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Cómo le
salieron las manchas al universo
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JANNA LEVIN
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304 págs.
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ISBN 84-89618-96-8
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19.50 €
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Prefacio
En un principio, estas
cartas iban dirigidas a Sandy Levin, mi madre, mi amiga.
Después fueron evolucionando hasta convertirse en
un diario que cubre dos años de cartas sin enviar.
Aunque no me dirijo a ella de forma muy directa, cuando
aparece la segunda persona del singular, «tú»,
se refiere a Sandy. Confieso que esto no es un tratado histórico
y que no he conseguido mencionar a todos los genios que
trabajaron en la construcción de estas grandiosas
ideas.
Para quien quiera un
relato menos personal sobre la vida en el cosmos, existen
muchos y excelentes libros. Mi lista personal, muy incompleta,
incluye los siguientes: The Artful Universe, Teorías
del todo: hacia una explicación fundamental del universo
y La trama oculta del universo: contar, pensar y existir,
de John Barrow; El código del universo:
el lenguaje de la naturaleza, de Heinz Pagels; Los
tres primeros minutos del universo, de Steven Weinberg;
Gödel, Escher, Bach: un eterno y grácil bucle,
de Douglas Hofstadter; Corazones solitarios en el cosmos,
de Dennis Overbye; El universo elegante: supercuerdas,
dimensiones ocultas y la búsqueda de una teoría
final, de Brian Green; Agujeros negros y tiempo curvo:
el escandaloso legado de Einstein, de Kip Thorne; Historia
del tiempo: del big bang a los agujeros negros, de Stephen
Hawking; The Life of the Cosmos y Three Roads
to Quantum Gravity, ambos de Lee Smolin. Estos libros
son excelentes referencias pedagógicas para cualquier
persona que desee profundizar en algunas de las ideas que
tan sólo se esbozan en este diario.
1. ¿Es infinito el universo o sólo muy
grande?
Algunos grandes matemáticos
se suicidaron. Se cuenta que sus teorías los volvieron
locos, pero yo sospecho que sencillamente se sentían
solos, aislados por sus conocimientos. A veces yo siento
ese aislamiento. Me gustaría describir lo que veo
desde aquí, para que puedas mirar conmigo y aliviar
mi soledad, pero nunca me siento con ganas de pronunciar
conmovedores discursos sobre los miles de millones de estrellas
y la gloria del cosmos. Cuando puedo, me gusta olvidarme
de las matemáticas, las becas, la ciencia, las revistas
especializadas, la investigación, los héroes.
Me vienen a la memoria
Boltzmann y su discípulo, Eherenfest. Hace más
de un siglo, el matemático vienés Ludwig Boltzmann
(1844-1906) inventó la mecánica estadística,
una poderosa descripción del comportamiento atómico
basada en la probabilidad. Se produjo un gran rechazo hacia
sus teorías, lo que afectó al ya de por sí
inestable ánimo de Boltzmann. Deprimido y temiendo
la desintegración de sus tesis, se ahorcó
en 1906. No era su primer intento de suicidio, pero fue
el definitivo. Paul Eherenfest (1880-1933) se mató
casi 30 años después. Hoy he estado mirando
sus fotos en busca de signos de depresión y desesperación,
pero no los he hallado.
Mi curiosidad por la
locura de algunos matemáticos es morbosa, pero inofensiva.
Me pregunto si la enajenación y los ataques de locura
no serán gajes del oficio. El primer matemático
del que tenemos memoria aconsejaba el retiro. El misterioso
visionario griego Pitágoras (569 a. de C. aprox.-
475 a. de C. aprox.) lideraba una sociedad secreta de devotos,
centrada en los números y los triángulos.
Su orden social prosperó en Italia milenios antes
de que la práctica separase a la filosofía
de la ciencia, a las matemáticas de la música.
Los pitagóricos creían en el significado místico
de los números y desarrollaron una religión
que tendía hacia la numerología oculta. Su
fe en la santidad de los números se vio sacudida
por sus propios descubrimientos, verdaderamente asombrosos.
Si un pitagórico quebrantaba el voto de secreto y
revelaba el enigma de los números que la sociedad
había descubierto, era ahogado por sus pecados. Pitágoras
también se mató. Puede que la persecución
motivara su suicidio, por lo poco que sabemos de una historia
prácticamente perdida.
Cuando hablo de los
suicidios y las enfermedades mentales de estos científicos,
la gente siempre se pregunta si su fragilidad no tendrá
que ver con la naturaleza del conocimiento, el conocimiento
de la naturaleza. Yo me inclino a pensar que se volvieron
locos por causa del rechazo. Sus obsesiones matemáticas
lo abarcaban todo y, sin embargo, eran etéreas. Necesitaban
a sus colegas más de lo que necesitaban su aprobación.
El rechazo de sus iguales implicaba la muerte de sus ideas.
Necesitaban codificar el significado en los pensamientos
de los otros para asegurarse de que sus ideas se perpetuarían.
Sólo puedo escribir
sobre aquellos que recordamos y a los que rendimos honores,
aunque sea a título póstumo. Algunos grandes
genios serán olvidados porque se olvidará
su obra. Como unos cuantos árboles que caen en el
bosque con miedo de no hacer ruido. La mayoría de
nosotros siente la necesidad de implantar sus ideas al menos
en la memoria de los demás, para que no perezcan
cuando su propia memoria falle. Nadie quiere ser el árbol
que cae en el bosque. Pero todos estamos expuestos a la
oscuridad provocada por el olvido y la indiferencia.
Admito que en ocasiones
tengo miedo de que no haya nadie escuchando. Muchas de nuestras
publicaciones científicas, a veces demasiado formales
o demasiado oscuras, sólo las lee un puñado
de gente. Me siento culpable por ese aislamiento que nos
imponemos a nosotros mismos. Sé que te he apartado
de mi vida científica, a la que dedico la mayor parte
de mi tiempo. Sé que no quieres que te suelten rigurosos
discursos sobre la ciencia. Pero creo que te gustaría
tener una idea general sobre el universo y nuestro lugar
en él. ¿Quieres saber lo que yo sé?
Eres mi última esperanza. Te escribo a ti porque
sé que eres curiosa, pero te da reparo preguntar.
Puedes considerar esto como una especie de diario desde
mi exilio social de científica errante. Te ofrezco
unos cuantos pedacitos del pedacito que yo puedo ofrecer.
Voy a empezar por darte
satisfacción respondiendo a una pregunta que me hiciste
en una ocasión y que no llegué a contestar:
«¿Qué es un universo?» O quizá
me preguntaste: «¿Una galaxia es un universo?».
El gran filósofo alemán Inmanuel Kant (1724-1804),
del que se dice que era algo obsesivo, llamaba universos
a las galaxias. Lo único que podía ver de
ellas eran manchas en el cielo. No sé a qué
se refería exactamente al llamarlas universos, pero
evoca la imagen de algo vasto y grande, y en el fondo no
le faltaba razón. Son vastas y grandes, brillantes
y resplandecientes, ciudades de estrellas increíblemente
superpobladas. Pero no son universos. Residen en un universo,
en el mismo que nosotros. Hay una galaxia tras otra hasta
el infinito. ¿O no? ¿Es infinito? Y aquí
es donde empiezan mis problemas. Esta es mi pregunta: ¿Es
infinito el universo? Y, si el universo es finito, ¿cómo
podemos darle sentido a un universo finito? Cuando me hiciste
aquella pregunta, creía que conocía la respuesta:
el universo lo es todo. Sólo ahora comienzo a darme
cuenta del significado de la respuesta.
3 de septiembre de 1998
Warren sigue diciéndole
a todo el mundo que nos volvemos a Inglaterra, aunque, como
ya sabes, nunca he vivido allí. La decisión
está tomada. Dejamos California para trasladarnos
a Inglaterra. ¿Tengo que hablarte de la mudanza en
sí, de los motivos, de la decisión? Poco importa
por qué nos mudamos, ya que los motivos de esa decisión
empiezan a volverse grises y borrosos, igual que el cielo.
Lo que sí recuerdo perfectamente es la venta de muebles
que hicimos en las escaleras de nuestra casa de San Francisco.
Todas mis queridas posesiones. Mis graciosas sillas de vinilo
y mis mesas de cromo, mis bancos de madera y mi cómoda.
Ya no queda nada. Nos pasamos todo el día sentados
fuera, mientras la sombra de los edificios iba siendo invadida
poco a poco por el sol, apoyados, no sin cierta reserva,
en los sucios escalones de la entrada. Descomunales cafés
iban y venían; también bebíamos batidos
de frutas con polen de abeja o algas marinas, en homenaje
a California, mientras la vecindad iba desfilando y mi montón
de cosas se hacía cada vez más pequeño,
hasta acabar por desaparecer. Guardábamos el dinero
emocionados, aunque nunca era mucho.
Cuando hacía
demasiado frío o estaba oscureciendo, recogíamos
y nos volvíamos dentro. Estoy intentado terminar
un artículo y reviso mis ideas sobre el infinito.
Durante mucho tiempo pensé que el universo era infinito.
Lo que equivale a decir que nunca cuestioné esa suposición.
Pero si le hubiera prestado más atención al
asunto, puede que me hubiese dado cuenta antes. El universo
es el espacio tridimensional en el que vivimos y el tiempo
que vemos pasar en nuestros relojes. Es nuestro Norte y
Sur, nuestro Este y Oeste, nuestro arriba y abajo. Es nuestro
pasado y nuestro futuro. Hasta donde llega la vista, no
parece haber un límite de nuestras tres dimensiones
espaciales y no nos parece que el tiempo vaya a tener un
fin. El universo está habitado por gigantescos cúmulos
de galaxias, y cada galaxia es un conglomerado de un billón
o un trillón de estrellas. La Vía Láctea,
nuestra galaxia, tiene un núcleo insondablemente
denso de millones de estrellas, con hermosos brazos que
salen en espiral desde su núcleo. La Tierra reside
en uno de los brazos poco poblados de la galaxia, orbitando
alrededor del Sol, una estrella corriente, con nuestros
compañeros planetarios. Nuestro humilde sistema solar.
Aquí estamos. Un planeta pequeño, una estrella
corriente, un cosmos inmenso. Pero estamos vivos y tenemos
conciencia. Aunando nuestros esfuerzos y transmitiendo nuestros
secretos de generación en generación, nos
hemos elevado por encima de esta roca azul y verde, cubierta
de agua, para mirar mucho más allá de lo que
nos permiten nuestros ojos.
El universo está
lleno de galaxias con sus estrellas. Es probable, y en eso
confiamos, que haya otras formas de vida ahí fuera,
así como luz de fondo y puede que hasta ondulaciones
en el espacio. Hay objetos brillantes y objetos oscuros.
Cosas que podemos ver y cosas que no podemos ver. Cosas
que conocemos y cosas que desconocemos. Todo eso. Este cúmulo
de ingredientes podría continuar en cualquier dirección
interminablemente. Para siempre. Justo cuando te crees que
has visto la última, descubres otra galaxia y más
allá un número infinito de galaxias. Nunca
se ha observado el infinito en la naturaleza. Tampoco se
tolera el infinito en ninguna teoría científica,
sólo que seguimos dando por sentado que el universo
en sí es infinito.
No habría estado
mal si Einstein no hubiese ido más allá. Y
aquí las ideas empiezan a cruzarse, de modo que voy
a soltarlas sin ningún tipo de filtro. El espacio
no es sólo un concepto abstracto, sino también
un campo cambiante, que evoluciona. Puede empezar y terminar,
nacer y morir. El espacio es curvo, es una geometría,
y nuestra experiencia de la gravedad, la atracción
de la Tierra y nuestra órbita alrededor del Sol,
son tan sólo una caída libre por las curvas
del espacio. Observando la cuestión desde este abrumador
punto de vista, la gente se dio cuenta de que el universo
tiene que estar expandiéndose. El espacio entre las
galaxias está aumentando, a pesar de que se suponía
que las galaxias en sí no tendrían que moverse.
El universo está creciendo, envejeciendo. Y, si ahora
está expandiéndose, tuvo que ser más
pequeño en algún momento, en el sentido de
que todas las cosas debieron de estar más cerca,
tanto que estarían las unas encima de las otras,
básicamente en el mismo sitio, y antes de eso no
debía de haber nada. El universo tuvo un principio.
Hubo un momento en el que no había nada y ahora hay
algo. Lo que me impresiona aún más es que,
si se encuentra una definitiva teoría del todo, una
teoría que supere a la de Einstein, entonces la gravedad,
la materia y la energía son en última instancia
expresiones diferentes de lo mismo. Todos estamos intrínsecamente
hechos de la misma sustancia. El tejido del universo no
es más que una tela coherente, tejida con los mismos
hilos con los que están hechos nuestros cuerpos.
Lo que hace aún más absurdo pensar que el
universo, el espacio y el tiempo puedan ser infinitos, siendo
nosotros finitos.
Pues esto es lo que
te voy a contar de principio a fin. He concentrado todos
los hechos en unos párrafos muy densos, como cuando
se contrae un acordeón para que salga el primer acorde.
Las siguientes notas se sostendrán en cartas que
te escribiré más adelante. Podría decirse
que esto es una historia de la topología del universo,
la rama de las matemáticas que rige los espacios
finitos y un aspecto del espacio-tiempo que Einstein pasó
por alto. No sé qué saldrá de todo
esto, pero siento curiosidad por verlo. Intentaré
explicarte mis motivos para pensar que el universo es finito,
aunque no sean bien acogidos en algunos círculos
científicos, y por qué algunos estamos reñidos
con el resto de nuestros colegas.
2. El infinito
14 de septiembre de 1998
Estoy en el tren, volviendo
de Londres, por lo que tengo algo de tiempo para escribir,
esta vez sobre Albert Einstein: culto, idolatría
y topología del héroe. Alguien me dijo que
se le atribuyen estas palabras: «¿Sabes? Yo
no era ningún Einstein». No conseguía
trabajo. Su padre se carteó con científicos
famosos para suplicarles que contrataran a su hijo en paro.
No lo consiguió. El matemático ruso Hermann
Minkowski (1864-1909), de hecho, lo llamaba «perro
perezoso». ¿Te lo imaginas? Trabajaba todo
el día en la oficina de patentes y probablemente
se pasaba el resto del tiempo pensando en la física.
Es posible que el hecho de no estar sujeto a las críticas
de sus colegas le diera la libertad necesaria para divagar
y dejar que la verdad escondida se revelase. En cualquier
caso, en los primeros años del siglo XX, desarrolló
su famosa teoría y, en 1905, publicó una serie
de conferencias sobre temas tan variados y con una repercusión
tan grande que, cuando recibió el Premio Nobel, ni
siquiera fue debido a sus planteamientos sobre la relatividad.
Ahora lo adoramos, a
él y a sus pelos de loco, y lo consideramos un genio.
Le rendimos todos los honores. Es un héroe. Y se
lo merece. Cuando pienso en su visión, en su pensamiento
revolucionario, veo en ellos un legado extraordinario para
el género humano, uno de esos escasos momentos de
los que puede enorgullecerse mi especie. No obstante, nuestra
fe en Einstein y en su teoría nos ha llevado por
mal camino. La teoría general de la relatividad,
como más adelante explicaré, es una teoría
de geometría, pero está incompleta. Nos habla
de la curvatura local del espacio, pero no permite distinguir
geometrías con propiedades globales diferentes. La
forma y la conectividad globales del espacio pertenecen
al reino de la topología. Una esfera lisa y una esfera
con un agujero en el centro tienen diferentes topologías,
y la relatividad general no puede distinguir la una de la
otra. Por este motivo, la gente ha dado por sentado que
el universo es infinito, algo que parece más sencillo
que asumir que el espacio tiene asas y agujeros.
Puede compararse esta
hipótesis con la idea de que la Tierra es plana.
Supongo que es más fácil de concebir, pero
no obstante errónea. Si se piensa, no es que los
europeos considerasen que la Tierra era plana. Sabían
que había colinas y valles, curvas locales. Lo que
en realidad temían era que fuese no conexa; tanto
que se imaginaron a sus compatriotas precipitándose
por el borde. Pero la solución es mucho más
sencilla. La Tierra ni es plana ni tampoco no conexa. Es
finita y no tiene límites.
Es fácil reírse
de la cosmología antigua, pero cualquier niño
se inventa su propia historia sobre el cielo y su manto
de estrellas. Yo tenía mi propia y personal cosmología
infantil. Creía firmemente que la Tierra era redonda,
pero me confundía al pensar que nosotros vivíamos
dentro de la esfera. Estaba convencida de que, si echaba
a andar desde nuestro jardín trasero, acabaría
por topar con la cúpula celeste. Por algún
motivo, creía que el jardín trasero era la
parte de la casa más cercana al borde de la Tierra.
Según mi teoría infantil, debía existir
un punto central en la superficie de la Tierra. La verdadera
Tierra es mucho más elegante. Está curvada
y es regularmente conexa. No hay ningún borde, ningún
centro. Cualquier punto es equivalente a cualquier otro.
Así es como algunos
cosmólogos conciben todo nuestro universo: finito
y sin límite, compacto y conexo. Si pudiésemos
surcar el espacio en una nave, tal y como los navegantes
cruzaban el planeta, podría ocurrir que nos encontrásemos
de vuelta en el punto del que habíamos salido.
A veces resulta reconfortante,
es como reducir nuestro ámbito de acción a
un barrio pequeño y manejable en medio del vasto
espacio urbano. Pero esta imagen ya no resulta convincente.
Una prisión de 30.000 millones de años luz.
Por fin llegamos. Aquí
estoy. Ya era hora.
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