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Paradojas de la
no-globalización. Derechos sin fronteras
y otros desafíos de la humanidad
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LUIS PERAL
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192 págs.
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Volumen doble. Número total
de páginas: 416
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ISBN 84-89618-10-2
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15,00 €
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Confusión personal
y tesis
Obertura
El mundo es una aldea global desde
que el mundo es mundo. La glaciación por ejemplo
debería contemplarse desde una perspectiva actual
y por tanto retrospectiva como una catástrofe natural
de consecuencias no ya trasfronterizas puesto
que entonces no había fronteras ,
sino de consecuencias mundiales en general. Dos paradojas
se suscitan ya desde el comienzo, sin haber siquiera comenzado
a desarrollar un hilo argumental. La primera paradoja versa
sobre las catástrofes naturales. Hoy afirman los
estudios especializados que teniendo en cuenta su impacto
no hay tal diferencia entre catástrofes naturales,
como la glaciación o los terremotos, y catástrofes
causadas por el hombre, como las guerras. Tal vez a través
de esta primera paradoja se aprecie la importancia de la
idea de progreso. Si un terremoto en Japón convierte
a los edificios inteligentes en cimbreantes juncos y el
mismo terremoto devasta el hogar unifamiliar de cientos
de miles de personas en Centroamérica, será
que el hombre es la causa de todas las catástrofes.
En el segundo caso, por no haber prevenido el impacto que
la naturaleza enfurecida puede tener en la supervivencia
de la población más vulnerable.
Esta primera paradoja enseña
que la especie humana ha de tomar conciencia de la responsabilidad
que pesa sobre la especie humana, y cada individuo de su
propia responsabilidad. La catástrofe desde esta
perspectiva no es tanto la catástrofe en sí
cuanto la falta de mitigación de su impacto. Pero
el disaster preparedness tiene el principal problema
de ser muy caro, y ello apunta a la acumulación de
la riqueza como verdadera causa de las catástrofes.
Ahora bien, esa acumulación está en el origen
remoto de la globalización, y es a la postre causa
de la irreversibilidad de la globalización, de su
virulencia. De modo que si no cambian mucho las cosas algunas
catástrofes no van a tener nunca remedio.
La segunda paradoja se refiere a
las fronteras. Se supone que la globalización está
derribando o derribará en el futuro todas las fronteras.
Cuánto esfuerzo para levantarlas y tener que desmantelarlas
ahora para volver a la prehistoria, aquel tiempo sin fronteras
ni relojes en que todo el monte era orégano para
el antepasado común. Algunas cosas eran entonces
mucho más sencillas. La disaster preparedness
contra el frío básicamente consistía
en tener a mano la piel de un bisonte. Tal vez los bisontes
sean de los pocos animales prehistóricos que no se
han extinguido, pero retrospectivamente se observa que ninguna
de las especies hoy extinguidas fue nunca declarada especie
protegida por los homínidos, que eran por cierto
animales no del todo humanos y bastante tenían con
protegerse ellos mismos. Otras cosas no han cambiado tanto.
Y se observa por ejemplo que seguimos siendo crueles con
los animales que no sean de compañía, aunque
tampoco hayamos dejado de ser crueles con los animales de
compañía.
La naturaleza hubiera desconocido
en todo caso las leyes humanas o protohumanas para la preservación
de especies animales, y más aún aquellas leyes
que una vez que la cosa no tenía remedio hubiesen
pretendido ser retroactivas. Hoy en cambio la ingeniería
genética, que es puntal del progreso, aspira a remediar
retroactivamente la extinción de las especies, y
mediante la clonación acabaremos remediando nuestra
propia extinción individual. Pero ahora el problema
es haber perdido el hilo argumental antes de haber comenzado
a desarrollarlo, como si no fuera posible escapar de la
primera paradoja. Con el universo pasa lo mismo que con
la globalización: que no se puede salir. Alguien
afirmó lógicamente que del universo no se
puede salir aunque te vayas muy lejos, puesto que quien
consigue salir lo que pasa es que sin darse cuenta está
creando más universo. A mí me pasa exactamente
lo mismo con la primera paradoja. En cuanto a la no-globalización
vaya por delante que mediante esta expresión no se
pretende negar la globalización, como se verá,
sino que se trata de escapar al menos metodológicamente
de la doctrina neoliberal sin crear de paso más doctrina
neoliberal. No basta con estar convencidos de la necesidad
de emprender la huida. Si cada cual ha de tomar conciencia
de su propia responsabilidad, hay que evitar por todos los
medios crear más neoliberalismo mientras crees que
te alejas de un neoliberalismo que te convierte sin que
te des cuenta en su agente secreto.
La segunda paradoja se refiere,
decíamos, a las fronteras que están siendo
o serán sin remedio abatidas por la globalización.
Los Homo erectus y Homo habilis realizaron
sorprendentes migraciones siempre hacia el norte desde su
África natal, y retrospectivamente sorprende que
no encontrasen un solo puesto fronterizo ni tuviesen que
pagar aduanas. Claro que ni ellos se enteraban muy bien
todavía, porque no había nacido el Homo
sapiens, ni cuando llegaron había nadie en aquella
terra nullius. Los primeros homínidos tardaron
mucho tiempo en decidirse a emprender un viaje sin retorno
hacia el progreso. Cuando llegaron a Eurasia, hace tal vez
dos millones de años, habían trascurrido si
no me fallan las cuentas unos cinco millones de años
desde que el antepasado común había comenzado
a dejar de ser un primate. Y andando el tiempo los seres
cada vez más humanos llegaron a Norteamérica,
imponiéndose finalmente sobre los primeros migrantes
indios los hombres blancos llegados desde Europa en oleadas
mucho más recientes. Se trataba de hombres y mujeres
de muy baja extracción social y de la peor ralea,
que una vez convertidos en colonos fundadores del actual
imperio económico, geopolítico y militar nos
dieron algunas lecciones imperecederas de libertad. Los
ideales norteamericanos del siglo xviii son antecedente
inmediato de la Declaración Universal de Derechos
Humanos de 1948, que es primera piedra del edificio de derechos
humanos de la ONU y del derecho internacional contemporáneo.
Pero la vida da muchas vueltas. Ahora los descendientes
de aquellos colonos necesitan con urgencia un curso intensivo
sobre respeto a los derechos humanos por encima de los intereses
nacionales, y sobre la prohibición de la amenaza
o uso de la fuerza armada, incluida la prohibición
de la legítima defensa preventiva.
La aclimatación al nuevo
hemisferio fue sin duda satisfactoria, sobre todo para algunos
migrantes primitivos, y tanto es así que, dejando
a salvo conquistadores, esclavistas y antropólogos,
casi nadie ha querido volver a su remoto lugar de origen.
Con el éxodo urbano pasa lo mismo: la gente no quiere
volver al pueblo que les vio nacer aunque prediquemos todos
las virtudes de la vida ecológica. A partir de esa
aclimatación, el hombre blanco migrante se dedicó
más bien a colocarse en un lugar superior desde donde
sea posible hacer la vida imposible al antepasado africano.
En una primera etapa de restablecimiento de relaciones,
que podemos denominar versión temprana de la migración
forzosa, el africano emigrado se trajo al autóctono
como esclavo en contra de su voluntad, y ahora que el autóctono
quiere por voluntad propia ejercer la migración en
su forma primigenia de derecho, pues cerramos las fronteras
por miedo y con la arrogancia de quien defiende lo que es
suyo. El Norte está al Norte o por encima del Sur
lo veas como lo veas, y si le das la vuelta al mapa todo
el mundo sabe que le has dado la vuelta. No puedes leer
los nombres de las ciudades y los ríos con la misma
facilidad que si el mapa está como debe estar. En
cuanto a la explotación del Caribe y el Centro y
el Sur de América, incluido el tráfico de
esclavos procedentes de África hacia zonas en que
los indígenas habían sido exterminados de
modo directo o indirecto, la falta de serenidad aconseja
no oscurecer aún más los quinientos años
de leyenda negra. Al fin y al cabo España fue el
primer imperio global o mundial durante un par de siglos,
con posesiones también en Asia, y si no vamos a estar
ahora a la altura de nuestras responsabilidades históricas,
mejor que las cosas se queden como están.
Han pasado muchos, muchos años
desde la época de las primeras migraciones, pero
no deja de ser una doble paradoja de la evolución
humana haber inventado primero fronteras donde no existían
para tener que desmantelarlas después como consecuencia
de una globalización galopante, y en realidad no
haber desmantelado las fronteras ni tener intención
los países ricos sino de hacerlas impenetrables según
para quien. Del dicho al hecho hay un abismo debido a que
el lenguaje es cada vez más engañoso. Puede
que se trate de dos paradojas, o de una paradoja encabalgada
que en realidad sea una versión nueva de la primera
paradoja. La no-globalización genera en cualquier
caso una gran confusión, y a veces genera angustia
y claustrofobia, porque no te puedes escapar de una especie
de paradoja circular que con el tiempo se hace insoportable.
Algunos conceptos bien establecidos se han vuelto incomprensibles
y han dejado de ser unívocos para mejor servir a
una sola finalidad. Las fronteras por ejemplo ya no son
esa línea de separación de territorios estatales
ni se delimitan mediante la técnica del amojonamiento,
sino que han pasado a ser no una sino varias fronteras generalmente
virtuales y siempre difusas además de muy selectivas.
El capital ha logrado así, paradójicamente,
realizar la utopía humanista de campear a sus anchas
por un mundo sin fronteras, igual que en la prehistoria
campeaban los homínidos.
Tesis inicial y propósitos generales
La exposición de una tesis
general arrojará tal vez un pequeño rayo de
luz entre tanta confusión. En lo que no ofrezca ventajas
a la expansión mundial de la economía de mercado
para lograr en realidad la concentración financiera,
la llamada globalización es todavía sólo
un lenguaje y algún gesto destinado a lograr la mayor
conformidad de todos con las ventajas conferidas a la puesta
en práctica de esa aparente contradicción
entre expansión y concentración. Una vez expuesta
esta tesis general como punto de partida, llámese
por tanto no-globalización a todo aquello que nace
en beneficio de la humanidad es
decir, a lo que en general no nace
y con vocación de desbordar fronteras nacionales
para establecer vínculos trasfronterizos, siempre
y cuando no se trate de las consabidas expansión
y acumulación económico-financieras, que de
algunas intenciones conviene no fiarse. El concepto es ciertamente
ambiguo, puesto que designar lo que no existe pese a las
apariencias en este caso revela la aspiración humana
a una globalización inversa. Y sin embargo el propósito
de no caer en la utopía es firme. La no-globalización
por lo demás ha de incluir, para no quedarse en nada,
aquellos gestos y medidas de acompañamiento destinados
a enmascarar, paliar o justificar consecuencias de la globalización
vigente que puedan considerarse perjudiciales para la humanidad
en su conjunto. El perjuicio se mediría aplicando
a la contra el viejo argumento utilitarista de que lo bueno
es lo útil, un argumento basado en la obtención
del mayor placer y la mayor felicidad para todos en la medida
de lo posible.
Para no caer en la utopía,
y teniendo en cuenta las limitaciones de espacio y las limitaciones
ideológicas así como las limitaciones de la
intuición, aquí se aborda principalmente la
no-globalización tal y como se presenta en el ámbito
de la realidad internacional. No hay al respecto, contra
lo que más o menos ingenuamente suele decirse, muchas
novedades, aunque novedoso tal vez sea poner de manifiesto
esa ingenuidad respecto de algunas novedades aparentes.
Mientras no estalle la revolución de los excluidos,
la no-globalización seguirá siendo apenas
una dimensión muy atrofiada de la globalización,
pero necesaria como apuntalamiento, y la globalización
queda por tanto casi reducida en la práctica a una
única dimensión económica omnipresente,
llamada «globalismo» por Ulrich Beck. Desde
luego que sobre esta dimensión económica de
la globalización cabe opinar, cómo no, y se
seguirá opinando siempre, pero no es menos cierto
que ya está casi todo dicho. El análisis teórico
del globalismo entendido como expansión de una economía
de mercado que devora lo que encuentra a su paso puede a
mi entender y en buena medida considerarse consumado y resuelto.
Alea jacta est.
La no-globalización está
sin embargo mucho menos estudiada, pese a la amplitud del
concepto. A grandes rasgos, la no-globalización abarca
el lenguaje utilizado para legitimar la globalización
y otras medidas paliativas y de acompañamiento en
las dimensiones cultural y social, jurídica y de
los derechos humanos, y orgánica o institucional,
que en particular comprende las instituciones y los órganos
creados para defender los derechos humanos por encima de
las fronteras y de ciertas rémoras culturales. Pero
cualquier propósito de analizar una realidad inabarcable
está abocado al fracaso, a menos que el enfoque sea
cauce o lecho del recorrido. En este caso, el arranque personal
del análisis deja progresivamente paso al predominio
de lo político y lo jurídico-internacional,
y huelga decir que se elige siempre la perspectiva que mejor
conviene a quien la elige, así como el utilitarismo
empieza por uno mismo. El recorrido propuesto se desarrolla
por tanto desde lo particular y lo concreto a lo general
pero no abstracto, desde lo individual y más frágil
a lo colectivo y más duradero, y culmina en el principal
logro de la no-globalización en su vertiente institucional,
que consiste en el surgimiento de administraciones internacionales
que desempeñan en un territorio y durante un tiempo
determinado la acción de proteger directamente los
derechos humanos. Las administraciones civiles de las Naciones
Unidas en Kosovo y en Timor Oriental han logrado, en efecto,
poner fin a dos formas igualmente graves de opresión
y persecución generalizadas, y han contribuido a
devolver a los pueblos oprimidos el timón de su destino
histórico. Tal vez sea un poco ingenua y retórica
esta visión de la evolución del panorama internacional
como proceso de avance hacia la autodeterminación
de los hombres y de los pueblos, pero la envergadura de
ciertas empresas humanas justifica sin duda el exceso.
El problema es cómo conjugar
la experiencia personal, que siempre es el punto de partida,
con el intento de comparar y valorar fenómenos y
procesos de no-globalización. Para entendernos cada
uno y entender el mundo que nos rodea hace falta, desde
luego, una buena dosis de esa inteligencia denominada «ultramoderna»,
inteligencia que se ocupa de lo personal y de lo universal,
del hecho y del sentimiento, de la ciencia y de la poesía,
del conocimiento y de la acción (J. A. Marina,
Hablemos de la vida). Así, el enfoque del recorrido
propuesto puede ser una metáfora del mundo y de la
no-globalización tal y como se perciben ambos desde
el individualismo en el que nos pertrechamos para sobrevivir
a este lado del mundo, que es el lado desde el cual se expande
triunfalmente la globalización. Se trata, en definitiva,
de ir soltando lastre para obtener una bonita vista de pájaro,
pero procurando no caer en la ingenuidad ni en la retórica
más allá de un límite que cada cual
establece donde le place. En cuanto a la utopía,
ya se ha dicho que no ha lugar. El mundo que panorámicamente
se contempla aquí está en este mundo y ha
de ser por tanto posible.
Por mi parte el
narrador de momento no disimula su protagonismo ,
no me siento personalmente ni más ni menos globalizado
que antes. Quiero decir con ello que por más que
lo intento no veo la globalización como proceso.
La globalización es la expansión de un esquema
predeterminado y simple, un esquema que confiere absoluta
preferencia a los capitales deslocalizados que se agrupan
en un mercado mundial donde la información no conoce
límites espacio-temporales al servicio del sistema
económico-financiero. Pero no hay evolución
y por tanto no hay proceso, sino que siempre es un poco
más de lo mismo que se repite, como si bajo el influjo
de una sustancia sicotrópica padeciésemos
todos el síndrome de abstinencia y nunca tuviésemos
bastante. Toda protesta, así como también
el pensamiento, es además muy débil y puede
desactivarse bajo el efecto de los alucinógenos.
Por eso se expande la globalización sin ofrecer,
en cuanto al fondo, novedades, pero adoptando formas y argumentos
cada vez más convincentes en ámbitos que son
ajenos a las finanzas, para convencer a los indecisos. En
el peligroso grado de pureza en que hoy se nos ofrece, la
globalización con su falsa estela de no-globalización
es el opio del pueblo.
El método expeditivo para
facilitar la expansión de la globalización
como síndrome endémico de dependencia es comprar
no la conciencia, que no tiene precio, sino el acto de la
protesta. Algunos grandes almacenes aumentan el precio de
los productos vendidos en un tanto por ciento que exactamente
cubre el precio de venta de los productos robados. Si el
capitalismo ha triunfado como sistema se debe a que toda
disidencia es preventivamente contemplada como parte integrante
del sistema, de modo que se desactiva la disidencia. La
globalización del capitalismo no presenta por tanto
gran dificultad, sobre todo cuando se tiene dinero, y asimismo
es bastante simple el análisis abstracto de la fórmula
empleada para su expansión. La dificultad reside
en calcular las probabilidades de que prospere el proceso
de abolición de fronteras en los ámbitos de
la no-globalización. En este caso sí parece
tratarse de un proceso, un proceso que no es la disidencia
o la contracorriente de la globalización, sino que
paradójicamente puede actuar como lubricante
o
lubrificante
de un esquema globalizador que se autorreplica. Por eso
no me siento personalmente ni más ni menos globalizado
que antes, limitándome a contemplar cómo la
globalización se expande desde el lugar donde vivo
y donde a veces me dejan vivir. Tal y como se han puesto
las cosas, uno se limita a contemplar cómo la globalización
mantiene su voracidad tratando de evitar que la globalización
le devore a uno. De modo que y
me dirijo a un posible lector argentino
no eres actor mal que te pese sino testigo nomás,
y como mucho te limitás a contemplar los estragos,
porque sólo si sobrevivís podés contar
lo que viste. Y no es que yo no crea en la posibilidad,
en la necesidad de salir de esta envolvente anorexia democrática.
Sólo constato que la expansión implacable
de la globalización nos aboca a la vida contemplativa
pese a la vorágine. Aquellos que intentan parar el
mundo son arrollados.
Albania virtual de los pequeños accionistas
El hecho incontrovertible es que
la globalización hace estragos por donde pasa en
beneficio de quienes habitamos en el lugar de origen y aledaños
de su expansión como testigos o espectadores. A los
cómplices no me dirijo. En esa medida, y a menos
que el avance de la no-globalización nos salve, la
globalización es la última y más generalizada
forma de explotación de todos los recursos mundiales.
Una forma de explotación última porque apenas
vuelve a crecer la hierba por donde pasa. Toda operación
que favorece a un grupo perjudica a otro grupo para cuadrar
el balance, donde el grupo favorecido por razón de
la globalización no suele superar el 10% de los individuos
globalizados, que somos ya casi todos. Digamos que se trata
de la misma explotación de siempre, pero que se ha
perfeccionado y se ha hecho casi invisible y por ello mucho
más refinada y voraz, aunque presenta asimismo otras
novedades. La primera novedad es la propia mundialización
muy consumada de un capitalismo democrático en sus
formas, capitalismo que para disimular se ha llamado democracia
económica en algún documento restringidamente
distribuido por la Comisión Europea. Del comunismo
no ha quedado ciertamente ni la imaginería ni la
nomenclatura, y a Fidel Castro hace años que le quedan
cuatro días además
de que aporta mientras viva una nota de revolución
trasnochada, como recordatorio de lo que no puede ser .
La segunda y principal novedad es
que la explotación masiva de los seres humanos se
realiza ahora directamente y sin intermediarios por poderes
económicos cuyo rostro es muy poco visible. Durante
siglos otros poderes encarnaron visiblemente el liderazgo
del gobierno y la explotación, poderes llamados fácticos
que con frecuencia actuaban como encubridores y cooperadores
necesarios de los mismos poderes económicos. Pero
de repente los poderes económicos se han hecho invisibles
y ya pueden hacer el trabajo solos, de modo que no piden
apoyo ni cobijo sino desregulación total y ellos
se las apañan. Otra palabra mágica sobre la
que cada cual puede tener su opinión pero decirse
ya se ha dicho casi todo es desregulación. La imaginación
en esta nueva era sin muro ha sido desbancada del poder
siquiera como consigna, y se impone la simplicidad desde
que el capitalismo ha perdido el miedo. En 1989, después
de un largo siglo xx conviviendo con el fantasma de las
propias limitaciones y el temor a la posibilidad de que
prosperase un sistema político alternativo, el capitalismo
y la riqueza dejaron de tener miedo (E. Hobsbawn, El
día después del fin del siglo). Desde
que el Estado la
mayúscula es mayestática
se dedica a desregular la realidad, o más bien desde
que el Estado repito
que la mayúscula es mayestática
se dedica a regular la desregulación, la verdad es
que nadie escapa, como si la globalización se hubiera
confundido con el universo, de la ley del mejor postor en
este juego desigual de poder y dominación mediante
intercambios puramente financieros. La disyuntiva que resume
la ley universal vigente es si hay o no hay quien dé
más.
El río está revuelto
desde que se hundieron los colosos Enron y WorldCom, aunque
no se remueven los fangos del capitalismo porque la disidencia
ha sido desactivada. Sólo había un paso entre
la desregulación y la contabilidad creativa
adviértase
adónde ha ido a parar el talento artístico ,
y ese paso ya se ha dado de un modo tal vez irreversible.
Ahora no sólo tenemos certeza de que todos mienten
aunque se trate de sólidas corporaciones multinacionales
norteamericanas o francesas, sino que hemos comprobado que
aquellas mentiras bendecidas por el Estado que buen desregulador
será han traído hundimientos colosales que
favorecen nuevos y escandalosos hundimientos. Millones de
pequeños accionistas, ejemplares ciudadanos y votantes
responsables que no dudaron en depositar su confianza en
la democracia económica, se han quedado con lo puesto.
La democracia económica como su propio nombre indica
otorga derechos sobre todo a los capitales, incluido el
derecho a practicar su religión o ley del mejor postor
y a descansar eternamente en un paraíso fiscal. Y
desgraciadamente se ha comprobado que la suma de muchas
cantidades muy pequeñas ofrece como resultado el
milagro económico de una suculenta cantidad.
Todos los pequeños accionistas
del mundo conforman hoy una especie de Albania virtual de
los desarrapados. Los ciudadanos de la Albania real que
habían malvendido sus tierras y aperos perdieron
lo poco que tenían en 1996, cuando se desvaneció
como el humo el entramado piramidal de empresas financieras
que les había ofrecido beneficios fulgurantes a cambio
de una sencilla muestra de confianza. El capitalismo se
hizo invisible para no ser responsable del hundimiento de
Albania, y el mundo entero se ha convertido en una Albania
virtual para todos los débiles mentales que dedican
alegremente su vida al trabajo. En las cúpulas del
poder económico, algunos representantes y apoderados
de las grandes corporaciones se llevan las manos a la cabeza
y se rasgan las vestiduras, como si no hubieran sido conscientes
de lo que se les venía encima. Al poder económico
no le duelen prendas cuando tiene que deshacerse limpiamente
de algunos de sus representantes en la tierra, de modo que
a muchos delincuentes de cuello blanco no les llega la camisa
al cuerpo, y no porque vayan a ir a la cárcel, que
además enseguida salen, sino porque saben que han
sido desterrados del paraíso virtual donde retoza
en forma de activos financieros el patrimonio de los pequeños
accionistas albaneses. Otros delincuentes esperan su turno
para ocupar los puestos vacantes, y tendrán sin duda
mejor suerte.
Al parecer la mano invisible no
era como pretendía Adam Smith una metáfora
del triunfo del mercado y de paso una metáfora del
ser humano que saca lo mejor de sí mismo cuando compite
libre y egoístamente con otros, sino que la invisibilidad
de la mano es un modo muy claro pero nada trasparente de
llevarse el dinero y salir corriendo. La creatividad contable
ofrece una realidad nítidamente opaca: se sabe qué
ha pasado cuando ya es tarde y nunca se sabe cómo
ha podido pasar. Siempre puede producirse un periodo breve
de preocupación, como si a mitad del vuelo te avisan
de que hay turbulencias, hasta que se invente algún
subterfugio realmente creativo. Francis Fukuyama dice por
ejemplo que para evitar que los reguladores gubernamentales
desarrollen un interés personal en promover su propio
poder y posición, aunque afirmen hablar en nombre
del interés público, y como alternativa a
la fallida desregulación, procede ahora emprender
la autorregulación corporativa (El fin del hombre).
Aunque parezca que la intención subyacente es que
no se detenga el consabido fin de la historia, hay que tener
mucho cuidado. Toda precaución es poca. Tal vez se
trate de otra mandanga no para dejarnos con lo puesto, que
así estamos, sino para dejarnos también sin
lo puesto.
El panorama es un poco angustioso
y claustrofóbico pese a la infinitud del universo
y a la enormidad del poder económico. Por mi parte,
antes que globalizado y además de confundido y angustiado
a veces me siento más bien englobado, aunque
todo venga luego a ser lo mismo por mucho que no te bañes
nunca en el mismo río según Heráclito.
Siempre he pensado que en realidad se renuevan sus aguas
pero el río es el mismo, y actualmente en la mayoría
de los ríos no te puedes bañar a causa de
la contaminación. Del mar y los peces mejor no hablar,
pero me acuerdo por ejemplo de una propuesta hecha a principios
de la pasada década de los noventa por un equipo
de economistas de la Escuela de Chicago sobre el mejor modo
de atajar la extinción de las especies de ballenas
en peligro de extinción. Los economistas proponían
que, llegada la especie a un número mínimo
de ejemplares, se privaticen las ballenas que queden vivas
para que toda escasez sea rentable. Por lo demás,
y entre las consecuencias ya citadas de la globalización
si la contemplas desde el lugar en que se expande, cualquiera
puede ejercer su individualismo a ultranza durante todo
el día, aunque el esfuerzo llegue a ser agotador,
pudiendo así convertirse cada quien en «ombligo
del mundo / centro de todo lo creado» (C. J. Cela,
Oficio de tinieblas 5). Esta misma introducción
constituye prueba irrefutable de lo que acabo de decir.
Al tratar sobre la globalización es frecuente adoptar
posturas extremas a favor o en contra. Este fenómeno
se debe en gran medida a que es asunto muy comentado, pero
en realidad poco conocido, que se afronta de manera intuitiva
y conlleva un alineamiento emotivo, casi visceral, en torno
a una de dos posiciones bien definidas y argumentadas: a
favor (la globalización, con la supresión
de barreras fronterizas y comerciales, supondrá una
mejora indudable para la humanidad, con desaparición
de guerras, reparto de la riqueza y mayor desarrollo tecnológico);
o en contra (la globalización sólo beneficia
a los países más ricos y a las grandes empresas;
los efectos positivos de su aplicación no se dejarán
ver en el tercer mundo, que será cada vez más
extenso y pobre).
Como suele ocurrir, estos puntos
de vista son subjetivos. Más en un tema difuso como
este, que parece afectar nada menos que a la totalidad del
quehacer humano. Probablemente existe un punto medio que
se podría establecer sopesando los pros y los contras
de la globalización y que resultaría apropiado,
si no para todos, sí para la mayoría. Sin
embargo, la trayectoria histórica de la humanidad
no ha sido precisamente un camino de rosas, y es lógico
que surjan dudas ante un proceso novedoso y de tal envergadura.
Las luchas localistas, el enfrentamiento entre comunidades,
los grandes proyectos acogidos con entusiasmo luego frustrado,
han hecho de la historia un reguero de batallas en las que
todos los grandes cambios y grandes saltos (hacia delante
y hacia atrás) suelen estar relacionados con un conflicto
bélico, con el choque más o menos declarado
entre pueblos o naciones. En este sentido, la globalización
puede tal vez suponer importantes efectos positivos: la
supresión de fronteras nacionales debería
conllevar una disminución en la cantidad y calidad
de las guerras (de hecho, así ha sido en la belicosa
Europa desde el final de la Segunda Guerra Mundial); la
desaparición de trabas aduaneras, aranceles y otros
impedimentos comerciales debería fomentar el desarrollo
económico, el empleo y un mejor reparto de la riqueza;
y la libre transmisión de ideas tendría que
ser acicate para un despegue cultural y científico
sin precedentes, además de tender un puente entre
culturas que, a medio plazo, sirviera para diluir por mero
contacto las reticencias nacionalistas, racistas, etcétera.
Sí, parece haber motivos para el optimismo.
Sin embargo, resulta muy fácil
argumentar en contra de este idílico panorama: las
fronteras siguen siendo hoy tan fuertes como en el pasado.
Ciertos experimentos transnacionales, como la Unión
Europea, sólo sirven para construir Superestados
o, más bien, asociaciones de Estados que actúan
como nuevos imperios unidos por el interés común
de sus miembros, pero que dejan fuera de sus beneficios
a los que no pertenecen al club. Aplicando esta lógica
se puede considerar que la globalización no supone
(de hecho, por ahora no lo está suponiendo) una internacionalización:
quizá se llegue a un punto en el que haya menos países,
pero los que queden (que no serán países en
el sentido actual del término, sino una especie de
federaciones, más grandes en extensión y población)
serán más cerrados e impermeables, celosos
de sus éxitos. Además hay que tener en cuenta
que una parte de la globalización se lleva a cabo
por medio de alianzas militares. El extinto Pacto de Varsovia
y la cada vez más indefinida OTAN son buenos ejemplos
de ello, y resulta evidente que estas poderosísimas
alianzas, en las que se junta de una sola vez más
armamento y capacidad destructiva que entre todos los ejércitos
de la historia, no son precisamente augures de un mundo
futuro sin guerras. Pese al relajamiento de la guerra fría,
la amenaza de aniquilación mundial sigue hoy no sólo
vigente, sino más presente que nunca, ya que cada
vez más países poseen armas de destrucción
masiva. La política agresiva del gabinete de George
W. Bush frente a países desarmados, pero vacilante
ante presuntas potencias nucleares, parece sancionar una
nefasta concepción futura de las relaciones internacionales
como un patio de colegio: «Si poseo armas potentes,
nadie se meterá conmigo».
Otro tanto podría decirse
del libre comercio. En primer lugar su aplicación
práctica es más que dudosa: las grandes uniones
aduaneras, como la Unión Europea (UE), el Tratado
de Libre Comercio (TLC) o el Mercosur ponen mayor énfasis
en las limitaciones a la producción y comercialización
de artículos que en una verdadera liberalización
del mercado, y en caso de crisis no se duda ni un instante
en aplicar medidas proteccionistas y arancelarias. Por otra
parte, las grandes economías mundiales tienden a
establecer una forma muy peculiar de globalización
económica que toma el aspecto, nada liberalizador,
del clásico monopolio. Las macrofusiones de bancos,
empresas multinacionales y sectores de producción
son un ejemplo de este fenómeno que podemos observar
cada día en las noticias. En algunos casos, como
ocurre en el mundo de la informática, ni siquiera
hacen falta fusiones, pues ciertas empresas consiguen posiciones
de ventaja y se yerguen como dominantes, sin apenas competencia
en los mercados.
El resultado de la globalización
económica, punto en el que ponen mayor entusiasmo
los detractores del moderno proceso globalizador, es que
la liberalización mercantil es falsa: sólo
beneficia a los que ya poseen los capitales y medios de
producción, distribución y comercialización,
y deja fuera del reparto del pastel a los demás (de
hecho, la mayor parte de la humanidad). Del mismo modo,
el papel de la Organización Mundial del Comercio
como marco de regulación de los intercambios mercantiles
a nivel planetario está puesto en entredicho por
su tendencia a favorecer un flujo desigual entre las potencias
industriales del Norte y los países subdesarrollados
del Sur. La globalización económica aplicada
de este modo no supone, por lo tanto, ninguna mejora en
la situación mundial, incluso agrava las diferencias
entre ricos y pobres.
Y por último, el libre intercambio
de ideas también es discutible. Primero porque, y
esto es un hecho, las grandes corrientes globalizadoras
oficiales apenas realizan esfuerzos en este terreno. Las
alianzas militares y las federaciones comerciales se ocupan
de sus asuntos y apenas toman en consideración aspectos
culturales, sociales o de otro tipo. La globalización
social, de alcance reducido, está siendo obra de
unos agentes distintos a los anteriormente descritos, pertenecientes
al ámbito privado, y que se analizarán más
adelante (ONG, fundaciones, ciertos partidos políticos
y sindicatos y, en general, instituciones no públicas).
Pero es que además existen otros peligros: si la
globalización en este campo sigue el mismo camino
que la económica y militar, el resultado sería
el predominio de las formas culturales, sociales y, en definitiva,
políticas de los que ya controlan las armadas y las
finanzas. A través de la televisión, el cine
y otros medios de comunicación copados por los países
ricos está imponiéndose una concepción
del mundo unilateral, particular, que desprecia o simplemente
anula otros puntos de vista. Esta tendencia se hace evidente
en el carácter de lucha intercultural («occidente
cristiano, moderno y civilizado» contra «oriente
islámico, atrasado y bárbaro») que ha
tomado la respuesta bélica a los atentados del 11
de septiembre de 2001 en Nueva York y Washington. Esta concepción
casi de cruzada no es sólo una sensación intuitiva
de la opinión pública: forma parte del discurso
de los líderes (de los dos bandos) y favorece más
la división que la unión intercultural.
En suma, según los detractores
de la globalización, el proceso de mundialización
sociocultural tendría como resultado la imposición
del modelo occidental y la consiguiente desaparición
de otras expresiones culturales, de otras formas de sociedad,
en un proceso de aculturación propio de lo que, en
definitiva, es considerado por muchos como una nueva forma
de imperialismo.
Las diferencias entre las dos corrientes
a favor y en contra de la globalización son importantes
y de difícil conciliación, pero en realidad
hay menos divergencia de la que parece, pues sin duda existe
un punto de encuentro: la globalización, en cuanto
superadora de diferencias, es positiva, y casi nadie, en
principio, lo duda. Ahora bien, habría que diseñar
un modelo equilibrado que tuviera como metas no sólo
el intercambio comercial y financiero, sino la paz, la colaboración
internacional, el reparto de la riqueza y la defensa compartida
de lo mejor de cada cultura.
Encontrar este diseño ideal,
empero, no es el objetivo de este estudio, sino analizar
un fenómeno asociado a la globalización y
que, en general, no suele tenerse demasiado en cuenta: la
proliferación de gobernanzas, su efecto sobre la
sociedad mundial y sus posibles peligros, entre los que
cabría destacar una eventual conculcación
del sistema democrático (o si no conculcación,
al menos sí conlleva el riesgo de convertir la democracia
en una entidad formal, sin verdadero sentido político).
Las gobernanzas y sus consecuencias sobre el sistema democrático
será pues el tema a desarrollar en las próximas
páginas.
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