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El crimen de la
calle de Fuencarral. El crimen del cura Galeote
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Benito Pérez Galdós
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128 (XXX + 98) págs.
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Edición y prólogo:
Rafael Reig
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ISBN 84-96080-01-3
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15,00€
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Madrid, 19 de julio de 1888
Señor director:
Estamos ahora los españoles
bajo la influencia de un signo trágico. Los grandes
crímenes menudean. En vano se buscarían en
la prensa acontecimientos políticos o literarios.
Los periódicos llenan las columnas con relatos del
crimen de la calle de Fuencarral, del crimen de Valencia,
del crimen de Málaga, los reporters y noticieros,
en vez de pasarse la vida en el salón de conferencias,
visitan los juzgados a todas horas, acometen a los curiales
atosigándoles a preguntas, y con los datos que adquieren,
construyen luego la historia más o menos fantaseada
y novelesca del espantoso drama. Últimamente la prensa
ha hecho algo más que informar al público
de los hechos conocidos, y ha tomado parte importantísima
en la investigación de la verdad. De tal modo ha
conmovido a la opinión pública en Madrid,
y aun de toda España, el misterioso crimen de la
calle de Fuencarral, que la prensa no ha podido concretarse
a sus funciones de simple informadora de los sucesos; ha
tomado una parte activa en la instrucción del proceso,
ayudando a los jueces, arrojando toda la luz posible sobre
el hecho nebuloso, recibiendo del público datos,
antecedentes, noticias; procurando indagar la pista de los
criminales; recibiendo todo lo que puede contribuir al esclarecimiento
de la verdad oscura. Cierto que gran parte de los datos
y advertencias suministrados por la prensa no son utilizables;
pero en medio de la confusión de sus referencias
hay algo que parece indicar una dirección determinada.
Esta dirección, a manera de un rastro de sangre,
persiste al través de las contradictorias indicaciones;
este rastro señalado por la conciencia pública
es la única orientación que persiste tras
tantas vacilaciones, y en el caso concreto del crimen de
la calle de Fuencarral, no es aventurado afirmar que los
adelantos del pro- ceso son debidos a la insistencia con
que la opinión pública por conducto de la
prensa ha señalado el camino de la verdad.
Imposible que mis lectores dejen
de conocer el horrible crimen de que se trata, perpetrado
el primero de julio, y que en los días que van transcurridos
del presente mes ha adquirido tan triste celebridad. Seguramente
la revelación del asesinato de la viuda de Varela,
mejor dicho, del descubrimiento del cadáver en la
madrugada del día 2, ha recorrido todos los periódicos
del mundo. Dicha señora era rica, un poco extravagante,
medrosa y avara, y vivía sola en compañía
de una criada. Lo tremendo del caso es que desde los primeros
momentos recayeron sospechas vehementes sobre el hijo de
la víctima, José Vázquez Varela, a
la sazón preso en la Cárcel Modelo por «robo
de una capa».
¿Qué motivaba estas
sospechas, que casi han sido y son unánime juicio?
Los antecedentes del hijo, quien hace dos años acometió
a su madre infiriéndola graves heridas de arma blanca;
la malísima reputación de que el mancebo goza;
sus costumbres perversas, conocidas de todo Madrid; su holgazanería;
sus relaciones con gente de muy mala conducta. El joven
Varela tiene veintitrés años. Los vecinos
de la casa que la víctima habitaba declaran que un
día sí y otro también ocurrían
grandes escándalos entre la madre y el hijo: este
pidiéndola dinero brutalmente y aquella negándoselo
con objeto de poner coto a sus vicios.
La viuda de Varela era suspicaz
y desconfiaba de todo el mundo. Tenía, sin duda,
presentimiento de su fin desastroso; escondía el
dinero en lugares secretos, y a veces llevaba en el seno
grandes sumas de billetes de banco. Temerosa de que la envenenaran,
se confeccionaba su alimento. Al propio tiempo que deploraba
las consecuencias de la malísima educación
dada a su hijo, le quería entrañablemente,
y hace dos años, cuando aquel desnaturalizado monstruo
atropelló a la que le había dado el ser, la
infeliz madre declaró ante el juez que se había
ocasionado las heridas por un accidente fortuito, librando
de este modo al criminal de la pena que merecía.
Las primeras actuaciones no produjeron
más que confusión. La voz pública se
inclinaba a declarar inocente al hijo de la víctima
por hallarse cumpliendo condena en la Cárcel Modelo.
La persona en quien se fija la atención es la criada,
Higinia Balaguer, encontrada en la casa al descubrir el
crimen.
[Como no he de reproducir lo que
ya debe saberse por la prensa española, omito la
revelación del atroz descubrimiento del cadáver,
apuñalado y después quemado, con los detalles
dramáticos de la criada fingiéndose ignorante
de lo que en la casa ocurría, y del perro narcotizado.]
Higinia Balaguer fue en los primeros
días la figura saliente de este trágico cuadro,
mujer impasible, afectando o sintiendo quizá una
impavidez inconcebible. Luego se ha sabido que esta mujer
había vivido en comunicación casi constante
con criminales, que había tenido puesto de bebidas
en las inmediaciones de la cárcel, y en el curso
de sus declaraciones ha revelado ese conocimiento del código
penal que es común entre personas íntimamente
relacionadas con los que viven infringiéndolo.
Higinia Balaguer fue considerada desde el principio como
la clave de la instrucción, y en ella se fijaron
todas las miradas. Primeramente se declaró ignorante
del suceso. Hubo de comprender que esta versión era
insostenible, y luego se declaró autora única
del crimen, describiéndolo como resultado de un arrebato
de ira. Poco crédito se dio a esta declaración.
Imposible que Higinia cometiese sola un crimen que revelaba,
además de minuciosas precauciones, un esfuerzo varonil.
La tercera declaración de
la criada puso la cuestión en nuevo terreno, dando
al proceso dramático interés. Señaló
como autor material del crimen al hijo de la víctima,
presentándose a sí misma como simple auxiliar,
movida del terror y algo también de la codicia, pues
el asesino, al paso que la amenazaba con la muerte, le ofrecía
asegurar su porvenir si le ayudaba a ocultar el crimen.
La descripción que hace Higinia de los pormenores
del asesinato son de tal naturaleza y revelan un tan alto
grado de perversión, que la conciencia humana repugnaba
el admitirlos. Parece que tanta maldad no cabe en lo posible.
La serenidad y aplomo con que el asesino, después
de quitar la vida a la infortunada doña Luciana,
dispuso lo necesario para pegar fuego al cadáver
con petróleo, a fin de borrar las huellas de su atroz
delito, revelan el corazón más duro y empedernido,
un monstruo sin ejemplo ni precedente, si conforme a la
declaración de Higinia, el asesino es el hijo de
la víctima, un joven de veintitrés años.
Desde que esta manifestación se hizo pública,
las opiniones de dividieron: muchos la aceptaban, fundándose
en los antecedentes de José Varela: otros la ponían
en duda, repugnando admitir la barbarie tan grande e inaudita,
que parece rebasar los límites de la crueldad humana.
Y aquí entra la parte más
dramática del misterioso crimen de la calle de Fuencarral.
Si el asesino es José Varela, ¿cómo
salió de la cárcel, donde estaba cumpliendo
condena? El director y empleados de la cárcel niegan
en absoluto que Varela haya abandonado su prisión
ni el día primero de julio ni en ninguno otro. ¿Cómo
se concuerda esto con la declaración de la Balaguer?
La confusión que de esto resulta es extraordinaria,
y la opinión pública, vivamente excitada,
continúa señalando a Varela como autor del
crimen. Toda la prensa afirma que existen numerosas personas
que han visto al joven en la calle en los últimos
ocho días de junio. Hay quien dice haberle visto
en algún café, en los toros y hasta en la
butaca de un teatro. El juzgado llama a declarar a gran
número de personas. Declaran también los empleados
de la cárcel y su director, el cual parecía
ayudar al juez desde el primer día en el esclarecimiento
del maldito crimen.
La gran sorpresa y sensación
se produjo el día en que el juez detuvo e incomunicó
al director de la cárcel señor Millán
Astray. Fue esto consecuencia de una nueva declaración
y ratificación de Higinia, quien aseguró haber
sido sugerida por Millán Astray para dar a sus primeras
declaraciones un determinado sentido. Al afirmar la criada
que el director de la cárcel le había dicho
que necesitaba salvar a Varela, al jurarlo delante del mismo
señor Millán añadiendo varias particularidades
de suma importancia, elevó a su mayor grado el interés
del proceso: Millán Astray, al verse acusado, sufrió
un ataque al corazón que puso en peligro su vida.
Repuesto del accidente negó de la manera más
rotunda las aseveraciones de Higinia. Y al propio tiempo
continuaban en la prensa las manifestaciones anónimas
de diversas personas que afirmaban haber visto a Varela
en la calle en los días que precedieron al crimen.
Millán Astray, director interino
de la cárcel, es joven: pertenece al cuerpo de empleados
de establecimientos penales, en el cual ha demostrado inteligencia
y buena voluntad. Recientemente prestó servicios
de importancia en la averiguación de diferentes delitos.
Es hombre simpático, instruido, ha sido periodista,
y tiene en Madrid muchos amigos. Estos, aun admitiendo el
quebrantamiento de clausura del joven Varela, no ven culpabilidad
en Millán Astray. Pudo el asesino escaparse sin que
de ello tuviera conocimiento el director del establecimiento.
Siendo así, Millán no puede ser acusado más
que de negligencia; pero las declaraciones de Higinia Balaguer
van más allá, y presentan al director como
encubridor del delito y amparador del asesino. La opinión,
en verdad sea dicho, rechaza hasta ahora semejante idea.
Si Higinia ha mentido con objeto de embrollar a la justicia,
lanzándola a un laberinto de oscuridades, fuerza
es reconocer en esta mujer un monstruo de astucia y marrullería,
capaz de volver locos a todos los jueces que en el mundo
existen.
La comprobación de este término
del proceso se presenta laboriosa y difícil. Todas
aquellas personas que en la prensa manifestaron anónimamente
que habían visto en la calle a José Varela,
al ir ante el juzgado o lo niegan o declaran simplemente
que creyeron haberlo visto. Los mozos y mozas de café
también niegan. Únicamente un joven militar
parece haber afirmado que vio al hijo de doña Luciana,
ratificándose en ello delante del interfecto. Pero
esto no podemos afirmarlo, porque el juzgado, que no ve
con buenos ojos la excesiva publicidad del sumario, ha puesto
coto a la curiosidad periodista, negándose a suministrar
noticia alguna. Todos los empleados de la cárcel
niegan asimismo que Varela saliese. Cuando parecía
que iba a resplandecer la verdad, esta se oscurece más
y aumentan en el público las conjeturas, las versiones
fantásticas y las interpretaciones absurdas.
Debo apuntar ciertos antecedentes
de algún valor. Higinia Balaguer sirvió en
la casa del señor Millán Astray, aunque no
mucho tiempo, y parece fue despedida por su conducta un
tanto irregular. Vivía maritalmente con un lisiado,
que la dejó viuda hace poco. Ignórase quién
la llevó a la casa de la señora de Varela,
aunque parece averiguado que entró a servir en ella
con cédula falsa. Ignórase también
cómo doña Luciana, tan suspicaz y medrosa,
admitió en su casa a una mujer desconocida sin averiguar
sus antecedentes. Alguien asegura, no sé con qué
fundamento, que la desgraciada víctima conoció
a la Balaguer en casa de Millán Astray, con cuya
familia tenía amistad.
No habiéndose comprobado
aún que Varela quebrantase la clausura penitenciaria,
las diligencias del juzgado se encaminan ahora, según
parece, a esclarecer las relaciones de Higinia con otros
individuos que figuran en el proceso, Evaristo Medero y
Avelino Gallego, ambos detenidos e incomunicados. Estos
son los amigos íntimos de José Varela, sus
compañeros de francachelas, los que le ayudaban a
gastar el dinero que, con amenazas, arrancaba a su madre
aquel hijo desnaturalizado. Ambos son personas de malísimos
antecedentes, familiarizados con las celdas de la cárcel,
entregados a una vida licenciosa y criminal, y con mucha
destreza para burlar a la policía y afrontar las
vicisitudes de un proceso. También están presas
dos o tres mujeres de mala vida, con quienes Varela y sus
amigotes tenían trato frecuente.
* * *
Al llegar aquí, verifícase
un cambio completo y brusco en la instrucción del
sumario, a semejanza de una mutación escénica
en los dramas de muchos lances escritos con el único
fin de mantener siempre despierta la atención y curiosidad
del público. El juzgado, después de emplear
todos los medios para poner en claro la salida de Varela
de la cárcel, después de tomar declaración
a cuantas personas sostuvieron haberle visto, no halla bastante
fundamento para evidenciar la evasión, y dirige sus
medios de prueba a otro terreno. El señor Millán
Astray es puesto en libertad, lo que significa para la generalidad
del público la inocencia de Varela, al menos en cuanto
al hecho material del crimen. «Si el director de la
cárcel es declarado irresponsable dicen
resulta que la clausura del preso no ha sido quebrantada,
y en este caso el joven Varela no puede ser el asesino,
puesto que en el día y noche del primero de julio
estaba en su celda. Cae, pues, por su base la relación
de Higinia Balaguer».
No puede ocultarse que la opinión
se ha excitado extraordinariamente al saber que Millán
ha sido puesto en libertad. Y es que ha echado tales raíces
en la conciencia pública la presunción vehemente
de la culpabilidad del hijo, que es difícil tome
nueva dirección el sentimiento popular. Algunos periódicos
van más allá de lo que en este punto exigen
la discreción y el respeto a la justicia, y suponen
que el hijo de la víctima tiene altas protecciones
y cuenta con la impunidad. Anuncian que el proceso será
interminable y que nunca se sabrá la verdad. Siguen
acusando a Varela y dando por cierta su salida de la cárcel,
lo que ha motivado que muchos de sus redactores hayan sido
llamados a declarar y algunos reducidos a prisión.
Lo peor de esto es la viciosa tendencia a mezclar la política
con la justicia, achaque frecuente en la prensa, exigiendo
responsabilidades a quien no las tiene.
En tanto, el juzgado dirige sus
investigaciones a esclarecer las relaciones de Higinia Balaguer
con uno de los procesados, Evaristo Medero, amigo íntimo
de Varela. Bien examinada la tercera declaración
de Higinia, o sea aquella en que acusó a Varela,
se ve que hay en ella mucho de fantástica. Además,
parece comprobado que el crimen no se cometió por
la tarde, según la manifestación de la cómplice,
sino de noche. En cuanto a las relaciones de la Balaguer
con Medero, parece que eran amorosas y que llevan diez años
de duración. Dícese que el juzgado posee datos
interesantísimos sobre este particular. Todas las
miradas dirígense ahora a este grave punto, en el
cual quizás aparezca la anhelada verdad. También
parece que hay indicios de haberse efectuado un robo de
consideración, el cual, lo mismo que el asesinato,
revela la destreza de los criminales.
Últimamente, el juez instructor
ha tomado las medidas convenientes para que el secreto del
sumario no sea comunicado a los periódicos, a fin
de evitar que se den al público versiones alteradas
e incompletas, extraviando la opinión y entorpeciendo
la acción de la justicia. Es evidente que la excesiva
publicidad que a este proceso se ha dado ha producido cierta
confusión, causa tal vez de la ineficacia de las
investigaciones. La prensa busca, en primer lugar, emociones
con que saciar la voracidad de sus lectores; procura dar
a estos cada día noticias estupendas. En cuanto al
auxilio que los periódicos y el público pueden
prestar a la justicia, no hay duda de que puede ser eficacísimo,
siempre que las noticias sean ciertas, siempre que las personas
que las suministran tengan el valor de sostenerlas ante
el juzgado.
Esto de que la prensa dé
cabida en sus columnas a insustanciales charlas de café,
presentándolas con la autoridad de cosa juzgada,
nos parece deplorable, mayormente cuando viene a resultar
que los que en un círculo de amigos hicieron determinada
afirmación, al ser llamados como testigos a ilustrar
a la justicia, niegan cuanto dijeron.
Una de dos: o hablaron faltando
a la verdad por fanfarronería y charlatanismo, o
carecieron de valor cívico para sostener delante
de un juez lo propalado privadamente.
Sea lo que quiera, aguardamos con
impaciencia el desarrollo de este grave proceso en la nueva
fase que ha tomado ahora. Hemos oído asegurar que
el juzgado tiene en su mano todos los hilos de la trama.
Ojalá sea verdad, para que actos de tan espantosa
depravación no queden impunes.
[Continuaré en mi próxima
carta dando noticias de este proceso, y me ocuparé
del crimen descubierto en Valencia y que podría titularse
La dama decapitada y sin manos, drama misterioso y repugnante
cuyo argumento no ha podido esclarecerse aún por
completo].
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