu? Ten por cierto que soy mujer y pecadora, y polvo y ceniza.
Asegurado Zósimas que era mujer y no espíritu, le pidió encarecidamente que le dijese quién era y cuál había sido su vida y por qué hacía tal penitencia. Y que no le encubriese cosa, porque entendía que Dios, para este efeto, le había traído allí para manifestar por este camino sus maravillas.
Fue tanto lo que Zósimas apretó a la santa mujer que, después de haberse excusado, y díchole que su vida había sido tan abominable que ni ella la podría decir sin vergüenza, ni él oírla sin espanto, y que el mismo aire se inficionaría, a la fin se la contó. Y le dijo que ella había nacido en Egipto y, siendo de doce años, se había huido de la casa de sus padres y ido a la ciudad de Alejandría, donde había perdido su virginidad y, con ella, toda la vergüenza y modestia que es propia de mujeres. Porque eran tan grandes las llamas del fuego infernal de la lujuria que la abrasaban, y tan extraño el deleite que sentía en ofender a Dios con su cuerpo, que gastó decisiete años en todo género de torpezas, no por interese, ni por precio ni dones que le diesen, sino sólo por su gusto, porque le parecía que el mayor precio de su deshonestidad era el deleite que en cometerla recibía. Y que por esto no quería recebir nada de nadie, aunque se lo ofreciese, sino que ella se sustentaba o de lo que pedía por las puertas o de un poco de estopa que hilaba. Y que había sido como una puerca que se revuelca y se entretiene y recrea en cieno sucio y abominable, y como un muladar y una red del demonio, enlazando las ánimas de todos cuantos trataba. Y que había sido esto con tanta rotura que, viendo un día que se embarcaba mucha gente en Alejandría en una nave, para navegar a Jerusalén y hallarse en ella el día de la Exaltación de la Santa Cruz, le vino gana de pasar ella también en aquella nave y, no teniendo dineros para pagar el flete, entregar por él su cuerpo a todos los que la quisiesen. Y así, arrojando la rueca que tenía, se entró en la nave, provocando a los pasajeros que ya estaban en ella, con gestos y movimientos lascivos, a risa y disolución. Y que, en aquella navegación, había provocado y enredado a muchos, siéndoles incentivo y causa de su perdición, de tal manera que ella misma temía y temblaba cómo la mar no la había tragado y la tierra no la había hundido y el Señor no la había arrojado en lo más profundo del infierno.
Díjole más que, llegando a Jerusalén, había añadido culpas a culpas, pecados a pecados y maldades a maldades, y sido en tierra la misma que había sido en la mar, y en Jerusalén la que había sido en Alejandría. Añadió que el día de la Exaltación de la Santa Cruz, yendo todos al templo para verla y adorarla, ella también quiso entrar y, juntándose con la muchedumbre de la gente que iba al templo, cuando llegaba a la puerta de él, no podía en ninguna manera entrar, entrando los demás sin impedimento alguno, porque le parecía que la detenían y le hacían resistencia para que no entrase. Y habiendo probado a entrar tres o cuatro veces con gran fuerza, visto que todas le salían en vano, comenzó a pensar qué podría ser la causa que, entrando todos los otros tan fácilmente en el templo, ella sola no pudiese entrar. Y que, pensando en esto, un rayo de la luz divina la había alumbrado y abierto los ojos para conocer su mal estado y que, siendo tan fea y abominable su alma, no merecía entrar en aquel santo y glorioso templo del Señor. Y que, de este sentimiento, le había venido una gran compunción y dolor de sus pecados, y había comenzado a herirse los pechos y llorar muchas lágrimas. Y, viendo allí una imagen de la gloriosísima Virgen María nuestra Señora, con entrañables suspiros se había vuelto a ella y díchole con gran ternura:
-Virgen gloriosa, que engendraste, según la carne, a Dios verdadero; bien sé que no soy digna de mirarte ni de que tú me mires, porque tú siempre fuiste castísima y purísima, y yo, en el alma y en el cuerpo, soy un albañar de inmundicias. Mas, pues Dios se hizo hombre para salvar a los pecadores, no me deseches, Señora, porque estoy sola y no tengo otra ayuda ni refugio sino a ti. Dame licencia para que entre en el templo y vea el salutífero madero de nuestra redención, que yo te prometo de no ensuciar más mi cuerpo con deleite carnal y que, en viendo la santa cruz, daré de mano a todas las cosas del siglo y entraré por aquella estrecha senda de salud que tú me mostrares.
Hecha esta oración, confortada con el favor de la Virgen, le dijo que se había juntado con la gente y probado si podía entrar, y que luego entró sin dificultad alguna. Y que, estando en el templo, vio la santa cruz, que se mostraba a todos, con gran pavor y temblor, considerando sus graves pecados. Y que, habiendo cumplido con sus devociones, se volvió al lugar donde estaba la santa imagen de la Virgen, a quien antes se había encomendado, y díjole:
-Ya es tiempo, Señora, que yo cumpla lo que os he prometido. Enseñadme y mostradme el lugar donde queréis que esté y lo que tengo que hacer.
Y que, diciendo estas palabras, oyó una voz que le dijo:
-Si pasares el Jordán, allí hallarás reposo.
Y entendiendo que aquella voz hablaba con ella. Y tornando a suplicar a nuestra Señora que la tuviese de su mano, se había puesto en camino hacia el Jordán con solos tres pequeños panes que compró de cierta limosna que un buen hombre le había dado.
Llegó aquel día al río Jordán, derramando en el camino muchas lágrimas. Lavose el rostro y los pies con aquella agua santificada, recibió los santos sacramentos de la penitencia y del altar en un monesterio de San Juan Baptista que allí estaba, y después comió medio pan de los que llevaba y bebió un poco de agua del Jordán y echose a descansar en el suelo. Y otro día pasó el Jordán, suplicando siempre a la sacratísima Virgen nuestra Señora que la guiase y le mostrase el camino por donde había de ir. Y con tan buena guía, se fue alejando y entrando más adentro del desierto, esperando la misericordia de aquel Señor que llama a los pecadores y salva a los que se convierten a Él.
Después que hubo referido la santa pecadora a Zósimas todo lo que aquí habemos dicho, él la preguntó cuántos años había estado en aquel desierto y qué manjares había hallado en él y comido. Ella respondió que cuarenta y siete años había estado en aquel yermo y que aquellos dos panes y medio que llevaba consigo cuando pasó el Jordán se habían endurecido como una piedra, y que, comiendo un poquito de ellos, le habían bastado para algunos años.
Quiso Zósimas saber de ella si había tenido mucha dificultad en aquella manera de vida tan rigurosa, especialmente en los principios, y las tentaciones y batallas que había sufrido, y cómo las había vencido, rogándola con grande instancia que le descubriese toda su alma, como había comenzado, sin dejar cosa que no le dijese. Y ella le respondió que sólo el pensar las batallas que había pasado y los combates que había tenido le ponía grima. Porque por espacio de decisiete años había padecido tantas y tales tentaciones que, si no fuera muy favorecida de Dios, muchas veces la vencieran y la hicieran volver a la vida pasada. Porque el demonio le traía a la memoria los deleites y gustos sensuales y los regalados manjares del siglo, y, especialmente, el vino, que antes solía beber con abundancia; las palabras amorosas y las canciones que solía cantar para provocar a los hombres a que la deseasen. Mas que, cuando se hallaba más acosada de estos pensamientos feos, se arrojaba en el suelo, hería sus pechos y derramaba muchas lágrimas, y suplicaba amargamente a la sacratísima Virgen María que, pues la había dado por fiadora a su precioso hijo de la emienda de su vida, que la favoreciese en aquel trance peligroso y la amparase y defendiese del cruel enemigo y le alcanzase vitoria de su mismo hijo, a quien ella, confiada de su patrocinio, deseaba servir. Y que solía, prostrada, juntar la boca con la tierra y ponerse en oración y permanecer en ella hasta que se veía cercada de una luz del cielo con que todas aquellas tinieblas y tentaciones se deshacían, y su alma quedaba serena y consolada. Y que pasados los decisiete años, había tenido mucha paz y experimentado grandes favores en la intercesión de la Virgen.
Preguntole más qué había comido en todos aquellos años y cómo lo había pasado acerca del vestido. Y ella dijo que, acabados los tres panes que había traído consigo, comió las hierbas del campo por espacio de los decisiete años, y anduvo vestida hasta que los vestidos que traía a cuestas se le rasgaron y pudrieron, y que así quedó desnuda. Y a esta causa había padecido mucho y sido muy fatigada por los rigurosos fríos del invierno y los calores excesivos del verano. Y que después la divina misericordia había sustentado su alma y su cuerpo con su divina palabra y vestídola con su gracia. Y que, así, su comida, bebida y vestido era la palabra del Señor, porque el hombre no vive con sólo pan, sino con la palabra que procede de la boca de Dios.
Y porque Zósimas se admiró que le citase palabras de la Sagrada Escritura, ella le dijo que, después que pasó el Jordán, no había visto persona viviente ni animal alguno, ni había aprendido letras; pero que el Señor, que es verbo eterno, enseña la ciencia a quien es servido.
Rogole más que, mientras que ella viviese, no descubriese a nadie lo que había oído, y que el año siguiente no saliese la cuaresma de su monesterio, como solía, porque Dios no le dejaría salir, y que la Semana Santa, la víspera de la cena del Señor, tomase el santísimo sacramento del cuerpo de Jesucristo, nuestro redentor, y se viniese con él junto al río Jordán, para que ella le recibiese de su mano, porque no se había comulgado desde que se comulgó en el oratorio de San Juan Baptista, por no haber quien le administrase aquel santo sacramento y ser voluntad de Dios que ella permaneciese en aquella soledad. Y que le avisaba que dijese a Juan, abad de su monesterio, que velase sobre él, porque algunas cosas se hacían dignas de corrección, mas que no se lo dijese esto hasta que Dios se lo mandase.
Acabado este razonamiento, pidiendo la bendición de Zósimas y rogándole que suplicase a nuestro Señor le perdonase sus pecados, se despidió de él y le dejó y se entró por aquella soledad adentro, quedándose el santo viejo deshaciendo en lágrimas y haciendo gracias al Señor por las obras maravillosas de su misericordia y besando la tierra que había pisado la que antes había sido tan gran pecadora y ahora era ejemplo y dechado de penitentes.
Volvió a su convento, aguardó otro año y quedose en él la cuaresma con ocasión de una calenturilla que le dio, sin descubrir a persona alguna lo que con aquella santa mujer le había pasado. Y, venida la víspera de la Cena, tomó el santo sacramento secretamente en un cáliz, y en una cestica, algunos higos, dátiles y lantejas, y fuese al Jordán como ella le había ordenado.
Allí, habiendo aguardado un poco y tenido varios y congojosos pensamientos: si vendría; si había venido y no halládole; y, cuando viniese, cómo había de pasar el río. Finalmente la vio venir y, haciendo la señal de la cruz sobre las aguas del Jordán, pasarle a pie enjuto, con grande admiración y espanto del santo viejo, que, cuando la vio, se quiso echar a sus pies. Y ella le dio voces diciéndole que no lo hiciese, porque era sacerdote y traía en sus manos a Dios. Y llegado a él, le pidió su bendición, dándole gracias por haberla querido visitar.
Dijeron luego los dos el Credo y el Paternóster, y comulgola, derramando muchas lágrimas la santa mujer; la cual, levantadas las manos al cielo y puesta como estaba de rodillas, dijo aquellas palabras del santo viejo Simeón: «Ahora, Señor, dejas a tu siervo en paz, según tu palabra, pues han visto mis ojos tu salud». Y acabó con rogar a Zósimas que el año siguiente volviese al mismo lugar donde la primera vez la había visto, porque allí la vería de la manera que Dios fuese servido.
Él prometió de hacerlo y le rogó encarecidamente que tomase aquel regalo que le traía. Ella extendió su mano y tomó tres lentejas solamente, y llegolas a su boca sin querer otra cosa, diciendo que la gracia del Espíritu Santo bastaba para guardar el alma sin mancilla; y que la encomendase a Dios y se acordase siempre de su miseria.
Él respondió que lo mismo hiciese ella por él y por toda la Iglesia. Y con esto, haciendo la señal de la cruz sobre el Jordán, tornó a pasarle como antes, y Zósimas se volvió a su monesterio, por una parte muy consolado por lo que había visto y hecho, y por otra triste y congojado por no haber preguntado el nombre de aquella santa pecadora. Pero consolábase que el año siguiente lo podría saber de ella.
Vino el tiempo señalado de la cuaresma y Zósimas fue al desierto y anduvo por él, buscando algunos días a la santa, deseosísimo de hallarla. Y llorando muchas lágrimas y alzando los ojos al cielo decía:
-Manifestadme, Señor, este tesoro escondido que a este pecador os habéis dignado descubrir. Vea yo a este ángel en cuerpo humano con quien todo el mundo no se puede comparar.
Y, llegándose al lugar donde la primera vez la había visto, notó que salían de allí unos rayos tan claros como del sol resplandeciente. Y, acercándose más, vio a la santa que estaba muerta, y su cuerpo tendido en el suelo y bien compuesto hacia el Oriente. Halló en el suelo unas letras que decían: «Entierra, abad Zósimas, el cuerpo de María la pecadora y da a la tierra lo que es suyo y junta el polvo con el polvo y ruega a Dios por mí, que muero en la noche de la salutífera pasión de Cristo, a los nueve de abril, después de haber recebido la sagrada comunión». Entendió por estas letras Zósimas que el nombre de aquella santa mujer era María y que, luego, como el año antes había recebido el santo sacramento, dentro de una hora había venido a aquel lugar y andado todo aquel espacio de tierra a que él había tardado en llegar veinte días.
Llegó al cuerpo y comenzó a besarle los pies, hizo el oficio de difuntos rezando psalmos y cantando himnos, conforme al uso de la santa Iglesia. Y, estando congojado por no saber cómo había de sepultarle, vio de improviso venir un ferocísimo león, y que lamía los pies de la santa, y entendió que Dios se le enviaba para que le ayudase en aquel piadoso ministerio.
Hizo la señal de la cruz y mandó al león que cavase en la tierra y que hiciese una hoya en que el santo cuerpo fuese puesto. Obedeció el león y cavó un lugar capaz, en el cual Zósimas depositó aquel rico tesoro, quitándole el manto viejo y ya roto que antes le había dado para que se cubriese, y llevándosele por reliquia de aquella santa penitente. Tornó el león a echar la tierra sobre el cuerpo y, cumplido con este oficio, se partió de allí como una mansa oveja, y Zósimas tornó a su monesterio bendiciendo y glorificando al Señor.
Contó a los religiosos todo lo que había pasado con aquella santa mujer, y ellos quedaron admirados y dando gracias a Dios por lo que obra en sus santos. Y señalaron aquel día para celebrar fiesta con nombre de santa María Egipciaca penitente.
El abad, inquiriendo en su monesterio, halló algunas faltas que corregir y emendar, conforme al aviso que le dio la santa, y así las corrigió. Zósimas vivió después, en aquel monesterio, mucho tiempo, y siendo ya de edad de cien años, trocó el suelo por el cielo. Fue varón santísimo y el Martirologio romano hace comemoración de él a los cuatro de abril.
Esta es la vida de esta santa pecadora, la cual escribió Sofronio, obispo de Jerusalén, como lo testifica Nicéforo Calixto en el libro 17, capítulo 5, de su Historia. Y Paulo, diácono (no el histórico de Aquileya, sino otro napolitano) la tradujo en latín. Y el Concilio Segundo Niceno, en la acción cuarta, la cita. Y san Juan Damasceno en la tercera oración que escribió de las imágenes.
Vivió esta santa mujer imperando Justino, el más viejo, por los años del Señor de quinientos y veinte. El Martirologio romano y el de Usuardo ponen su día a los dos de abril, y los griegos, en su Menologio, el primero de abril, aunque su muerte fue en nueve del mismo mes, como se ha dicho. Trata de ella el cardenal Baronio en las Anotaciones del Martirologio y en sétimo tomo de sus Anales.
Pues ¿quién no se admira de vida tan admirable?, ¿quién en ella no conoce la flaqueza y miseria de nuestra carne y el poder y eficacia del espíritu del Señor? ¡Qué torpezas y fealdades de una mujer tan pecadora y qué bondad y benignidad de Dios! Pues, de vaso de ignominia, la convirtió en vaso de gloria e incorrupción. ¡A qué abismo de maldad más profundo pudo bajar esta mujer por sí misma, y a qué cumbre de perfección y santidad pudo subir más alta, ayudada con la gracia del Señor!, el cual le trocó el corazón y la armó de su espíritu y la confortó, para que resistiese a sus malas inclinaciones y envejecidas costumbres, y a las blanduras de su carne y tentaciones de Satanás, y, desnuda y sin ningún abrigo, padeciese tantos años las injurias del cielo. Y sin comer, ni beber ni ver a nadie, viviese como ángel en cuerpo mortal.
Nadie, pues, desespere de sí por verse atascado en algún grande atolladero de inumerables pecados. Mas abra los ojos a la divina luz y oiga la voz de Dios, que por la tribulación y malos sucesos le llama; tome a la Virgen sacratísima por abogada e intercesora, y déjese llevar de ella como lo hizo esta pecadora. Siga el camino que Dios le mostrare, que poderoso es Él para sacar de las espinas, rosas, y miel de la hiel, y de la muerte, vida, y para poner por ejemplo de toda santidad en su Iglesia a los que estuvieron en algún tiempo sumidos y anegados debajo de las ondas de sus abominaciones. Que así lo hizo con María Egipciaca, cuya vida acabamos de escribir, y fue de tan grande eficacia para algunos que la leyeron que dieron de mano a todas las cosas de la tierra y se entregaron totalmente al servicio del Señor, como lo hizo san Juan Columbino, caballero senés e instituidor de la religión de los jesuates.
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