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La traductora

LEILA ABOULELA

224 págs.

Traducción: Flora Casas

ISBN 84-89618-68-2

2590 pts. 15,56 Eur.

La traductora (00008)


      
Capítulo 2


      Euphorbia Herimentiana, Cereus Peruvianus, Hoya Carnosa Rae leyó en voz alta los nombres de los cactus. Nombres que Sammar no sabía pronunciar. Cleistocactus Reae, plantado por Silvana Suárez, Miss Mundo 1979. ¿De verdad?
      Hizo una mueca y Sammar sonrió. Era la segunda vez que estaba con él fuera del trabajo, y tenía una sensación rara. Nueva y dichosa, como cuando se mira a un niño que empieza a andar.
      La primera vez era sábado, el día que fue a la biblioteca pública con Yasmín. Yasmín era la secretaria de Rae. Una puerta de cristal comunicaba su despacho con el de Rae, de modo que cuando Sammar entraba a verlo, la veía a ella mientras hablaban, mecanografiando frenéticamente, con el pelo negro y liso ocultándole la cara. Sus padres eran de Paquistán, pero ella había nacido y había pasado toda su vida en distintas partes de Gran Bretaña. Tenía la costumbre de generalizar, de hablar comenzando con un "nosotros": ese "nosotros" se refería a todo el Tercer Mundo y sus gentes. De modo que decía: "Nosotros no somos como ellos", o "Nosotros tenemos estrechos vínculos familiares, no como ellos". Había otras dos secretarias del departamento que trabajaban en la misma habitación que Yasmín: señoras risueñas, con olor a café, de pelo gris y falda plisada. Cuando una de ellas se daba unas palmaditas en la curva del estómago y se lamentaba de no poder seguir una dieta durante mucho tiempo, Yasmín espetaba: "¡Nuestros hijos muriéndose de hambre y los ricos contando las calorías!".
      El marido de Yasmín, Nazim, trabajaba a temporadas en las instalaciones petrolíferas frente a la costa. Cuando él estaba fuera, ella solía ver a Sammar los fines de semana. Tenía coche, y a Sammar le gustaba dar una vuelta, oyendo la radio, ver partes de la ciudad que no conocía. Quería tener coche y escapar del mal tiempo.
      Aquel sábado fueron a la biblioteca porque Yasmín, embarazada de diez semanas, quería ver libros sobre recién nacidos. Había estanterías enteras de libros sobre el embarazo, el parto, la lactancia. La biblioteca era cálida y estaba llena de gente, llena de libros. Había libros sobre la cesárea, el aborto provocado, la infertilidad y el aborto espontáneo. Sammar había tenido un aborto espontáneo, un año después de que naciera su hijo. Recordó la noche, fatídica y crítica, tras días de angustia, días de saber que su embarazo no iba bien, que algo andaba mal. Recordó a Tarig tranquilo, cariñoso y seguro de lo que había que hacer. Lo recordó limpiando de rodillas el suelo del cuarto de baño, sus entrañas desgarradas.
      Había gratitud entre los dos. La gratitud amortiguaba las peleas, las nimias y las serias. Allanaba los desniveles del afecto. A veces, aquella gratitud volvía a ella en trances y sueños. Sueños sin escenario ni hilazón, sencillamente con las sensaciones que destilaban.
      Sólo puedo llevarme seis libros decía Yasmín. Si tú tuvieras carnet podría pedir más. Vamos a hacerte el carnet.
      No, otro día a Sammar no le gustaba hacer las cosas impulsivamente, sin más ni más. Miró las colas que se extendían frente al mostrador, mientras los bibliotecarios pasaban una pluma por los códigos de barras. La ponían nerviosa. Intentó resultar convincente. No puedes leer más de seis en un mes. Con seis tienes suficiente.
      Pero Yasmín insistió, y le dio un sermón sobre el derecho que tenía a un carnet de la biblioteca.
      Pagas impuestos, ¿no? dijo, y le contó que una nigeriana con tres hijos había vivido en Aberdeen siete años sin enterarse de que tenía derecho al subsidio familiar. No se lo había dicho nadie concluyó Yasmín en un susurro que sonó como un chirrido.
      Al mostrador llegaron doce libros sobre el embarazo. Yasmín se encargó de hablar. Sammar se sintió como una inmigrante impotente que no supiera inglés. Imaginó las palabras inglesas ascendiendo de su cerebro, evaporándose, formando una leve bruma. Era una de las cosas que le dijo Mahasen la noche que se pelearon, casi temblando de ira, con la elocuencia de quien se cree en posesión de la verdad. La noche en que Sammar le pidió permiso para casarse con Ahmad Alí Yasín. "Una chica culta como tú, que sabe inglés... puedes mantenerte a ti misma y a tu hijo, no necesitas casarte. ¿Para qué lo necesitas? Empezó a hablarme sobre eso y lo hice callar. Puse en ridículo a ese viejo imbécil". "Es religioso a Sammar se le atragantaron las palabras, siente un deber para con las viudas...". "Que coja su religiosidad y construya una mezquita, pero lejos de nosotras. Antes, las viudas necesitaban protección, pero la vida ahora es diferente". Sammar quiso replicar, pero las palabras se le pegaron a la garganta como una masa.
      El libro de Rae dijo Yasmín, en el momento en que salían. ¿Lo has visto? Seguro que está aquí. Nadie lee esas cosas.
      Con sus doce libros volvieron a la sección de Historia y buscaron; finalmente encontraron El espejismo de una amenaza islámica en el piso de arriba, clasificado en Política. En la contraportada, en cursiva, Sammar leyó lo que decían otros sobre él: "Proporciona una nueva visión de la turbulenta situación de Oriente Medio...", The Independent on Sunday. "Isles trata de demostrar que la amenaza de una toma de poder por parte del Islam en Oriente Medio es exagerada... sus argumentos son atrevidos, sus opiniones provocadoras...", The Scotsman.
      Hablaron de él cuando salieron de la biblioteca, sus voces elevándose por encima del ruido del tráfico y del viento frío. Sammar quería saber algo sobre sus ex esposas. La primera, dijo Yasmín, se había vuelto a casar y vivía en Gales. Formaba parte del pasado lejano; ella no la había conocido. La segunda, la madre de la chica que estudiaba en un internado de Edimburgo, trabajaba en la Organización Mundial de la Salud, en Ginebra. Antes vivían en Cults, en una casa grande y bonita. Después se mudaron a un piso en la ciudad.
      Yasmin conducía con brusquedad, y los libros se escurrían y se abrían en el asiento trasero. Aparcó en una calle bordeada de árboles, en una zona de la ciudad que a Sammar le resultaba desconocida.
      Aquí vive dijo Yasmín. He venido varias veces con Nazim. Qué bien que estés conmigo, porque así puedo darle estos faxes que le llegaron ayer después de que se marchara. Está esperando noticias en cualquier momento del programa antiterrorista. Van a contar con él como asesor.
      No podemos hacer eso, no estaría bien replicó Sammar. Dáselos el lunes...
      Pero Yasmín ya estaba desabrochándose el cinturón de seguridad. Desconectó la calefacción, echó el freno de mano.
      Estamos juntas, no es como si una de nosotras viniera sola replicó.
      A lo mejor ni siquiera está en casa añadió Sammar.
      Yasmin había salido del coche; Sammar aún seguía con el cinturón de seguridad abrochado. Estaba oscureciendo, las nubes pegadas, purpúreas, al cielo, el sol muy lejos.
      Cuando Rae abrió la puerta, algo peludo rozó las rodillas de Sammar. Era una gran gata negra, que entró con ellas. Cuando Sammar era más joven, los gatos callejeros se colaban en su casa y la asustaban al saltar de los armarios o de debajo de las escaleras. Eran gatos salvajes, con las costillas visibles bajo el pelo enmarañado, sucio. Algunos tenían un agujero negro por ojo, otros las patas como muñones, la cola amputada. Mientras ella gritaba, los animales corrían de un lado a otro de la habitación, buscando desesperadamente una salida. A Sammar le parecía que trepaban por las paredes, que arañaban la pintura, que gritaban frenéticamente como gritaba ella, para salir de la trampa en las que se habían metido por su propia voluntad y volver a la vida que conocían, la de la calle.
      Tarig contaba una historia sobre gatos callejeros, los que vivían alrededor del hospital. "Su comida favorita llega cuando nace un niño decía. Esperan rondando los cubos de basura, y si les cae una placenta jugosita, ¡no veas cómo se pelean por ella!". Le gustaba tomarle el pelo a Sammar con historias truculentas de los hospitales. Reírse de la expresión que ponía Sammar.
      La gata de Rae era tranquila y estaba bien alimentada. Mientras Rae saludaba a Yasmín y a Sammar y las invitaba a entrar, se paseó por la habitación, lustrosa y serena.
      ¡Pero qué te has hecho en el pelo! fue lo primero que dijo Yasmín.
      Rae llevaba el pelo tan corto que parecía un montón de pinchos. Se echó a reír y se dio unos golpecitos en la cabeza, diciendo:
      Supongo que el peluquero se entusiasmó demasiado esta vez.
      Parecía distinto a cuando estaba en el trabajo. No llevaba corbata y no se había afeitado. A Sammar le dio la impresión de que el piso no era muy grande. La habitación en la que se sentaron lindaba con la cocina. Unas grandes ventanas saledizas daban a la calle, y al otro lado de la habitación, encima del fregadero, había otra ventana con persianas amarillas. Había libros colocados bajo la ventana, y el suplemento dominical estaba tirado en el suelo.
      La gata dio un brinco y se sentó en las rodillas de Sammar. Ella no supo qué hacer; nunca había visto un gato tan de cerca, ni había visto las láminas amarillas del iris, el brillo del pelaje negro, perfecto. La acarició torpemente y prestó oídos a la conversación de Yasmín y Rae sobre los faxes, el mal tiempo que hacía, los titulares del periódico que Rae cogió del suelo y después dobló.
      Es que detesto todas estas pamplinas de la realeza decía Yasmín. "Detestar": ésa era otra de las palabras que Yasmín utilizaba con frecuencia. "Detesto esta mierda de tiempo británico".
      Rae fue a preparar té. La gata saltó de las rodillas de Sammar y ella se puso a curiosear los tapices de las paredes, las macetas de cobre del suelo. Había una fotografía de la hija de Rae sobre una estantería de libros. Parecía tener unos diez u once años e iba montada a caballo. Llevaba botas y una gorra con una correa alrededor de la barbilla. Sammar se imaginó a la madre de la niña con el mismo pelo castaño y largo, también valiente, trabajando para la OMS, un puesto importante, haciendo el bien, ayudando a la gente.
      Mientras se tomaba el té pensó que se encontraba en un verdadero hogar. Hacía mucho tiempo que no estaba en un verdadero hogar. Vivía en una habitación sin nada en las paredes, nada personal, sin fotografías ni libros: como una habitación de hospital. Se había deshecho de todo aquella semana antes de llevarse a casa a Tarig. Lo había desmontado todo y se había deshecho de ello, sin imaginarse que volvería, sin imaginarse la pelea con Mahasen. Y cuando volvió no tenía ni ánimos ni dinero para comprar cosas. Pagar el alquiler de la habitación y se acabó. Un plato, una cuchara, un abrelatas, dos sartenes, un hervidor, una taza. No le preocupaba, no le importaba. Había sido cosa suya, pasar cuatro años enferma en un hospital. Mala, enferma de pasividad, una época en la que se quedaba todo el día sentada sin hacer nada. El torbellino del pesar engullía el tiempo. Las horas volaban como minutos. Días en los que lo único que conseguía hacer era rezar las cinco oraciones. Eran el único reto, el último contacto con la normalidad; sin ellas, se habría desplomado, habría perdido la conciencia del paso del día a la noche.
      Dio un sorbo al té que había preparado Rae y escuchó a las únicas dos personas que realmente conocía en aquella ciudad. Yasmín, con la cara un poco pálida en las primeras semanas de embarazo, sombras oscuras bajo los ojos somnolientos. Pero era natural; estaría grandona y sana al cabo de unos meses, redonda con la ropa premamá. Y Rae... Resultaba extraño ver en sus casas a la gente que sólo conocía del trabajo. Rae no se afeitaba los fines de semana.
      Una de las revistas que estaban abiertas en el suelo tenía varios mapamundis. Era un artículo sobre los mapas tradicionales y su tendencia a mostrar los continentes con una proporción incorrecta: Europa aparecía más extensa que América del Sur, América del Norte más extensa que África, Groenlandia mayor que China, cuando resulta que es al contrario. En el mapa más reciente, de proyección equivalente, África aparecía como una masa alargada y amarilla, Gran Bretaña como una insignificancia rosada. En algún lugar de aquel inmenso amarillo, cerca del azul que señalaba la corriente del Nilo, estaba la vida de la que la habían exiliado.
      Se arrodilló y se sentó sobre los talones para verlo más de cerca. Los nombres que conocía, de ciudades, en negrita, contrastando sobre el amarillo, la emocionaron. Kasala, Darfur, Senar. Kadugli, Karima, Wau. Sammar llevaba en su interior aquella escasez y aquel polvo extremos. Sol y pobreza. Las voces de quienes lo soportaban porque pedían tan poco a la vida. En la siguiente página de la revista había un anuncio sobre material didáctico. Colegialas de Somalia, sonrientes, del brazo. Blusas de manga corta bajo un delantal azul marino, cinturones blancos. Sammar había llevado esa ropa, había tenido aquella misma cara. El pelo esmeradamente cepillado, calcetines blancos y el cinturón blanco. Recordaba los paseos con las amigas, con los dedos entrelazados en los cinturones. Tirando unas de las otras. "Venga, que se va a acabar el Bezianous en el bar". Las botellas tenían bultitos, unos bultos muy bonitos, curvados. El Bezianous era rosa y dulce, y nunca estaba lo suficientemente frío. Remover la arena con un pie, aplastarla bien aplastada. Sujetar la botella vacía, sin hacer trampas, doblar las rodillas, dejarla caer. Si se queda de pie, ¿qué pasa? Tu deseo se hará realidad, o "él" también te quiere.
      Cuando Sammar levantó la mirada, Rae estaba observándola, con una expresión como de bondad en los ojos. Alentada, dijo:
      Yo llevaba un uniforme así en el instituto.
      A nosotros nos obligaban a llevar pantalones cortos incluso en invierno dijo Rae. Era espantoso, ir andando al colegio con el frío. Me alegré de que me expulsaran.
      ¿Te expulsaron del colegio? preguntó Yasmín. ¿Qué barbaridad hiciste?
      Escribir una composición lo dijo riéndose, de modo que Sammar no comprendió si estaba de broma o no. Hice una composición titulada "El Islam es mejor que el cristianismo".
      Yasmin se echó a reír.
      Eres un mentiroso. No me lo creo. Te lo acabas de inventar.
      Que no, es verdad. Era en los años cincuenta. Seguramente querían expulsarme, así que eso fue la gota que colmó el vaso.
      ¿Por qué escribiste una cosa así?
      Un tío mío se fue a Egipto con el ejército en la segunda guerra mundial. Cuando llegó allí, empezó a interesarse por el sufismo, se convirtió al Islam y abandonó el ejército. Te lo puedes imaginar: lo consideraban traidor, un desertor. Mi abuela contó que había desaparecido en combate. Siguió contándolo hasta que llegó a creérselo, y también el resto de la familia. El tío David le escribió, y a mi madre, para explicarles por qué había hecho lo que había hecho.
      Sammar cerró la revista. Rae se arrellanó en la silla. Tosió y se sonó la nariz con un pañuelo grande, azul. Daba la impresión de haber contado aquella historia en numerosas ocasiones y de querer repetirla.
      Yo leí esa carta. Creo que fue la primera vez que me topé con la palabra "Islam" y comprendí qué significaba. Por supuesto, sabía que mi tío había montado un escándalo, y sentía curiosidad. Además, tenía que hacer la composición para el colegio. Ojalá tuviera la carta de David, o la composición. Porque e hizo una pausa, plagié párrafos enteros. Pero el título se lo puse yo. Por supuesto que a David no se le ocurrió decir que el Islam es "mejor" que el cristianismo. No utilizó ese término, pero decía cosas como que suponía un paso adelante, del mismo modo que el cristianismo siguió al judaísmo. Decía que Mahoma era el último en la línea de profetas que se remonta a Adán, Abraham, pasando por Moisés y Jesús. Todos eran musulmanes, Jesús era musulmán, en el sentido de que se sometió a Dios. Eso no quedaba muy bien, ni en la carta ni en la composición.
      Rae estaba riéndose otra vez.
      ¿Y qué pasó con tu tío? preguntó Sammar. ¿Volvió?
      No podía volver, incluso si hubiera querido. Le habrían arrestado. Deserción, traición, cargos graves. Siguió escribiendo a mi madre durante varios años. Se cambió de nombre, se casó con una egipcia y tuvo hijos. Yo tenía primos egipcios, familiares en África. Me encantaba. Me parecía muy romántico. Pero mi madre nunca contestó a sus cartas, o a lo mejor le envió cartas horribles, así que dejó de escribir. Estuve buscándolo cinco años, entre el 76 y 81, cuando daba clases en la UAC de El Cairo, pero no lo encontré. No me importaría volver para buscarlo.
      Se quedaron en silencio cuando Rae dejó de hablar. Sammar tuvo la sensación de que Yasmín y ella llevaban mucho tiempo en su casa. La tarde en la biblioteca se le antojaba algo lejano, de otro día. Las últimas gotas de té de su taza parecían miel. Entonces Yasmín se puso a hablar sobre la intolerancia de la gente, y Sammar se levantó para fregar las tazas en la cocina.
      Si es sólo un minuto le dijo a Rae cuando él le pidió que lo dejara, que no se molestara.
      Pero se entretuvo un buen rato y echó un vistazo. En el mostrador de la cocina había una botella de aceite de oliva de Safeway, un paquete abierto de aspirinas solubles; pegadas a la puerta de la nevera, más fotografías de la hija, más pequeña y sonriente. En la pared había un grabado de la mezquita de Uleg-Beg de Samarkanda, el exterior con los intrincados motivos del arte islámico. Fue construida en 1418, según decía el pie, y era al tiempo masyid y escuela, en la que no sólo se enseñaban ciencias religiosas, sino también astronomía, matemáticas y filosofía. Sammar subió la persiana de la ventana de la cocina y en la oscuridad vio un cobertizo, luces en los otros edificios, el ambiente de la vida de las gentes. Agua caliente, espuma con olor a limón, la voz de Rae.
      ...A veces los tribunales de aquí demuestran sensibilidad cultural decía, y cada caso sienta precedente para los siguientes. En uno, un juez del Tribunal Supremo concedió daños y perjuicios a una mujer asiática divorciada por valor de miles de libras contra su marido. Él la había calumniado al dar a entender que no era virgen cuando se casaron. El pleito se basó en que el insulto era muy grave en su comunidad.
      Sí, nosotros valoramos la virginidad dijo Yasmín, y la castidad. Cuesta trabajo creer que un juez y un jurado británicos pudieran comprenderlo, y mucho más que lo aceptaran.
      La gente lo entiende, pero en el contexto de su entorno, de su parte del mundo. Sin embargo, aquí es otra historia. Yo diría que el consenso es "a donde fueres, haz lo que vieres".
      Típicas ideas imperialistas.
      Tienes razón replicó Rae, pero estas cosas tardan tiempo en cambiar. No creo que cambien mientras nosotros vivamos.
      Será mientras vivas dijo Yasmín. Nosotras somos jóvenes, ¿verdad, Sammar?
      Sammar se dio la vuelta. Tenía las manos llenas de jabón, encima del fregadero.
      Tú eres más joven que yo le contestó a Yasmín.
      Yo cumplo treinta la próxima semana dijo Yasmín. Mi cumpleaños, y Nazim no estará, para variar.
      ¿Sigue en la plataforma? preguntó Rae.
      En la costa de las Shetland, muerto de frío, el pobre. Pero qué tranquilidad sin él...
      Lo dices por decir, Yasmín replicó Sammar.
      Cerró los grifos y limpió el fregadero con la bayeta. Había manchas alrededor del tapón y entre los grifos.
      Según Chejov, una mujer se siente abatida cuando le falta la compañía de un hombre, y cuando a un hombre la falta la compañía de una mujer, se vuelve imbécil dijo Rae.
      Qué tontería replicó Yasmín. Yo nunca me siento abatida.
      Sammar echó una ojeada en busca de un paño para secarse las manos. El que encontró en el respaldo de una silla tenía el dibujo de un delfín. No se veía a la gata por ningún lado. Había salido, y también era hora de que ellas se marcharan.
      Deberíamos irnos, ¿no? le dijo a Yasmín cuando volvió junto a ellos. Es tarde.
      Estoy tan cansada que no puedo ni moverme contestó Yasmín, y Sammar tuvo que cogerla de las manos para ayudarla a levantarse.
      ¿Cómo vas a estar dentro de unos meses? le dijo Sammar en broma, y se reían cuando Rae abrió la puerta y bajaba con ellas las escaleras.
      Fuera, Sammar se internó en una alucinación en la que el mundo daba vueltas. Su país había llegado allí. Las calles débilmente iluminadas, el cielo y la sensación de hogar habían llegado allí y se habían equilibrado sólo para ella. Vio el cielo sin nubes con demasiadas estrellas, imaginó la noche cálida, más cálida que dentro de las casas. Olió el polvo y oyó los ladridos de los perros callejeros entre los escombros y los baches de la calle. Tintineó el timbre de una bicicleta, las ranas croaron, el almuédano tosió en el micrófono y empezó el azan para la oración de la Ischa. Pero aquello era Escocia y la realidad la dejó aturdida, insegura. Ya le había ocurrido antes, pero no durante tanto tiempo, no con tanta intensidad. A veces, las sombras en una habitación oscura le recordaban los cortes de electricidad en su país, o confundía los gorgoteos de las cañerías de la calefacción central con un azan lejano. Pero nunca se había internado en una visión, nunca había llegado su país hasta allí. Tardó en advertir la pulcritud de los edificios y los destellos de la carretera. También tardó la calefacción del coche de Yasmín en disipar la neblina que había formado en las ventanillas el aliento de ambas.
      Pasaron por calles brillantes a la luz de las farolas, llenas de coches. Los jóvenes paseaban por Union Street como si no notaran el frío. Noche de sábado, otro mundo.
      Rae es distinto dijo Sammar. Por su tono de voz, pareció una pregunta.
      ¿En qué sentido?
      Me resulta familiar, como la gente de mi país.
      Es orientalista. Un riesgo laboral.
      A Sammar no le gustaba el término "orientalista". Los orientalistas eran malas personas que deformaban la imagen de los árabes y del Islam. Algo de la historia o la literatura que había aprendido en el colegio, no se acordaba. Quizá los orientalistas modernos fueran distintos. Se le empezó a nublar la vista. Se sentía cansada, desinflada. Los faros de los coches eran demasiado brillantes, círculos redondos, salvajes, cruzados por espadas.
      ¿Crees que podría convertirse?
      Sobre el asfalto rielaban espejismos.
      Yasmin respondió con una especie de gruñido:
      Eso sería suicidio profesional.
      ¿Por qué?
      Porque entonces nadie se lo tomaría en serio. ¿Qué sería? Un hippy más que sigue un culto extraño. Algo peor que un culto raro: la religión de los terroristas y los fanáticos. Así lo verían. Tal y como va la cosa, ya tiene suficientes críticos: los que piensan que es demasiado liberal, los que incluso le acusan de ser un traidor simplemente por decir la verdad sobre otra cultura.
      ¿Un traidor a qué?
      A Occidente. Ya sabes, Occidente es lo mejor.
      Pero nunca se sabe con la gente dijo Sammar. Fíjate en su tío...
      ¿Es que esperas que se convierta para poder casarte con él?
      No seas boba. Es por curiosidad aspiró una bocanada de aire y lo expulsó casi con esfuerzo. Le dolían los ojos, le dolía la nariz. Lo digo porque sabe tanto sobre el Islam...
      Eso le molesta.
      ¿Qué le molesta?
      Que los musulmanes piensen que se va a convertir porque sabe mucho del Islam.
      Ya habían llegado a casa de Sammar. Apenas podía abrir los ojos para meter la llave en la cerradura; la luz la destrozaba. Y un dolor de cabeza, un dolor peor que el del parto. Dentro, sintió deseos de darse cabezazos contra algo para desalojar lo que había en su interior. El sueño, que llegaba tan fácilmente en aquella habitación de hospital, por estratos y horas, no llegaba ahora. No llegaban el silencio, la ausencia de dolor. Ya Alá, Ya Arham El-Rahimin. Cuando por fin llegó el sueño, fue una inconsciencia desesperada. Se despertó despejada, ligera, en paz. Pensó que debía de haber sufrido algo a medio camino entre una migraña y un ataque.

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