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De pi a pa
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ANTONIO VÉLEZ
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256 págs.
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ISBN 84-89618-99-2
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15,00 €
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El último tasmano murió
en 1877: una desgraciada mujer que logró sobrevivir
al pavor de la colonia penitenciaria establecida a principios
del siglo XIX en la isla, por disposición del gobierno
británico (arrojar la basura al predio del vecino,
costumbre muy humana). Los ultrajes contra la población
nativa duraron setenta y cinco años, hasta que al
fin todo el pueblo tasmano fue exterminado por los presos
ingleses. Gracias al hombre blanco, ya no quedan tasmanos
en el reino de este mundo.
Atrocidades como esta, muy comunes en
la historia, permiten afirmar que el hombre, sin ninguna
duda, es la especie más peligrosa del planeta. Mucho
más que los grandes felinos. Supera también
en peligrosidad, por el número de piezas cobradas,
a los microorganismos patógenos. Y para el resto
de objetos del mundo, el hombre es también su enemigo
más peligroso: no respeta la edad venerable de los
árboles; contamina los mares, los lagos y los ríos;
atenta a fondo contra los minerales indefensos; destruye
de forma sacrílega el ozono del cielo; extermina
irresponsablemente las especies animales; experimenta con
algunas de ellas sin mostrar piedad alguna; a otras, inocentes,
las condena a cadena perpetua detrás de las rejas
de los zoológicos.
La historia escrita en los libros, sin
excepción importante, es la historia de la agresión,
la lucha armada, la violencia, la esclavitud, la discriminación,
la tortura, el sadismo, el exterminio. Las épocas
de paz han servido sólo para recuperar el aliento,
elevar fortificaciones y preparar la guerra siguiente. La
esclavitud, una de las formas más descaradas e inhumanas
de violencia, ha existido desde muy antiguo, y existe todavía
disfrazada de overol y ropa de trabajo. Se da silvestre
en las fábricas, en el campo, en los socavones de
las minas, en los hogares. La opresión de la mujer,
agresión milenaria, lenta y refinada, se la encuentra
por todos los lugares del mundo, y se destaca especialmente
allí donde el fanatismo religioso es más severo.
Justo en el sitio donde no debería existir, como
si los hombres fuesen mal aconsejados por las divinidades.
Lo más incomprensible de todo es
que la agresión y la violencia han recibido, en muchísimas
ocasiones de la historia humana, la bendición directa
de los dioses. La Santa Inquisición asesinó
y torturó a casi todos los herejes del momento, y
los cruzados sembraron la religión de amor al prójimo
con el filo de la espada. El papa Inocencio IV autorizó,
con el fin de hacer confesar a los herejes, «torturas que
no pongan en peligro la vida ni los miembros». A raíz
del escabroso acto terrorista en las Torres Gemelas de Nueva
York, José Saramago escribe: «Siempre tendremos que
morir de algo, pero ya se ha perdido la cuenta de los seres
humanos muertos de las peores maneras que los humanos han
sido capaces de inventar. Una de ellas, la más criminal,
la más absurda, la que más ofende a la simple
razón, es aquella que, desde el principio de los
tiempos y de las civilizaciones, manda matar en nombre de
Dios. Ya se ha dicho que las religiones, todas ellas sin
excepción, nunca han servido para aproximar y congraciar
a los hombres; que, por el contrario, han sido y siguen
siendo causa de sufrimientos inenarrables, de matanzas,
de monstruosas violencias físicas y espirituales
que constituyen uno de los más tenebrosos capítulos
de la miserable historia humana».
Algunos antropólogos sostienen
que este anormal comportamiento humano es un fenómeno
de fecha reciente. El descubrimiento de la agricultura dicen
ellos
creó excedentes alimenticios y valorizó los
territorios, bienes codiciables que invitaron a la rapiña,
al asesinato y a la guerra. El buey manso de los sembrados
se transformó en lobo feroz. No obstante, si le enseñáramos
la paz y el amor al prójimo creen
algunos pensadores bien pensados ,
el hermano lobo terminaría perdiendo sus colmillos.
En este principio hay un poco de verdad y mucho de error.
Como animal racional de altas capacidades de aprendizaje
e imitación, el hombre se contagia fácilmente
de la cordialidad, del respeto por sus congéneres
y de otros atributos del grato convivir en sociedad (por
idénticas razones, también se contagia de
la intolerancia y la violencia). Pero en cada hombre, en
su interior, seguirá escondido un agresor en potencia.
Basta que las circunstancias lo propicien desencadenadores
para que la cara oscura de su alma se revele y aparezca
en escena el caín que siempre lo acompaña.
No obstante, una educación pacifista en un medio
pacífico, reconozcámoslo, puede al menos hacer
que el lobo permanezca la mayor parte del tiempo con sus
colmillos escondidos.
Para revelar la existencia de esos genes
de combate, es suficiente que un automovilista desconocido
interfiera nuestro camino. Humillación grave, si
se mide por la reacción provocada. El mamífero
que llevamos dentro salta de su asiento en defensa del nivel
jerárquico amenazado, con una agresividad que deja
atónita a la razón. Un hombre cordial, padre
de familia ejemplar, pacífico y buen vecino, se transforma
de repente en un energúmeno. Saca la cabeza por la
ventanilla y aúlla. Como respuesta, recibe también
aullidos. En general, no se requiere gran cosa para activar
la respuesta agresiva: una decisión dudosa de un
árbitro, por ejemplo. La razón pura no se
explica por qué una derrota en un partido de fútbol
es capaz de generar tanta agresividad colectiva. Son numerosos
los muertos por este motivo, y hasta se registra una guerra
entre Honduras y El Salvador la
guerra del fútbol, se la llamó
a causa de una dudosa decisión arbitral en un partido
por las eliminatorias del campeonato mundial celebrado en
México, en 1970. El récord olímpico
de la imbecilidad, pero que sirve para iluminar interiores
vergonzosos de la naturaleza humana.
La respuesta normal ante un suceso desencadenador
es un brote instantáneo de agresividad, que se pone
al comando de la acción, salvo si el sujeto es muy
civilizado; esto es, cuando su razón es capaz de
desautorizar los mandatos de su corazón (de su hipotálamo,
para ser rigurosos). Pero, desautorizados o no, internamente
se activa un complejo fisiológico que sirve de substrato
al estado agresivo: secreción de adrenalina y noradrenalina
(la hormona de la ira), encargadas de activar las funciones
hepáticas y circulatorias («hormona» viene de una
palabra que en griego significa excitar o mover), aceleración
del ritmo respiratorio, elevación del nivel de glucosa
en la sangre y aumento en la velocidad de coagulación.
Estos cambios se traducen a su vez en un aumento apreciable
de la fuerza física y de la resistencia a la fatiga
y el dolor. Preparación perfecta para la lucha intensa
y la acción extenuante. Los cambios fisiológicos
derivan en modificaciones psicológicas que disponen
a la agresión y que, de forma transitoria, desactivan
los controles racionales y alteran por completo el sentido
de las proporciones. En verdad, estamos bien programados
para responder con energía y violencia a todo aquello
que parezca ser amenazador para nuestros elementos vitales.
Después de consumados los hechos, cuando todo se
enfría, la conciencia del hombre lo cuestiona, pero
la razón se inventa y
el sujeto se las cree
justificaciones falaces para anestesiar los remordimientos.
Los cruzados, los conquistadores, los
dictadores, los terratenientes inescrupulosos, los traficantes
de esclavos y todos aquellos que han abusado de su poder
para explotar al hombre han encontrado siempre razones «justas»
para sus atropellos. Un artificio mental muy socorrido ha
sido el de negar la afiliación, seguido por distanciamiento
y devaluación: considerar a los otros como parte
de un grupo inferior, sin mayores vínculos con el
nuestro, casi de otra especie. De allí que se los
describa con apodos peyorativos y distanciadores: bárbaros,
impíos, herejes, salvajes, trogloditas. Disculpas
inventadas por la mente en forma inconsciente para justificar
la razón profunda implantada en nuestros genes. Esa
mala semilla que nos invita a sacar ventajas ilícitas
de las cosas y las gentes; en términos científicos,
que orienta nuestros esfuerzos a incrementar lo que los
evolucionistas llaman eficacia biológica. Digámoslo
en voz baja porque puede haber gente de corazón puro
a nuestro lado: los genes humanos no evolucionaron pensando
en el prójimo, ni en el cielo.
El cerebro del hombre es hábil
para encontrar justificaciones mentirosas. Eufemismos mentales
tranquilizadores. Los europeos provenientes del norte, para
griegos y romanos en sus respectivas épocas de dominación,
fueron sólo bárbaros atrasados (pero peligrosos
por sus incursiones); para los musulmanes fundamentalistas,
el escritor Salman Rushdie es un hereje sin derecho a la
vida (y discordante con la doctrina de Mahoma); los indios
americanos eran salvajes de poco valor humano para los españoles
civilizados y cristianos (pero sus tierras y su oro sí
eran de gran valor); los judíos, para Hitler, eran
una raza inferior (y dueños de un gran poder económico);
los negros de Sudáfrica han sido para los blancos
mala calaña (y un incómodo poder opuesto a
su dominación).
Existen explicaciones, mas no justificaciones,
para este comportamiento bárbaro del hombre. Su inteligencia
es una. Aunque suene paradójico, la inteligencia
lo habilita para la crueldad. Puede torturar con refinamiento,
matar con alevosía, vengarse con perfidia, esclavizar
sin conmiseración, actos vedados a los otros animales.
Para tener acceso a la maldad, es necesario poseer un alto
índice de cefalización. Los idiotas, por estas
razones, han quedado automáticamente excluidos del
infierno salvo
del terrenal .
Tal vez si el hombre perteneciera a una especie de cerebro
más pequeño, el mundo sería paradisíaco.
Un paraíso poco interesante, pero sin alimañas
inteligentes.
La historia de la especie proporciona
otra explicación para la conducta de lobo para el
hombre: llevamos cerca de cuatro mil millones de años
en plena competencia. Contra el mundo exterior, contra las
demás especies, contra la propia. Somos hijos de
los vencedores de una cruenta batalla que se ha prolongado
por espacio de más de cuarenta millones de siglos,
sin contar con ningún día de descanso, ni
siquiera las noches. Y es que la evolución de las
especies es el resultado visible de las luchas por la supervivencia
y la reproducción. Nosotros, descendientes de aquellos
que ininterrumpidamente fueron vencedores, llevamos por
dentro, enclavada en el interior de nuestras células,
en el ADN, la impronta de esa cadena de victorias, que pudieron
ser las cadenas de aquellos que no alcanzaron a llegar con
sus linajes hasta nosotros. Quizás los de índole
pacífica. Las cicatrices genéticas de todos
los combates a muerte de nuestros ancestros. El pecado original
más antiguo.
Y así como respondemos a los llamados
de nuestra razón, también lo hacemos, con
prontitud e intensidad, a los malos consejos de nuestro
material hereditario. De ahí que esos paleogenes,
forjados en mil batallas, estén siempre alerta y
salten en defensa nuestra en cada situación de peligro,
listos para hacernos actuar con vigor cuando las circunstancias
y los prójimos atenten contra lo que consideramos
propio. Y esas instrucciones son de vieja data, más
antiguas que el uso de razón (la etología
habrá que tenerla en cuenta cuando se hable de sociología).
Por eso sus comandos chocan a menudo con aquellos otros
nacidos en la corteza cerebral, la estructura neuronal más
joven, y en la mayoría de los seres humanos son los
ganadores en esas situaciones de conflicto. No es de extrañar,
entonces, el reclamo de algunos conocedores del alma humana:
somos intrínsecamente anacrónicos.
El mundo moderno, competido, desnivelado
en oportunidades, superpoblado, próximos mas no prójimos,
apretados entre cardúmenes de desconocidos y saturados
de contactos irritantes, ha creado las condiciones ideales
para que afloren los malos genes, los «duros» para épocas
duras. En el mundo antiguo del prehombre y del hombre primitivo,
la lucha principal era contra la naturaleza. La vida diaria
era pobre en contactos cercanos, lejos de los extraños,
sólo rodeados por rostros conocidos y familiares.
Los genes primitivos de la agresión se quedaban en
silencio, sin mayores oportunidades de expresarse. A ese
mundo relativamente pacífico y descongestionado se
acomodaron nuestros instintos y emociones. Y con esos mismos
elementos agrestes tenemos que enfrentar un mundo de alta
tecnología, transformado por completo. Incongruencia
que conduce a la hipertrofia funcional de los segmentos
genéticos menos virtuosos.
Al cuadro anterior se suma un factor de
gran importancia: la falta de un sistema innato y efectivo
de apaciguamiento, como el que poseen todos los animales
con capacidad de matar. Es probable que el hombre fuese
un primate vegetariano en un pasado no muy remoto. Ahora
es un omnívoro. Sus estructuras anatómicas
concuerdan con ese pasado cercano: no posee colmillos, ni
garras, ni cuernos, ni glándulas venenosas, ni fuerza
devastadora, ni capacidad de huida. Si no fuera por su inteligencia
superior, que lo capacita para fabricar armas y herramientas,
y para utilizarlas con destreza, sería un ser inofensivo.
Y por ese motivo nunca el hombre desarrolló conductas
eficientes de apaciguamiento, ese conjunto implícito
de códigos propios de cada especie que permite desarmar
psicológicamente al enemigo y suspender al instante
el acto agresivo, antes de que llegue a ser destructor.
Con un agravante adicional: las armas
modernas, contundentes, rápidas y de largo alcance,
no le dan al hombre oportunidades para el arrepentimiento.
Cuando explota la bomba, ya el autor del atentado está
lejos de la acción. Basta apretar el gatillo para
que el contrario desaparezca como tal. Estas armas no las
conocieron sus antepasados en ningún momento durante
la larga y lenta evolución. Salvo una piedra o un
palo lanzados a corta distancia, sus actos agresivos fueron
mano a mano; por tanto, es lógico que no se haya
creado ninguna adaptación del comportamiento que
inhiba la agresión a distancia. El jefe de estado
que ordena lanzar la bomba atómica, el capo que contrata
el carro bomba, aquel que paga al sicario y el militar que
da la orden de disparar el cohete comparten la misma situación:
distanciamiento temporal entre causa y efecto. El horror
de los resultados llega tarde, cuando todo está consumado.
Y el autor se ve eximido cómodamente de las escenas
de pavor. Gracias a la tecnología moderna, los grandes
hechos violentos han quedado despersonalizados. Alivio para
las almas.
El criminal se crece con el acto delictivo,
y mucho más cuando existe impunidad. El primer acto
violento premeditado encuentra alguna oposición en
la conciencia del sujeto, y esta resistencia se va disolviendo
y absolviendo con la acumulación de más y
más agresiones, en una carrera desenfrenada que ya
no permite ningún límite. Todo ello regido
por la ley del endurecimiento: a mayor número de
actos violentos, menos escrúpulos para cometer el
siguiente. El primer acto agresivo es, por lo general, de
categoría menor. Y de menor en menor el proceso se
amplifica hasta volverse mayor y mayor, mientras que, al
mismo tiempo, va inmunizando poco a poco al autor contra
la comezón del pecado. Es autocatalítico y
autotranquilizante. La habituación vuelve al violento
indiferente al color y al calor de la sangre. Y a nosotros,
espectadores pasivos, también. El mundo se descompone
y nos acostumbramos a su mal olor. Y cuando la descomposición
llega a su extremo máximo, aparece la agresión
sin agresividad. Una nueva profesión. Agresividad
asalariada, fría y descolorida, privada de todo sentimiento,
deshumanizada por completo.
¿Tendrá remedio esta situación?
¿Podrán la razón y la educación
controlar esos bajos instintos y producir hombres futuros
ajenos a la violencia y a la criminalidad, dado que los
genes parecen por el momento tan difíciles de modificar
en las direcciones apropiadas? El camino de la educación,
solo, no conduce a la paz. Y menos aún cuando las
condiciones del entorno propician y hasta demandan la violencia.
Es necesario modificar el medio labor
casi tan difícil como alterar las instrucciones genéticas ,
hacerlo pacífico, esto es, equilibrado, justo y tal
que las necesidades y deseos mínimos puedan ser satisfechos
por todos.
Y es que no bastan las plegarias, ni las
marchas, ni los globos blancos, ni sirve para nada pintar
palomas en las calles. La paz no se predica; se construye.
Ante la injusticia social, la discriminación, la
miseria, el desempleo, el maltrato en la niñez, la
ostentación del vecino y la carencia de lo mínimo
frente a la exhibición de lo máximo, la respuesta
natural es la agresión. Una fuerza interna que tiene
como finalidad principal mantener la homeóstasis
social. El hombre está diseñado de esa manera,
incómoda para los demás. La realidad descarnada
es que no somos ángeles transmutados por la sociedad
en lobos, como pensaba con la candidez del siglo XVIII Jean-Jacques
Rousseau: al nacer ya somos pequeños lobeznos, y
son las condiciones del medio social, si apropiadas, las
que nos desvían y convierten en ovejas; o en lobos
feroces, cuando no.
Bibliografía
DUBOS, René, Un dios interior, Barcelona,
1986.
CARTHY, J. D. y F. J. EBLING, Historia natural de la
agresión, México, 1988.
LORENZ, Konrad, Sobre la agresión, México,
1974.
MACKAL, P. Karl, Teorías psicológicas de
la agresión, Madrid, 1983.
MONTAGU, Ashley, La naturaleza de la agresividad humana,
Madrid, 1978.
STORR, Anthony, La agresividad humana, Madrid, 1979.
TOYNBEE, Arnold J., Guerra y civilización, Madrid,
1976.
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