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Ciudad de cuarzo
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MIKE DAVIS
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416 págs.
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Traducción: Rafael
Reig
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ISBN 84-89618-94-1
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22,00 €
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Prólogo
La vista desde los futuros
ya pasados
El mejor lugar para contemplar el
Los Ángeles del próximo milenio es desde las
ruinas de su futuro alternativo. Si uno se sitúa
sobre los tenaces cimientos de piedra del Centro de Reuniones
de la ciudad socialista de Llano del Rio la
antípoda utópica del «Los Ángeles:
Siempre-Funciona-Todo» ,
a veces alcanza a ver el elegante descenso final del Trasbordador
Espacial hacia el lago seco de Rogers. En el horizonte se
difuminan los hangares de la Planta 42 del Ejército
del Aire, donde se montan los bombarderos espías
(cada uno con un coste equivalente al de 10.000 unidades
de viviendas públicas) y otros últimos caprichos,
todavía secretos, del Apocalipsis. Más cerca,
tras unas pocas millas de matorrales con alguna que otra
sorprendente yuca el
árbol de Josué ,
se encuentra la avanzadilla de las áreas residenciales,
que van aproximándose, con los adosados en vanguardia.
Para su unión final con la
metrópolis, el desierto alrededor de Llano ha sido
preparado como una novia virgen: cientos de kilómetros
cuadrados de espacio vacío y compartimentado listos
para recibir a futuros millones de habitantes; con extrañas,
proféticas placas que señalan esquinas fantasmas
como «calle 250 y Avenida K». Incluso se inspecciona
con cautela el misterioso seno de la Falla de San Andrés,
justo al sur de Llano, sobre una ominosa escarpa, en busca
de emplazamientos para casas de diseño. La música
nupcial la proporciona la conmoción diaria de diez
mil vehículos que atraviesan como el rayo la autopista
Pearblossom, el tramo de asfalto de dos carriles más
mortífero de California.
Cuando los primeros colonos de Llano,
ocho muchachos de la Liga Juvenil Socialista del Pueblo,
llegaron por primera vez en 1924 al Plymouth de la Comunidad
Cooperativa, esta parte del desierto de Mojave, mal llamada
valle del Antílope , estaba poblada por unos pocos
miles de rancheros, mineros del bórax y trabajadores
del ferrocarril, además de algunos guardias armados
para proteger de sabotajes el acueducto recién construido.
Entonces Los Ángeles era una ciudad de 300.000 habitantes
(la población que hoy tiene el valle del Antílope),
y su perfil más urbano, visible ahora desde Llano,
se encontraba en el nuevo barrio de Hollywood, donde D.
W. Griffith y su multitudinario equipo estaban terminando
una fábula épica sobre el Ku Klux Klan, El
nacimiento de una nación. En su marcha de un día
entero conduciendo desde el Templo del Trabajo, en el centro
de Los Ángeles, hasta Llano, a través de noventa
millas de camino para carros, los jóvenes militantes
fueron pasando en sus camionetas Ford-T rojas frente a montones
de carteles, en medio de campos de remolacha y huertos de
nogales, que anunciaban la inminente parcelación
del valle de San Fernando (propiedad de los más ricos
de la ciudad y anexionado el año siguiente, como
culminación de la «conspiración del
agua» que Polanski recreó en Chinatown).
Tres cuartos de siglo más
tarde, cuarenta mil oficinistas del valle del Antílope
se arrastran cada mañana con los parechoques tocándose
por el atasco que atraviesa Soledad Pass, en dirección
a sus remotos trabajos, bajo el cielo contaminado de un
valle de San Fernando hiperdesarrollado. La parte superior
de Mojave, que fue durante breve tiempo un Desierto Rojo,
en el momento de apogeo de Llano (1914-1918), se ha convertido
en los últimos cincuenta años en el patio
de juegos favorito del Pentágono. El ejército
de Patton se entrenó aquí para enfrentarse
a Rommel (aún se distinguen las rodadas de los viejos
tanques) y Chuck Yeager rompió por primera vez la
barrera del sonido sobre el valle del Antílope en
su avión cohete Bell X-1. Bajo las 18.000 millas
cuadradas de bóveda azul de R-2508 «el
espacio aéreo más importante del mundo»
siguen entrenándose noventa mil militares cada año.
Pero a medida que el suelo urbanizable
ha ido desapareciendo a lo largo de las llanuras costeras
y las cuencas interiores y la creciente inflación
ha limitado el acceso a viviendas nuevas a menos del quince
por ciento de la población, el desierto militarizado
se ha convertido de pronto en la última frontera
del Sueño del sur de California. Con precios cien
mil dólares más baratos que los del valle
de San Fernando (el área residencial arquetípica
de los años cincuenta), el valle del Antílope
casi ha doblado su población durante la última
década y se espera un cuarto de millón de
nuevos habitantes para 2010. Sólo en 1988 se comenzó
la construcción de once mil nuevas viviendas. Puesto
que la base económica del valle, sin contar a los
agentes inmobiliarios, se nutre casi exclusivamente de aislados
complejos militares de la guerra fría la
base Edwards de la Aviación y la Planta 42 (que incluyen
en conjunto unos 18.000 empleados civiles)
la mayoría de los nuevos propietarios pasará
directamente a aumentar el atasco de cada día en
la autopista.
El modelo de urbanización
es el que el crítico Peter Plagens ha llamado «la
ecología del mal». Los promotores no construyen
viviendas en el desierto esto
no es Marraquesh, ni siquiera Tucson ,
se limitan a limpiar, igualar y pavimentar, conectan algunas
tuberías con el río artificial de la zona
(el acueducto de California, con subvención oficial),
construyen un muro de seguridad y enchufan el «producto».
Para los promotores (diez o doce grandes compañías
con sede en sitios como Newport Beach y Beverly Hills),
con experiencia de generaciones en desarrollar los huertos
de cítricos del condado de Orange y del valle de
San Fernando, el desierto no es más que otra abstracción
de los signos del dólar y la suciedad. Las excavadoras
están transportando hacia el olvido la maravilla
natural más importante de la región, un bosque
de árboles de Josué con ejemplares de treinta
pies de altura y que fueron contemporáneos de Guillermo
el Conquistador. Para los promotores, los magníficos
árboles de Josué, exclusivos de este desierto,
no son más que unos enormes e incómodos arbustos,
inapropiados para crear la ilusión de hogares ajardinados.
Como explicaba el responsable de Viviendas Harris: «Es
un árbol muy raro. No es un árbol bonito,
como el pino o algo así. A la mayor parte de la gente
no le importan nada los árboles de Josué».
Con semejante malevolencia hacia
el paisaje, no sorprende que los promotores también
nieguen al desierto cualquier concesión onomástica.
En los folletos dirigidos a los compradores o a los inversores
asiáticos, han empezado a referirse eufemísticamente
a la región como «el condado del Norte de Los
Ángeles». A sus pequeños envases para
un estilo de vida Chardonnay, de color pastel, con aire
acondicionado y mucha agua, los bautizan con marcas aromáticas
como Fox Run, Mardi Gras, Bravo, Cambridge, Sunburst, Nuevos
Horizontes y otras semejantes. Lo más extravagante
son las comunidades valladas fabricadas por Kaufman y Broad,
los constructores que se hicieron famosos en los 70 al exportar
bulevares de Hoollywood a las afueras de París. Ahora
han traído Francia (o más bien, casas californianas
travestidas a la francesa) de vuelta al desierto, dentro
de mini-banlieus fortificados, con césped lujuriante,
matorrales europeos, falsos tejados de mansarda y nombres
característicos de nuevos ricos, como «Chateau».
Pero Kaufman y Broad se limitan
a poner de manifiesto el método que subyace bajo
la aparente demencia del desierto urbano de Los Ángeles.
Los árboles de Josué desechados, el despilfarro
irresponsable de agua, los muros claustrofóbicos
y los nombres ridículos constituyen tanto una polémica
con el urbanismo incipiente como una agresión a una
naturaleza en peligro. La lógica utópica (literalmente,
no-lugar) de su parcelación en áreas esterilizadas
desprovistas de naturaleza e historia, planificadas únicamente
para el consumo privado de las familias, evoca buena parte
de la evolución del sur de California y su construcción
de viviendas en serie. Pero los promotores no se limitan
a volver a empaquetar el mito (la buena vida de las áreas
residenciales) para la nueva generación, también
dan pábulo al nuevo y rampante miedo a la ciudad.
La ansiedad social, como le gusta
recordarnos a la sociología urbana, no es otra cosa
que la dificultad para asimilar los cambios. ¿Pero
quién ha previsto o ha asimilado la escala del cambio
en el sur de California a lo largo de los últimos
quince años? La galaxia urbana bajo la influencia
de Los Ángeles, que se extiende ya desde los hogares
tipo Club de Campo de Santa Barbara hasta las cabañas
coloniales de Ensenada; hasta el límite de Llano
en la parte superior del desierto y el valle de Coachella
hacia abajo; con una superficie construida que equivale
aproximadamente al tamaño de Irlanda y un producto
interior bruto mayor que el de la India; es la metrópolis
de crecimiento más acelerado en el mundo industrializado.
Su población actual es de quince millones, comprende
seis condados y una porción de la Baja California,
y se agrupa en torno a dos megacentros (Los Ángeles
y San Diego-Tijuana) y una docena de grandes centros urbanos
en expansión; se prevé que, para la próxima
generación, la población aumente en siete
u ocho millones. La inmensa mayoría de estos nuevos
habitantes no serán anglosajones, lo que alejará
aún más el balance étnico de la hegemonía
de los wasp (anglosajones blancos y protestantes) y lo inclinará
hacia la diversidad multiétnica del próximo
siglo. (Los anglosajones se convirtieron en minoría
en el condado y la ciudad de Los Ángeles durante
los 80, como lo harán en el estado antes de 2010).
La polarización social ha
aumentado casi tan rápidamente como la población.
Un reciente estudio sobre las tendencias de la renta doméstica
en Los Ángeles durante los 80 indica que la riqueza
(rentas superiores a los 50.000 dólares) se ha triplicado
(del 9 al 26 por ciento), mientras que la pobreza (por debajo
de los 15.000) ha aumentado en un tercio (del 30 al 40 por
ciento); la clase media, tal y como se preveía, se
ha reducido a la mitad (del 61 al 32 por ciento). Al mismo
tiempo, se han hecho puntualmente realidad los peores miedos
populares de hace una generación con respecto a las
consecuencias de un excesivo desarrollo urbano a remolque
del mercado. Décadas de falta de inversión
sistemática en vivienda e infraestructura urbana,
combinadas con subsidios grotescos para los especuladores,
una calificación permisiva del suelo para el desarrollo
comercial, la ausencia de planificación regional
efectiva y los impuestos ridículamente bajos sobre
el patrimonio de los más ricos, han hecho inevitable
la pérdida de calidad de vida para las clases medias
en las antiguas áreas residenciales, así como
para las clases bajas de las ciudades.
El valle del Antílope es
al mismo tiempo un santuario para este torbellino de crecimiento
y crisis y uno de sus epicentros que aumenta de tamaño
más deprisa. A través de la reafirmación
desesperada de sus parcelas valladas, los nuevos habitantes
de las afueras intentan recobrar el paraíso perdido
de las áreas residenciales al estilo de los 50. Los
residentes más antiguos del valle, por otro lado,
intentan levantar desesperadamente muros de contención
para este éxodo urbano patrocinado por sus propias
élites políticas y económicas y sus
planes de desarrollo. Desde su cada vez más iracundo
punto de vista, la inmigración masiva desde 1984
sólo ha traído atascos, contaminación,
aumento de la delincuencia, competitividad laboral, ruido,
erosión del suelo, escasez de agua y la destrucción
de un estilo de vida característicamente ruralizado.
Por primera vez desde que los socialistas
abandonaron el desierto (en 1918, rumbo a su colonia de
New Llano, en Louisiana) se empieza a hablar frenéticamente
de «revolución rural total». El anuncio
de varios nuevos megaproyectos (ciudades instantáneas
que van desde las 8.500 a las 35.000 unidades, diseñadas
para ser implantadas en el mapa del valle) ha provocado
una ira populista sin precedentes. Hace poco, el representante
del proyecto Ritter Ranck en el valle Leone, fue «acorralado
por una multitud airada [...] que gritaba, le insultaba
y amenazaba con matarle». En los dos municipios autónomos
del valle, Lancaster (la sede internacional de la Sociedad
Tierra Plana) y Palmdale (la ciudad de crecimiento más
acelerado de California durante la mayor parte de los ochenta),
más de sesenta diferentes asociaciones de propietarios
se han unido para ralentizar la urbanización, así
como para protestar por el plan estatal para una nueva prisión
en el área de Mira Loma, con capacidad para 2.200
internos y destinada a los delincuentes de bandas y relacionados
con las drogas.
Así, el mito de un santuario
en el desierto se derrumbó poco después de
la nochevieja de 1990, cuando la bala perdida de un miembro
de una banda mató a un popular estudiante atleta.
Poco después, Quartz Hill, un área de moda,
anunciada como el nuevo Beverly Hills del desierto, sufrió
un tiroteo entre bandas rivales, la local 5 Deuce Posse
y unos crips de fuera. El terror a las bandas callejeras
de LA sacudió de pronto el desierto. Mientras los
policías perseguían a los adolescentes fugitivos
con perros, como si fueran presos fugados encadenados al
estilo de Georgia, los empresarios locales formaron una
especie de somatén llamado Bandas Fuera Ya. Atemorizado
por los avisos oficiales de que había seiscientos
cincuenta «miembros de bandas identificados»
en el valle, el instituto local intentó imponer un
código indumentario draconiano que prohibía
los colores de las bandas (el rojo y el azul). Los estudiantes,
airados, se manifestaron a su vez en las calles.
Mientras los chicos «hacían
lo que hay que hacer», la rama local de la Asociación
para la Promoción de las Personas de Color solicitaba
una investigación sobre las muertes sospechosas de
tres «no-blancos» a manos de agentes de la policía.
En un caso los agentes dispararon contra un estudiante asiático
desarmado, mientras que en el otro un negro acusado de portar
una herramienta de jardín con tres puntas recibió
ocho tiros. El incidente más notable, sin embargo,
fue el asesinato de Betty Jean Aborn, una mujer negra de
mediana edad, sin hogar y con un historial médico
de enfermedad mental. Cuando la rodearon siete corpulentos
agentes por haber robado un helado en una tienda, supuestamente
blandió un cuchillo de carnicero. La respuesta fue
una increíble descarga de veintiocho disparos, dieciocho
de los cuales hicieron impacto en su cuerpo.
Cuando el desierto anunciaba así
la llegada del fin de siglo con una sorprendente obertura
de excavadoras y tiroteos, algunos de los veteranos, viendo
disminuir rápidamente la distancia entre la soledad
de Mojave y la congestión de la vida urbana, comenzaron
a preguntarse en voz alta si acaso existía después
de todo alguna alternativa a Los Ángeles.
El árbol de mayo
Se dice que la lucha de clases
y la represión condujeron a los socialistas de Los
Ángeles al desierto. También llegaron acuciados
por la posibilidad de probar el dulce fruto del trabajo
cooperativo en el curso de sus propias vidas. Como explicó
Job Harriman, que estuvo a punto de convertirse en 1911
en el primer alcalde socialista de Los Ángeles: «Me
parecía evidente que la gente no iba a abandonar
sus modos de vida, buenos o malos, capitalistas o no, mientras
no se desarrollaran otros métodos que prometieran
ventajas por lo menos tan buenas como las que tenían
tal y como estaban viviendo». Lo que Llano prometía
era un salario garantizado de 4 dólares diarios y
la oportunidad de «enseñarle al mundo algo
que aún no ha visto, cómo vivir sin luchas
y sin interés hacia el dinero, el alquiler, la tierra
o el beneficio de cualquier tipo».
Con el patrocinio no sólo
de Harriman y el partido socialista, sino también
de W. A. Engle, director del Consejo Central del Trabajo,
y de Frank McMahon, del sindicato de albañiles, cientos
de granjeros sin tierras, trabajadores sin empleo, operarios
en la lista negra, oficinistas aventureros, locutores de
radio perseguidos, tenderos inquietos y bohemios de ojos
brillantes siguieron a los socialistas hacia el lugar en
el que el Río del Llano (ahora Big Rock Creek) alcanzaba
el borde del desierto. Aunque se trataba de «democracia
sin la tapa puesta [...] democracia rampante, beligerante,
sin restricciones», su labor entusiasta transformó
varios miles de acres de Mojave en una pequeña civilización
socialista. Hacia 1916 sus campos de alfalfa y sus establos
modernos, sus huertos de peras y verduras, todo ello regado
por un sistema complejo y eficiente, satisfacían
el noventa por ciento de las necesidades alimenticias de
la colonia (además de proporcionarle sus propias
flores). Al mismo tiempo, docenas de pequeños talleres
remendaban zapatos, envasaban fruta, lavaban la ropa, cortaban
el pelo, reparaban automóviles y publicaban el Camarada
del Oeste. Hubo incluso una compañía cinematográfica
de Llano y un intento fallido de aviación (el avión
que construyeron se estrelló).
Bajo la inspiración de Chautauqua
tanto como la de Marx, Llano era también un gran
centro docente. Los bebés (incluida Linda Lewitzky,
la futura bailarina) jugaban en el jardín de infancia.
Los niños (entre ellos, Gregory Ain, el futuro arquitecto)
asistían al primer colegio Montessori del sur de
California. Los adolescentes también tenían
su propia Colonia de los Chicos (un prototipo de escuela
industrial) y los adultos asistían a clases nocturnas
o disfrutaban de la mayor biblioteca de Mojave. Uno de los
pasatiempos preferidos para las veladas, además de
bailar al ritmo de la extraordinaria orquesta de ragtime
de la colonia, eran los debates sobre los planos de Alice
Constance Austin para la Ciudad Socialista en que se iba
a convertir Llano.
Aunque influida por las ideologías
contemporáneas de la Ciudad-Belleza y la Ciudad-Jardín,
los dibujos y maquetas de Austin, como ha subrayado la historiadora
de la arquitectura Dolores Hayden, eran «rotundamente
feministas y californianos». Igual que los planos
para viviendas cooperativas que hizo en los cuarenta el
chico de Llano, Gregory Ain, Austin se proponía transformar
los valores culturales y el entusiasmo popular específicos
del sur de California en un paisaje social planificado e
igualitario. En la maqueta que presentó a los colonos
en las fiestas del primero de mayo de 1916, Llano aparecía
como una ciudad jardín de diez mil personas que habitaban
bellos apartamentos Craftsman con jardín privado,
pero con cocina y lavandería compartidas, para liberar
a las mujeres de la esclavitud doméstica. El Centro
Cívico, como corresponde a una «Ciudad de la
Luz», estaba compuesto de «ocho estancias rectangulares,
como fábricas, con los lados casi por completo de
cristal, que conducen a una sala de reunión con cúpula
de cristal». Austin coronó esta estética
de la elección individual dentro de un tejido de
solidaridad social con un toque típico del sur de
California: proporcionaba un automóvil a cada hogar
y construía una carretera circular alrededor de la
ciudad que «podría utilizarse también
como circuito, con asientos para los espectadores a ambos
lados».
Si la visión de Austin con
miles de apartamentos ajardinados irradiando del Centro
de Reuniones, al estilo Hotel Bonaventure, rodeados de huertos,
fábricas y una pista monumental, todo de propiedad
colectiva, suena un poco excesiva hoy en día, hay
que imaginarse lo que los habitantes de Llano hubieran pensado
de un futuro compuesto de chateaux al estilo Kaufman y Broad,
rodeados de pequeños supermercados, prisiones y plantas
de montaje de bombarderos. En cualquier caso, los novecientos
pioneros de la Ciudad Socialista sólo disfrutarían
de otro triunfante primero de mayo en Mojave:
Las festividades del primero
de mayo de 1917 comenzaron a las nueve en punto de la mañana
con las actividades atléticas, que incluyeron una
Carrera de Mujeres Gordas. El grupo completo de colonos
formó a continuación y desfiló hasta
el hotel, donde siguió el Programa Literario. La
banda tocó desde un escenario engalanado con banderas,
el coro cantó himnos apropiadamente revolucionarios,
como La Marsellesa, y luego se desplazaron todos al huerto
de almendros para una barbacoa. Tras la cena, un grupo de
chicas jóvenes inyectó cultura tradicional
a la tradición socialista bailando alrededor del
Árbol de Mayo. A las 7.30 el club de teatro presentó
Los percances de Minerva, con una nueva decoración
del escenario del Centro de Reuniones. El resto de la velada
se dedicó al baile.
A pesar de un evidente sentido
del humor, Llano comenzó a desmoronarse en la segunda
mitad de 1917. Atenazada por luchas intestinas entre la
Asamblea General y la autodenominada «banda del cepillo»,
la colonia también se encontraba sitiada desde fuera
por deudores, juntas de reclutamiento, vecinos celosos y
el Los Angeles Times. Tras la pérdida en un pleito
de los derechos de agua (un golpe devastador para su infraestructura
de irrigación), Harriman y una minoría de
colonos se mudaron en 1918 a Louisiana, donde perseveraron
hasta 1939 en un New Llano de trazo gordo (una pálida
sombra del original). A las veinticuatro horas de la marcha
de los colonos, los rancheros locales («que representaban
precariamente al capitalismo en el medio natural»)
comenzaron a derribar los dormitorios y los talleres, con
la intención obvia de borrar cualquier rastro de
la amenaza roja. Pero fue imposible destruir el silo vertical,
el establo de vacas y los cimientos de piedra y las dos
chimeneas del Centro de Reuniones. A medida que la furia
patriótica local fue remitiendo, se convirtieron
en elementos románticos a los que se asociaba con
circunstancias cada vez más legendarias.
De vez en cuando, algún temperamento
filosófico en lucha con la inmensa paradoja del sur
de California redescubre Llano como el emblema de un futuro
perdido. Así, a Aldous Huxley, que vivió durante
unos años de la década del cuarenta en un
antiguo rancho de Llano con vistas al cementerio de la colonia,
le gustaba meditar, «en el silencio casi sobrenatural»,
sobre el destino de la utopía. Finalmente llegó
a la conclusión de que la Ciudad Socialista fue una
«patética pequeña Ozymandias»,
sentenciada desde el comienzo por el «traje de Gladstone»
de Harriman y su «pickwickiana» incomprensión
de la naturaleza humana, algo cuya historia «salvo
de forma negativa [...], lamentablemente no resulta instructiva».
Otros visitantes ocasionales de
Llano, desprovistos del cinismo védico de Huxley,
han sido por lo general más compasivos. Tras la catástrofe
del movimiento comunitario de los sesenta y los setenta
(especialmente la vía muerta que condujo a la jungla
de la Guayana), los perales plantados por esta utopía
de la era del ragtime parecen un logro mucho más
impresionante. Más aún: como señalan
los historiadores más recientes, Huxley subestima
enormemente el impacto negativo que la xenofobia propia
del período bélico y la inquina de Los Angeles
Times tuvieron sobre la viabilidad de Llano. Si no llega
a ser por la mala suerte (y por Harry Chandler), tal vez
todavía hoy habría un valiente kibbutz rojo
en Mojave, recogiendo votos para Jesse Jackson y protegiendo
a los árboles de Josué de las excavadoras.
¿El milenio de los promotores?
Pero, una vez más, no nos
encontramos a las puertas de la Nueva Jerusalén del
socialismo, sino en el extremo más duro del milenio
de los promotores. El propio Llano pertenece a un especulador
de Chicago que espera una oferta de Kaufman y Broad que
no pueda rechazar. Dejando a un lado la posibilidad de un
despertar apocalíptico de la vecina Falla de San
Andrés, resulta muy sencillo imaginar a Los Ángeles
reproduciéndose a sí mismo sin fin a través
del desierto, con la ayuda de agua escamoteada, mano de
obra inmigrante y barata, capital asiático y desesperados
compradores de viviendas deseosos de entregar vidas enteras
en la autopista a cambio de casas de ensueño de 500.000
dólares en medio del valle de la Muerte.
¿Es esta la histórica
victoria del capitalismo de la que habla todo el mundo?
El 1 de mayo de 1990 (el mismo día
en que miles de moscovitas abucheaban a Gorbachov) volví
a las ruinas de Llano del Río para ver si las paredes
estaban dispuestas a contarme su historia. En lugar de eso,
me encontré que en la Ciudad Socialista vivían
dos obreros de El Salvador, de veinte años, acampados
en las ruinas de la antigua vaquería, y deseosos
de hablar conmigo, cada uno chapurreando la lengua del otro.
Como héroes indios salidos de una novela de Jack
London, habían vagabundeado por toda California,
pero siguiendo una frontera de construcción de viviendas,
no una veta de plata o las cosechas de trigo. Aunque aún
necesitaban encontrar trabajo en Palmdale, hablaron elogiosamente
del cielo claro del desierto, de la facilidad para hacer
auto-stop y de la relativa ausencia de la migra (policía
de inmigración). Cuando les indiqué que se
habían instalado en las ruinas de una ciudad socialista,
uno de ellos me pregunto si habían venido los ricos
con aviones y la habían bombardeado. No, expliqué,
la colonia no pudo pagar un crédito. Se quedaron
perplejos y cambiaron de tema.
Hablamos un rato del tiempo, luego
les pregunté qué pensaban de Los Ángeles,
una ciudad sin fronteras, que se había tragado el
desierto, había talado el árbol de Josué
y el árbol de Mayo, y había soñado
con llegar a ser infinita. Uno de mis nuevos compañeros
de Llano me dijo que LA ya estaba en todas partes. La había
visto cada noche en El Salvador, en interminables reposiciones
de I Love Lucy o Starsky y Hutch, una ciudad donde todo
el mundo era joven y rico y conducía coches nuevos,
y se imaginaba a sí mismo saliendo por la tele. Después
de cientos de ensoñaciones como esta, había
desertado del ejército salvadoreño y recorrido
dos mil quinientas millas en auto-stop hasta Tijuana. Un
año más tarde estaba parado en la esquina
de Alvarado y la Séptima, en el distrito de MacArthur
Park, cerca del centro de Los Ángeles, junto con
el resto de los nerviosos trabajadores centroamericanos.
Nadie parecido a él era rico o conducía un
coche nuevo (salvo los traficantes de coca) y la policía
era tan dura como en su país. Más importante
todavía: nadie como él salía por televisión;
todos eran invisibles.
Su amigo se rió: «Si
salieras por la tele te deportarían de todas formas
y tendrías que pagar quinientos dólares a
un coyote para que te pasara otra vez a LA». Razonaba
que era mejor estar en espacios abiertos en la medida de
lo posible, preferentemente en el desierto, lejos del centro.
Comparó LA y México D. F. (que conocía
bien) con volcanes, ya que vomitan desechos y deseo en círculos
cada vez más amplios sobre un campo yermo. Nunca
es una buena idea, consideró, vivir cerca de un volcán.
«El viejo gringo socialista lo vio claro».
Estuve de acuerdo, incluso aunque
supiera que era demasiado tarde para mudarse o para volver
a fundar Llano. Era su turno para hacerme preguntas. ¿Por
qué estaba allí solo entre los fantasmas del
primero de mayo? ¿Qué pensaba yo de Los Ángeles?
Traté de explicarles que acababa de escribir un libro...
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