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Ciudades posibles
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ESCUELA CONTEMPORÁNEA
DE HUMANIDADES
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288 págs.
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Edición y prólogo:
José Luis González Quirós
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ISBN 84-96080-11-0
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16.50 €
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El cuerpo-planeta
Los fenómenos urbanos que
se han desarrollado a partir de la segunda mitad del siglo
XX parecen dejar inservible todo referente cultural en términos
de análisis y comprensión de nuestro entorno.
A la evolución de los sistemas
de transporte se suma una revolución de las transmisiones
informacionales que está alterando nuestra concepción
mental del mundo, empezando por la visión del cuerpo
propio, cada vez más conectado, a través de
las extensiones tecnológicas, con los extremos de
la Tierra misma.
La sensación de libertad
que produce vivir en un mundo extenso se ve amenazada por
el modelo de «hombre-planeta», que desde su
propia célula individual puede controlar, dirigir
y finalmente dominar un sistema que, al revelar sus límites,
manifiesta al mismo tiempo una cierta fragilidad.
Desde que el primer satélite
se puso en órbita en 1957, una nueva conciencia global
ha venido amenazando a la conciencia propia de nuestra existencia
en una Tierra finalmente reducida y violada en su naturaleza
grandiosa. Como ha hecho notar Virilio, el riesgo, por supuesto,
no es el fin del mundo, sino «la pérdida mental»
(Virilio, 1999, 45) del mismo, que comporta en definitiva
la de las ciudades como centros de relación y encuentro,
y finalmente la pérdida de los límites del
cuerpo propio. Pues este es evidentemente el producto indisoluble
de una dimensión territorial, del planeta y de la
ecología, así como de una social, es decir,
urbana, y finalmente animal o humana.
Mutaciones
La reducción del planeta
corresponde a una extensión desmesurada de las ciudades,
que presentan una imagen cada vez más indefinida
y de contornos borrosos.
Si en 1900 vivía en las ciudades
sólo una décima parte de la población
mundial, hoy en día lo hace la mitad de la misma.
Los datos parecen apuntar a que la población urbana
aumenta en 250.000 personas al día, y las previsiones
para el futuro son cada vez más confusas, pues no
hay parámetros suficientes para evaluarlas.
Junto a las ciudades aumenta la
producción de residuos y, en el caso de la ciudad
de Tokio, sus veinte millones de habitantes corresponden
de forma desconcertante a los veinte millones de toneladas
de residuos producidos en el área metropolitana al
año, hasta la saturación de la bahía
de esta capital (Rogers, 2000).
Este fenómeno se produce
de forma compulsiva y sin relación aparente con el
grado de desarrollo económico. Ciudad de México
o San Paulo han experimentado en los últimos años
una fragmentación definitiva y de consecuencias dramáticas,
si consideramos las enormes diferencias que marcan los ámbitos
metropolitanos. La inestabilidad social y el deterioro ambiental,
fenómenos estrechamente relacionados, se perfilan
entre los problemas más graves para la vida futura
de nuestro planeta. Los flujos migratorios, procedentes
del mundo rural pobre, alimentan cada año el magma
urbano, que avanza rápidamente con consecuencias
imprevisibles para el equilibrio de la Tierra. A estos flujos
corresponden formas diferentes de guetización, como
demuestran las condiciones marginales que afectan a áreas
cada vez mayores de los países del Primer Mundo,
e infrahumanas de los países en vías de desarrollo.
La consecuencia es la división
de la ciudad en zonas marcadas por el control, recintos
residenciales privados vigilados, centros comerciales, parques
temáticos, estadios y demás ámbitos
de convivencia delimitados por cámaras ópticas
y circuitos de protección. En el medio, intersticios
abandonados donde se desarrolla una vida urbana paralela.
Monumentos contemporáneos
La «ciudad difusa»,
a menudo contrapuesta al modelo de «ciudad compacta»
que ha caracterizado la cultura urbana occidental hasta
el siglo XIX, se ha convertido definitivamente a su vez
en un mecanismo independiente que actúa indiscriminadamente
tanto en la ciudad histórica y consolidada como en
las zonas «periféricas» de crecimiento.
La propia contraposición centro/periferia, que ha
constituido el meollo del debate arquitectónico y
urbano en los años sesenta y setenta, deja de tener
sentido, junto a los sistemas y a las categorías
de análisis tradicionales.
El binomio público/privado,
por ejemplo, padece graves alteraciones cuando la ciudad
se ve fragmentada en una agrupación de ámbitos
cerrados de control privados o, mejor dicho, privatizados,
que anulan la sensación de conjunto.
Si la ciudad amurallada, es decir
«cerrada», se caracterizaba por la presencia
de espacios abiertos de relación y encuentro, la
ciudad «abierta» contemporánea se perfila
como una suma de espacios independientes relacionados únicamente
por la proximidad. Mercados, fiestas y acontecimientos urbanos,
que se desarrollaban tradicionalmente en los propios espacios
de la ciudad, transformando las calles y las plazas en periodos
determinados del año, constituyen sólo una
parte más de estos fragmentos metropolitanos que
vuelven autista nuestra visión del mundo. Pues si
los autistas son incapaces de percibir el rostro de una
persona o de una cosa como un conjunto y necesitan de lentes
especiales para descifrarlo, así nuestros sentidos
parecen imposibilitados para percibir el rostro de una ciudad
que, al perder su frontera, se ha pulverizado en un conjunto
de fragmentos sin relación aparente.
La flexibilidad de usos y de formas,
la fluidez de la realidad en continua mutación, fascinantes
paradigmas de las últimas décadas, parecen
haberse convertido en los perfectos aliados de una ideología
consumista que fomenta el principio de la regeneración
constante y del consumo inmediato. Todo puede ser modificado,
consumido, abandonado mientras la operación resulte
económicamente rentable.
El triunfo del no-planeamiento,
la «efimerización», la dispersión
y movilización que observamos en nuestras ciudades
¿no son en definitiva la respuesta más adecuada
a los programas de la sociedad de masas?
En la UIA 96 de Barcelona, las
mutaciones inesperadas y el fracaso de los modelos urbanos
referenciales de nuestra cultura, constituían un
punto central de reflexión para los arquitectos y
urbanistas de todo el mundo.
En la UIA 99 de Pekín se
debatía el tema de la hiperurbanización y
de los graves contrastes que en consecuencia caracterizan
las ciudades de finales del siglo XX: lo hipertecnológico
que convive con lo mediocre, mientras la cabaña y
el rascacielos se perfilan como únicos tipos arquitectónicos
reproducibles.
El centro francés Arc en
Rêve ha inaugurado finalmente el siglo XXI con la
exposición, y consecuente publicación, Mutaciones
(2000), que es una declaración de asombro y desconcierto
frente a la nueva «sustancia» urbana, una descripción
estetizante del horror y del vértigo que produce
un mundo en constante mutación, movido por la lógica
despiadada del consumo global.
El shopping erigido en esencia
misma de la ciudad genérica global, en categoría
que anula toda categoría tradicional o clasificación
tipológica vigente: aeropuertos, museos y la ciudad
misma reducidos a un enorme centro comercial. No ya ciudades
monumentales sino monumentales escaparates del consumo de
masas.
El material modelo
El escaparate ha ido conquistando
un lugar cada vez mayor dentro de la arquitectura de la
ciudad hasta convertirse en su propia esencia.
La evolución tipológica
de la arquitectura comercial ha sido muy lenta, como destaca
Pevsner en su estudio de las tipologías edificatorias
(Pevsner, 1979, 309), y no se observa mucha diferencia entre
las tiendas que ocupaban los foros romanos o el «escaparate»
que aparece en La vida en un buen gobierno, el cuadro
pintado por Ambrogio Lorenzetti en 1338-1339. Hasta los
siglos XVII y XVIII la tienda es un lugar abierto a la calle,
un hueco en la fachada que hace de la planta baja una continuación
directa de la calle o de la plaza a la que se abre.
Lo que sí se produce de forma
acelerada es la multiplicación de los lugares de
comercio, a medida que se agrupan por actividades y tipos
de mercancías a lo largo de las calles de las ciudades
medievales. Los pórticos de fachada son en parte
consecuencia de una estrategia de venta que asegura, además
de una mayor comodidad para los clientes, un cierto control
del comercio por parte de los gremios.
En el siglo XIX, por vez primera,
grandes paños de vidrio permiten la extensión
del escaparate a las plantas superiores, y Charles Dickens,
en Sketches by boz, describe la euforia suscitada
por estos paneles transparentes como un fenómeno
que se extiende en Inglaterra alrededor de 1830 (Pevsner,
1979).
La tecnología del vidrio
recibe por los ingenieros un impulso vital que permite a
este «material modelo», como lo define Baudrillard
(1999, 43 y 44), inaugurar una nueva era marcada por los
bazars, los invernaderos y las exposiciones universales.
El cristal reúne la aspiración
eterna a la trascendencia espiritual, ya representada por
el gótico y su utilización de la luz, y la
esencia misma de la publicidad y del consumo: «Se
ve pero no se puede tocar». Todo parece estar al alcance
de todos, detrás de una transparencia sin transición
aparente.
Los nuevos recintos acristalados
transforman finalmente zonas enteras de la ciudad en un
«espectáculo de la mercancía»,
como lo define Benjamin (Pizza, 1999, 41), donde el valor
de uso pasa a un segundo plano. Todo está disponible;
objetos provenientes de todo el mundo conviven bajo el mismo
techo, sólo el precio marca la distancia y los hace
diferentes. Las exposiciones inauguran pues la esencia misma
de la sociedad del consumo, producir «peregrinaciones
en pos de la mercancía fetiche» (Pizza, 1999,
41)3, crear ámbitos cerrados, en los que se produce
un extrañamiento del individuo, envuelto en un mundo
exótico y ajeno en el que puede dejarse distraer
y conducir tranquilamente.
Dentro de la metrópolis industrial,
inhóspita y monstruosa, el individuo puede encontrar
«refugio» en los paraísos artificiales
del consumo, donde olvida finalmente los horrores del mundo.
En los invernaderos por otro lado se le ofrecen ámbitos
vegetales y «naturales» que satisfacen la nostalgia
de la condición primitiva perdida.
Así abstraída y delimitada,
la naturaleza se convierte en un espectáculo económicamente
rentable, en definitiva en una mercancía cuyo valor
está directamente relacionado con la rareza de las
especies encerradas.
Las grandes catedrales góticas,
modelo perseguido por la arquitectura de cristal en el siglo
XIX, se convierten por fin en las grandes catedrales del
consumo (Pizza, 1998, 13), un modelo que no parará
de proliferar a lo largo del siglo XXI, sobre todo en el
territorio americano. Pues es en Estados Unidos donde, en
los años 50, se pone a punto esa combinación
perfecta entre shopping y aire acondicionado que
es el mall, es decir una galería comercial
cerrada que ofrece las condiciones ideales para el consumo,
que son la abstracción del entorno y la garantía
del confort físico adecuado.
Síntesis de los invernaderos,
de los palacios de exposiciones, de las tiendas y de las
galerías de arte, estos centros de ocio y consumo
reúnen en sí mismos la sensación de
lo natural, con palmeras embalsamadas y zonas ajardinadas,
dentro de un contexto urbano higiénico y controlado.
Cuanto mayores son el centro comercial y la variedad de
artículos y actividades que ofrece, mayor es la posibilidad
de consumir; escaleras mecánicas y ascensores completan
un cuadro de comodidades y recorridos que facilitan este
objetivo prioritario.
Los propios CIAM (Congresos Internacionales
de Arquitectura Moderna que se crearon en 1928 en La Sarraz,
y entre 1928 y 1930 contribuyeron de forma decisiva a la
nueva cultura arquitectónica, para finalizar en 1959),
reunidos en 1952 con el objetivo de buscar un «corazón»
para las ciudades, apuntan a las galerías americanas
como modelos cívicos interesantes para el encuentro
y la comunicación. Sert, presidente del Congreso,
define los nuevos contenedores como «balcones desde
los cuales asomarse a todo el mundo» (Rogers, 1952,
3-16) gracias a los medios de telecomunicación.
A partir de ahora relacionarse con
el entorno más próximo resulta secundario
del mismo modo en que las propias ventanas son innecesarias.
Lo escribe Gruen, considerado el inventor de la galería
comercial americana a mediados de los años cincuenta,
cuando subraya que la ventilación forzada puede sustituir
a la ventilación natural, ya que definitivamente
el propio aire de la ciudad contemporánea no puede
ser considerado natural. La iluminación artificial
además permite convertir estos «exteriores
interiorizados» en sitios de encuentro las veinticuatro
horas del día, anulando del todo la contraposición
entre el día y la noche.
Asistimos finalmente a la concreción
de «la arquitectura de cristal» (Scheerbart,
1998) soñada por Scheerbart y Taut, arquitectos alemanes
que trabajaron sobre este proyecto «regenerador»
a principios del siglo XX: la ciudad como un paisaje de
edificios acristalados, delimitados por una envolvente sin
ventanas ni puertas, que puede alojar la ventilación
forzada y la iluminación natural. No se trata de
cajas transparentes (la doble capa de cristal, además
de alojar las instalaciones, tiene que ser coloreada como
las vidrieras góticas originales que la inspiran),
sino de espectaculares linternas que, por la noche, transforman
el entorno.
El sueño de vivir en espacios
abiertos, que expresa el propio Scheerbart en sus escritos,
parece finalmente no ser otra cosa que la necesidad de interiorizar
lo que es externo, de introducir el paisaje como un espectáculo
controlado, hasta producir una sensación de libertad
y al mismo tiempo de dominio del entorno. En definitiva
el triunfo de la ambigüedad del llamado «material
modelo».
Lecciones americanas
La intuición de Gruen de
cerrar el espacio del consumo en grandes ámbitos
controlados de confortabilidad y entretenimiento se ha plasmado
de forma emblemática en Las Vegas, triunfo del artificio
sobre una naturaleza desertificada, materialización
del sueño americano y finalmente icono de la cultura
de masas.
En principio se trataba de la típica
ciudad norteamericana, surgida en los años cuarenta
como punto de tránsito necesario a lo largo de una
carretera, con comercios anunciándose a lo largo
del camino. El anuncio iba superando por escala a la fachada
misma hasta el punto de anularla definitivamente con la
incorporación de los rótulos comerciales de
neón de los años cincuenta y sesenta.
La ya célebre lección
americana de Venturi, Izenour y Scott Brown erigía
entonces la ciudad-pasillo en paradigma académico
de la cultura posmoderna. Las Vegas se presentaba como modelo
de partida para la supuesta recuperación de la acción
comunicativa arquitectónica, sin consideración
alguna por los contenidos de la misma. Pues en este oasis
americano del placer y del entretenimiento no hay comunicación
posible más allá del consumo, que se produce
de forma incesante las veinticuatro horas del día.
Y el consumo ha sido el motor de la expansión exacerbada
de una ciudad cuya actividad económica tiene hoy
repercusiones considerables en la propia economía
nacional americana. Al crecimiento continuo ha correspondido
la necesidad de generar actividades cada vez más
variadas y de ampliar los ámbitos del consumo introduciendo
finalmente otro patrón americano de ocio que es el
parque temático tipo Disneyland. Este patrón
genera un turismo de carácter familiar y permite
combinar el mundo edulcorado de Disney con el juego «picante»
propio de las carreteras. Lo que se produce es un conjunto
de recintos que componen un espacio aparentemente público,
ya que no se pagan entradas para visitarlo. Sin embargo
se trata sólo de un espejismo de espacio público,
pues este ha quedado reducido a un elemento residual, sin
tratamiento ni conexión entre las diferentes zonas
temáticas, lo que invita una vez más a entrar
en los monumentales ámbitos cerrados, en los que
dejarse llevar por los ritmos preestablecidos. La sensación
final es la de un mundo artificial enteramente encerrado
bajo bóvedas de luces y mensajes informativos.
Distraído, seducido, anestesiado,
el sujeto es conducido a través de la red laberíntica
de pasillos y corredores. Avenidas con focos de tipo hollywoodiense
transforman la rutina del viaje en una aventura irreal en
la que el juego de azar representa el riesgo añadido.
Foros romanos, templos egipcios y la torre Eiffel conviven
en lo que Subirats define como un «reciclaje incondicional
de signos sin referente» (2000, 37). Pues no se trata
realmente de una convivencia entre culturas diferentes sino
más bien de la utilización de la historia
como un producto económicamente rentable. Stefano
Boeri habla de «la historia como renta y de la nostalgia
como plusvalía» (AA VV, 2000, 356).
El poder de la imagen, ya ampliamente
utilizado por la Iglesia católica en sus movimientos
colonizadores, alcanza aquí su máxima expresión
gracias a la sofisticación tecnológica de
la imagen contemporánea y a los procesos de simulación.
La invasión de imágenes que conocieron los
indios de la Nueva España entre el siglo XV y el
XVII, no parece ahora muy lejana a la que padecen ciudades
como Las Vegas, Tokio o Shangai y, aunque en menor medida,
nuestras propias ciudades occidentales. Sin embargo, si
los indios participaron activamente en el proceso de colonización
de su imaginario colectivo y reinterpretaron e hicieron
propias las imágenes de los conquistadores, hasta
invadir con ellas sus propios cuerpos, los nuevos sistemas
de representación y el hiperrealismo de las imágenes
contribuyen a la anulación total de nuestra capacidad
crítica y participativa.
Las Vegas representa el triunfo
de una nueva colonización en la que el valor estético
de la imagen ha, finalmente, degenerado en una an-estética
absoluta, en la anulación del sujeto y de la ciudad
en la que vive, reducida a un puro soporte superficial.
Y necesitamos anestesia si pensamos en lo que ocurre a diario
en el propio territorio americano, en la crisis casi terminal
de una ciudad como Sao Paulo, las guerrillas de Colombia,
las deportaciones, los destrozos de la Amazonía.
Como apunta Subirats lo que realmente Las Vegas nos ha enseñado
es que «si no podemos dar un sentido al mundo, ni
a nuestra existencia, al menos sí podemos transformarlo
en un delirante espectáculo. Es la maravillosa oportunidad
que ha ofrecido el concepto norteamericano de pop culture:
una tolerancia de los signos, el éxtasis de los colores
abstractos y sonrisas vacías [...], sueños
triviales de poder y riqueza; paraísos artificiales
de la mala conciencia posthumanista. Apoteosis del espectáculo»
(Subirats, 2001, 44).
Desaprender de Las Vegas es reflexionar
sobre los daños provocados por una cultura posmoderna
que ha justificado, por citar al mismo autor, «la
transformación del arte en producción de signos
sin referente, la trivialización de los lenguajes,
la ficcionalización de la realidad, el fin del sujeto,
la banalidad democráticamente consensuada»
(Subirats, 2001, 42).
Los rótulos comerciales y
las luces de neón de las vallas publicitarias, que
sustituían a las fachadas de los edificios en los
años 60, según la técnica seductora
de venta de las carreteras americanas, han acabado progresivamente
por envolver y anular todo sujeto y toda edificación.
La valla publicitaria, erigida en
último icono de la cultura posmoderna, finalmente
ha transformado la propia ciudad en una publicidad comercial
en la que la luz ha sido reificada en letrero publicitario.
La ciudad escaparate
El modelo de Las Vegas se repite
con variaciones no menos desconcertantes en todo el planeta.
En Asia, por ejemplo, se perfila
un paisaje urbano hasta ahora desconocido, fruto de una
sociedad que ha pasado de una organización rural
comunal a una urbana consumista y que busca en la ciudad
un escaparate del nuevo modelo de progreso económico.
La aplicación de normas flexibles y por lo tanto
negociables en relación con criterios de rentabilidad
comercial ha permitido la creación de ciudades fantasmagóricas,
surgidas en pocos años de la nada como grandes vitrinas
del progreso económico.
Lo que se determina es una nebulosa
indescriptible que se escapa a cualquier sistema de representación.
Las propias fotos aéreas no pueden ya reflejar el
rostro mutante de las megalópolis contemporáneas,
cuyas formas y apariencias se transforman rápidamente
a lo largo de un mismo día.
Tokio, que constituye en la actualidad
la tercera ciudad en extensión del mundo después
de Ciudad de México y Sao Paolo, se presenta como
un paisaje infinito, una acumulación de centros de
actividades conectados por sistemas metropolitanos de transporte
que atraviesan la ciudad en varios niveles superpuestos.
Como Las Vegas, Tokio se ha convertido
en un todo artificial. Pues la antigua Edo ha sido enteramente
edificada ocupando incluso los antiguos canales que caracterizaban
el paisaje, en los que se han realizado imponentes infraestructuras.
No existe realmente un límite entre lo natural y
lo artificial en una ciudad en la que todo depende de diferentes
grados de manipulación.
Un acontecimiento mediático
como las Olimpiadas de 1964 supuso el lanzamiento de Tokio
a la escena internacional así como el comienzo de
una transformación urbana de enormes consecuencias.
A la fragmentación planimétrica
y horizontal corresponde una espectacular estratificación
de infraestructuras viarias, en las que se desarrolla gran
parte de la vida cotidiana de sus habitantes. Las paradas
se convierten en enormes barrios comerciales, que son al
mismo tiempo dotaciones urbanas híbridas en las que
se encuentran las tiendas de moda y las actividades de ocio
que ocupan gran parte del tiempo libre, como el karaoke,
los videojuegos o los pachinkos. Es el caso de Shibuye,
centro de moda y de información, pero también
de Shinjuku, distrito de los negocios o de Ikebukuro, entre
otros.
La vida metropolitana, así
descompuesta, se diluye entre sitios de paso, hasta el punto
que la propia vivienda se va convirtiendo en un lugar más
de tránsito momentáneo. La publicidad satura
todos los espacios, los bordes inestables de una ciudad
en la que se construye y se reconstruye incesantemente.
Las vallas de las obras, las pantallas de anuncios, las
fachadas pantallas, todo en Tokio es emisión constante
de mensajes dirigidos al consumo desenfrenado, pues la propia
publicidad constituye un negocio que ha crecido en paralelo
con el crecimiento económico a partir de los años
ochenta.
Como en Las Vegas, la constancia
de la emisión es el único factor que unifica
la ciudad como un conjunto.
Hoy, si durante el día la
ciudad se percibe como una enorme masa caótica construida,
por la noche progresivamente su peso se diluye en un conjunto
de imágenes superficiales, una sumatoria de fenómenos
indefinidos y sin peso aparente.
En ese contexto no queda lugar para
recuerdos definidos ni para la representación de
los mismos. La ciudad resulta ser un conjunto de imágenes
que nuestros ojos captan de forma directa y mediatizada
al mismo tiempo. Lo que Tokio ofrece son visiones de la
ciudad genérica contemporánea, una suma estratificada
de imágenes aéreas, de autopistas, de salas
de videojuegos donde el juego perverso se repite: los videojuegos
simulan a la ciudad al tiempo que la ciudad se asemeja a
un videojuego (Ito, 2000, 97).
Este proceso es el mismo que ha
permitido el desarrollo de otras ciudades asiáticas,
en China sobre todo, que emulan en definitiva el modelo
de Singapur, centro internacional de negocios, un enorme
paisaje artificial donde el tejido urbano cambia constantemente,
donde no existe una relación entre zonas o edificios
que no sea la pura proximidad y donde el ágora ha
sido remplazada por un campo de golf abierto las veinticuatro
horas.
Para justificar el desenfreno capitalista
el gobierno chino ha ideado las llamadas Zonas Económicas
Especiales que son en definitiva ámbitos definidos
de desarrollo capitalista y de inversión de capitales
extranjeros.
Shenzen, una ciudad del Delta del
Río Perlas, en China, ha surgido y se ha desarrollado
en el plazo de 7 años. La arquitectura desaparece
en una masa urbana que se desarrolla según la lógica
del máximo volumen en el menor tiempo posible y que
busca el máximo efecto al menor precio.
La utilización de la escala
monumental, la pretensión de originalidad, unida
a la calidad escasísima de los materiales están
en la base de una estrategia comercial que pretende convertir
a la ciudad misma en una imagen. Rascacielos que se proyectan
en dos o tres días, enteramente deshabitados, contrastan
con una ciudad oculta donde se acumula la llamada «población
flotante», que se dedica a la construcción
de la «ciudad escaparate», viviendo al mismo
tiempo en intersticios con densidades elevadísimas.
Se perfila un nuevo modelo profesional
de arquitecto que trabaja desde la mesa de la cocina o del
dormitorio a través de un terminal programado con
tecnologías sofisticadas.
Rascacielos de veinte plantas o
más se proyectan en el plazo de dos días y
nunca se realiza lo que se ha proyectado, así que
el mismo diseño puede ser recortado, ensanchado o
alargado en función de las expectativas económicas
de última hora. El mismo proyecto puede ser reutilizado
en varias ocasiones con alteraciones superficiales y supuestamente
originales. Este fenómeno es consecuencia del desarrollo
de la tecnología del muro cortina que ha degenerado
en una verdadera «guerra de las cortinas» (AA
VV, 2000, 318) por empresas que compiten entre ellas.
En definitiva, había realmente
mucho que aprender de Las Vegas si consideramos el desastre
de la aplicación descontextualizada de este modelo
americano a la totalidad del planeta, incluido nuestro continente
europeo, cuya transformación es cada día más
desconcertante.
El crecimiento enorme de los suburbios
de tipo americano y la tematización creciente de
los centros históricos son fenómenos que alteran
de forma acelerada las periferias de nuestras ciudades,
de nuestros centros turísticos, reducidos a conjuntos
de recintos temáticos aislados para la alienación
del turismo internacional. Aquí asistimos a la aplicación
de los patrones del consumo americano, la alteración
de la escala, la monumentalización exagerada, que
parecen haber afectado de forma inevitable a nuestra percepción
propia del mundo. Es el caso por ejemplo de las islas o
de las ciudades costeras donde las urbanizaciones se suceden
sin solución de continuidad y sin definición
de los bordes que las delimitan.
Si consideramos el proyecto Multiplicity,
coordinado por Stefano Boeri, dentro de la exposición
Mutaciones del centro Arc en Rêve, nos encontramos
con el estudio de casos aplicables, con pocas variaciones,
a nuestro entorno más cercano.
El caso de San Marino refleja por
ejemplo la tendencia europea a la museificación progresiva
de los conjuntos históricos hasta convertirlos en
algo parecido a los parques temáticos de tipo norteamericano,
con la muralla convertida en un aparcamiento, el teatro
griego o el alcázar en un escenario privilegiado
para manifestaciones mediáticas, las calles medievales
en pasillos comerciales, con productos folclóricos
y tiendas de lujo. Lo que se produce es un proceso de simulación
recíproco entre centros históricos y centros
comerciales en el que se diluye la ciudad misma.
Con desconcierto constatamos que
el «corazón» de las ciudades está
definitivamente roto y fragmentado. El escaparate, de pequeño
agujero en la masa urbana, parece haberse convertido en
una lógica que va horadando la ciudad misma. Todo
elemento ritual de acceso, las puertas como elementos primarios
y las ventanas como conquista inestimable, han sido casi
del todo sustituidos por la extensión generalizada
de este elemento superficial publicitario. La propia integridad
del espacio doméstico ha sido anulada por la pantalla
de televisión y demás interfaces audiovisuales
que han supuesto la introducción del escaparate en
el interior del espacio sagrado, hasta convertirlo en el
hogar del mismo.
Es el vacío de la invasión
de signos sin referente, de la publicidad como modelo de
vida que, como ha escrito Virilio, está convirtiendo
a lo público en una imagen pública. El bombardeo
publicitario vuelve los objetos de mercado totalmente familiares
y reconocibles, lo que refuerza el carácter confortable
de los centros comerciales, al tiempo que rompe el filtro
que aislaba el espacio privado del exterior. Por otro lado
la introducción reciente de sistemas de control altamente
sofisticados permite la supresión de las barreras
físicas tradicionales y la vuelta al esquema primitivo
de la tienda tradicional, abierta a la calle y en comunicación
con la misma. Sin embargo, lo que antiguamente constituía
una extensión visual del espacio privado de la planta
baja en el espacio público de la ciudad, ahora se
convierte, con el escaparate tecnológico, en el fenómeno
opuesto: plazas y calles convertidos en pasillos interiorizados
del espacio del consumo global.
Se produce la sensación de
estar envueltos, de ser parte del escaparate, pues este
se ha ensanchado, dilatado hasta asimilarlo todo. Sin embargo,
desde los tiempos más lejanos, a este espacio nunca
hemos tenido realmente acceso pues, como el origen de la
palabra castellana indica, el escaparate es como un armario,
un mundo cerrado al que accedemos pero del que nunca cruzamos
los límites, sino, eso sí, con la imaginación
o el recuerdo.
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